Sumario

Artículos

El golfo de Honduras: estrategias geopolíticas 9

y militares de una frontera imperial, siglos xvi-xviii

Rafal Reichert

Familias extranjeras propietarias. La historia 41

de la hacienda de Lombardía, Michoacán, siglos xviii al xx

José Alfredo Pureco Ornelas

Ceremonias, calendario e imágenes: 70

religión, nación y partidos en México, 1821-1860

David Carbajal López

Valdés y Heredia. Su producción hemerográfica 98

en México sobre el asunto cubano entre 1825 y 1826

Ma. Eugenia Claps Arenas

El estudio ambiental de los árboles 120

en las agrupaciones científicas mexicanas, 1869-1876

Rodrigo Vega y Ortega Báez

Los “otros” mexicanos. La visión de los intelectuales 150

decimonónicos de los afrodescendientes

Ma. Dolores Ballesteros Páez

En defensa de la tradición hispánica. La Academia 180

Mexicana de la Historia en el contexto

revolucionario, 1910-1940

Jesús Iván Mora Muro

Morir y ser sepultado en el exilio. La prensa 209

franquista ante las muerte de Diego Martínez Barrio

y de Indalecio Prieto Tuero en 1962

Carlos Sola Ayape

Un éxito del intervencionismo: el gobierno 235

de Carlos Lleras Restrepo (Colombia, 1966-1970)

Pascual Amézquita Zárate

De apátrida errante a vecino de santiaguino 260

el “Caso Honecker” desde las fuentes oficiales (1991–1994)

Cristián Medina Valverde

Gustavo Gajardo Pavez

Archivos y documentos

Los documentos trofeo rusos de la Gestapo 287

y del servicio de inteligencia alemán (1912-1945)

Brice Calsapeu Losfeld

La propaganda alemana en México 307

desde la perspectiva francesa, 1920-1924

Itzel Toledo García

Entrevistas

Sincronía en la historia de las ideas 336

en América Latina. Una charla con Mario

Magallón Anaya y Arturo Vilchis Cedillo

Carmen Gloria Burgos Videla

Ulises Piedras Arteaga

Entrevista a Paul Friedrich 349

Lorena Ojeda Dávila

Reseñas

Sobre Pompa Dávalos, María Elena, 371

De la guerra a la paz por la frontera: México-Estados Unidos,

1836-1876, México D.F., De la Salle Ediciones, Serie:

Testimonios para el Siglo, 2013

José Andrés Camino de Villa

Sobre Carreón Nieto, María del Carmen, 375

Valladolid/Morelia y sus ríos. Historia de un vínculo,

Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo,

Instituto de Investigaciones Históricas, 2014

Edgar Zuno Rodiles

Sobre Ortoll, Servando, Artífices y avatares: lo que revela 380

el juicio de Tepames, Colima (1909-1914), Guadalajara,

Archivo Histórico del Municipio de Colima, 2015

Verónica Oikión Solano

Sobre Moreno Elizondo, Rodrigo, El nacimiento 388

de la tragedia. Criminalidad, desorden público y protesta

popular en las fiestas de Independencia. Ciudad de México,

1887-1900, México, Instituto Mora, 2015

Marissa Margarita Pérez Domínguez

Sobre Kuntz Ficker, Sandra (coordinadora), 395

La expansión ferroviaria en América Latina y el Caribe,

México, El Colegio de México, 2016

Víctor Manuel Pérez Talavera

Sobre Altez, Rogelio, y Manuel Chust (Editores), 404

Las revoluciones en el largo siglo xix latinoamericano,

Madrid, Iberoamericana-Vervuert, 2015

Claudia Martínez Aguilar

Sobre Avilés, Homero, Un camino a la utopía desde 412

Baja California Sur. Historia del Grupo Acción Popular

en la década de 1970, México, Instituto Sudcaliforniano

de Cultura, Gobierno del Estado de Baja California Sur,

Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2013

José Fernando Ayala López

Investigación en el Instituto 419

Publicidad 425

Artículos

El golfo de Honduras: estrategias geopolíticas

y militares de una frontera imperial, siglos xvi-xviii

Rafal Reichert

Resumen

El propósito del presente artículo es la demonstración de la dinámica de los cambios geopolíticos y militares en el golfo de Honduras. La región que desde su descubrimiento por los españoles en el siglo xvi hasta los tiempos contemporáneos ha sido considerada como una frontera del conflicto tanto político-administrativo como militar, donde primeramente se enfrentaban propios intereses hispanos, para después se convertirse en la zona de las fricciones imperiales entre España y Gran Bretaña.

Palabras clave: Época colonial, golfo de Honduras, geopolítica, frontera imperial, guerra

Rafal Reichert ∙ Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas,

Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica cesmeca - unicach

Correo electrónico: rafreich@yahoo.com, rafal.reichert@unicach.mx

Tzintzun. Revista de Estudios Históricos ∙ Número 65 (enero-junio 2017)

ISSN: 1870-719X ∙ ISSN-e: 2007-963X

The gulf of Honduras: geopolitical and military strategies

of an imperial frontier, 16th - 18th

Abstract

The purpose of this article is a demonstration of the dynamic of the geopolitical and military changes in the Gulf of Honduras. The region which since its discovery by the Spaniards in the 16th century to contemporary times has been considered as a frontier of political-administrative as well as military conflicts, where firstly confronted different Hispanic interests, that later converted the area of the Imperial frictions between Spain and Great Britain.

Key words: colonial period, Gulf of Honduras, geopolitics, imperial frontier, war

Le golfe du Honduras: stratégies géopolitiques

et militaires de une frontière imperial, xvi-xviii

Résumé

Le but de cet article est de montrer la dynamique des changements géopolitiques et militaires dans le golfe du Honduras. La région de sa découverte par les Espagnols au xvie siècle à l'époque contemporaine a été considéré comme une frontière à la fois conflit politique et administrative que militaire, où les premières propres intérêts hispaniques face, de sorte que plus tard est devenu le domaine de la Imperial friction entre l'Espagne et la Grande-Bretagne.

Mots-clé : colonial Era, Golfe du Honduras, la géopolitique, frontière impériale, la guerre

E

A menudo hallamos esos puntos confusos

porque se trata de la historia de una frontera en la

que ha habido una guerra casi permanente de siglos,

y es difícil reunir toda la documentación referente

a los innumerables combates que se dan en las fronteras.1

n esta aportación se pretende demostrar las variedades de estrategias geopolíticas y militares empleadas por los súbitos españoles a lo largo del periodo colonial en una subregión del Gran Caribe, es decir, el golfo de Honduras. Al hablar de esta última área, se le considera como un espacio geográfico limitado por las partes continentales que se extienden desde el cabo Catoche (Yucatán) hasta el golfo Dulce (actual Guatemala) y desde este lugar sigue toda la costa de Honduras hasta el cabo Gracias a Dios (actual Nicaragua). Otro límite de la región lo marcan las islas de las Antillas Mayores: Cuba y Jamaica. Cabe señalar que en este estudio también se incluye la costa de los Mosquitos por su carácter histórico conectado con la lucha contra los españoles y las alianzas con los ingleses.2

Es importante subrayar que en esta zona encontramos diferentes grupos étnicos, donde tenemos la gente nativa (mayas), pero sobre todo los establecimientos foráneos donde podemos observar la descendencia española (criollos), mestiza, afro-caribeña (Garífuna en Guatemala, Cuba y Jamaica) y zambos-mosquitos (Nicaragua). En el caso de criollos y mestizos, su presencia se debe a la colonización hispana a partir de la segunda década del siglo xvi, lo que a su vez implicó el mestizaje con los indígenas, ya que según palabras del famoso bucanero Alexandre Exquemelin, “los españoles se agradan más del sexo femenino indio o negro en aquellas partes [se refiere a las Indias] que de las propias y semejantes”.3

En cambio las regiones y países con la predominación de etnia africana, tienen su raíz en el comercio de esclavos que en la región se hizo efectivo a partir de las últimas décadas del siglo xvii, cuando los ingleses tomaron el control sobre Jamaica, la isla, que junto con Barbados, se convirtió en el almacén de esclavos negros, quienes se necesitaban para el trabajo en plantaciones de las Antillas Mayores y Menores, pero también su labor se solicitaba en otros partes del Golfo-Caribe, como fue el caso del río Walis.

Esta diversificación tanto de control político-territorial como étnica, se debió en gran medida al descuido que se había dado en las costas del actual Caribe mexicano y centroamericano. Los lugares del clima insalubre, pocas riquezas en metálico y en múltiples ocasiones afectados por los desacuerdos legislativos (caso de Jamaica y la provincia de Honduras), llevaron al golfo de Honduras al margen de la jurisdicción española luego de su descubrimiento y su colonización.

Cabe mencionar que la base del presente artículo forma la vasta revisión de la historiografía regional, además las investigaciones que se realizaron en el Archivo General de la Nación de México y en el Archivo General de Centroamérica en Guatemala. Con los resultados de este estudio se pretende aumentar el conocimiento sobre los principales factores geopolíticos, militares y administrativos, que influyeron en la formación histórica de lo que hoy es la región del golfo de Honduras.

Por la muerte o la gloria, exploración

y conquista española en el golfo de Honduras

La primera mención europea sobre la región se debe al cuarto viaje de Cristóbal Colón (1502-1503), donde el almirante al abandonar Jamaica, primero navegó a Cuba, para finalmente dar un giro al suroeste y después de varios días de jornada marítima se encontrara con las islas de Guanajas4 (frente al puerto de Trujillo, Honduras), donde por primera vez entró en contacto con la gente nativa de la región al toparse con una canoa maya. El genovés siguió su cabotaje, llegando al cabo de Gracias a Dios y después a Veragua y Portobelo.5

En marzo de 1508, el rey Fernando el Católico convocó en Burgos una junta en la cual participaron el obispo Fonseca, Américo Vespucio, Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís, en ella se discutió el futuro de las Indias. Además se tomó la decisión de enviar una expedición al norte de Veragua, con el fin de encontrar el paso hacia occidente. El mando de la empresa se otorgó a Juan Díaz de Solís, en cuestiones marítimas, y a Vicente Yáñez Pinzón, en caso de la toma de las posesiones terrestres. El piloto principal de la expedición fue Pedro de Ledesma, personaje que navegó con Colón durante su cuarto viaje.

El 29 de junio de 1508, los buques “Magdalena” e “Isabelita” consignados a través de la Casa de Contratación, salieron de España rumbo a las Indias. Después de más de un mes de travesía atlántica llegaron a Santo Domingo, de allí continuaron su navegación hacia Cuba y Jamaica para después dirigirse al cabo de Gracias a Dios, donde prolongaron su viaje hacia el norte, llegando a las Higueras6 y al golfo Dulce. Sin embargo no encontraron el paso hacia occidente y decidieron suspender la exploración. Probablemente, la expedición se dirigió hacia noreste, costeando la parte suroriental de la península de Yucatán.7

Antes de la exploración de los actuales territorios yucateco y centroamericano que comenzó en la segunda década del siglo xvi, aconteció un suceso que marcó la historia de la conquista española en el Nuevo Mundo. Se trata de los náufragos de una embarcación enviada en 1511 por Vasco Núñez de Balboa, de Santa María la Antigua de Darién (el golfo de Urabá, actual Colombia) a Santo Domingo, dirigida por Juan de Valdivia. La nave por su infortunio naufragó en los bajos Víboras, cerca de Jamaica. Los sobrevivientes en una chalupa llegaron a las costas de Yucatán donde fueron capturados por los mayas. Entre los cautivos se encontraron Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero.8 El primero sirvió de intérprete en la lengua maya y participó en la conquista de México y el segundo se convirtió en el héroe del mestizaje adoptando la vida de los indígenas.

Seis años después aparece en la costa maya del Caribe una expedición española dirigida por Francisco Hernández de Córdoba financiada en parte por el gobernador de Cuba, Diego Velázquez de Cuellar, quien según palabras de Bernal Díaz del Castillo “envió [a Hernández de Córdoba] a las islas de los Guanajes a cautivar indios por fuerza, para servirse de ellos como esclavos”.9 Con ello, en febrero de 1517 salió de La Habana una escuadra de tres buques con 110 soldados y marineros hacia occidente. Sin embargo por causa de un temporal, la armada se desvió de su ruta y se encontró con una nueva tierra, la parte nororiental de Yucatán. Del cabo Catoche, donde por primera vez se encontraron con la oposición indígena, los barcos españoles siguieron su cabotaje hacia el noroccidente de la península llegando hasta Potonchan (actual Champotón), lugar donde la fuerza de Hernández de Córdoba se enfrentó nuevamente con un ejército maya. Después de una feroz escaramuza, donde cayeron muertos algunos y otros salieron con varios flechazos, el comandante hispano decidió regresar a Cuba.10

Las noticias que trajo consigo Francisco Hernández de Córdoba sobre nuevas tierras y posibles riquezas, animaron a Diego Velázquez a enviar una nueva expedición, ahora bajo el mando de Juan de Grijalva (1518). Según Carlos Macías Richard, la nueva expedición se produjo en un tiempo relativamente corto debido a la gran esperanza de encontrar oro en la tierra apenas descubierta. Por otro lado, también tomaron importancia los intereses propios del gobernador, quien deseaba sacar mayor provecho de nuevas tierras, para cumplir con sus ambiciones. Así, una vez más, el objetivo principal de la expedición se enfocó en la obtención de mayor rescate de metales preciosos, y secundariamente en la colonización de Yucatán. Después de esta segunda expedición, la cual aportó alguna ganancia de oro, en 1519 el enérgico gobernador de Cuba envió una nueva armada compuesta de 11 navíos con el fin de colonizar nuevos territorios. El privilegio de dirigirla cayó en las manos de Hernán Cortés, quien durante los próximos dos años se ocupó de la conquista del imperio mexica.11

Retornando el contexto del actual Caribe centroamericano, en marzo de 1524, Gil González Dávila, apenas dos años después de su exitosa expedición por la costa del océano Pacífico al lago de Nicaragua y recepción de un gran “rescate de oro” equivalente a unos 90,000 pesos (el botín que quiso arrebatarle Pedrarias Dávila12), arribó a las costas del golfo de Honduras, así continuando su afán de explorar dicho espacio marítimo. Cuando tocó la tierra, fundó la villa llamada Puerto Caballos, nombre que puso debido a la pérdida de uno de sus animales (actualmente Puerto Cortés, Honduras). Sin embargo, no se quedó mucho tiempo en ese poblado y prosiguió su navegación para llegar al golfo Dulce donde fundó otro asentamiento, San Gil de Buena Vista. Desde aquel poblado comenzó su exploración hacia el interior, estableciendo amistad con un pueblo indígena Nito, de suma importancia en el tráfico mercantil mesoamericano.

Hernán Cortés cuando se enteró de los sucesos de González Dávila, tomó la iniciativa en la “carrera” por el poder sobre el golfo de Honduras. Con ello, a finales de 1523 terminaron los preparativos para dos grandes expediciones de la conquista de ese territorio. Por tierra se envió un contingente dirigido por el capitán Pedro de Alvarado y por el mar, una escuadra naval bajo el mando del capitán Cristóbal de Olid, quien primero arribó a Cuba donde se encontró con don Diego Velázquez. El gobernador cubano le convenció que traicionara al conquistador mexicano y emprendiera la conquista de Honduras en su nombre. En mayo de 1524, el capitán rebelde, tocó la tierra entre el golfo Dulce y las islas Guanajas, donde fundó el poblado Triunfo de la Cruz y entabló amistad con un pueblo indígena Naco.13

El conquistador de Tenochtitlán al enterarse de la traición, mandó a finales de 1524 una nueva expedición naval dirigida por Francisco de las Casas para que castigara al desertor. Al mismo tiempo desde Panamá tomó la iniciativa de conquistar actuales territorios de Nicaragua y Honduras, Pedrarias Dávila. En junio del mismo año organizó una expedición capitaneada por Francisco Hernández de Córdoba (homogéneo al explorador de Yucatán), Gabriel de Rojas y Hernando de Soto, quienes recibieron órdenes de establecerse en el territorio nicaragüense y de perseguir a Gil González Dávila. De hecho, Hernando de Soto realizó el viaje al norte del actual Caribe centroamericano donde se encontró con la gente de González Dávila y Cristóbal de Olid. Durante los primeros meses de 1525 la situación de empate se mantenía en la zona; sin embargo, la llegada de Francisco de las Casas influyó en los cambios de las alianzas y en la suerte de los enfrentamientos entre los diferentes grupos de exploradores y conquistadores. Así González Dávila decidió unirse al bando cortesano, que pronto se enfrentó con la hueste de Olid. Éste último ganó el enfrentamiento y se denominó como gobernador de las Higueras ya que había muerto Diego Velázquez. Sin embargo, los capitanes fieles a Cortés ganaron la simpatía entre varios soldados y durante una rebelión fueron liberados. En esa revuelta perdió la vida de Olid. Mientras tanto Hernán Cortés, no teniendo noticias del capitán de las Casas tomó una decisión crucial, abandonar Tenochtitlán y al mando de una gran expedición se dirigió a las Higueras. Llevó consigo 3,000 hombres, tanto españoles como tlaxcaltecos y aztecas. Entre ésos últimos se encontraron los principales caciques del recién conquistado imperio mexica, quienes nunca volvieron a ver su tierra natal. En Honduras, el conquistador de Tenochtitlán comenzó a organizar la provincia, repartiendo indios y buscando riquezas. Sin embargo, no terminó su labor debido a las noticias que llegaron de la ciudad de México, donde se le había considerado muerto.14

Antes de su regreso, Cortés nombró a Hernando de Saavedra como gobernador de Honduras y dejó instrucciones de dar buen trato a los indígenas. El 26 de octubre de 1526, Diego López de Salcedo fue nombrado por la Corona, el nuevo gobernador de la provincia ya que Saavedra tuvo que abandonar su puesto debido al maltrato de indios y al estallido de una rebelión contra españoles de Puerto Caballos. La siguiente década estuvo marcada por las ambiciones personales de los gobernantes y los conquistadores, obstruyendo la organización administrativa. Con la muerte de Salcedo en 1530, los españoles se convirtieron en árbitros del poder, lo que causó una anarquía en la región. Ante esa situación, algunos colonos solicitaron a Pedro de Alvarado que pusiera fin a esa situación. El adelantado de Guatemala lo consiguió mediante el acuerdo con Francisco de Montejo, quien cedió la gobernación de la provincia de Honduras a cambio de recompensaciones territoriales en Chiapas.15

La conquista y los asentamientos hispanos

en la península de Yucatán, siglo xvi

En la época de la exploración española de las costas del golfo de Honduras también se buscó penetrar la península de Yucatán. No obstante, hasta 1527 los marineros utilizaban solamente dos puntos de referencia náutica en dicha tierra, es decir la bahía de Ascensión y el golfo Dulce, dejando un gran espacio marítimo que actualmente ocupa una parte del estado de Quintana Roo y Belice sin descripciones. Esto cambió con las expediciones de conquista llevadas a cabo por Francisco de Montejo y Alonso de Ávila, quienes en septiembre de 1527 llegaron a Cozumel, después siguieron su travesía hacia el suroccidente para anclar en la pequeña bahía de Xelha cerca de un pueblo amurallado llamado Zama (actual Tulum). En este lugar decidieron establecer la primera villa española, la cual nombraron Salamanca de Xelha. No obstante, en esa localidad no perduraron mucho y en poco tiempo la abandonaron debido a la miseria y fatiga que sufrieron los colonos de Montejo durante esa primera exploración de Yucatán.16

La decisión de despoblar ese asentamiento no desanimó al adelantado, quien decidió dividir su gente en dos grupos para seguir su misión. El primer destacamento se embarcó a los dos naos que tenía y los hombres restantes continuaron la exploración por la tierra, rumbo al suroccidente. En vanguardia salió una pequeña carabela con 10 soldados de confianza quienes recibieron órdenes de penetrar desembocaduras, bahías, caletas e islas del Yucatán meridional. Los españoles avanzaron alrededor de 80 leguas, tocando una provincia llamada Uaymil. El escuadrón marítimo llegó a una gran bahía donde los hispanos bajaron un batel y arribaron a la costa cerca del puerto llamado Chitemal (actual Chetumal). En aquel lugar tomaron cuatro indios, quienes informaron a Montejo que en dicho pueblo vivía uno parecido a ellos, es decir Gonzalo Guerrero. Los problemas de comunicación que surgieron entre la fuerza terrestre y la naval, la falta de provisiones y la aversión por parte de los mayas influyeron para que ese segundo intento de poblar la parte sur de Yucatán también fracasara.17

Sin embargo, esas frustraciones no rompieron con el carácter pertinaz de Montejo, quien en el año de 1531 despachó una nueva expedición para que tomara el control sobre esa parte de la península. El adelantado de Yucatán encomendó el mando de la empresa a su fiel amigo Alonso de Ávila, quien con 65 soldados salió de Campeche para atravesar todo el territorio maya y llegar nuevamente a la bahía de Chetumal. En mayo de 1531 los españoles arribaron a su destino donde fundaron la villa Real de Chetumal. En esa localidad permanecieron apenas un año, ya que debido a las hostilidades de los pueblos indígenas, tuvieron que abandonar una vez más la región. Cabe decir que Alonso de Ávila, rodeado por los enemigos, quienes fueron liderados por Gonzalo Guerrero, decidió tomar la retirada por el único camino libre, el mar. En 32 canoas se embarcaron 40 soldados españoles, 15 cautivos indígenas y cinco caballos para emprender su épico viaje a Honduras. Al abandonar la bahía de Chetumal, la expedición se dirigió hacia Trujillo adonde llegó después de siete meses de navegación de cabotaje, durante la cual se realizó el reconocimiento de arrecifes, islas y ríos de Sibun, Walis, Dulce y Ulúa. Cuando finalmente el capitán de Ávila llegó a su destino, encontró la villa en completa anarquía, por eso decidió enviar un informe al rey donde describió con detalles la situación del poblado. Sus noticias influyeron en la decisión del monarca para otorgar la gobernación de Honduras a Montejo, quien arribó a ese puerto en 1536.18

Es importante mencionar que la parte caribeña de la península de Yucatán en realidad hasta bien entrado el siglo xvii fue un territorio donde no se establecieron muchas villas españolas. La ciudad más cercana a esa costa fue Valladolid, unas cuantas misiones religiosas y el último reducto español antes de entrar a Petén, Salamanca de Bacalar. Este poblado fue fundado en 1544 por Melchor Pacheco en la orilla de la gran bahía de Chetumal. No obstante, desde el primer momento llegaban a las autoridades metropolitanas las quejas sobre las malas condiciones del lugar, el clima insalubre y el aislamiento con otras regiones. La escaza comunicación con las demás partes de la Capitanía General de Yucatán se debió a malos caminos que vinculaban a Bacalar con el resto de la provincia, donde muchos de ellos permanecían intransitable a lo largo del año. Asimismo, los peligrosos bajos y arrecifes que se encontraban en la entrada a la bahía de Chetumal, también limitaban la comunicación marítima con la Capitanía. Es interesante destacar que, aunque la permanencia española en Bacalar era complicada y jamás se consiguió establecer un poblado próspero, las autoridades no cesaron los intentos de someter a los mayas de “la montaña” bajo su poder. Creían que convirtiendo a Bacalar en un buen reducto administrativo-militar se podría reacomodar a todos los indígenas dispersos por la zona y de esta manera lograr pacificar a los itzáes, los indios bravos del área maya. Lo que a su vez les permitiría organizar una ruta comercial al Reino de Guatemala, favoreciendo a toda la provincia de Yucatán.19

Las palabras de Sergio Quesada describen muy bien la situación de esta parte de la Capitanía, donde “aunque la Corona reconoció que con la fundación de los primeros tres emplazamientos [Campeche, Mérida y Valladolid] la conquista de Yucatán era un hecho consumado, lo cierto es que el dominio hispano quedó suscrito únicamente al norte y noreste peninsular, pues en el sur y en la mayor parte del oriente el control únicamente fue nominal”.20 Esa situación permitió que a partir de 1637 en la región suroriental de la provincia, aparecieran los primeros europeos no hispanos, es decir, un grupo de náufragos ingleses quienes se salvaron de un buque que encalló en el arrecife que resguarda la entrada a la bahía de Chetumal.21 A partir de este momento comenzó la continua penetración extranjera con el fin de extraer maderas preciosas y tintóreas de espesa selva que cubría la región. La cada vez más frecuente presencia no hispana en el área de los ríos Walis, Nuevo y Hondo, obligó a las autoridades españolas a rehabilitar y a fortalecer esta frontera imperial a lo largo del siglo xviii.

De los piratas y corsarios en el golfo de Honduras

Cabe señalar que todavía antes de fundar los primeros establecimientos no hispanos en el golfo de Honduras, los extranjeros marcaron su presencia en la región mediante pillajes piráticos que comenzaron a efectuarse a partir de la década de 1550. La primera mención sobre un asalto a Trujillo proviene de julio de 1558, donde 200 piratas franceses desembarcaron de dos naves y atacaron la villa. Tras la rapiña, consiguieron alrededor de 100,000 pesos de a ocho reales y al zarpar del puerto lo quemaron. Cuando la información sobre la agresión llegó a la Real Audiencia de Guatemala, se acordó fortalecer las defensas de Trujillo y Puerto Caballos, para asegurar estos principales puertos de la Capitanía. Por su parte, el 25 de marzo de 1561, Felipe ii ordenó al Alcalde Mayor de la Provincia de Honduras, Juan Vázquez de Coronado, que tomase medidas frente al peligro de la piratería en su jurisdicción.22

Los piratas y corsarios al reconocer las pocas defensas de las costas hondureñas, con frecuencia se presentaban en ellas para capturar algún barco que transcurría la ruta entre las Indias y la metrópoli o saquear los poblados españoles. En 1598 Guillermo Parker, asaltó Puerto Caballos donde robó una gran cantidad de productos americanos: oro, tinta de añil, zarzaparrilla, cacao, cueros, liquidámbar, vainilla y otras especies que estaban preparadas para ser enviadas a España.23 Cabe decir que los ataques a los puertos y buques españoles en la región del golfo de Honduras se fortalecieron con la guerra de los Treinta Años (1618-1648) en la cual España se involucró a partir de 1621 y tuvo que enfrentarse contra los feroces corsarios holandeses, quienes ubicaron su área de operaciones e interceptaciones entre la costa caribeña del Reino de Guatemala, el suroccidente de Yucatán y Cuba. En varias ocasiones capturaron la Flotilla de Honduras de la cual obtuvieron buenos botines en metales preciosos y otras materias primas. Los más famosos ataques a dicha escuadra la realizaron Schouten en 1624, Lucifer en 1627 y Booneter en 1630.24

Trujillo fue nuevamente incendiada y devastada en 1633 por una fuerza de piratas holandeses. A partir de esta fecha el puerto entró en una etapa de declive y abandono que perduró hasta la segunda mitad del siglo xviii. Sin embargo, y a pesar de la decadencia, en julio de 1643 fue atacado por Guillermo Jackson, quien arribó con 16 barcos y 1,500 hombres bajo su mando, en su mayoría colonos puritanos de Virginia. El pirata tomó la ciudad sin gran esfuerzo, apoderándose también de las islas Guanajas. Este suceso finalmente convenció a los 150 españoles de abandonar la villa.25

Es interesante indicar que los piratas en el siglo xvii también acudían a la región entre el cabo de Gracias a Dios y el río de San Juan para descansar, reparar y avituallar sus buques. El primero que lo hizo fue el holandés llamado Bleeveldt o Blauveldt, quien en 1602 escogió una bahía (llamada actualmente Bluefields) como un punto estratégico para sus operaciones piráticas. Desde 1633, la ensenada comenzó a poblarse con protestantes y, a partir de 1666, ya dependió de la gobernación inglesa de Jamaica. Como consecuencia de estos acontecimientos, en la segunda mitad del siglo xvii los españoles construyeron el castillo de la Inmaculada Concepción, ubicado cerca de la desembocadura del río de San Juan. La edificación se levantó sobre las ruinas de una antigua fortaleza de la época de Felipe ii para impedir las incursiones de los piratas que subían por el río buscando acceder al lago Cocibolca y atacar desde ahí la ciudad de Granada. Además, en la ciudad de San Carlos se levantó otro fuerte de piedra y madera, que aunque fue saqueado por los piratas en 1670, servía comúnmente para prestar apoyo al presidio del castillo de la Inmaculada Concepción.26

En las costas caribeñas de la Capitanía, se solicitaba cada vez con más frecuente la construcción de las vigías que cumplían con las funciones de observar el mar, así como de alarmar a tiempo las poblaciones españolas sobre cualquier peligro. Cabe mencionar que en 1665 el gobernador español don Juan de Obregón solicitó al rey, la construcción de dos torres para la defensa de la costa caribeña de Costa Rica. Según su informe en esos lugares constantemente desembarcaban corsarios, quienes deseaban saquear la provincia. En el año siguiente una compañía de entre 600 y 700 bucaneros dirigidos por Eduard Mansvelt, Henry Morgan y Jean Le Maire, se apoderó de la región de Matina. En 1676, se realizó otra gran invasión de 800 bucaneros, quienes cayeron en esta provincia, con el fin de asegurar el paso entre el Caribe y el Pacifico, para incursionar desde allá hacia Panamá, Perú y Acapulco. Sin embargo, en esa ocasión las vigías levantaron la alerta que pronto llegó a Cartago. Allí el gobernador don Juan Francisco Sáenz juntó 500 hombres de armas y 200 indios flecheros, para hacer frente a los piratas. En tres días se dio una escaramuza en el lugar llamado la barra Honda, durante la cual los invasores perdieron dejando más de 200 muertos en el campo.27

Finalmente cabe señalar la acción de El Olonés, quien en 1667 salió de la isla Española con una flota de seis barcos y alrededor de 700 hombres. Pasó a Cuba, donde apresó pescadores y después se dirigió a Puerto Cabello (actual Venezuela) donde se apoderó de un gran buque fondeado en la rada del puerto y también atacó la ciudad. De regreso, el bucanero francés se encontró con una escuadra española. Sin embargo, no entró en combate, sólo decidió escapar hacia el cabo Gracias a Dios para después seguir al golfo de Honduras. Los piratas por falta de alimento comenzaron a asaltar y saquear los poblados indios a lo largo de la bahía, sembrando el terror y pánico entre los habitantes debido a su crueldad. La inseguridad de las costas del Reino de Guatemala, hizo pensar al pirata francés que quizás fuera posible invadir la capital de la Capitanía; sin embargo, parte de su tripulación le abandonó y volvió a La Tortuga (actual Haití).28

En el caso de la península de Yucatán, las primeras menciones sobre los piratas provienen de 1559, cuando los corsarios franceses luteranos desembarcaron en la villa de Campeche sorprendiendo por completo a su población. Además de saquear el puerto, secuestraron a algunos vecinos importantes para recibir el rescate. Una vez obtenido el botín abandonaron el puerto. En 1562, nuevamente los pobladores fueron atacados por franceses, en esta ocasión, robaron todo el ganado y el palo de tinte que se encontraba en el muelle. Según Antonio García de León, “la creciente actividad de los corsarios franceses e ingleses en la segunda mitad del siglo xvi en las Indias reflejaba el contexto de enfrentamientos que sucedían en el Viejo Mundo”.29 En esta dinámica se situaron los ataques a los puertos de Veracruz y Campeche, así como las rapiñas ocasionales contra otros puertos menores como: Alvarado, Villahermosa y Champotón. Asimismo, el historiador subraya que la batalla de San Juan de Ulúa, un enfrentamiento naval de septiembre de 1568, entre las flotas de Francisco Luján y John Hawkins, es uno de los mejores ejemplos de las amenazas que se cernían sobre los virreinatos, en este caso sobre Nueva España. Ello tiene que ver precisamente con las actividades del corso oficial enemigo, que fue común en el siglo xvi. Este proceso creó una imagen en la cual corsarios se asociaban a un enemigo infiel, en ese caso protestante.

La cuestión de la defensa de la fe católica era una de las reglas fundamentales para los españoles tanto peninsulares como americanos. Vale la pena presentar un interesante caso de los corsarios franceses, quienes actuaron entre 1570 y 1571 en las aguas yucatecas bajo el mando del capitán Pierre Chultot. Los intrusos fueron capturados por los españoles cuando se abastecían de agua y comida. De los diez presos, cuatro fueron ahorcados en Mérida y los seis restantes fueron hechos esclavos hasta cuando, en noviembre de 1571 los reclamó el Tribunal de la Inquisición de México. El Fiscal del Santo Oficio, don Antonio Fernández de Bonilla, escribió así a las autoridades yucatecas:

[…] que en este Santo Oficio hay información que un navío de franceses anduvo en días pasados, por el mes de mayo de este presente año de 1571, por la costa de Yucatán, robando y quemando los navíos que topaban de cristianos, y saltando en tierra en la isla de Cozumel y otras partes, robaron y profanaron los templos, quebrantando las imágenes, diciendo, teniendo y creyendo con dichos y hechos pública y escandalosamente la secta de Martín Lutero y sus secuaces, y alabándolo, comiendo carne en viernes y persuadiendo a los indios que la comiesen, diciendo injurias de Su Santidad y del Rey nuestro señor […].30

Tres de estos piratas, Nicolás de Siles (maestre del buque), Pierre Sanfroy y Guillermo Cocrel (marineros) fueron condenados a las galeras después de recibir 200 azotes cada uno.31 Cabe decir que desde esta primera noticia de los extranjeros en Cozumel, la isla se convirtió en un hogar para los piratas franceses e ingleses que según fray Diego López de Cogolludo, siguieron allá todavía en la primera década del siglo xvii, atacando los buques y asaltando los pueblos indios entre el río Lagartos, Cabo Catoche y Cozumel.32

Retornando el juicio de Santo Oficio que se dio a los franceses, se puede decir que fue una advertencia para los intrusos extranjeros quienes, sin embargo, no hicieron caso de ella y los asaltos y saqueo continuaron tanto en la tierra como en el mar. La mayoría de los ataques se enfocaban en el golfo de Honduras y en la zona de Campeche; no obstante, en la costa suroriental de Yucatán, la cual era la peor vigilancia por las autoridades coloniales, se permitió que se establecieran mayas rebeldes, piratas, esclavos fugitivos y en la bahía de Chetumal, cortadores de palo de tinte.33

Igual como en el caso del golfo hondureño, los ataques piráticos a Bacalar se intensificaron a partir de la guerra de los Treinta Años. Así, en 1642 la villa sufrió un saqueo de parte de Diego de los Reyes “El Mulato”, quien vació cada una de las casas y la iglesia. Seis años más tarde se efectuó otra invasión a la villa llevada a cabo por el corsario “Abraham”, quien mató a varios vecinos. Para su persecución se organizó una expedición compuesta por españoles y mayas bajo el mando del capitán Bartolomé Palomino, quien logró rescatar a los vecinos secuestrados y expulsó al pirata de la región. Todavía en 1652, un corsario llamado “Tomás” invadió nuevamente Bacalar.34 Estas devastadoras agresiones piráticas, así como las duras condiciones de la vida influyeron en la decisión que tomaron los españoles de abandonar el poblado y trasladarse a Chichanhá.

La rivalidad colonial en el Yucatán suroriental, siglo xviii

Con el cambio dinástico en España que se dio en 1700, la nueva casa de los Borbones decidió fortalecer el poderío hispano sobre todo en las zonas fronterizas de la península de Yucatán y el Reino de Guatemala. Con ello, entre 1701 y 1717 se realizó la “limpieza” de la laguna de Términos de los cortadores madereros extranjeros, así terminando con su negocio de palo de tinte en el Golfo de México. Al asegurar la costa de Sotavento, el virrey novohispano, el capitán general de Guatemala y el gobernador de Yucatán, enfocaron su atención en la bahía de Chetumal donde florecía la extracción de maderas tintóreas y preciosas por los ingleses.

Así, entre 1722 y 1733, se realizaron varias expediciones militares. La primera tuvo lugar en agosto de 1722, cuando, en dos piraguas armadas, el capitán campechano Esteban de la Barca subió por el río Walis y apresó una fragata con 36 ingleses y ocho negros cargada de palo de tinte. Al mismo tiempo fueron quemados dos ranchos de los cortadores. Cuando las noticias del acontecimiento llegaron al gobernador de Yucatán, éste se animó para proseguir la lucha contra los ingleses en la zona suroriental de la península. Mandó nuevamente al capitán de la Barca, ahora con una goleta, una piragua y 40 hombres. Durante la travesía desde Campeche hasta la bahía de Chetumal la escuadrilla apresó varias embarcaciones inglesas cargadas con palo de tinte. Al llegar a la desembocadura del río Walis quemó diversas rancherías británicas, en las cuales tomó presos y mercancías.35

En los años siguientes sólo se organizó una expedición más bajo el mando del capitán Nicolás Rodríguez. El 24 de abril de 1724, los españoles entraron en la desembocadura del Walis encontrando siete embarcaciones, entre ellas un buque de guerra, el HMS Spencer, comandado por el capitán Yellberton Peyton, quien tras intercambio de las cartas oficiales con el jefe español, ganó el tiempo necesario para agrupar a los británicos y retirarse con ellos a Jamaica. Finalmente, el día 29 Rodríguez se apoderó de los barcos, ranchos y bastimentos abandonados y ordenó quemar todo lo que se encontrara hasta 14 leguas tierra adentro.36

El modelo de combate a través de excursiones era eficaz, pero sólo al corto plazo, pues poco tiempo después los ingleses regresaban y restablecían sus poblados provisionales, lo que obligaba a los hispanos a preparar nuevas campañas. Un personaje que se enfocó con particular vigor en la lucha contra los británicos en Walis, fue el gobernador de Yucatán don Antonio Figueroa y Silva, quien entre 1727 y 1733 realizó cuatro expediciones bélicas en el área. La primera partió de Mérida en la primavera de 1727 y llegó a la antigua villa de Salamanca de Bacalar, abandonada casi por 80 años. Allí el gobernador decidió establecer una guarnición fija y restituir el poblado, utilizando para ello a colonos españoles provenientes de las Canarias, quienes junto con los indios a partir de 1729, empezaron a construir el fuerte de San Felipe como protección de la villa y el punto estratégico para emprender futuras expediciones contra los cortadores de palo de tinte en Walis. Ese acontecimiento provocó una movilización de las fuerzas inglesas para atacar y desanimar los desafíos españoles. En poco tiempo reunieron las piraguas y embarcaciones pequeñas para realizar, junto con sus aliados zambos-mosquitos, una expedición hacia Valladolid, desembarcando en la bahía de Ascensión. Los invasores sorprendieron y saquearon los pueblos de Chunchuhub y Telá. Asimismo, amenazaron Tihosuco —último pueblo importante en la región del Oriente peninsular— pero se retiraron al oír rumores de que los españoles preparaban el contraataque. El gobernador Figueroa les alcanzó en Telá, donde les dio batalla e hizo que los británicos perdieran varios hombres y se retiraran a Walis. Para la tercera expedición, agosto de 1729, el gobernador reunió 700 hombres y mujeres, además de embarcaciones menores en Campeche. Durante esta campaña se reforzó el poblado de Bacalar. El sobrino del gobernador, Alonso de Figueroa, en cinco piraguas y un bongo recorrió los ríos Hondo y Nuevo donde se enfrentó varias veces con los ingleses que vivían en ranchos. Quemó 171 pilas de palo de Campeche y 45 embarcaciones pequeñas. La última empresa se realizó en 1733, cuando don Antonio Figueroa montó una expedición compuesta por más de 250 soldados que entraron en combate contra los británicos y lograron arrojarles de la región.37

Es incuestionable que los esfuerzos realizados por Antonio Figueroa contra los ingleses de Walis permitieron establecer puntos de vigilancia en la costa oriental peninsular, con su centro en Bacalar y obstaculizar el movimiento de los británicos en la zona. Sin embargo, los españoles no lograron detener por completo su presencia como sí lo pudieron hacer en la laguna de Términos. A partir de la muerte del gobernador, durante su regreso de la última expedición en Walis (1733), las campañas bélicas contra los ingleses cedieron en fuerza y se limitaron a pequeñas excursiones desde Bacalar.

Cabe decir que los británicos y sus aliados zambos-mosquitos no se quedaron atrás y en varias ocasiones realizaron contraataques al presidio de Bacalar y sus alrededores. Un primer intento se hizo en 1738, cuando una compañía se presentó en la bahía de Chetumal para tomar la villa. Los ingleses no mencionaron a sus aliados que había una fortaleza abaluartada y cuando estos lo supieron, decidieron abandonar la expedición. Con ello la campaña se frustró. La segunda invasión ocurrió dos años más tarde cuando los enemigos de España atacaron nuevamente el pueblo de Telá, del cual fueron rechazados con grandes bajas. En 1751 un contingente británico sorprendió y quemó la vigía de San Antonio en la bahía de Chetumal. Los anglosajones intentaron hacer lo mismo en 1753, pero fueron rechazados por el destacamento español. Finalmente, un año después se realizó otro ataque contra la villa, donde los invasores inclusive lograron acercarse a Bacalar, pero no lograron su objetivo y se retiraron frente a la movilización de la guarnición y los vecinos.38

A pesar de las expediciones militares los británicos no pudieron establecerse en el Walis hasta la firma del Tratado de París en 1763, donde la Gran Bretaña salió ganadora de la guerra de los Siete Años (1756-1763). Con la paz obtuvo las posesiones francesas en América del Norte y en el Caribe, así como la provincia de Florida, que España cedió a cambio de la devolución de La Habana y Manila. Asimismo, y por primera vez en la historia de los conflictos bélicos entre ambas coronas, se hizo mención explícita de las poblaciones inglesas y los cortadores de madera en la región del golfo de Honduras.39 En efecto, según el artículo xvii del Tratado de París, los británicos se comprometieron a “demoler todas las fortificaciones suyas en la bahía de Honduras y otros territorios de España en aquella parte del mundo”. A cambio, el rey Carlos iii fue obligado a aceptar la presencia de los británicos en dicha cuenca marítima, “donde éstos pudieron ocuparse en el corte, carga y transporte de palo de tinte sin ningún obstáculo por parte de los españoles”.40 Esta situación legalizaba, a su vez, el comercio británico de maderas.

La región de la bahía de Chetumal y Walis mostró nuevamente su importancia en la lucha entre España y Gran Bretaña durante la guerra de la Independencia de los Estados Unidos de América (1776-1783), y también en las guerras Revolucionarias Francesas (1792-1802). En la consecuencia del primer conflicto, Reino Unido perdió sus Trece Colonias Norteamericanas que desde el Tratado de París (1783) fueron consideradas un país independiente. Sin embargo, la consecuencia más importante en la geopolítica de la región del golfo de Honduras y el suroriente de Yucatán llegó tres años más tarde, mediante la ampliación de los acuerdos de 1783, es decir, en la Convención de Londres donde ambas coronas acordaron la liquidación de la colonia británica en Mosquitia y el traslado de sus 2,000 habitantes a Walis. El suceso fortaleció la presencia británica en esa última zona y fue el principio para formar su nueva colonia: Honduras Británica.41 Los ingleses a cambio de gozar de derechos de corte de maderas, se comprometieron no ejercer contrabando y hostilidades con españoles además de no desarrollar ningunas defensas.42

Finalmente, el último esfuerzo español que se realizó para establecer el orden colonial en la región se hizo en 1798, cuando el gobernador e intendente de Yucatán, Arturo O´Neill, frente a una fuerza compuesta por más de 2,000 soldados y milicianos atacó a los colonos británicos en Walis. Después de una sangrienta batalla que se dio el 10 de septiembre en el cayo de San Jorge, los españoles tuvieron que reconocer la victoria de los colonos apoyados por esclavos, buques armados y tropas regulares.43 La expedición de O´Neill fue el último ataque a las posesiones británicas en la región ya que a partir de ese momento España perdió la iniciativa y el control sobre ese territorio, el cual desde entonces y hasta la independencia de Belice, pasó al protectorado de Gran Bretaña.

La rivalidad colonial en el golfo de Honduras, siglo xviii

Se ha mencionado que desde los años treinta del siglo xvii no hispanos comenzaron a establecer pequeños ranchos en la región de los ríos de Walis, Hondo y Nuevo además en la laguna de Términos, los cuales utilizaban como bases para su trabajo de corte de palo de tinte, caoba y cedro. En otras partes de la costa caribeña que pertenecían al Reino de Guatemala, es decir, desde el golfo Dulce hasta Bluefields también se formaron poblaciones extranjeras. Desde luego esos lugares adquirieron una nueva función al convertirse en los puntos estratégicos para las redes de contrabando que tenía su base principal en Jamaica.

Al respeto de los conflictos imperiales entre las coronas española e inglesa en el golfo de Honduras, estos surgieron a partir de los años 30 del siglo xvii con la fundación de la “Compañía de las Islas de la Providencia”, la cual quiso establecer sus factorías en las islas de San Andrés (frente de las costas nicaragüenses), las islas Guanajas (frente a Trujillo) y la Tortuga (una islita cerca de Cuba), las cuales consideraban como puntos estratégicos para ejercer el contrabando con los españoles y también lugares en los cuales pudieran reunirse bienes forestales extraídos de los bosques cerca de la costa caribeña. Los colonos ingleses lograron quedarse en esos lugares donde la soberanía española prácticamente no existía. Además en 1633, un grupo de estos colonos puritanos fundó dos pequeñas aldeas en el cabo Gracias a Dios y Bluefields. Las autoridades españolas tuvieron avisos alarmantes de los avances de la Compañía y decidieron actuar. La isla de la Tortuga se recuperó en 1635 y seis años más tarde se restableció el poder español en las islas de Providencia, donde se capturaron alrededor de 400 ingleses. Asimismo, en 1642 fueron desalojados los colonos protestantes de las Guanajas. Los únicos establecimientos de la Compañía que se salvaron, fueron los del cabo Gracias a Dios y Bluefields, debido a que los españoles ignoraron su existencia.44

El agravio de tensiones entre ambas potencias se multiplicó en el siglo xviii donde España, después de firmar el infortunado tratado de Utrecht (1713), buscaba consolidar sus fronteras para obstaculizar el comercio clandestino de los británicos, quienes en el golfo de Honduras encontraron lugares idóneos para intercambiar la mercancía europea por los productos regionales como cacao, tabaco, zarzaparrilla, añil, maderas preciosas y raramente oro.45 La corona hispana, viendo ese peligro para sus intereses económicos, desde un principio intentó intervenir y detener el fenómeno del comercio ilícito. Una persona importante en esta obra fue José Patiño Rosales secretario de Hacienda, Marina y de Indias, quien emprendió una vigorosa lucha por medios burocráticos y bélicos contra el diluvio de mercancías inglesas ilegales. El funcionario real nunca se quedaba pasivo y siempre respondía a los abusos británicos.46

Su arma más efectiva era el corso, sobre todo de Cuba, el cual a partir de los años ochenta del siglo xvii se ejercía desde La Habana, Puerto Príncipe, Trinidad y Santiago de Cuba. Según Rubio Mañé, el hecho de hacer varias buenas presas por los corsarios cubanos, en la década de los años veinte del siglo xviii, despertó el entusiasmo de la marina campechana por hostilizar y obstaculizar la navegación inglesa en la parte suroriental de la Capitanía General de Yucatán.47

Es interesante señalar que corsarios hispanos no sólo se dedicaban a apresar embarcaciones inglesas que contrabandeaban en el golfo de Honduras y el Caribe, sino también se ocupaban de saquear las plantaciones de azúcar en la parte norte de Jamaica. A menudo los españoles capturaban allí esclavos negros, que después llevaban a Cuba. Por eso, en la correspondencia entre los gobernadores jamaiquinos y los reyes de Inglaterra, varias veces se mencionaba la necesidad de fortalecer la costa norte de Jamaica y utilizar los privateers ingleses como soporte para la seguridad de los plantadores. Un ejemplo de la vasta documentación que intercambiaban las autoridades tanto españoles como ingleses son las cartas de acusaciones. En una fechada el 13 de diciembre de 1752, Charles Renowles, vecino de Mosquitia, escribió al gobernador de Jamaica avisándole haber atrapado un bergantín corsario campechano bajo el mando del capitán Juan de Torres, quien con tres embarcaciones españolas atacó varios buques ingleses en las cercanías de la costa de Mosquitos y la isla Roatán. El inglés mencionaba que, desde el fin de la guerra de la Oreja de Jenkins o del Asiento en 1748, los corsarios españoles violaban permanente los acuerdos del tratado de paz y continuaban “cazando” los barcos mercantes británicos que navegaban entre Inglaterra, Jamaica, costa de Mosquitos, Walis y las Trece Colonias Norteamericanas. Esta situación también queda demostrada en la correspondencia hispana, donde Fernando VI en carta a los virreyes y gobernadores de Indias fechada el 23 de agosto de 1751, mencionaba que “los ingleses de Jamaica hicieron muchas presas de embarcaciones españolas, dando maltratos a la gente que se encontraban en ellas”.48

Pero no sólo en la alta mar se enfrentaban ambas potencias. Se ha mencionado sobre la alianza de los ingleses con zambos-mosquitos, quienes según Juan Bosch eran feroces enemigos de los españoles y “dondequiera que actuó un pirata o un capitán inglés en esa región [golfo de Honduras], allí estuvieron los zambos-mosquitos combatiendo a su lado; y como era un pueblo belicoso su alianza fue de gran utilidad para Inglaterra en el Caribe”.49 Una primera noticia del siglo xviii sobre acciones conjuntas fue la incursión de una fuerza que actuó en la bahía de Chetumal, alcanzando la laguna de Bacalar y llegando a los poblados de Chamuxub y Chunhuhub, los cuales fueron saqueados.50

Las empresas bélicas en el golfo de Honduras no sólo se llevaban a cabo por parte de los gobernadores de Yucatán y Cuba, sino también de los oficiales de las provincias de Guatemala, Honduras y Costa Rica, quienes en sus jurisdicciones tuvieron que enfrentarse contra los asentamientos británicos tanto de las islas Guanajas, como de la costa de Mosquitos, río Tinto y Bluefields, donde la migración británica aumentó entre los años veinte y cuarenta del siglo xviii. Las primeras informaciones sobre ello las aporta el gobernador de la provincia de Honduras, don Diego Gutiérrez de Arguelles, quien en una carta al rey de fecha 22 de diciembre de 1721, dio cuenta de una expedición inglesa y de los zambos compuesta de dos navíos, una balandra armada y 11 embarcaciones de menor calado, la cual ancló en la cercanía del paraje llamado cayos Cochinos con el propósito de desembarcar 300 negros y negras para establecer plantaciones británicas en la zona. El gobernador reaccionó inmediatamente enviando la tropa de Comayagua con pólvora y municiones, la cual obstaculizó los planes de los invasores y los obligó a retirarse a la región de la costa de Mosquitos.51

Durante los siguientes años sólo se realizaron pequeñas incursiones contra los establecimientos ingleses y sus aliados zambos-mosquitos. Sin embargo, con el estallido de la guerra de la Oreja de Jenkins (1739), las autoridades españolas empezaron a planear el desalojo de los ingleses de la zona. La empresa de mayor preparación, que sin embargo por falta de recursos no tuvo éxito, fue la propuesta ante el Consejo de Indias de 1743 de utilizar la escuadra de La Habana, para expulsar a los ingleses de la isla Roatán. Al terminar la guerra del Asiento (1748), en la zona de Honduras y Costa Rica de vez en cuando surgieron fricciones, sobre todo por cuestiones de contrabando. En diciembre de 1754 el capitán general de Guatemala, don Alonso de Arcos y Moreno, informó al rey Fernando VI estarse preparando una expedición armada contra los ingleses del río Tinto, en la provincia de Honduras. Sin embargo, la campaña se suspendió por falta de recursos, los cuales fueron utilizados en la construcción del castillo San Fernando en Omoa. Curiosamente, para los trabajos de esta fortaleza se dio permiso para comprar esclavos negros en la Mosquitia. El fuerte terminado no disminuyó la presencia británica en la región, sólo permitió vigilar mejor las costas de la provincia hondureña.52

Uno de los combates más sangrientos que hubo entre españoles e ingleses se dio en el valle de Matina, la principal zona de contrabando de cacao y negros en Costa Rica. El encuentro armado del que dejó un relato el gobernador de Costa Rica don Manuel Solar, tuvo lugar el 28 de agosto de 1759, cuando una compañía española se enfrentó con más de 120 contrabandistas y zambos-mosquitos de los cuales los hispanos capturaron la mayoría.53

La mayor operación militar que se realizó en la costa caribeña de la Capitanía General de Guatemala, sucedió durante la guerra de la Independencia de las Trece Colonias donde Francia y España vieron la oportunidad para la revancha de las amargas derrotas y humillación que sufrieron tras la pérdida de la guerra de los Siete Años. El primer objetivo de las autoridades españolas fue el ataque contra los establecimientos ingleses y zambos-mosquitos para asegurar y fortalecer la presencia hispana en la Capitanía, ya que desde los años sesenta del siglo xviii se sabía sobre el proyecto que en secreto prepararon los oficiales reales en Londres y Jamaica sobre la apertura de un corredor interoceánico. Por eso los británicos deseaban conquistar alguna de las provincia del Reino guatemalteco para realizar su proyecto, donde aparte de los fines económicos también se veía una gran oportunidad para dividir el imperio español en las Indias en dos partes, lo que a su vez influiría en su vulnerabilidad e inseguridad.54

Las campañas que se dieron en el frente del Reino marcaron victorias y derrotas del ejército hispano que actuaba en la región bajo el mando del capitán general de Guatemala, Matías de Gálvez, el hermano de José, ministro de las Indias. Durante 1779, año cuando España oficialmente entró en el conflicto, se dieron dos batallas importantes. La primera del cayo de San Jorge frente de Walis, la cual permitió a los españoles mantenerse en la zona y resguardar sus conexiones entre Bacalar, Cuba, Puerto Caballos y Trujillo y la segunda en Omoa.55 Al hablar sobre este último lugar, a mediados de octubre de 1779, los británicos tomaron la iniciativa cuando una compañía compuesta de 500 soldados, tras un corto asedio, tomó el castillo de San Fernando. Los invasores se mantuvieron en la fortaleza apenas cinco semanas debido a que el clima no les favoreció y además les llegaron noticias que Gálvez estuvo formando un contingente militar en San Pedro Sula para reconquistar Omoa. El capitán general de Guatemala se presentó frente de la fortaleza el 21 de noviembre y después de unos días de sitio, la tomó. Cabe señalar que los británicos dejaron una guarnición reducida y se retiraron a Jamaica con un botín de plata que encontraron en dos barcos españoles anclados en el puerto.56

Sin embargo, el abandono de Omoa por los británicos no significó el fin del conflicto, en realidad fue apenas anuncio de lo que vendría. Así, a finales de febrero de 1780, un ejército bajo las órdenes del capitán John Polson y escoltado por el joven capitán de navío Horatio Nelson, quien aseguraba el convoy a bordo de la fragata hms Hinchinbrook, salió de Jamaica y desembarcó en la boca del río de San Juan para proceder su avance hacia los grandes lagos de Nicaragua.57 El 4 de marzo las tropas británicas llegaron a la fortaleza la Inmaculada Concepción, la cual después de un mes de asedio se rindió. La pérdida de la fortificación que resguardaba el acceso al interior de la provincia no causó gran temor entre los españoles quienes ya desde principios de 1780, bajo el mando de Matías de Gálvez, organizaron la defensa de la ciudad de León y además se fortificaron en San Carlos, donde reunieron 500 soldados y goletas corsarias. El capitán Polson, después de la toma del castillo de la Inmaculada decidió detener su avance hacia la capital de la provincia para reorganizar y reforzar sus tropas con nuevos soldados. Esta decisión fue crucial para la campaña ya que los británicos debido al clima insalubre comenzaron a enfermarse de fiebre amarilla y a morir rápidamente, lo que finalmente obligó al comandante inglés a abandonar la empresa y volver a Jamaica. La operación terminó en el fracaso completo y costó la vida más de 2,500 hombres.58

A partir de este momento los españoles tomaron nuevamente la iniciativa en el teatro de la guerra en el Caribe. Cabe señalar que desde que España y Francia entraron en el conflicto, se diseñó un plan de invasión a Jamaica para arrebatar a los británicos su principal base naval y militar en la región. Sin embargo, esta empresa bélica fracasó tras la derrota de la armada francesa en la batalla de los Santos. Otro proyecto con el mismo fin fue la campaña de Matías de Gálvez contra la Mosquitia. El capitán general durante varios meses de 1781, se estuvo preparando para dar el golpe decisivo a los asentamientos ingleses y zambos-mosquitos. Para reforzar su operación recibió el apoyo económico de la Nueva España. Además, los apostaderos navales de Veracruz, La Habana y Campeche se comprometieron a soportar su fuerza con los buques de la marina y los corsarios.59

Al terminar los preparativos, los españoles comandados por el tenaz capitán general de Guatemala se dirigieron a “limpiar” la isla de Roatán. El 16 de marzo de 1782 se dio la batalla donde después de un día de bombardeo hispano, se echó a la tierra 800 soldados quienes vencieron una escasa guarnición británica y capturaron 135 civiles y más de 300 esclavos. Después de esta victoria, la fuerza española se destinó al río Tinto donde arribó el 2 de abril y tomó sin gran esfuerzo los poblados de Quipriva, Mister Crik y el fortín “El Caribe”. Los británicos, sólo en el primer poblado intentaron espantar a los españoles con cañoneada, sin efecto, y a través de la selva se retiraron a cabo Gracias a Dios. La alegría de Matías de Gálvez por otro triunfo no perduro mucho tiempo ya que en pocos días le llegó la noticia sobre la victoria del almirante británico George Rodney en la batalla de los Santos. El acontecimiento detuvo el avance español hacia Mosquitia y obligó a regresar al capitán general a la capital para reorganizar los planes defensivos del Reino de Guatemala. Antes de su partida, Matías de Gálvez obligó a su gente a reparar los fuertes de Quepriva y “El Caribe”, donde dejó un contingente militar de 300 soldados comandados por el capitán Tomás de Julia.60

Los británicos, bajo el mando de Edward Marcus Despard, respondieron en agosto cuando después de reunir a los pobladores, esclavos libres, zambos-mosquitos y refuerzos de Jamaica en cabo de Gracias a Dios, se dirigieron a recobrar sus establecimientos perdidos. La fuerza británica contaba con alrededor de 1,200 individuos y fue apoyada por un escuadrón de la marina británica y buques mercantes. En Quepriva encontraron un pequeño contingente español, el cual fue completamente sorprendido y masacrado. El ataque sobrevivió sólo un hombre, Manuel Rivas quien después de su fuga contó lo acontecido a sus compatriotas del poblado de “El Caribe”.61

Finalmente, el 28 de agosto la fuerza británica se presentó frente del fortín. El comandante español de Julia en el primer momento decidió no rendirse. Sin embargo, tras el intercambio de las cartas con el coronel Despard, el 31 de agosto tomó la decisión de capitular. Según los acuerdos, los españoles dejaron los cañones y fueron escoltados por la escuadra inglesa a la fortaleza de San Fernando de Omoa, donde tuvieran que permanecer sin levantar las armas contra los británicos hasta el fin de la guerra. Este fue el último acto de las acciones bélicas que se jugaron en el frente caribeño del Reino de Guatemala ya que a finales de 1782, comenzaron las negociaciones de paz que se formalizaron el 3 de septiembre de 1783 en el Tratado de París, el cual puso fin a la guerra.62

Reflexiones finales

El propósito de esta aportación ha sido presentar los cambios geopolíticos y conflictos militares a nivel de una importante subregión del Caribe: el golfo de Honduras. El territorio que desde el cuarto viaje de Cristóbal Colón causó varias disputas y desacuerdos, principalmente entre los conquistadores españoles quienes al enterarse que hubo oro en la región del lago de Nicaragua, comenzaron la “carrera” para dominar administrativamente ese espacio. En dicha competencia participaron los principales centros administrativos de las Indias del siglo xvi: Santo Domingo bajo el mando de la Audiencia Real, Panamá gobernado por Pedrarias Dávila, Cuba de Diego Velázquez y Nueva España sujetado a Hernán Cortés.

Estas fricciones desde el principio convirtieron la región en una frontera donde colisionaban los intereses y ambiciones de los conquistadores, lo que a su vez obstaculizó el fortalecimiento del poderío real en la zona. Esto, más la lejanía de los centros administrativos, causó que pronto los extranjeros comenzaran a interesarse por dichas tierras. Primeramente ejerciendo la rapiña y el contrabando, para luego, a partir de la década de los 1630, se establecieran sus primeras poblaciones en lugares donde no llegaba la jurisdicción hispana. Estos pequeños asentamientos a lo largo del siglo xvii y xviii se convirtieron en “las gotas que rebasaron el cáliz de amargura”, provocando en múltiples ocasiones los conflictos bélicos y diplomáticos entre España y Gran Bretaña, los imperios que estaban presentes en el área, y quienes quisieron obtener el mayor provecho geopolítico y administrativo para asegurar sus compromisos económicos.

Así, por un lado los hispanos buscaban fortalecer su frontera caribeña del Reino guatemalteco, mientras que los británicos con sus aliados zambos-mosquitos, buscaban debilitar el dominio español en la región para poder asegurar sus negocios de corte de palo de Campeche, contrabando y algunas empresas expansionistas, como la de tomar el control sobre el río San Juan y los lagos de Nicaragua, lo cual hubiera permitido separar a los virreinatos americanos y a su vez abrir paso hacia el Mar del Sur para los británicos.

Esta situación bélica y de permanente amenaza convirtió a Centroamérica en una región fronteriza de continuas disputas político-militares, que perduraron hasta los tiempos contemporáneas, en el cual después de la ruptura del imperio español, solamente cambiaron los principales actores en el escenario regional, donde el nuevo colonialismo primeramente ejercían Gran Bretaña y Francia (siglo xix), y a partir de la siguiente centuria los Estados Unidos, el país que fortaleció la idea de que Centroamérica es una frontera de los intereses diplomáticos, militares y económicos para las principales potencias del mundo.

1 Bosch, Juan, De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe frontera imperial, México, Porrúa, 2009, p. 274.

2 Esta delimitación espacial es del autor del artículo debido a su estrecha vinculación histórica. Otro nombre que se puede utilizar para esta zona es el Caribe Maya debido a la población indígena que la poblaba.

3 Exquemelin, Alexandre, Piratas de la América, México, Singulares, 2012, p. 48.

4 Es un archipiélago compuesto por tres islas: Guanaja, Roatán y Utila.

5 Macías Richard, Carlos, El Caribe mexicano. Origen y conformación, siglos xvi y xvii, México, Universidad de Quintana Roo, Miguel Ángel Porrúa, 2006, pp. 27-28.

6 Otro nombre con el cual se denominaba el golfo de Honduras.

7 Torre Revello, José, “El viaje de Yáñez Pinzón y Díaz de Solís (1508)”, en Historia Mexicana, 6: 2, 1956, pp. 233-246.

8 Cabe señalar que ese viaje se debió al conflicto que estalló entre la gente que apoyaba la causa de Diego Nicuesa, quien tenía la licencia para explorar y poblar la Tierra Firme y los rebeldes bajo el mando de Vasco Núñez de Balboa. Ortwin Sauer, Carl, Descubrimiento y la dominación española del Caribe, México, FCE, 1984, pp. 260-267.

9 Díaz del Castillo, Bernal, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, México, Porrúa, 2013, p. 4.

10 Chamberlain, Robert S., Conquista y colonización de Yucatán (1517-1550), México, Porrúa, 1982, pp. 13-15.

11 Macías Richard, El Caribe mexicano, pp. 83-84.

12 Pedrarias Dávila, fue nombrado en 1513 gobernador y capitán general de Castilla del Oro, que ocupaba territorios de los actuales países de Nicaragua, Costa Rica, Panamá y la parte norte de Colombia. En 1519 fundó la ciudad de Panamá. Se caracterizó por su temperamento ambicioso y la crueldad con que trató tanto a los indígenas como a los españoles que estaban bajo su mando. Ordenó decapitar a Vasco Núñez de Balboa (descubridor de la Mar del Sur) y a Francisco Hernández de Córdoba (fundador de la ciudad de León en Nicaragua). Mena García, María del Carmen, Pedrarias Dávila o “la ira de Dios”: una historia olvidada, Sevilla, Universidad de Sevilla, 1992.

13 Chamberlain, Robert S., The conquest and colonization of Honduras 1502-1550, Washington D.C., Carnegie Institution of Washington, 1953, pp. 10-12.

14 Fernández de Oviedo y Valdés, Gonzalo, Historia general y natural de las Indias, islas y tierra firme del mar océano, Madrid, Imprenta de la Real Academia de la Historia, 1855, pp. 299-305.

15 Macías Richard, El Caribe mexicano, pp. 174-193.

16 Chamberlain, Conquista y colonización de Yucatán, pp. 37-38.

17 Macías Richard, El Caribe mexicano, pp. 211-212.

18 Molina Solís, Juan Francisco, Historia del descubrimiento y conquista de Yucatán, México, Ediciones Mensaje, 1943, tomo i, pp. 82-85.

19 Vázquez Barke, Gabriela, “El Bacalar colonial. Una villa española en los confines de Yucatán”, en Revista Brasileira do Caribe, 14: 28, 2014, pp. 330-332.

20 Quesada, Sergio, La colonización de los mayas peninsulares, Mérida (México), Gobierno del Estado de Yucatán, Secretaría de Educación Pública, Biblioteca Básica de Yucatán, 2011, p. 49.

21 Forbes, Steven, The Baymen of Belize and how they wrested British Honduras from the Spaniards, Sheldon Press, London, 1920, p. 9.

22 Archivo General de Centroamérica (en adelante agca), Sección colonial, A1.23 Reales Cédulas (Audiencia), legajo 1512, f. 285. Real Cédula de Felipe ii para que se póngase mayor atención a las defensas de la provincia de Honduras, Madrid, 25 de marzo de 1561.

23 Leiva Vivas, Rafael, Tráfico de esclavos negros a Honduras, Tegucigalpa, Secretaría de Cultura, Artes y Deportes, 2012, pp. 28-29. Consultado en la Biblioteca Virtual de las Letras de Honduras.

24 Reichert, Rafal, “Entre la paz y la guerra, el gasto militar novohispano en la región del Gran Caribe (1609–1648)”, en Ángelo Alves Carrera y Ernest Sánchez Santiró (Editores), Guerra y fiscalidad en la Iberoamérica colonial (siglos xvii–xix)/Guerra e fiscalidade na Ibero–América colonial (Séculos xvii–xix), Brasil-México, Universidade Federal de Juiz de Fora e Instituto Mora, 2012, p. 51.

25 Payne Iglesias, Elizet, El puerto de Truxillo. Un viaje hacia su melancólico abandono, Tegucigalpa, Guaymuras, 2007, pp. 47-49.

26 Reichert, Rafal, Sobre las olas de un mar plateado. La política defensiva española y el financiamiento militar novohispano en la región del Gran Caribe, 1598-1700, Mérida (México), CEPHCIS-UNAM, 2013. p. 31.

27 Lucena Salmoral, Manuel, Piratas, bucaneros, filibusteros y corsarios en América, Madrid, Editorial Mapfre, 1992, pp. 189-191.

28 Armero, Álvaro, Piratas, corsarios y bucaneros, Madrid, LIBSA, 2003, pp. 354-356. Es importante subrayar que en el ámbito caribeño existen dos islas con el mismo nombre: “La Tortuga”. La mencionada aquí fue una base importante de piratas y se encuentra cerca de la isla de La Española. La otra Tortuga, más pequeña está ubicada en la cercanía de la isla de Cuba.

29 García de León, Antonio, “Comercio de balandra, contrabando y piratería en el Golfo de México”, en Fernando Navarro Antolín (Editor), Orbis incognitvs: avisos y legajos del Nuevo Mundo, Huelva, Universidad de Huelva, 2007, vol. ii, pp. 181-182.

30 Archivo General de la Nación, Corsarios franceses e ingleses en la Inquisición de la Nueva España, siglo xvi, México, unam, 1945, p. 15.

31 Archivo General de la Nación, Corsarios franceses e ingleses, pp. 222-223.

32 López de Cogolludo, Diego, Historia de Yucatán, Madrid, Imprenta de Juan García Infanzón, 1688, en https://goo.gl/HqAicH [consultado el 08 de enero de 2017], p. 421.

33 Vázquez Barke, “El Bacalar colonial”, p. 328.

34 Conover, Carlos, Llave y custodia de esta provincia. El presidio de San Felipe de Bacalar ante los asentamientos británicos de la península de Yucatán (1779-1798) [tesis de maestría], México, FFyL-UNAM, 2013, pp. 50-51.

35 Archivo General de la Nación de México (en adelante agnm), Reales Cédulas Originales, vol. 44, exp. 125, ff. 237-239. Informe del Capitán General de Yucatán, don Antonio Cortaire y Terreros sobre el desalojo a los ingleses de dicha provincia, Mérida, 12 de diciembre de 1724.

36 Rubio Mañé, José Ignacio, El virreinato iii, expansión y defensa, México, FCE-UNAM, 1983, pp. 326-327.

37 Reichert, Rafal, “Navegación, comercio y guerra. Rivalidad por el dominio colonial en la región del Golfo de Honduras, 1713-1763”, en Península, 7: 1, 2012, p. 29.

38 Conover, “Llave y custodia de esta provincia”, pp. 55-56.

39 Reichert, “Navegación, comercio y guerra”, p. 33.

40 De la Paz, Príncipe, Colección de los tratados de paz, alianza, comercio ajustadas por la corona de España con las potencias extranjeras desde el reinado de Felipe V hasta el presente, Madrid, Imprenta Real, 1796, pp. 196-197.

41 Bolland, Nigel, “Belize: Historical Setting”, en Tim Merrill (Editor), A country study: Belize, Washington D.C., Library of Congress, Federal Research Division, 1992, p.164.

42 Toussaint, Mónica, Belice. Textos de su historia, 1670-1981, México, Instituto Mora, 2004, p. 75.

43 Bolland, “Belize: Historical Setting”, p. 165.

44 Floyd, Troy, The Anglo-Spanish struggle for Mosquitia, Albuquerque, University of New Mexico Press, 1967, pp. 17-24.

45 Reichert, Rafal, “El contrabando y sus redes en el Golfo de Honduras y su persecución en la Capitanía General de Guatemala, siglo xviii”, en Historia Mexicana, 63: 4, 2014, pp. 1557-1558.

46 De Béthencourt Massieu, Antonio, “Patiño en la política internacional de Felipe V. Estudios y Documentos”, en Cuadernos de Historia Moderna, 1, 1954, p. 24.

47 Rubio Mañé, El virreinato iii, p. 322.

48 Reichert, “Navegación, comercio y guerra”, p. 26.

49 Bosch, De Cristóbal Colón a Fidel Castro, p. 266.

50 Jones, Grant D., Maya resistance to Spanish rule. Time and history on a colonial frontier, Albuquerque, University of New Mexico Press, 1989, p. 67.

51 agca, A1 Superior Gobierno (Real Cédulas, Audiencia), leg. 4603, ff. 59-60. Informe de gobernador de la provincia de Honduras, don Diego Gutiérrez de Arguelles, sobre el desalojo de los ingleses de su provincia, Comayagua, 22 de diciembre de 1721.

52 Reichert, “Navegación, comercio y guerra”, pp. 31-32.

53 agca, A1 Superior Gobierno (Reales Cédulas, Audiencia), leg. 4622, ff. 92-93. Lo acontecido en la batalla de Mattina, relación del gobernador de Costa Rica, don Manuel Solar, Cartago, 31 de agosto de 1759.

54 Floyd, The Anglo-Spanish struggle for Mosquitia, pp. 142-144.

55 Chávez, Thomas, España y la independencia de los Estados Unidos, Madrid, Taurus, 2005, p. 225.

56 Zapatero, Juan Manuel, El fuerte San Fernando y las fortificaciones de Omoa, Tegucigalpa, IHAH, 1997, p. 79.

57 Sudgen, John, Nelson: a dream of glory, 1758-1797, New York, Holt, 2004, p. 10.

58 Sudgen, Nelson: a dream of glory, pp. 172-173.

59 Conover, “Llave y custodia de esta provincia”, p. 80.

60 Payne Iglesias, El puerto de Truxillo, pp. 73-75.

61 Floyd, The Anglo-Spanish struggle for Mosquitia, p. 161.

62 Floyd, The Anglo-Spanish struggle for Mosquitia, p. 161.

El Golfo de Honduras por Juan Linares (1756).

Fuente: Library of Congress of the USA, www.loc.govitem90683551

Omoa y Puerto Caballos por Juan Manuel Curado (1756).

Fuente: Library of Congress of the USA, www.loc.govitem90683580

La provincia de Honduras y Costa de Mosquitos por Anónimo (1700).

Fuente: Library of Congress of the USA, www.loc.govitem90683518

Fecha de recepción: 13 de abril de 2015

Fecha de aprobación: 16 de octubre de 2015

Familias extranjeras propietarias. La historia de la hacienda de Lombardía, Michoacán, siglos xviii al xx

José Alfredo Pureco Ornelas

Resumen

Este trabajo reconstruye el proceso de traslación de propiedad de la hacienda conocida como Lombardía cuya extensión al día de hoy coincide aproximadamente con el municipio de Gabriel Zamora (Michoacán). Se pretende clarificar no sólo la historia local de esa propiedad, sino que al partir de este ejemplo, el papel que tuvieron los extranjeros desde el siglo xviii hasta el siglo xx en el territorio michoacano en relación al control de propiedades rústicas, en este caso por parte de familias españolas, alemanas e italianas, estos últimos dos grupos, minorías escasamente estudiadas para el estado de Michoacán.

Palabras clave: Michoacán, extranjeros, traslación de propiedad, parentesco, negocios

Owner foreign families. The history of the hacienda of Lombardía, Michoacán, from xviiith to xxth centuries

Abstract

This paper reconstructs the process of transfer of property in the hacienda called Lombardía, whose surface nowadays coincides closely with the borders of Gabriel Zamora municipality (Michoacán, Mexico). The research pretends to clarify not only a local history case, but also with this example, the role played since xviiith century to xxth century by foreign families in the territory of Michoacan in relation with the control of country real estate, in this case by Spaniards, Germans and Italians, this last two groups minorities scarcely studied in the historiography of Michoacan.

Key words: Michoacán, foreigners, transfer of property, kinship, business.

Familles étrangères propiétaires. L’histoire de l’hacienda

de Lombardía, Michoacán. Du xviiieme au xxème siècles

Resumé

Cet article reconstruit le processus de transfert de la propriété dans l’hacienda appelée Lombardia, dont la surface de nos jours coïncide étroitement avec les frontières de la municipalité de Gabriel Zamora (Michoacán, Mexique). La recherche prétend clarifier non seulement une affaire d’histoire locale, mais aussi, à travers cet exemple, le rôle joué du xviiie siècle au xxe siècle par des familles étrangères sur le territoire de Michoacan en relation avec le contrôle du pays immobilier, dans ce cas par Espagnols, Allemands et Italiennes, cette dernière deux groupes minorités peine étudiés dans l’historiographie de Michoacan.

Mots clé : Michoacán, étrangers, transfert de propriété, parenté, entrepise.

Introducción

l estudio historiográfico de extranjeros, sus actividades y los impactos que éstas generan en el ámbito territorial han sido un elemento perdurable y de amplio magnetismo para las discusiones académicas. Buscando precisamente reforzar un análisis local pero de trascendencia global en el que queden amalgamados negocios, formas de control de recursos agrarios y relaciones sociales de la extranjería avecindada en México es que se presenta este artículo. La participación de extranjeros en las actividades económicas de lo que actualmente es el territorio de México ha sido documentado por una historiografía relativamente robusta.1 Como es de esperarse, durante el periodo colonial no habría cabido el término “extranjero” para personajes provenientes de España avecindados en el virreinato, aunque sí ha llamado la atención el papel jugado por grupos de inmigración que por regiones se establecieron en tierras americanas. De esa suerte, se tienen estudios de vascos, asturianos, montañeses, gallegos entre otros, que desde su arribo a la Nueva España participaron activamente de actividades como la minería, el comercio, la agricultura.2 En este periodo la participación de extranjeros en actividades económicas legales o de adjudicación de propiedad quedó legalmente proscrita por el férreo control que impuso la corona española sobre sus territorios ultramarinos.

Sin embargo, esta condición para los extranjeros comenzaría a relajarse luego de 1821 a pesar de ciertos momentos en que la fragilidad del naciente Estado mexicano sintiéndose amenazado, respondió con desplantes de corte nacionalista como ocurriría con el decreto de expulsión de españoles de finales de 1827. Para ese momento, de una manera sigilosa aunque constante pequeños grupos de distintas nacionalidades, aunque abrumadoramente españoles, habrían buscado la penetración en el territorio mexicano a través de sus puertos.3 La regularización de relaciones con otros estados, los conflictos e invasiones con potencias extranjeras habría provocado que esos extranjeros sentaran intereses en México y pronto además de españoles, aparecieran franceses, ingleses, alemanes y estadounidenses en el país. Unas veces la incursión de estos extranjeros fue momentánea, pero en algunas otras la pretensión era establecerse permanentemente, lo que sucedió sobre todo en las ciudades y en menor proporción el entorno campestre.4

En un espacio territorial que los primeros gobernantes mexicanos consideraron de gran amplitud, era necesario para su aprovechamiento, en primer lugar, fomentar el poblamiento y, segundo, destinar los recursos naturales hacia la actividad económica, todo ello en concordancia con la trayectoria civilizatoria trazada por las potencias europeas. Para tal efecto, algunos gobernantes pensaron en políticas de colonización que por razones ideológicas, religiosas, económicas y estratégicas se emprendieron de forma tibia hasta el Porfiriato, en que tuvieron un mayor impulso aunque con resultados que todavía parecen cuestionables.5 En ocasiones derivado de estas políticas, pero en otras al margen de ellas, los extranjeros llegaron, se establecieron en los espacios de su interés y aprovecharon redes familiares o de paisanaje que les apoyarían. En un proceso histórico discreto aunque tenaz, algunos de estos extranjeros devinieron en propietarios en un afán de conseguir prestigio social o en cambio como un medio de encumbramiento económico. Esa apropiación ocurrió algunas veces mediante previo arrendamiento, otras por heredad; en ocasiones operó el mecanismo del matrimonio como recurso, en no pocas fue el pleito legal llevado al extremo y en las menos, la compra-venta.

El presente trabajo pretende dar cuenta de la participación de extranjeros en la operación de compra-venta de un predio que a posteriori ha sido considerado un ícono de la propiedad rural michoacana en general y terracalentana en particular; primero como hacienda ejemplar porfiriana y luego como campo de experimentación para el arraigo de una nueva forma de producción colectiva posrevolucionaria encarnada en el ideario del ejido colectivo. La propiedad de la cual se habla es la del predio conocido como Lombardía, antes llamada La Zanja, localizado en la antigua municipalidad de Urecho y hoy en la de Gabriel Zamora (véase Mapa 1).

Mapa 1. La Tierra Caliente poniente de Michoacán

Fuente: Elaboración propia con datos del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática,
2005, Información estadística general del estado de Michoacán de Ocampo, Aguascalientes,
inegi, información en línea: www.inegi.gob.mx

La hacienda de Lombardía, Michoacán está localizada casi en la confluencia de los ríos Cupatitzio y La Parota o Cajones; de hecho, estos dos ríos la acotaban de manera natural, como se verá más adelante, y puede señalarse que ha adquirido notoriedad historiográfica particularmente por lo que ocurrió con ella al inicio del siglo xx, en medio del México porfiriano, cuando el modelo de desarrollo económico o, como se decía en la época, de fomento, encontró eco en Michoacán según los grandes trazos que se disponían en materia de política económica desde el castillo de Chapultepec. Según tal política, el progreso material fue la asignatura de mayor protagonismo, se persiguió a toda costa y se miró como la meta siempre en proceso de ejecución. Y lo mismo que en todo el país, en Michoacán los extranjeros jugaron un papel muy importante para lograr aquel ideal.6 Si en el ámbito urbano la tendencia era fomentar la industria con sus chimeneas y mecanismos de ruedas dentadas, en el ámbito rural —al que predominantemente pertenecía el Michoacán de los años 1880—, se perseguía alentar la producción agrícola en favor de productos comercializables para la propia manufactura y por lo mismo ampliar la frontera agrícola hacia espacios hasta ese momento escasamente aprovechados. En ese sentido, el Porfiriato buscaba sacar el beneficio máximo tanto de las leyes de Reforma, como de aquellas diseñadas para aliento de la colonización agraria y demográfica.

La Tierra Caliente de Michoacán, o sea el territorio comprendido por la enorme hendidura geográfica que trazaron en sus cauces tanto el río de las Balsas por el oriente como el Tepalcatepec por el poniente, se antojaba un territorio idóneo y casi virgen para introducir la práctica del gran cultivo que requería el sueño porfiriano. Fue en ese ámbito en el que ocurrió una reconstitución de la propiedad agraria a nivel regional y dentro de este proceso la hacienda de Lombardía quedó inscrito: una gran propiedad adquirida por extranjeros y que permitió el desplazamiento hacia el sur calentado del enclave agrícola moderno, con fines agroindustriales, pues eso es lo que representa el cultivo y refinación del arroz.7

El problema que se plantea en este trabajo es modesto porque aspira a resolver con sencillez una aspiración que siempre ha acompañado a la investigación histórica: recuperar en la conciencia colectiva un suceso que con el paso del tiempo se fue borrando o que en su momento sus protagonistas no desearon hacerlo notorio, pero que hoy adquiere cierta relevancia por las implicaciones derivadas de él.8 En este caso se trata de poner a la luz los nombres de los diversos actores que, en distintos momentos, trasladaron la propiedad de un terreno vasto, llano y extenso; aunque sin aparente importancia, hasta que quedó en manos de un hombre de empresa y que le dio un valor sin precedentes. El personaje aludido es Dante Cusi, quien llegó de Italia a la Tierra Caliente de Michoacán con bríos de hacer fortuna. La clave está en que quizá esa fortuna en mucho, habría dependido de la adquisición de este predio y al cual le debería su éxito económico personal.9 El trabajo devela también de qué manera ocurrieron las traslaciones de propiedad mencionadas, para de ahí inferir la situación económica en que se hallaban tanto los propietarios como la actividad de aquellos terrenos cedidos a través de los años de formas sucesivas. Si bien lo que sería Lombardía no tenía por qué llamar la atención historiográfica hasta finales del siglo xix, ello cambió a partir de la época de Dante Cusi, en que como se ha señalado, aquel terreno se convertiría en un enclave agrícola de notable importancia y referente de la transformación de los espacios destinados a la producción en el centro suroeste de Michoacán a partir del Porfiriato. Desde la distancia del tiempo transcurrido, se reitera, el acontecimiento adquiere ahora relevancia que no hubiera tenido si Cusi hubiese fracasado en sus proyectos modernizadores de la producción agroindustrial en aquella región del centro occidente de México. Por lo mismo, explicar el tema de la adquisición de Lombardía, en cierto sentido abona a comprender mejor el origen de desarrollo agrícola de una parte importante de la Tierra Caliente de Michoacán, sobre todo la referida al siglo xx.

En los primeros años de dicha centuria, y prácticamente hasta la década de los años 1930, la hacienda de Lombardía se convirtió en un emporio arrocero y más tarde en un experimento de ejido colectivo de trascendencia social regional junto con el de su hacienda siamesa, la Nueva Italia.10 ¿Pero cuál es la historia que hay detrás de los cambios de propietarios que tuvieron esos terrenos? ¿Quiénes fueron sus sucesivos dueños? ¿Cómo la transfirieron o cómo la enajenaron hasta llegar a manos del empresario Cusi? ¿Por qué fue objeto de traslados de propiedad? Al responder estas preguntas se aclarará un poco más no sólo sobre la historia local de aquella tierra —hecho significativo en sí mismo para sus pobladores—, sino también se intenta arrojar algo más de luz en torno al desarrollo y sofisticación del funcionamiento del mercado de inmuebles rústicos que tanto persiguió el ideario liberal, sobre todo luego de las leyes de Reforma. Se considera también que al estudiar estos cambios de propiedad se verá la importancia que han tenido para el referido mercado de bienes raíces las relaciones familiares vinculadas a los negocios, así como las minorías extranjeras arraigadas a estos espacios regionales en su papel de propietarios de recursos naturales. En todo caso se seguirá poblando de detalles la historia del desarrollo regional de la Tierra Caliente de Michoacán y esa es la aspiración de este trabajo, aportar más datos sobre el tema en el que ya otros muchos investigadores hecho significativos aportes.

Y a propósito de todas esas investigaciones realizadas sobre la región, cabría entonces seguir precisando el objeto del presente trabajo al diferenciarlo de otros cuyas temáticas son cercanas a éste en el espacio de referencia o aparentemente en sus objetivos, pero que son distantes porque los trabajos hechos con anterioridad pueden llegar a tener pretensiones más amplias. Este ensayo no puede ser considerado una historia agraria en el sentido del término que le daría François Chevalier,11 ni tampoco una historia ambiental12 o una historia de familias.13 Tampoco pretende tener los alcances de una historia social sobre la Tierra Caliente.14 Podría señalarse que hasta el momento, las investigaciones y trabajos históricos sobre la región son relativamente vastos y generosos en distintos aspectos como para pretender competir con ellos sin un cúmulo de datos novedosos.15Antes bien, el aporte de este trabajo precisamente radica en la novedad de esos datos, mínimos por ser hallazgos de archivo, y que por ende se presentan a manera de artículo pues de otra forma serían materia de un volumen entero, pero que en el afán de ir construyendo la historia económica de la Tierra Caliente adquieren significado pues siguen revelando o precisando detalles de la historia general de ese espacio.16

La traslación de la propiedad como tema de estudio

El estudio de la manera como las propiedades en bienes raíces pasan de un propietario a otro cobran particular importancia en términos historiográficos debido a que esas operaciones dan cuenta del grado evolutivo que en términos históricos fue adquiriendo la incorporación del recurso denominado “tierra” a las relaciones de intercambio o enajenación y por tanto al mercado. En el caso específico de México el análisis de este tipo de operaciones tuvo que convivir desde la época virreinal con el régimen de la propiedad agraria en colectivo, muy característico sobre todo de las comunidades indígenas y de las corporaciones eclesiásticas.

Una segunda razón por la cual resulta trascendente un estudio sobre la enajenación de bienes a través de la compra-venta es porque permite inferir, en el campo de la llamada historia de los negocios, los ciclos de auge y retraimiento que se presentan en los proyectos emprendidos por particulares. Las familias propietarias que ostentaban una posición económica encumbrada, solían transferir en el tiempo sus propiedades a sus descendientes por medio de herencias por la vía de mayorazgos u otras disposiciones testamentarias. Por lo mismo, trasladar o adquirir la propiedad por medio de una operación de venta (o de compra) era un acontecimiento hasta cierto punto sintomático de otra serie de sucesos; en realidad debía dar lugar a la sospecha de que un proyecto de mayor trascendencia se encontraba en ciernes para los personajes involucrados o bien que su posición de propietarios se estaba poniendo en entredicho por alguna coyuntura económica adversa que los compelía a deshacerse de sus haberes.

Finalmente, un tercer elemento que va de la mano con los anteriores para justificar un estudio sobre el traspaso de propiedad estriba en que dichas prácticas dan cuenta del reacomodo de posiciones de poder económico entre individuos o agrupaciones, lo cual conecta el tema con el ámbito social y político.

Lo que hasta el día de hoy sabemos sobre el origen de la hacienda de Lombardía, Michoacán es que fue un predio de gran extensión, de poco menos de treinta mil hectáreas, que adquirió el italiano Dante Cusi en los primeros años del siglo xx17 y que coincide casi en perímetro con los linderos de lo que actualmente es el municipio de Gabriel Zamora (véase Mapa 2). De Lombardía también es conocido que a la vuelta de unos cuantos años, luego de adquirida, aquella propiedad se convirtió en el centro de operaciones a partir del cual el italiano Cusi y sus hijos se dieron a la tarea de ampliar sus propiedades y su potencial de producción de arroz, todo ello ocurrido en vísperas del estallido de la Revolución mexicana. Así entonces, se trató de un enclave de gran importancia para la producción y refinación a escala industrial de la gramínea cuya trascendencia no se confinó sólo a Michoacán, sino inclusive a la misma Ciudad de México, centro consumidor de gran importancia.

Mapa 2. La hacienda de Lombardía a inicios del siglo xx

Fuente: Tomado de Pureco Ornelas, Empresarios lombardos en Michoacán…, p. 157.

Hasta aquí los datos son conocidos por muchos. Sin embargo qué fue de esa propiedad antes de los Cusi, ¿Quiénes fueron sus anteriores dueños? ¿Bajo qué condiciones se dio el traslado de derechos de una propiedad tan grande y cómo en esa transacción confluyeron intereses de personajes extranjeros, en específico de alemanes, avecindados en Michoacán sobre cuya presencia apenas se ha hecho referencia en la historiografía michoacanista? ¿Cómo aquella antigua propiedad sirvió para fortalecer el proyecto agrícola empresarial de amplios alcances liderado por otro grupo de extranjeros, en este caso italianos? Intentar dar respuesta a estas interrogantes no sólo satisfará un deseo acaso intelectual por conocer más sobre la historia local de la Tierra Caliente michoacana, sino también permitirá tener un mejor entendimiento del modo como los extranjeros han tejido redes sociales en suelo michoacano, así como el estilo de hacer negocios con base en esas mismas redes.

El tránsito del siglo xviii al xix.

La Zanja entre vizcaínos y renanos del norte

La Zanja era una antigua hacienda situada en el llano de Tamácuaro en la ribera izquierda del río Cupatitzio, en la Municipalidad de Urecho. De acuerdo con las referencias generadas por la documentación antigua, para la localización y delimitación de aquella hacienda se proporcionaban los siguientes datos:

Al oriente, el río de La Zanja de por medio, la Hacienda de La Parota y el

rancho de Cacandio [sic, en realidad Cacanguio]. Al poniente, el río

del Marqués de por medio, los terrenos de Capireo y Jicalán el Viejo: al sur e

stando de por medio el río de La Zanja, las Estancias de Canondo, el Tepehuaje,

Tziritzícuaro y parte de La Pastoría hasta unirse este río con

el del Marqués: al norte, la Hacienda de El Sabino y terrenos de Uruapan.18

Por su relieve, durante el siglo xix La Zanja era un amplio terreno con fuerte parecido a su vecina cercana, la hacienda de San Ildefonso Taretan, la cual sobresalió por mucho tiempo –incluso hasta después de la fase armada de la revolución mexicana– produciendo azúcar de gran calidad.19 Sin embargo, La Zanja jamás fue tan productiva como Taretan en este rubro de la producción de derivados de la caña de azúcar, y por esa razón fue menos famosa durante el siglo xix. Más bien La Zanja, arrendada en partes, funcionó sobre todo como pastizal para crianza de ganado aún a pesar de que se tiene conocimiento de que durante el siglo xviii adquirió cierto prestigio a nivel regional debido a que en sus patios se producían significativas cantidades de índigo tintóreo. Sin embargo las cosas no fueron ya nada semejantes al inicio y durante el siglo xix en que aquel potencial económico se había venido muy a menos debido a la inestabilidad sociopolítica de los años 1810 a 1867. Por entonces aquella gran planicie se ocupaba sólo en forma parcial como agostadero para la crianza de ganado e inclusive, por lo reducido de su productividad, hizo que se trabajara bajo el esquema de arrendamiento por partes.

En los años de fama atribuida a la producción del colorante azul, incluso todavía hacia 1784, La Zanja pertenecía a la familia Foncerrada y Ulíbarri, quienes pertenecían a un linaje de criollos de ascendencia vizcaína avecindados en Valladolid de Michoacán.20 Algunos de ellos incluso fueron personajes notables para su época, como fue el caso de José Bernardo21 de quien se tiene registro que fue militar al servicio del rey de Carlos iii de España y que ocupó el cargo de alcalde de Valladolid de Michoacán.22 En el mismo tenor, su hermano, José Cayetano,23 también fue un conspicuo súbdito pues destacó dentro de la carrera eclesiástica adoptando una posición ideológica con cierta predilección hacia el iluminismo humanista y menos hacia la ortodoxia escolástica. Se sabe que radicado en la Ciudad de México fue canónigo de la catedral de esta ciudad, vicario de los conventos de religiosas y que titulado como abogado, prestó sus servicios en la Real Audiencia de México. En el agitado escenario social que vivía el México de inicios de la centuria decimonónica, José Cayetano asumió posturas cercanas a principios liberales y vio con cierta condescendencia la causa independentista de la Nueva España, por lo que más tarde fue elegido como delegado a las Cortes de Cádiz por la Provincia de Michoacán. Por razones de su encargo residió en España y estando allá, hacia 1814, cambió su postura política para simpatizar con la restauración del régimen monárquico de Fernando vii.24 El último dato biográfico que sobre él se tiene es que fue convertido en deán de la catedral de Lérida.

En 1784 José Cayetano Foncerrada recibió de su padre la escritura de hipoteca de la hacienda de La Zanja, lo cual volvió al clérigo propietario temporal de aquel predio.25 Sin embargo, al iniciar el siglo xix no está del todo claro bajo qué modalidad Foncerrada y Ulíbarri trasladó la propiedad de la finca de La Zanja a la Iglesia; bien pudo ser a través de una donación piadosa, de una herencia o bien de una cesión de derechos derivados quizá de alguna hipoteca.26 Lo cierto es que la institución eclesiástica tuvo en su poder durante casi toda la mitad del siglo xix aquella propiedad, pero ella —como ocurriría con muchas otras fincas rústicas de gran extensión— fue afectada ya en los años del presidente Juárez, tanto por la Ley de Desamortización de Fincas Rústicas de 1856 como por la Ley de Nacionalización de Bienes Eclesiásticos de 1859.

Fue en el escenario de la Guerra de Reforma que un personaje de nombre Domingo López hizo el denuncio de la propiedad, que se realizaba por el derecho sancionado en las nuevas disposiciones legales ante las autoridades locales michoacanas, lo cual haría previsible que luego de hacer los pagos por los derechos de la propiedad le sería adjudicada legalmente; sin embargo, según se sabe este hombre falleció antes de cubrir el valor de la propiedad y su muerte llevó también al reclamo del adeudo por parte de las autoridades hacendarias locales. Es así como una persona de nacionalidad germana de nombre Luis Hulsenmann,27 junto con su esposa, María Meyer —también alemana—, terminaron legalmente como dueños de la hacienda y de su rancho anexo, Charapendo, por adeudos que el extinto dueño tenía con ellos. A su vez, estos dos extranjeros adoptaron como suyo el adeudo del occiso por un acuerdo con los albaceas del fallecido Domingo López. La transferencia de la escritura se formalizó el 3 de octubre de 1874,28 es decir, en tiempos del gobierno del presidente Sebastián Lerdo de Tejada. Esto significa que aunque los derechos de propiedad sobre la hacienda de La Zanja estaban definidos durante los años turbulentos de la Reforma y el Segundo Imperio, estos no fueron en absoluto estables, ni siquiera durante el periodo de la restauración republicana.

Durante nueve años los alemanes mantuvieron aquella propiedad; se ignora bajo qué circunstancias y dedicándola a qué actividades; no obstante, el 20 de enero de 1883, ya en pleno interregno porfiriano de Manuel González, los Hulsemann-Meyer vendieron el predio de La Zanja a otros paisanos suyos: a los hermanos Elvira Catarina y Félix Backhausen, quienes algunos meses antes de la compra se habían constituido en sociedad bajo la denominación de Félix Backhausen y Compañía justo con el objetivo de adquirir y trabajar la hacienda.

Por su lado es necesario señalar que los Backhausen pertenecían también a otra familia de alemanes con intereses en Michoacán desde por lo menos una generación previa, pues se tiene registro de que el padre de estos dos personajes según se consigna más abajo, Daniel Backhausen, se benefició de las Leyes de Reforma poco después de mediar el siglo xix haciéndose dueño del convento de San Juan de Dios en la ciudad de Morelia para convertirlo primeramente en fundición de hierro y molino de trigo, y más adelante en un moderno hotel.29

Pero regresemos al tema de la traslación de propiedad de La Zanja. La escritura de esta operación se signó en la Ciudad de México, en el despacho del notario público Agustín Roldán y en ella no participaron los directamente involucrados; sino antes bien, se suscribió por medio de apoderados de ambas partes: Gerard Warnholtz por los vendedores Hulsenmann-Meyer, y por los compradores, los hermanos Backhausen, concurrió Carlos Félix, esposo de Elvira Catarina.30 No existen datos que revelen la causa por la cual ninguno de los directamente involucrados participó en el protocolo de compra-venta. Sin embargo es muy probable que hubiera sido por encontrarse ambas familias en el extranjero ¿Dónde? En Alemania con mucha probabilidad, específicamente en Hamburgo, de donde eran originarios y donde pasaban la mayor parte de su vida. La residencia de los Backhausen en Hamburgo es una hipótesis que se sostiene a partir de cierto número de poderes que se emitieron para la realización de operaciones comerciales y financieras desde aquel puerto hanseático y de los cuales inclusive en algunos casos llegaron copias en lengua germánica a los expedientes archivados en México para su traducción al castellano.31

La transferencia de La Zanja de Luis Hulsenmann a Félix Backhausen y Compañía es un asunto que no está del todo claro. Existe constancia de que fue una operación en la que intervinieron conspicuos personajes de la colonia alemana radicados en México y cuyo papel en Michoacán aún es tema que espera un trabajo de investigación. Se sabe que Hulsenmann tenía como apoderado al referido Daniel Backhausen, quien en algún momento hizo las veces de dueño, quizá a propósito de la muerte de Hulsenmann, y que el mismo Daniel, a su vez, hubo heredado a sus hijos Elvira y Félix la propiedad.32 Estimamos que si así ocurrió, dicho testamento habría carecido de legalidad y que en todo caso en el primer momento conveniente tuvieron que formalizar mediante la elaboración de una escritura. Lo interesante de este asunto radica en que la escritura, en vez de estipular que se trató de una herencia, habla de un contrato de compra-venta celebrado entre supuestos agentes de ambas partes; por Luis Hulsenmann, Gerard Warnholtz y por los Backhausen, el esposo de Elvira: Carlos Félix. De lo anterior surge la suspicacia de que Hulsenmann pudo ser víctima de un despojo de parte de los Backhausen en una de esas tantas querellas que por bienes raíces se legitiman inclusive por medio de notario público. Se habría tratado pues de un acto de abuso de confianza en el que el agente o apoderado se apropió, por medios ilegales de los bienes de su patrón, aprovechando que éste se encontraba lejos; el dueño en Alemania y el problema en Morelia.

Los negociantes alemanes

¿Quiénes eran todos estos alemanes con intereses en Michoacán? ¿A qué se dedicaban? ¿Dónde ejercían sus actividades? La información sobre ellos aún es escasa, requeriría una investigación a mucho mayor detalle. El caso de los apellidos Hulsenmann, Warnholtz y Backhausen continúa a la espera de un tratamiento historiográfico particular e independiente de éste, dadas las referencias escasas que sobre ellos existen y la importancia de su actuación económica, no sólo en Michoacán. Sin embargo, a pesar del desconocimiento, se debe apuntar algunas alusiones que se han hecho sobre ellos en la literatura del tema.

En una obra referida al impacto de la reforma liberal de mediados del siglo xix en Morelia, aparecen mencionados los nombres de Daniel y Víctor Backhausen.33 Se apunta que eran prusianos, simpatizantes del Segundo Imperio y que con motivo de la aplicación de las leyes de desamortización y nacionalización de bienes eclesiásticos adquirieron una casa que perteneció al gobierno catedralicio de Morelia, con valor de poco más de 10 mil 300 pesos.34 De manera singular, en otro texto, éste referido a viajeros en Michoacán,35 aparece otra alusión a los Backhausen, esta vez se les identifica hacia 1884 como propietarios del Gran Hotel de Michoacán, ubicado en la primera Calle Nacional, hoy Avenida Madero, de la ciudad de Morelia. Dicho hotel era administrado por un joven de nombre Gerard Wolburg y se trata efectivamente del mismo bien raíz obtenido merced a las leyes liberales de reforma, que ha sido señalado por Rivera Reynaldos y también por Uribe Salas.36

Desafortunadamente de la familia Hulsenmann se carece al momento de mayor información. En cambio, de los apellidos Félix, Warnholtz y Meyer que aparecen en los registros de propiedad, transferencia o como apoderados sobre asuntos que conciernen a negocios en Michoacán, ya se ha arrojado un poco de luz.37 Por la cercanía que tuvo la familia Félix con la de los italianos Cusi que más tarde adquirieron La Zanja, exponemos su caso en forma especial líneas abajo; en cambio, sobre los otros dos apellidos podemos referir brevemente lo que a continuación se menciona.

Gerard Warnholtz, el apoderado de la familia Hulsenmann-Meyer en la firma de la escritura de venta de la hacienda La Zanja a los hermanos Backhausen en 1883, nació en 1832,38 llegó a México a los 17 años;39 hacia 1847 estableció un taller de sombrerería en el número 2 del Portal de Mercaderes de la Ciudad de México y muy pronto pasó del negocio de los sombreros al de prestamista; más tarde se asoció con la casa Tardán y su descendencia.40 Desde 1881 Warnholtz poseía poder legal otorgado por los Hulsenmann-Meyer para actuar como cobrador de sus deudores.41 Durante los gobiernos postrevolucionarios, Warnholtz y los Tardán incursionaron en el negocio de los seguros al lado de la Compañía Brockmann & Schuh.42

Finalmente, los Meyer. Esta familia, a la que perteneció María Meyer, esposa de Luis Hulsenmann, ambos propietarios de la hacienda de La Zanja (1874-1883), se instaló en México en 1828 por conducto de Antonio Meyer, propietario de un almacén, comerciante y luego prestamista. Los Meyer fueron creciendo y por medio de las relaciones familiares lograron fusionar sus negocios con los de otros alemanes avecindados en México para ampliar su radio de operación hacia distintas ciudades. Importantes sociedades fueron las constituidas con otras familias como los Hube en Veracruz, donde establecieron Meyer, Hube y Cía y en Hamburgo con los Doormann, donde crearon Doormann, Meyer y Cía.43

Del siglo xix al xx.
Arrendatarios italianos de una finca de alemanes

En esos últimos años del siglo xix, y primeros del xx, Félix Backhausen y Compañía, la propietaria de la hacienda de La Zanja, no explotó directamente la finca, ni con fines agrícolas ni tampoco ganaderos, antes bien la tenía arrendada y eran propiamente sus arrendatarios los que le procuraban dar esa finalidad. En 1896 los hermanos Backhausen, que ya desde esa época vivían temporadas en Hamburgo, dejaron en arriendo la propiedad a familiares o bien a conocidos que residían en México.44 De hecho, se tiene conocimiento de que esa sociedad de alemanes que era Félix Backhausen y Compañía se comportaba de forma absolutamente rentista, y los arrendatarios beneficiados por el contrato que se suscribió en 1896 eran en mancuerna, por un lado el hijo de Carlos Félix, de nombre Víctor, y por el otro, Gerard Wolburg. Sí, Wolfburg, el mismo personaje que como se dijo líneas arriba, fungía como el administrador del Gran Hotel de Michoacán en 1884, pero que además —vale señalarlo— se convirtió en yerno de don Félix Backhausen al contraer nupcias con su hija Emma a finales de enero de 1887,45 por este acontecimiento se volvía este alemán advenedizo en sobrino político de Carlos Félix y por tanto en primo político de Víctor, su socio en el arrendamiento de la hacienda de La Zanja. Una información adicional respecto a este personaje, Gerard Wolburg, es que años más tarde, luego de ser arrendatario de La Zanja en 1902, acaso tentado por probar suerte en un giro más prolífico en términos económicos que la administración de hoteles y acaso hasta como propietario se identificaba como “agricultor” y “vecino de Taretan”.46

Así pues, Víctor Félix y Gerard Wolburg, primos por los lazos de parentesco que había logrado éste último, y ahora arrendatarios de La Zanja, propiedad de los Backhausen que estaban en Hamburgo, a su vez descubrieron que para su causa era más satisfactorio, en lugar de invertir y correr con los riesgos naturales de los negocios agropecuarios, amén del trabajo extenuante que ello exigiría, hacer lo que sus mayores en Alemania y decidieron subarrendar en pequeñas o amplias fracciones aquella inmensa extensión de tierra. Y es aquí donde apareció, como subarrendatario de estos jóvenes,47 un personaje que a la postre se hizo notorio por sus negocios en la Tierra Caliente michoacana, pero que por la época en que terminaba el siglo xix era un modesto agricultor en la inhóspita Tierra Caliente de Michoacán: se trataba de Dante Cusi Castoldi, quien buscaba consolidarse como pequeño propietario en la zona de Parácuaro y de Jucutacato al lado de su socio Luis Brioschi.48

Por la cita que a continuación se reproduce, escrita muchos años después por Ezio Cusi, y que describe la idea que aquél tenía acerca de la hacienda de La Zanja formada a partir de sus travesías juveniles a caballo, se entiende que en aquellos años de finales del siglo xix, muy probablemente hacia la mitad de la década de los años 1890, quienes directamente trabajaban en la hacienda como hombres de campo o como rancheros criadores de ganado habrían sido escasísimos:

[…] Era fines del temporal de aguas y estaba toda la enorme extensión cubierta de exuberante vegetación y de gran variedad de hermosas flores silvestres, que le daban hermoso aspecto; pero no se veía ningún curso de agua ni manantiales, casi deshabitada; sólo se encontraba uno que otro jacal diseminado a muchos kilómetros uno de otro y unas cuantas cabezas de ganado como perdidas en una extensión sin límites. [La hacienda de La Zanja] Parecía encontrarse en el centro del África; estaba en estado primitivo, tal vez desde la Creación.49

En tal circunstancia, y por efecto de la cadena misma de arriendos y subarriendos que pesaban sobre la hacienda (Véase Diagrama 1), se presume que las rentas habrían sido francamente exiguas y por lo tanto no representaban de ninguna manera un gran negocio ni para los arrendatarios que la subarrendaban (Víctor Félix y Gerard Wolburg), mucho menos para los dueños (los Backhausen).

Diagrama 1.

Fuente: Diseño propio con base en información contenida en el agnot-mor

Así pues, Dante Cusi al acercarse a estos jóvenes habría visto que una buena inversión de trabajo y el aprovechamiento al máximo de todas las potencialidades de aquel llano casi despoblado, podría transformase en una célula de producción agrícola redituable si se le comparase con el monto de renta que se pagaría por ella.

Félix Backhausen y Compañía, aunque perduró algunos años, cambió de gerencia y por lo mismo de dirección de los negocios. No mucho tiempo después de adquirida la hacienda de La Zanja por los germanos, los viejos Backhausen murieron; primero don Félix (alrededor de 1897) y luego su hermana Elvira (hacia 1902), por lo que fueron sus consortes quienes quedaron prácticamente al frente de la responsabilidad de la sociedad y de sus activos, en particular el esposo de Elvira, Carlos Félix. Por su parte, la viuda de Félix Backhausen, la señora Cora Balling contrajo pronto nuevas nupcias con un norteamericano y se fue a residir a Chicago;50 a partir de entonces, la hacienda ya no fue un asunto de su incumbencia como una derivación de haber tomado dicha decisión.

Así entonces, al fallecer doña Elvira Catarina Backhausen en 1902 Félix Backhausen y Compañía quedó completamente administrada y dirigida por el esposo de ésta, Carlos Félix, quien desde ese momento habría quedado investido de mayor capacidad decisoria sobre el patrimonio de la sociedad y encomendado naturalmente para su liquidación.

El nuevo adquiriente de la finca, un italiano en crecimiento

En 1884 llegó el italiano Dante Cusi a Michoacán en forma por demás circunstancial. Su itinerario fue Milán-San Nazaire-Nueva Orleans-Jacksonville-Texas-Apatzingán. Desde que salió de su natal Lombardía tenía claro que su misión era alcanzar éxito económico en América sin preocuparse mucho por el lugar específico en donde lo realizaría. En primer sitio Cusi pensó en el sur de los Estados Unidos, pero ahí no pudo ser; en cambio, en Michoacán sí se logró y fue ahí donde le confirió a la actividad agrícola el tinte tan esperado por Porfirio Díaz de los extranjeros que era el de los negocios. El periodo de 1885 a 1890 para Dante Cusi fue de constitución de un proyecto agrícola con tintes perfectamente identificables que iba en dirección a una empresa capitalista y que tuvo una primera organización social bajo el nombre de Cusi y Brioschi, pero que, no obstante, todavía aparecía por entonces con dimensiones locales. Sin embargo, al finalizar el siglo xix dicho proyecto comenzó a despegar con la colocación cada vez más lejana y en mercados cada vez más amplios de la producción de arroz que se obtenía del centro de Michoacán. Una expresión de aquella bonanza era el amplio significado que para el italiano tenía la adopción de tecnología en el transporte. Al introducirse el ferrocarril a Uruapan en 1899, ya Cusi y Brioschi importaban de Alemania carros de gran tamaño que tirados por una docena de mulas cada uno, llevaban cargamentos de arroz desde ese punto hasta Pátzcuaro, para de ahí, finalmente, dirigirlos por tren a distintos mercados.51

En el plano familiar, hacia los años 1890, Cusi también ya estaba abandonando aquella etapa de penurias económicas por las que atraviesa todo extranjero recién llegado a un país ajeno. Una primera muestra de esta fase ascendente se manifestó en el hecho de que la familia creció. En 1891 nació su hija Elodia, descendiente de aquella primera generación de emigrados y, de hecho la única nacida en Michoacán. En segundo sitio, la vida también cambió para Cusi y su familia porque sus hijos varones, Alejandro Eugenio y Ezio, dejaron las actividades rancheras para ir a vivir a Morelia y estudiar ahí, quizá sólo por una breve temporada, en el Colegio de San Nicolás (1892-1893); luego se les exigió aprender inglés, para lo cual Dante Cusi los remitió precisamente al lugar en donde ya tenía algunos contactos comerciales: San Antonio, Texas (1893-1895), y finalmente, dado que las posibilidades lo permitían por las holgadas condiciones económicas en las que ya se encontraban los negocios familiares, se decidió que irían a estudiar comercio a Milán (1895-1897).

Dante Cusi había alcanzado un nivel de estabilidad económica mucho más sólido no sólo si se le compara con la manera como llegó a Michoacán en 1884, sino inclusive con relación a la situación económica que tenían muchos productores agrícolas que trabajaban con la cantidad de terreno de que él disponía. Dicha estabilidad se tradujo en los logros familiares tales como permitir que su familia radicara en localidades de mayor tamaño, lo cual es un acto que permite el ascenso social (la familia pasó de vivir en un hostil rancho a la ciudad de Uruapan, se promovió la educación de los hijos localmente y en el extranjero, etcétera). Y mientras ocurría todo ello, Dante Cusi también buscaba con tenacidad su independencia capitalista respecto de su socio Brioschi. El lombardo se adaptaba a su entorno michoacano, a su giro agro ganadero y a la esfera del comercio derivada de los excedentes generados por los cultivos y la crianza de animales. El rancho de Matanguarán, que fue la única propiedad de considerables dimensiones que había logrado conseguir hasta esa época, fue de gran importancia en el despegue individual inicial de Dante Cusi y así también el núcleo territorial a partir del cual el italiano descubrió la factibilidad de trabajar en los llanos de la hacienda de La Zanja, un poco más al sur de su propiedad, así fuera apenas como uno de quizá tantos arrendatarios que existían dentro de ella.52

Un matrimonio de 30 mil hectáreas

El entorno de Dante Cusi también cambió por un hecho que aunque del ámbito familiar, tuvo, como veremos, una trascendencia fundamental en los negocios. Podría decirse que es un acontecimiento en el que negocios y vida privada convergen para hacer más compleja la dimensión de la historia de la traslación de propiedad de un gran predio y lo vuelve materia de la historia empresarial en que se incorpora un leve ingrediente de biografía.

Ya se ha referido la celebración del contrato de subarrendamiento de la hacienda de La Zanja por parte de Cusi, por un lado, y de Víctor Félix y de Gerard Wolburg, por el otro, en octubre de 1902. Antes de la materialización de este contrato, con los planes que el italiano Cusi ya venía perfilando para el uso de La Zanja, ocurrió un evento nada fortuito; más bien que se antoja muy bien proyectado. Sabedor Cusi de que Carlos Félix, el padre del joven Víctor, uno de sus arrendadores, era a la vez apoderado legal de aquella salvaje pero prometedora propiedad rústica, el italiano habría aprovechado para afinar su proyecto de control territorial con la circunstancia de juventud que vivían tanto el mismo Víctor como su hija Claudina. Del acercamiento entre familias habría nacido la natural amistad, se habrían entonces frecuentado a partir de una inducción unilateral, luego simpatizado y al final, todo culminó con el adivinado himeneo celebrado el 19 de julio de 1899 en el templo de San Cosme y San Damián de la Ciudad de México.53

A Dante Cusi para nada le habría desagradado tener por yerno al hijo de quien tenía la potestad de toda la gran propiedad que era la hacienda que él pretenciosamente deseaba hacer usufructuar en un afán de proseguir su carrera emprendedora como agricultor. Y así ocurrió al sellarse el lazo parental por medio del matrimonio entre la familia Félix y la familia Cusi. Alemanes e italianos quedaban en posibilidad de flexibilizar primeramente los contratos de arriendo y poco a poco ir hacia otro tipo de asociación benéfica y quizá hasta menos comercial en aras de la comunidad de sangre, reunida a partir de aquel momento con el matrimonio de los hijos de ambas familias extranjeras asociadas a Michoacán.

Desde el momento de la boda, hasta la ejecución de ese segundo paso, determinante en las pretensiones expansionistas en términos territoriales de Dante Cusi, transcurrieron sólo seis o siete años. Tomando en cuenta el vínculo laboral y el lazo familiar que había entre arrendador y arrendatario; es decir entre los Félix y los Cusi, los primeros no dudarían ya en trasladar la posesión sobre aquella hacienda habida cuenta de que, por una parte, don Carlos Félix tenía sus propios negocios que atender, tanto en México como en Alemania y, por la otra, por lo apetecible que resultaba para Dante Cusi poder disponer de una extensión de tierra tan vasta para sí, siempre y cuando se hicieran trabajos de adecuación del terreno para su habilitación en la producción agrícola.

El proceso de compra-venta fue gradual. El primer paso fue formalizar, por medio de un contrato, la calidad de Dante Cusi como subarrendatario de la hacienda de La Zanja, lo que ocurrió el 12 de octubre de 1902.54 Por la información que se deriva de dicho contrato sabemos que Cusi pagaba por renta de la tierra 3 mil pesos anuales, además de las contribuciones prediales, todo directamente a Félix Backhausen y Compañía, no a su yerno Víctor Félix ni al primo del mismo, Gerard Wolburg con quienes de hecho signó el contrato de subarrendamiento. Según lo pactado ahí, se subarrendaría completamente la hacienda de La Zanja a Dante Cusi, a excepción del llamado Potrero de las Higuerillas, que seguiría bajo dominio de Wolburg y Félix para la crianza “empotrerada” de ganado. El compromiso para ambas partes entraría en vigor desde el primer día de 1903.

Hoy se sabe que ese contrato se anularía cuando precisamente al iniciarse el año de 1903, Cusi ya estaba haciendo el trato para la compra completa de la hacienda de La Zanja a Carlos Félix, su consuegro alemán.55 Las pláticas debieron ocurrir a través del apoderado en Morelia que tenía Félix Backhausen y Compañía, el licenciado Francisco Elguero. Prueba de tales preparativos para la adquisición de la gran hacienda fue que Dante Cusi decidió extender legalmente poderes a sus dos hijos, Alejandro Eugenio y Ezio, sobre los negocios que hasta ese momento había administrado en forma individual.56 Por esas fechas los dos vástagos de la familia estarían rondando los 27 y 24 años respectivamente.

Y así por fin, acordados los términos y precio al que se realizaría la traslación de propiedad, el 14 de enero de 1903, en las oficinas del notario Francisco Barroso establecidas en la capital michoacana, Dante Cusi y Francisco Elguero, como representante legal de Carlos Félix, cerraron la operación de compra-venta de la hacienda La Zanja,57 cuyo nombre completo en algunos papeles antiguos aparece también como Hacienda de La Concepción de La Zanja, además de su rancho anexo de Charapendo. Sus hasta entonces dueños, el señor Carlos Félix y la señora Cora Balling de Grace se deshicieron de la propiedad por la cantidad de 140 mil pesos.58 A esta primera gran propiedad adquirida por los Cusi la renombrarían del mismo modo que la tierra que los vio partir dos décadas atrás: Lombardía.59 Y si bien la compra de Lombardía convertía a Dante Cusi y a sus hijos en grandes propietarios, también —merced a su pericia en las labores agrícolas y de negocios— en grandes empresarios.

¿Qué tanto habrá servido el vínculo matrimonial entre Claudina y Víctor para que Dante Cusi se volviera gran arrendatario de La Zanja y más tarde hasta el dueño de ésta? Sin duda que este nuevo lazo familiar cobró relevancia para los negocios no sólo porque Carlos Félix era el apoderado de Félix Backhausen y Compañía, la sociedad dueña de La Zanja, sino también porque desde la década de 1870 él mismo aparecía como prestamista para refaccionar y financiar la producción agrícola de algodón en la región de La Laguna, lo mismo que su distribución y comercialización en la Ciudad de México.60 Más tarde, ya en pleno porfiriato e incluso después de éste, esa misma actividad financiera y comercial proyectó al propio Carlos Félix y a sus descendientes a la esfera empresarial como miembro de Beick & Félix, importante fábrica de ácidos, productos químicos y de droguería en México.61

La pregunta acerca del papel que tuvo esta relación familiar dentro de la arena de los negocios cobra pertinencia pues no es irrelevante que una relación arrendatario-arrendador termine en un vínculo familiar entre consuegros como el que llegaron a formalizar Dante Cusi y Carlos Félix, así como tampoco que este mismo lazo tuviera nuevas implicaciones al derivar en una operación de enajenación de una finca tan grande por su tamaño como lo fue La Zanja en 1903.

Es bien conocido que esta forma de relacionarse unas familias con otras ha tenido históricamente un papel fundamental en distintos ámbitos de la organización social, lo cual, para el caso de los negocios, podemos decir que ha sido también una efectiva estrategia en la cristalización de proyectos.62 Al rehacer este tipo de estudios históricos se termina por realzar el papel que adquieren valores de estructura social básicos como la familia, la confianza y la supervivencia aunada a la formulación de proyectos de gran impulso. No podría dejarse en este punto de resaltar aquello que ya ha mencionado el profesor David S. Landes cuando señala que “en cierto modo, todas las dinastías son iguales. Son estructuras de relaciones de consanguinidad, a menudo reforzadas por lazos matrimoniales y por adopciones.” Cusi buscaba construir su poderío local como propietario por medio de la obtención de un lazo matrimonial con los alemanes, adoptando cada uno de los clanes un hijo político.

Se aprecia aquí también que a pesar de los modelos de empresa gerencial que se desarrollarán con posterioridad, sobre todo después de la Primera Guerra Mundial, la familia continúa siendo una escuela primordial de conocimientos y habilidades, una encarnación de la confianza, y un almacén del capital, entre sus propios miembros o los parientes más directos.

Consideraciones finales

La versión de Ezio Cusi sobre la adquisición de la hacienda de Lombardía discrepa sustancialmente de lo que aquí se ha expuesto toda vez que no hace referencia a ninguno de los detalles arriba anotados; muy por el contrario, el hijo de Dante Cusi refiere que el “descubrimiento” de la hacienda hecho por ellos ocurrió casi como algo fortuito: un paseo a caballo en el que se encuentran con un terreno inmenso y casi virgen; que al maravillarse del potencial de esas tierras comienzan a realizar someros estudios de nivelación para determinar si es irrigable y que dichos estudios, por cierto, los realizan prácticamente en la clandestinidad, a escondidas de los dueños, previendo no despertar en ellos “el interés y la codicia”.63 Y termina Ezio Cusi señalando que “apenas cerciorados de que era factible el proyecto [de irrigar la hacienda de La Zanja], regresamos y mi padre fue a México a tratar la compra con los dueños, que no se habían enterado de nada.”64

Confrontando la información notarial encontrada hasta el momento con las memorias del hijo de Dante Cusi sobre la adquisición de Lombardía, podemos sospechar que aunque entre los Cusi Armella y los Félix Backhausen existía el vínculo familiar originado por el matrimonio de Claudina Cusi con Víctor Félix, ocurrido cuatro años antes de la compra de Lombardía, las relaciones entre ambas familias más que de cooperación y asociación en los negocios pudieron haber sido armónicas hasta un determinado momento, pero luego del cual habrían entrado en una fase de competencia o de antipatía, y no precisamente cuando ocurrió la compra-venta de la hacienda, sino al momento en que el hijo de Cusi elaboró sus memorias, es decir hasta 1952.65

En cualquier caso, para la familia Cusi la compra de Lombardía se convirtió en su primera gran adquisición en México; la operación los proyectaba entre los más prominentes agricultores en el Estado de Michoacán, para no hablar del rango que adquirían con relación a los otros propietarios de la Tierra Caliente, con quienes parecía ya difícil establecer comparaciones por lo distinto de los proyectos y por la distancia en el tamaño de las ambiciones empresariales. De la trascendencia que tendría el hecho, pues luego sirvió para la adquisición de otra gran hacienda, la de Capirio, renombrada en Nueva Italia pocos años después, es que adquieren sentido estos detalles históricos. Son el origen de una reconfiguración de la estructura agraria y económico productiva en la Tierra Caliente del Tepalcatepec en Michoacán en la primera mitad del siglo xx.

¿Qué podemos añadir en relación a las sucesiones previas? En primer lugar que se trató con frecuencia de operaciones realizadas por instituciones de la sociedad cuya relevancia en materia de negocios y poder no debe ser desdeñada: por un lado la familia y sus vínculos de sangre, que han sido fundamentales hasta hoy para comprender la cultura empresarial, la cual se ha dicho inclusive que es en materia de transferencia de propiedad una “cadena de ADN; la cadena que efectivamente da cohesión a toda economía capitalista”.66 Y por otra parte la iglesia, que como institución económica y Estado paralelo al del orden virreinal hacía las veces de entidad financiera de depósito administrando propiedad raíz, fungiendo como hipotecaria o simplemente como beneficiaria de donativos de la misma naturaleza en bienes inmuebles, por lo menos hasta la promulgación efectiva de las leyes de reforma:67 como ejemplo de esto ha servido el estudio de la transferencia de propiedad de la hacienda de La Zanja en Michoacán.

Agradecimientos

El autor agradece al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (conacyt), por el apoyo y los recursos financieros brindados para la realización de la presente investigación materializada en este trabajo a través del Proyecto en Ciencia Básica 2008-01 99922 titulado “Historia de las Instituciones y las actividades económicas en el Occidente de México: del Porfiriato a la Revolución en Michoacán y Jalisco”, asimismo reconoce el trabajo de los asistentes-becarios adscritos a dicho proyecto: Lucero Cono Gómez, Isaac Lara García, Juan Garces Reyes, Luz del Carmen Martínez Rivera y Alma Delia García Crescencio, quienes apoyaron con la búsqueda de materiales documentales en distintas etapas.

Fecha de recepción: 19 de febrero de 2015

Fecha de aprobación: 9 de enero de 2017

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Fuente: Tomado de Pureco Ornelas, Empresarios lombardos en Michoacán…, p. ١٥٧.

Hasta aquí los datos son conocidos por muchos. Sin embargo qué fue de esa propiedad antes de los Cusi, ¿Quiénes fueron sus anteriores dueños? ¿Bajo qué condiciones se dio el traslado de derechos de una propiedad tan grande y cómo en esa transacción confluyeron intereses de personajes extranjeros, en específico de alemanes, avecindados en Michoacán sobre cuya presencia apenas se ha hecho referencia en la historiografía michoacanista? ¿Cómo aquella antigua propiedad sirvió para fortalecer el proyecto agrícola empresarial de amplios alcances liderado por otro grupo de extranjeros, en este caso italianos? Intentar dar respuesta a estas interrogantes no sólo satisfará un deseo acaso intelectual por conocer más sobre la historia local de la Tierra Caliente michoacana, sino también permitirá tener un mejor entendimiento del modo como los extranjeros han tejido redes sociales en suelo michoacano, así como el estilo de hacer negocios con base en esas mismas redes.

El tránsito del siglo xviii al xix. La Zanja entre vizcaínos

y renanos del norte

La Zanja era una antigua hacienda situada en el llano de Tamácuaro en la ribera izquierda del río Cupatitzio, en la Municipalidad de Urecho. De acuerdo con las referencias generadas por la documentación antigua, para la localización y delimitación de aquella hacienda se proporcionaban los siguientes datos:

Al oriente, el río de La Zanja de por medio, la Hacienda de La Parota y el rancho de Cacandio [sic, en realidad Cacanguio]. Al poniente, el río del Marqués de por medio, los terrenos de Capireo y Jicalán el Viejo: al sur estando de por medio el río de La Zanja, las Estancias de Canondo, el Tepehuaje, Tziritzícuaro y parte de La Pastoría hasta unirse este río con el del Marqués: al norte, la Hacienda de El Sabino y terrenos de Uruapan.-1

Por su relieve, durante el siglo xix La Zanja era un amplio terreno con fuerte parecido a su vecina cercana, la hacienda de San Ildefonso Taretan, la cual sobresalió por mucho tiempo –incluso hasta después de la fase armada de la revolución mexicana– produciendo azúcar de gran calidad.-1 Sin embargo, La Zanja jamás fue tan productiva como Taretan en este rubro de la producción de derivados de la caña de azúcar, y por esa razón fue menos famosa durante el siglo xix. Más bien La Zanja, arrendada en partes, funcionó sobre todo como pastizal para crianza de ganado aún a pesar de que se tiene conocimiento de que durante el siglo xviii adquirió cierto prestigio a nivel regional debido a que en sus patios se producían significativas cantidades de índigo tintóreo. Sin embargo las cosas no fueron ya nada semejantes al inicio y durante el siglo xix en que aquel potencial económico se había venido muy a menos debido a la inestabilidad sociopolítica de los años 1810 a 1867. Por entonces aquella gran planicie se ocupaba sólo en forma parcial como agostadero para la crianza de ganado e inclusive, por lo reducido de su productividad, hizo que se trabajara bajo el esquema de arrendamiento por partes.

En los años de fama atribuida a la producción del colorante azul, incluso todavía hacia 1784, La Zanja pertenecía a la familia Foncerrada y Ulíbarri, quienes pertenecían a un linaje de criollos de ascendencia vizcaína avecindados en Valladolid de Michoacán.-1 Algunos de ellos incluso fueron personajes notables para su época, como fue el caso de José Bernardo-1 de quien se tiene registro que fue militar al servicio del rey de Carlos iii de España y que ocupó el cargo de alcalde de Valladolid de Michoacán.-1 En el mismo tenor, su hermano, José Cayetano,-1 también fue un conspicuo súbdito pues destacó dentro de la carrera eclesiástica adoptando una posición ideológica con cierta predilección hacia el iluminismo humanista y menos hacia la ortodoxia escolástica. Se sabe que radicado en la Ciudad de México fue canónigo de la catedral de esta ciudad, vicario de los conventos de religiosas y que titulado como abogado, prestó sus servicios en la Real Audiencia de México. En el agitado escenario social que vivía el México de inicios de la centuria decimonónica, José Cayetano asumió posturas cercanas a principios liberales y vio con cierta condescendencia la causa independentista de la Nueva España, por lo que más tarde fue elegido como delegado a las Cortes de Cádiz por la Provincia de Michoacán. Por razones de su encargo residió en España y estando allá, hacia ١٨١٤, cambió su postura política para simpatizar con la restauración del régimen monárquico de Fernando vii.-1 El último dato biográfico que sobre él se tiene es que fue convertido en deán de la catedral de Lérida.

En ١٧٨٤ José Cayetano Foncerrada recibió de su padre la escritura de hipoteca de la hacienda de La Zanja, lo cual volvió al clérigo propietario temporal de aquel predio.-1 Sin embargo, al iniciar el siglo xix no está del todo claro bajo qué modalidad Foncerrada y Ulíbarri trasladó la propiedad de la finca de La Zanja a la Iglesia; bien pudo ser a través de una donación piadosa, de una herencia o bien de una cesión de derechos derivados quizá de alguna hipoteca.-1 Lo cierto es que la institución eclesiástica tuvo en su poder durante casi toda la mitad del siglo xix aquella propiedad, pero ella —como ocurriría con muchas otras fincas rústicas de gran extensión— fue afectada ya en los años del presidente Juárez, tanto por la Ley de Desamortización de Fincas Rústicas de ١٨٥٦ como por la Ley de Nacionalización de Bienes Eclesiásticos de ١٨٥٩.

Fue en el escenario de la Guerra de Reforma que un personaje de nombre Domingo López hizo el denuncio de la propiedad, que se realizaba por el derecho sancionado en las nuevas disposiciones legales ante las autoridades locales michoacanas, lo cual haría previsible que luego de hacer los pagos por los derechos de la propiedad le sería adjudicada legalmente; sin embargo, según se sabe este hombre falleció antes de cubrir el valor de la propiedad y su muerte llevó también al reclamo del adeudo por parte de las autoridades hacendarias locales. Es así como una persona de nacionalidad germana de nombre Luis Hulsenmann,-1 junto con su esposa, María Meyer —también alemana—, terminaron legalmente como dueños de la hacienda y de su rancho anexo, Charapendo, por adeudos que el extinto dueño tenía con ellos. A su vez, estos dos extranjeros adoptaron como suyo el adeudo del occiso por un acuerdo con los albaceas del fallecido Domingo López. La transferencia de la escritura se formalizó el ٣ de octubre de ١٨٧٤,-1 es decir, en tiempos del gobierno del presidente Sebastián Lerdo de Tejada. Esto significa que aunque los derechos de propiedad sobre la hacienda de La Zanja estaban definidos durante los años turbulentos de la Reforma y el Segundo Imperio, estos no fueron en absoluto estables, ni siquiera durante el periodo de la restauración republicana.

Durante nueve años los alemanes mantuvieron aquella propiedad; se ignora bajo qué circunstancias y dedicándola a qué actividades; no obstante, el ٢٠ de enero de ١٨٨٣, ya en pleno interregno porfiriano de Manuel González, los Hulsemann-Meyer vendieron el predio de La Zanja a otros paisanos suyos: a los hermanos Elvira Catarina y Félix Backhausen, quienes algunos meses antes de la compra se habían constituido en sociedad bajo la denominación de Félix Backhausen y Compañía justo con el objetivo de adquirir y trabajar la hacienda.

Por su lado es necesario señalar que los Backhausen pertenecían también a otra familia de alemanes con intereses en Michoacán desde por lo menos una generación previa, pues se tiene registro de que el padre de estos dos personajes según se consigna más abajo, Daniel Backhausen, se benefició de las Leyes de Reforma poco después de mediar el siglo xix haciéndose dueño del convento de San Juan de Dios en la ciudad de Morelia para convertirlo primeramente en fundición de hierro y molino de trigo, y más adelante en un moderno hotel.-1

Pero regresemos al tema de la traslación de propiedad de La Zanja. La escritura de esta operación se signó en la Ciudad de México, en el despacho del notario público Agustín Roldán y en ella no participaron los directamente involucrados; sino antes bien, se suscribió por medio de apoderados de ambas partes: Gerard Warnholtz por los vendedores Hulsenmann-Meyer, y por los compradores, los hermanos Backhausen, concurrió Carlos Félix, esposo de Elvira Catarina.-1 No existen datos que revelen la causa por la cual ninguno de los directamente involucrados participó en el protocolo de compra-venta. Sin embargo es muy probable que hubiera sido por encontrarse ambas familias en el extranjero ¿Dónde? En Alemania con mucha probabilidad, específicamente en Hamburgo, de donde eran originarios y donde pasaban la mayor parte de su vida. La residencia de los Backhausen en Hamburgo es una hipótesis que se sostiene a partir de cierto número de poderes que se emitieron para la realización de operaciones comerciales y financieras desde aquel puerto hanseático y de los cuales inclusive en algunos casos llegaron copias en lengua germánica a los expedientes archivados en México para su traducción al castellano.-1

La transferencia de La Zanja de Luis Hulsenmann a Félix Backhausen y Compañía es un asunto que no está del todo claro. Existe constancia de que fue una operación en la que intervinieron conspicuos personajes de la colonia alemana radicados en México y cuyo papel en Michoacán aún es tema que espera un trabajo de investigación. Se sabe que Hulsenmann tenía como apoderado al referido Daniel Backhausen, quien en algún momento hizo las veces de dueño, quizá a propósito de la muerte de Hulsenmann, y que el mismo Daniel, a su vez, hubo heredado a sus hijos Elvira y Félix la propiedad.-1 Estimamos que si así ocurrió, dicho testamento habría carecido de legalidad y que en todo caso en el primer momento conveniente tuvieron que formalizar mediante la elaboración de una escritura. Lo interesante de este asunto radica en que la escritura, en vez de estipular que se trató de una herencia, habla de un contrato de compra-venta celebrado entre supuestos agentes de ambas partes; por Luis Hulsenmann, Gerard Warnholtz y por los Backhausen, el esposo de Elvira: Carlos Félix. De lo anterior surge la suspicacia de que Hulsenmann pudo ser víctima de un despojo de parte de los Backhausen en una de esas tantas querellas que por bienes raíces se legitiman inclusive por medio de notario público. Se habría tratado pues de un acto de abuso de confianza en el que el agente o apoderado se apropió, por medios ilegales de los bienes de su patrón, aprovechando que éste se encontraba lejos; el dueño en Alemania y el problema en Morelia.

Los negociantes alemanes

¿Quiénes eran todos estos alemanes con intereses en Michoacán? ¿A qué se dedicaban? ¿Dónde ejercían sus actividades? La información sobre ellos aún es escasa, requeriría una investigación a mucho mayor detalle. El caso de los apellidos Hulsenmann, Warnholtz y Backhausen continúa a la espera de un tratamiento historiográfico particular e independiente de éste, dadas las referencias escasas que sobre ellos existen y la importancia de su actuación económica, no sólo en Michoacán. Sin embargo, a pesar del desconocimiento, se debe apuntar algunas alusiones que se han hecho sobre ellos en la literatura del tema.

En una obra referida al impacto de la reforma liberal de mediados del siglo xix en Morelia, aparecen mencionados los nombres de Daniel y Víctor Backhausen.-1 Se apunta que eran prusianos, simpatizantes del Segundo Imperio y que con motivo de la aplicación de las leyes de desamortización y nacionalización de bienes eclesiásticos adquirieron una casa que perteneció al gobierno catedralicio de Morelia, con valor de poco más de ١٠ mil ٣٠٠ pesos.-1 De manera singular, en otro texto, éste referido a viajeros en Michoacán,-1 aparece otra alusión a los Backhausen, esta vez se les identifica hacia ١٨٨٤ como propietarios del Gran Hotel de Michoacán, ubicado en la primera Calle Nacional, hoy Avenida Madero, de la ciudad de Morelia. Dicho hotel era administrado por un joven de nombre Gerard Wolburg y se trata efectivamente del mismo bien raíz obtenido merced a las leyes liberales de reforma, que ha sido señalado por Rivera Reynaldos y también por Uribe Salas.-1

Desafortunadamente de la familia Hulsenmann se carece al momento de mayor información. En cambio, de los apellidos Félix, Warnholtz y Meyer que aparecen en los registros de propiedad, transferencia o como apoderados sobre asuntos que conciernen a negocios en Michoacán, ya se ha arrojado un poco de luz.-1 Por la cercanía que tuvo la familia Félix con la de los italianos Cusi que más tarde adquirieron La Zanja, exponemos su caso en forma especial líneas abajo; en cambio, sobre los otros dos apellidos podemos referir brevemente lo que a continuación se menciona.

Gerard Warnholtz, el apoderado de la familia Hulsenmann-Meyer en la firma de la escritura de venta de la hacienda La Zanja a los hermanos Backhausen en ١٨٨٣, nació en ١٨٣٢,-1 llegó a México a los ١٧ años;-1 hacia ١٨٤٧ estableció un taller de sombrerería en el número ٢ del Portal de Mercaderes de la Ciudad de México y muy pronto pasó del negocio de los sombreros al de prestamista; más tarde se asoció con la casa Tardán y su descendencia.-1 Desde ١٨٨١ Warnholtz poseía poder legal otorgado por los Hulsenmann-Meyer para actuar como cobrador de sus deudores.-1 Durante los gobiernos postrevolucionarios, Warnholtz y los Tardán incursionaron en el negocio de los seguros al lado de la Compañía Brockmann & Schuh.-1

Finalmente, los Meyer. Esta familia, a la que perteneció María Meyer, esposa de Luis Hulsenmann, ambos propietarios de la hacienda de La Zanja (١٨٧٤-١٨٨٣), se instaló en México en ١٨٢٨ por conducto de Antonio Meyer, propietario de un almacén, comerciante y luego prestamista. Los Meyer fueron creciendo y por medio de las relaciones familiares lograron fusionar sus negocios con los de otros alemanes avecindados en México para ampliar su radio de operación hacia distintas ciudades. Importantes sociedades fueron las constituidas con otras familias como los Hube en Veracruz, donde establecieron Meyer, Hube y Cía y en Hamburgo con los Doormann, donde crearon Doormann, Meyer y Cía.-1

Del siglo xix al xx. Arrendatarios italianos de una finca de alemanes

En esos últimos años del siglo xix, y primeros del xx, Félix Backhausen y Compañía, la propietaria de la hacienda de La Zanja, no explotó directamente la finca, ni con fines agrícolas ni tampoco ganaderos, antes bien la tenía arrendada y eran propiamente sus arrendatarios los que le procuraban dar esa finalidad. En 1896 los hermanos Backhausen, que ya desde esa época vivían temporadas en Hamburgo, dejaron en arriendo la propiedad a familiares o bien a conocidos que residían en México.-1 De hecho, se tiene conocimiento de que esa sociedad de alemanes que era Félix Backhausen y Compañía se comportaba de forma absolutamente rentista, y los arrendatarios beneficiados por el contrato que se suscribió en 1896 eran en mancuerna, por un lado el hijo de Carlos Félix, de nombrector, y por el otro, Gerard Wolburg. Sí, Wolfburg, el mismo personaje que como se dijo líneas arriba, fungía como el administrador del Gran Hotel de Michoacán en ١٨٨٤, pero que además —vale señalarlo— se convirtió en yerno de don Félix Backhausen al contraer nupcias con su hija Emma a finales de enero de ١٨٨٧,-1 por este acontecimiento se volvía este alemán advenedizo en sobrino político de Carlos Félix y por tanto en primo político de Víctor, su socio en el arrendamiento de la hacienda de La Zanja. Una información adicional respecto a este personaje, Gerard Wolburg, es que años más tarde, luego de ser arrendatario de La Zanja en ١٩٠٢, acaso tentado por probar suerte en un giro más prolífico en términos económicos que la administración de hoteles y acaso hasta como propietario se identificaba como “agricultor” y “vecino de Taretan”.-1

Así pues, Víctor Félix y Gerard Wolburg, primos por los lazos de parentesco que había logrado éste último, y ahora arrendatarios de La Zanja, propiedad de los Backhausen que estaban en Hamburgo, a su vez descubrieron que para su causa era más satisfactorio, en lugar de invertir y correr con los riesgos naturales de los negocios agropecuarios, amén del trabajo extenuante que ello exigiría, hacer lo que sus mayores en Alemania y decidieron subarrendar en pequeñas o amplias fracciones aquella inmensa extensión de tierra. Y es aquí donde apareció, como subarrendatario de estos jóvenes,-1 un personaje que a la postre se hizo notorio por sus negocios en la Tierra Caliente michoacana, pero que por la época en que terminaba el siglo xix era un modesto agricultor en la inhóspita Tierra Caliente de Michoacán: se trataba de Dante Cusi Castoldi, quien buscaba consolidarse como pequeño propietario en la zona de Parácuaro y de Jucutacato al lado de su socio Luis Brioschi.-1

Por la cita que a continuación se reproduce, escrita muchos años después por Ezio Cusi, y que describe la idea que aquél tenía acerca de la hacienda de La Zanja formada a partir de sus travesías juveniles a caballo, se entiende que en aquellos años de finales del siglo xix, muy probablemente hacia la mitad de la década de los años 1890, quienes directamente trabajaban en la hacienda como hombres de campo o como rancheros criadores de ganado habrían sido escasísimos:

[…] Era fines del temporal de aguas y estaba toda la enorme extensión cubierta de exuberante vegetación y de gran variedad de hermosas flores silvestres, que le daban hermoso aspecto; pero no se veía ningún curso de agua ni manantiales, casi deshabitada; sólo se encontraba uno que otro jacal diseminado a muchos kilómetros uno de otro y unas cuantas cabezas de ganado como perdidas en una extensión sin límites. [La hacienda de La Zanja] Parecía encontrarse en el centro del África; estaba en estado primitivo, tal vez desde la Creación.-1

En tal circunstancia, y por efecto de la cadena misma de arriendos y subarriendos que pesaban sobre la hacienda (Véase Diagrama 1), se presume que las rentas habrían sido francamente exiguas y por lo tanto no representaban de ninguna manera un gran negocio ni para los arrendatarios que la subarrendaban (Víctor Félix y Gerard Wolburg), mucho menos para los dueños (los Backhausen).

Diagrama 1. Cadena de arrendamientos y rentas sobre el producto de la hacienda La Zanja, Michoacán a finales del siglo xix

Diagrama 3-1

Fuente: Diseño propio con base en información contenida en el agnot-mor.

Así pues, Dante Cusi al acercarse a estos jóvenes habría visto que una buena inversión de trabajo y el aprovechamiento al máximo de todas las potencialidades de aquel llano casi despoblado, podría transformase en una célula de producción agrícola redituable si se le comparase con el monto de renta que se pagaría por ella.

Félix Backhausen y Compañía, aunque perduró algunos años, cambió de gerencia y por lo mismo de dirección de los negocios. No mucho tiempo después de adquirida la hacienda de La Zanja por los germanos, los viejos Backhausen murieron; primero don Félix (alrededor de 1897) y luego su hermana Elvira (hacia 1902), por lo que fueron sus consortes quienes quedaron prácticamente al frente de la responsabilidad de la sociedad y de sus activos, en particular el esposo de Elvira, Carlos Félix. Por su parte, la viuda de Félix Backhausen, la señora Cora Balling contrajo pronto nuevas nupcias con un norteamericano y se fue a residir a Chicago;-1 a partir de entonces, la hacienda ya no fue un asunto de su incumbencia como una derivación de haber tomado dicha decisión.

Así entonces, al fallecer doña Elvira Catarina Backhausen en 1902 Félix Backhausen y Compañía quedó completamente administrada y dirigida por el esposo de ésta, Carlos Félix, quien desde ese momento habría quedado investido de mayor capacidad decisoria sobre el patrimonio de la sociedad y encomendado naturalmente para su liquidación.

El nuevo adquiriente de la finca, un italiano en crecimiento

En 1884 llegó el italiano Dante Cusi a Michoacán en forma por demás circunstancial. Su itinerario fue Milán-San Nazaire-Nueva Orleans-Jacksonville-Texas-Apatzingán. Desde que salió de su natal Lombardía tenía claro que su misión era alcanzar éxito económico en América sin preocuparse mucho por el lugar específico en donde lo realizaría. En primer sitio Cusi pensó en el sur de los Estados Unidos, pero ahí no pudo ser; en cambio, en Michoacán sí se logró y fue ahí donde le confirió a la actividad agrícola el tinte tan esperado por Porfirio Díaz de los extranjeros que era el de los negocios. El periodo de 1885 a 1890 para Dante Cusi fue de constitución de un proyecto agrícola con tintes perfectamente identificables que iba en dirección a una empresa capitalista y que tuvo una primera organización social bajo el nombre de Cusi y Brioschi, pero que, no obstante, todavía aparecía por entonces con dimensiones locales. Sin embargo, al finalizar el siglo xix dicho proyecto comenzó a despegar con la colocación cada vez más lejana y en mercados cada vez más amplios de la producción de arroz que se obtenía del centro de Michoacán. Una expresión de aquella bonanza era el amplio significado que para el italiano tenía la adopción de tecnología en el transporte. Al introducirse el ferrocarril a Uruapan en 1899, ya Cusi y Brioschi importaban de Alemania carros de gran tamaño que tirados por una docena de mulas cada uno, llevaban cargamentos de arroz desde ese punto hasta Pátzcuaro, para de ahí, finalmente, dirigirlos por tren a distintos mercados.-1

En el plano familiar, hacia los años 1890, Cusi también ya estaba abandonando aquella etapa de penurias económicas por las que atraviesa todo extranjero recién llegado a un país ajeno. Una primera muestra de esta fase ascendente se manifestó en el hecho de que la familia creció. En 1891 nació su hija Elodia, descendiente de aquella primera generación de emigrados y, de hecho la única nacida en Michoacán. En segundo sitio, la vida también cambió para Cusi y su familia porque sus hijos varones, Alejandro Eugenio y Ezio, dejaron las actividades rancheras para ir a vivir a Morelia y estudiar ahí, quizá sólo por una breve temporada, en el Colegio de San Nicolás (١٨٩٢-١٨٩٣); luego se les exigió aprender inglés, para lo cual Dante Cusi los remitió precisamente al lugar en donde ya tenía algunos contactos comerciales: San Antonio, Texas (١٨٩٣-١٨٩٥), y finalmente, dado que las posibilidades lo permitían por las holgadas condiciones económicas en las que ya se encontraban los negocios familiares, se decidió que irían a estudiar comercio a Milán (١٨٩٥-١٨٩٧).

Dante Cusi había alcanzado un nivel de estabilidad económica mucho más sólido no sólo si se le compara con la manera como llegó a Michoacán en ١٨٨٤, sino inclusive con relación a la situación económica que tenían muchos productores agrícolas que trabajaban con la cantidad de terreno de que él disponía. Dicha estabilidad se tradujo en los logros familiares tales como permitir que su familia radicara en localidades de mayor tamaño, lo cual es un acto que permite el ascenso social (la familia pasó de vivir en un hostil rancho a la ciudad de Uruapan, se promovió la educación de los hijos localmente y en el extranjero, etcétera). Y mientras ocurría todo ello, Dante Cusi también buscaba con tenacidad su independencia capitalista respecto de su socio Brioschi. El lombardo se adaptaba a su entorno michoacano, a su giro agro ganadero y a la esfera del comercio derivada de los excedentes generados por los cultivos y la crianza de animales. El rancho de Matanguarán, que fue la única propiedad de considerables dimensiones que había logrado conseguir hasta esa época, fue de gran importancia en el despegue individual inicial de Dante Cusi y así también el núcleo territorial a partir del cual el italiano descubrió la factibilidad de trabajar en los llanos de la hacienda de La Zanja, un poco más al sur de su propiedad, así fuera apenas como uno de quizá tantos arrendatarios que existían dentro de ella.-1

Un matrimonio de 30 mil hectáreas

El entorno de Dante Cusi también cambió por un hecho que aunque del ámbito familiar, tuvo, como veremos, una trascendencia fundamental en los negocios. Podría decirse que es un acontecimiento en el que negocios y vida privada convergen para hacer más compleja la dimensión de la historia de la traslación de propiedad de un gran predio y lo vuelve materia de la historia empresarial en que se incorpora un leve ingrediente de biografía.

Ya se ha referido la celebración del contrato de subarrendamiento de la hacienda de La Zanja por parte de Cusi, por un lado, y de Víctor Félix y de Gerard Wolburg, por el otro, en octubre de 1902. Antes de la materialización de este contrato, con los planes que el italiano Cusi ya venía perfilando para el uso de La Zanja, ocurrió un evento nada fortuito; más bien que se antoja muy bien proyectado. Sabedor Cusi de que Carlos Félix, el padre del joven Víctor, uno de sus arrendadores, era a la vez apoderado legal de aquella salvaje pero prometedora propiedad rústica, el italiano habría aprovechado para afinar su proyecto de control territorial con la circunstancia de juventud que vivían tanto el mismo Víctor como su hija Claudina. Del acercamiento entre familias habría nacido la natural amistad, se habrían entonces frecuentado a partir de una inducción unilateral, luego simpatizado y al final, todo culminó con el adivinado himeneo celebrado el 19 de julio de 1899 en el templo de San Cosme y San Damián de la Ciudad de México.-1

A Dante Cusi para nada le habría desagradado tener por yerno al hijo de quien tenía la potestad de toda la gran propiedad que era la hacienda que él pretenciosamente deseaba hacer usufructuar en un afán de proseguir su carrera emprendedora como agricultor. Y así ocurrió al sellarse el lazo parental por medio del matrimonio entre la familia Félix y la familia Cusi. Alemanes e italianos quedaban en posibilidad de flexibilizar primeramente los contratos de arriendo y poco a poco ir hacia otro tipo de asociación benéfica y quizá hasta menos comercial en aras de la comunidad de sangre, reunida a partir de aquel momento con el matrimonio de los hijos de ambas familias extranjeras asociadas a Michoacán.

Desde el momento de la boda, hasta la ejecución de ese segundo paso, determinante en las pretensiones expansionistas en términos territoriales de Dante Cusi, transcurrieron sólo seis o siete años. Tomando en cuenta el vínculo laboral y el lazo familiar que había entre arrendador y arrendatario; es decir entre los Félix y los Cusi, los primeros no dudarían ya en trasladar la posesión sobre aquella hacienda habida cuenta de que, por una parte, don Carlos Félix tenía sus propios negocios que atender, tanto en México como en Alemania y, por la otra, por lo apetecible que resultaba para Dante Cusi poder disponer de una extensión de tierra tan vasta para sí, siempre y cuando se hicieran trabajos de adecuación del terreno para su habilitación en la producción agrícola.

El proceso de compra-venta fue gradual. El primer paso fue formalizar, por medio de un contrato, la calidad de Dante Cusi como subarrendatario de la hacienda de La Zanja, lo que ocurrió el 12 de octubre de 1902.-1 Por la información que se deriva de dicho contrato sabemos que Cusi pagaba por renta de la tierra 3 mil pesos anuales, además de las contribuciones prediales, todo directamente a Félix Backhausen y Compañía, no a su yerno Víctor Félix ni al primo del mismo, Gerard Wolburg con quienes de hecho signó el contrato de subarrendamiento. Según lo pactado ahí, se subarrendaría completamente la hacienda de La Zanja a Dante Cusi, a excepción del llamado Potrero de las Higuerillas, que seguiría bajo dominio de Wolburg y Félix para la crianza “empotrerada” de ganado. El compromiso para ambas partes entraría en vigor desde el primer día de 1903.

Hoy se sabe que ese contrato se anularía cuando precisamente al iniciarse el año de 1903, Cusi ya estaba haciendo el trato para la compra completa de la hacienda de La Zanja a Carlos Félix, su consuegro alemán.-1 Las pláticas debieron ocurrir a través del apoderado en Morelia que tenía Félix Backhausen y Compañía, el licenciado Francisco Elguero. Prueba de tales preparativos para la adquisición de la gran hacienda fue que Dante Cusi decidió extender legalmente poderes a sus dos hijos, Alejandro Eugenio y Ezio, sobre los negocios que hasta ese momento había administrado en forma individual.-1 Por esas fechas los dos vástagos de la familia estarían rondando los 27 y 24 años respectivamente.

Y así por fin, acordados los términos y precio al que se realizaría la traslación de propiedad, el 14 de enero de 1903, en las oficinas del notario Francisco Barroso establecidas en la capital michoacana, Dante Cusi y Francisco Elguero, como representante legal de Carlos Félix, cerraron la operación de compra-venta de la hacienda La Zanja,-1 cuyo nombre completo en algunos papeles antiguos aparece también como Hacienda de La Concepción de La Zanja, además de su rancho anexo de Charapendo. Sus hasta entonces dueños, el señor Carlos Félix y la señora Cora Balling de Grace se deshicieron de la propiedad por la cantidad de 140 mil pesos.-1 A esta primera gran propiedad adquirida por los Cusi la renombrarían del mismo modo que la tierra que los vio partir dos décadas atrás: Lombardía.-1 Y si bien la compra de Lombardía convertía a Dante Cusi y a sus hijos en grandes propietarios, también —merced a su pericia en las labores agrícolas y de negocios— en grandes empresarios.

¿Qué tanto habrá servido el vínculo matrimonial entre Claudina y Víctor para que Dante Cusi se volviera gran arrendatario de La Zanja y más tarde hasta el dueño de ésta? Sin duda que este nuevo lazo familiar cobró relevancia para los negocios no sólo porque Carlos Félix era el apoderado de Félix Backhausen y Compañía, la sociedad dueña de La Zanja, sino también porque desde la década de ١٨٧٠ él mismo aparecía como prestamista para refaccionar y financiar la producción agrícola de algodón en la región de La Laguna, lo mismo que su distribución y comercialización en la Ciudad de México.-1 Más tarde, ya en pleno porfiriato e incluso después de éste, esa misma actividad financiera y comercial proyectó al propio Carlos Félix y a sus descendientes a la esfera empresarial como miembro de Beick & Félix, importante fábrica de ácidos, productos químicos y de droguería en México.-1

La pregunta acerca del papel que tuvo esta relación familiar dentro de la arena de los negocios cobra pertinencia pues no es irrelevante que una relación arrendatario-arrendador termine en un vínculo familiar entre consuegros como el que llegaron a formalizar Dante Cusi y Carlos Félix, así como tampoco que este mismo lazo tuviera nuevas implicaciones al derivar en una operación de enajenación de una finca tan grande por su tamaño como lo fue La Zanja en ١٩٠٣.

Es bien conocido que esta forma de relacionarse unas familias con otras ha tenido históricamente un papel fundamental en distintos ámbitos de la organización social, lo cual, para el caso de los negocios, podemos decir que ha sido también una efectiva estrategia en la cristalización de proyectos.-1 Al rehacer este tipo de estudios históricos se termina por realzar el papel que adquieren valores de estructura social básicos como la familia, la confianza y la supervivencia aunada a la formulación de proyectos de gran impulso. No podría dejarse en este punto de resaltar aquello que ya ha mencionado el profesor David S. Landes cuando señala que “en cierto modo, todas las dinastías son iguales. Son estructuras de relaciones de consanguinidad, a menudo reforzadas por lazos matrimoniales y por adopciones.” Cusi buscaba construir su poderío local como propietario por medio de la obtención de un lazo matrimonial con los alemanes, adoptando cada uno de los clanes un hijo político.

Se aprecia aquí también que a pesar de los modelos de empresa gerencial que se desarrollarán con posterioridad, sobre todo después de la Primera Guerra Mundial, la familia continúa siendo una escuela primordial de conocimientos y habilidades, una encarnación de la confianza, y un almacén del capital, entre sus propios miembros o los parientes más directos.

Consideraciones finales

La versión de Ezio Cusi sobre la adquisición de la hacienda de Lombardía discrepa sustancialmente de lo que aquí se ha expuesto toda vez que no hace referencia a ninguno de los detalles arriba anotados; muy por el contrario, el hijo de Dante Cusi refiere que el “descubrimiento” de la hacienda hecho por ellos ocurrió casi como algo fortuito: un paseo a caballo en el que se encuentran con un terreno inmenso y casi virgen; que al maravillarse del potencial de esas tierras comienzan a realizar someros estudios de nivelación para determinar si es irrigable y que dichos estudios, por cierto, los realizan prácticamente en la clandestinidad, a escondidas de los dueños, previendo no despertar en ellos “el interés y la codicia”.-1 Y termina Ezio Cusi señalando que “apenas cerciorados de que era factible el proyecto [de irrigar la hacienda de La Zanja], regresamos y mi padre fue a México a tratar la compra con los dueños, que no se habían enterado de nada.”-1

Confrontando la información notarial encontrada hasta el momento con las memorias del hijo de Dante Cusi sobre la adquisición de Lombardía, podemos sospechar que aunque entre los Cusi Armella y los Félix Backhausen existía el vínculo familiar originado por el matrimonio de Claudina Cusi con Víctor Félix, ocurrido cuatro años antes de la compra de Lombardía, las relaciones entre ambas familias más que de cooperación y asociación en los negocios pudieron haber sido armónicas hasta un determinado momento, pero luego del cual habrían entrado en una fase de competencia o de antipatía, y no precisamente cuando ocurrió la compra-venta de la hacienda, sino al momento en que el hijo de Cusi elaboró sus memorias, es decir hasta ١٩٥٢.-1

En cualquier caso, para la familia Cusi la compra de Lombardía se convirtió en su primera gran adquisición en México; la operación los proyectaba entre los más prominentes agricultores en el Estado de Michoacán, para no hablar del rango que adquirían con relación a los otros propietarios de la Tierra Caliente, con quienes parecía ya difícil establecer comparaciones por lo distinto de los proyectos y por la distancia en el tamaño de las ambiciones empresariales. De la trascendencia que tendría el hecho, pues luego sirvió para la adquisición de otra gran hacienda, la de Capirio, renombrada en Nueva Italia pocos años después, es que adquieren sentido estos detalles históricos. Son el origen de una reconfiguración de la estructura agraria y económico productiva en la Tierra Caliente del Tepalcatepec en Michoacán en la primera mitad del siglo xx.

¿Qué podemos añadir en relación a las sucesiones previas? En primer lugar que se trató con frecuencia de operaciones realizadas por instituciones de la sociedad cuya relevancia en materia de negocios y poder no debe ser desdeñada: por un lado la familia y sus vínculos de sangre, que han sido fundamentales hasta hoy para comprender la cultura empresarial, la cual se ha dicho inclusive que es en materia de transferencia de propiedad una “cadena de ADN; la cadena que efectivamente da cohesión a toda economía capitalista”.-1 Y por otra parte la iglesia, que como institución económica y Estado paralelo al del orden virreinal hacía las veces de entidad financiera de depósito administrando propiedad raíz, fungiendo como hipotecaria o simplemente como beneficiaria de donativos de la misma naturaleza en bienes inmuebles, por lo menos hasta la promulgación efectiva de las leyes de reforma:-1 como ejemplo de esto ha servido el estudio de la transferencia de propiedad de la hacienda de La Zanja en Michoacán.

Agradecimientos

El autor agradece al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), por el apoyo y los recursos financieros brindados para la realización de la presente investigación materializada en este trabajo a través del Proyecto en Ciencia Básica 2008-01 99922 titulado “Historia de las Instituciones y las actividades económicas en el Occidente de México: del Porfiriato a la Revolución en Michoacán y Jalisco”, asimismo reconoce el trabajo de los asistentes-becarios adscritos a dicho proyecto: Lucero Cono Gómez, Isaac Lara García, Juan Garces Reyes, Luz del Carmen Martínez Rivera y Alma Delia García Crescencio, quienes apoyaron con la búsqueda de materiales documentales en distintas etapas.

1 La literatura sobre el tema es amplia, aquí sólo se hace referencia a textos sintéticos panorámicos desde el punto de vista de la extranjería llegada a México y la que en general pobló la América Latina: González Navarro, Moisés, La colonización en México, México, Talleres de Impresión de Estampillas y Valores, 1960; González Navarro, Moisés, Los extranjeros en México y los mexicanos en el extranjero, 1821-1970, México, El Colegio de México, 3 vols., 1993; González Navarro, Moisés, “Las migraciones europeas” en El poblamiento de México, México en el siglo xix (tomo iii), México, Secretaría de Gobernación/Consejo Nacional de Población, 1993, pp. 166-186; Berninger, Dieter George, La inmigración en México (1821-1857), México, Secretaría de Educación pública (colección “SepSetentas”, núm. 144), 1974; Klein, Herbert S. “Migração internacional na história das Américas” en Fazer a América. A Imigração em Massa para a América Latina, San Pablo, Memorial/Editora da Universidade de São Paulo/Fundação Alexandre de Gusmáo, 2000, pp. 13-31; Peña, Moisés T. de la, “Colonización extranjera” en Problemas Agrícolas e Industriales de México. México: vol. ii, julio-septiembre y octubre-diciembre, 1950, pp. 185-278.

2 La relación de trabajos en esta línea es grande, aquí sólo se presentan los siguientes a manera de ejemplo: Gamboa Ojeda, Leticia, Los empresarios de ayer. El grupo dominante en la industria textil de Puebla, 1906-1929, Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 1985; Kenny, M. y V. García (et al.), Inmigrantes y refugiados españoles en México, siglo xx, México, ciesas (Ediciones de la Casa Chata núm. 8), 1979; Lida, Clara E. (coordinadora), Tres aspectos de la presencia española en México durante el porfiriato, México, El Colegio de México, 1981; Collado, María del Carmen, La burguesia mexicana. El emporio Braniff y su participación política 1865-1920, México, Siglo xxi, 1987; Kicza, John E., Empresarios coloniales. Familias y negocios en la ciudad de México durante los borbones, México, Fondo de Cultura Económica, 1986. Walker, David W., Parentesco, negocios y política. La família Martinez del Río en México. 1823-1867, México, Alianza Editorial, 1991; Meyer, Rosa María y Delia Salazar, 2003, Los inmigrantes en el mundo de los negocios, siglos xix y xx, México, Alianza Editorial, 1991.

3 Lida, Clara E. (compiladora), Una inmigración privilegiada. Comerciantes, empresarios y profesionales españoles en México en los siglos xix y xx, Madrid, Alianza Editorial, 1994.

4 Berninger, Dieter George, La inmigración en México (1821-1857), México, Secretaría de Educación pública (colección “SepSetentas”, núm. 144), 1974.

5 Martínez Rodríguez, Marcela, «Colonizzazione al Messico!». Las colonias agrícolas de italianos en México, 1881-1910, Zamora y San Luis Potosí, El Colegio de Michoacán / El Colegio de San Luis, 2013.

6 Guzmán Ávila, José Napoleón, Michoacán y la inversión extranjera, 1880-1911, Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (colección Historia Nuestra, núm. 3), 1982.

7 Pureco Ornelas, J. Alfredo, “Modernización en el sector industrial arrocero en Michoacán, México. Legado empresarial italiano de inicios del siglo xx” en Investigaciones en Historia Económica, vol. 7, núm. 2, junio, Barcelona, Asociación Española de Historia Económica, 2011, pp. 270-281.

8 En este punto es destacable la cita de Paul Ricoeur que señala que “si un acontecimiento no es significativo respecto a otro posterior en una historia, no pertenece a esta historia”, véase: Ricoeur, Paul, Tiempo y narración iii. El tiempo narrado, México, Siglo xxi Editores, 1987.

9 Pureco Ornelas, José Alfredo, Empresarios lombardos en Michoacán. La familia Cusi entre el porfiriato y la postrevolución (1884-1938), Zamora, El Colegio de Michoacán / Instituto Mora, 2010.

10 Glantz, Susana, El ejido colectivo de Nueva Italia, México, Secretaría de Educación Pública / Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1974.

11 Chevalier, François, La formación de los latifundios en México. Haciendas y sociedad en los siglos xvi, xvii y xviii, México, Fondo de Cultura Económica (3ª edición, 1999), 1953.

12 Como por ejemplo la propuesta de Worster, Donald, Nature’s Economy. The roots of ecology, Garden City (Nueva York), Anchor Press, 1979.

13 En este caso pensando en los trabajos de Tamara Hareven: Hareven, Tamara, Families, History and Social Change, Boulder (Colorado), Westview Press, 2000.

14 El magnífico trabajo de Zárate, José Eduardo (coordinador), La Tierra Caliente de Michoacán, Zamora, El Colegio de Michoacán / Gobierno del Estado de Michoacán, 2001, ya ha dado cuenta de una visión panorámica de la región.

15 La historia agraria de la zona ya ha sido escrita por el mencionado trabajo de Barret, Elinore M., La cuenca del Tepalcatepec (2 vols.), México, Secretaría de Educación Pública (colección Sep-setentas, núms. 177 y 178), 1975. En cambio, distintos aspectos de la historia social en un período amplio han aparecido en distintos trabajos, uno de ellos es la colección de ensayos contenida en Ortiz Escamilla, Juan (coordinador), La transformación de los paisajes culturales en la Cuenca del Tepalcatepec, México, El Colegio de Michoacán, 2011. Por otra parte, la historia de empresarios y el funcionamiento económico de las propiedades de la familia Cusi han quedado consignadas en Pureco Ornelas, José Alfredo, Empresarios lombardos en Michoacán. La familia Cusi entre el porfiriato y la postrevolución (1884-1938), Zamora, El Colegio de Michoacán / Instituto Mora, 2010. Los aspectos relativos a la infraestructura agroindustrial de las fincas de la zona ha sido trabajado desde la perspectiva espacial y de su arquitectura por Aguirre Anaya, Alberto, Espacios arquitectónicos y sistemas productivos en la Tierra Caliente de río Tepalcatepec, occidente de Michoacán, Zamora, El Colegio de Michoacán, 2011. La historia de los recursos hídricos de aquellas plantaciones agrícolas calentanas ha sido analizada por la obra citada de José Alfredo Pureco Ornelas, pero sobre todo en interesantes trabajos contenidos en Sánchez Rodríguez, Martín (coordinador), Entre campos de esmeralda. La agricultura de riego en Michoacán. Zamora, México: El Colegio de Michoacán / Gobierno del Estado de Michoacán, 2002.

16 Ciertamente no hay historia sin interpretación del pasado; pero tampoco habrá historia sin la recuperación de datos que permita plantear las preguntas, grandes o pequeñas, sobre tiempo ya ocurrido. Sobre esa discusión metodológica, fuera del objetivo central del trabajo, pero necesaria para soportar la pertinencia de la exposición en contenido del presente artículo, se recomienda Bouvier-Ajam, Maurice, Essai de méthodologie historique. París, Le Pavillon, 1970; Walsh, W. H., Introduction to the Philosophy of History, Londres, Hutchinson Universitary Library, 1958; Megill, Allan, “Recounting the Past: «Description», Explanation and Narrative in Historiography” en The American Historical Review, vol. 94, núm. 3, junio, 1989, pp. 627-653; Dray, W. H., “On the Nature and Role of Narrative in Historiography” en History and Theory, vol. 10, núm. 2, 1971, pp. 153-171, entre muchos otros artículos que otorgan valor al recurso narrativo y descriptivo dentro de la investigación historiográfica.

17 La considerable historiografía no sitúa con precisión cronológica el hecho, salvo los datos aportados por Pureco Ornelas, Empresarios lombardos, p. 50. En tal obra se consigna que la fecha exacta en que se adquirió el predio por parte del italiano Cusi fue el 14 de enero de 1903.

18 Archivo General de la Nación (en adelante sólo agn), Caja de Préstamos, caja 112, exp. 215: “Acta notarial que da constancia de la hipoteca de La Lombardía por un préstamo por $500,000.00, concedido por la Caja de Préstamos a Dante Cusi”, Ciudad de México, 30 de noviembre de 1909. Dicho documento fue certificado en la Notaría 22 a cargo de Carlos Fernández, Ciudad de México.

19 Datos interesantes sobre la hacienda de San Ildefonso Taretan son vertidos en la tesis de Ruiz Magaña, Elva, Del latifundio al reparto agrario: el caso de Taretan, Michoacán. 1920-1950 (tesis de licenciatura), Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 1996, pp. 5 y ss.

20 La familia Foncerrada y Ulíbarri estaba encabezada por el matrimonio de Bernardo Foncerrada Montaño y de Juana María Ulíbarri Hurtado de Mendoza, el primero habría llegado a México procedente del occidente del País Vasco (San Julián de Muzkiz, Valle de Somorrostro) hacia la década de los años 1720 o 1730. En cambio Juana María, aunque también de padres vascos era una criolla nacida en Valladolid. Ambos procrearon ocho hijos quienes más adelante se emparentarían con otros apellidos igualmente notables de la tardía Valladolid de Michoacán tales como los Anzorena, Lavarrieta Macuso y Soravilla Espinoza. Véase: base de datos genealógicos de Geneanet (http://es.geneanet.org/ fecha de consulta: junio de 2014)

21 Joseph Bernardo Januario Foncerrada y Ulíbarri, nacido el 25 de septiembre de 1747 en Valladolid de Michoacán y muerto en fecha no determinada en la Ciudad de México. Contrajo matrimonio en 1783 con María Josefa Lavarrieta Macuso. Véase base de datos Geneanet (http://es.geneanet.org/ fecha de consulta: junio de 2014).

22 Álvarez, José Rogelio (director), Enciclopedia de México (tomo iv), México, s/e, 1977, p. 361.

23 Joseph Cayetano Ygnacio Foncerrada y Ulíbarri nació en Valladolid, actual Morelia, Michoacán, el 9 de agosto de 1757. Además de los datos que se consignan a continuación en cuerpo del texto, se tiene registro de que escribió un documento titulado Proclama que los diputados para las próximas Cortes dirigen a los habitantes de las provincias de la Nueva España. Todos los datos biográficos referidos a este personaje, también fueron tomados de Álvarez, Enciclopedia, p. 361.

24 Kicza, John. “Migration to major metropoles in colonial Mexico” en David J. Robinson, Migration in colonial Spanish America, Cambridge (Reino Unido), Cambridge University Press, 1990, pp. 193–211.

25 Con otro nivel de profundidad, una versión en relación a estos acontecimientos también puede verse en Méndez Reyes, Jesús, “Estrategias empresariales en México: la Negociación Agrícola del Valle del Marqués” en Mario Trujillo Bolio y José Mario Contreras Valdés (editores), Formación empresarial, fomento industrial y compañías agrícolas en el México del siglo xix, México, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, 2003, p. 325.

26 Jesús Méndez Reyes señala que esta traslación ocurrió por censo; es decir como un tributo a favor de la iglesia católica. (Véase Méndez Reyes, “Estrategias empresariales”, p. 325).

27 Al parecer la ortografía en los documentos no es exacta, el apellido sin castellanizar sería Hülsemann o bien Huelsemann. Actualmente estos apellidos son comunes en la región occidental de Alemania, en particular en la región de la Renania Septentrional-Westfalia (Nordrhein-Westfalen). Lo mismo puede decirse de los nombres propios, los cuales en los textos aparecen castellanizados, pero bien podrían dar lugar a una mejor pesquisa genealógica en sus lugares de origen si se tomara, en lugar de “Luis”, “Ludwig” y así por el estilo.

28 La alusión a la existencia de esta escritura aparece dentro de la compulsa de documentos ubicada en otro al que se logró acceder directamente y el cual ya se citó con anterioridad: AGN, Caja de Préstamos, caja 112, exp. 215: “Acta notarial que da constancia de la hipoteca de La Lombardía por un préstamo por $500,000.00, concedido por la Caja de Préstamos a Dante Cusi”, Ciudad de México, 30 de noviembre de 1909.

29 Hoy Hotel Los Juaninos. Estos datos son referidos por Uribe Salas, José Alfredo, Morelia. Los pasos a la modernidad, Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 1993, p. 5.

30 Este dato se deriva de la información que aparece en numerosos documentos notariales. El registro no es irrelevante habida cuenta de los hechos que se relatan líneas abajo.

31 Tales documentos obran en archivos públicos como el Archivo General de Notarías del Distrito Federal (en adelante agnot-df), uno de ellos es el protocolo notarial que se cita a continuación: agnot-df, Fondo Antiguo, vol. 4263, Notaria número 67 a cargo de Agustín Roldán: “Compra-venta. El Señor Don Gerardo Warnholtz y Compañía a favor del Señor Don Carlos Félix”, Ciudad de México, 20 de enero de 1883. En ese documento se establece que Carlos Félix vivía en Hamburgo y sólo se encontraba de paso por la ciudad de México a efecto de firmar la escritura de adquisición de la hacienda de La Zanja. El mismo señalamiento del ausentismo de los Backhausen es advertido por Gerardo Sánchez Díaz (Cfr. Sánchez Díaz, Gerardo, El suroeste de Michoacán: economía y sociedad 1852-1910. Morelia, Instituto de Investigaciones Históricas-Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, colección Historia Nuestra, núm. 8, 1988, p. 140).

32 agn, Caja de Préstamos, caja 112, exp. 215: “Acta notarial que da constancia de la hipoteca de La Lombardía por un préstamo por $500,000.00, concedido por la Caja de Préstamos a Dante Cusi”, Ciudad de México, 30 de noviembre de 1909.

33 Rivera Reynaldos, Lisette, Desamortización y nacionalización de bienes civiles y eclesiásticos en Morelia, 1856-1876, Morelia, Instituto de Investigaciones Históricas-Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (Colección Historia Nuestra, núm. 14), 1996, p. 154. Por otra parte, respecto a Víctor Backhausen, Gerardo Sánchez Díaz vierte un dato adicional, sobre el cual por cierto no se ha podido corroborar en los registros consultados para la realización de este trabajo: que él junto con Carlos Félix formaron a finales de octubre de 1882 una sociedad para explotar La Zanja. Cfr. Sánchez Díaz, El suroeste, 1852-1910, p. 140.

34 Rivera Reynaldos, Desamortización y nacionalización, pp. 131 y 191.

35 Cfr. Böehm de Lameiras, Brigitte y Gerardo Sánchez Díaz et al. (compiladores), Michoacán desde afuera, visto por algunos de sus ilustres visitantes extranjeros. Siglos xvi al xx, Zamora (México), El Colegio de Michoacán / Gobierno del Estado de Michoacán / Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 1995, p. 178.

36 Véase nota al pie número 14.

37 Nos referimos en específico al trabajo de Von Mentz, Brigida, Verena Radkau et alii, Los pioneros del imperialismo alemán en México, México, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (Ediciones de la Casa Chata, núm. 14), 1982, pp. 3 y ss.

38 agnot-df, Fondo Antiguo, vol. 4263, Notaria número 67 a cargo de Agustín Roldán: “Compra-venta. El Señor Don Gerardo Warnholtz y Compañía a favor del Señor Don Carlos Félix”, Ciudad de México, 20 de enero de 1883.

39 Von Mentz, Radkau et alii, pioneros del imperialismo, pp. 490-491.

40 Von Mentz, Radkau et alii, pioneros del imperialismo, pp. 490-491.

41 agnot-df, Fondo Antiguo, vol. 4263, Notaria número 67 a cargo de Agustín Roldán: “Compra-venta. El Señor Don Gerardo Warnholtz y Compañía a favor del Señor Don Carlos Félix”, Ciudad de México, 20 de enero de 1883.

42 Cfr. Von Mentz, Radkau et alii, pioneros del imperialismo, pp. 490-491.

43 Von Mentz, Radkau et alii, pioneros del imperialismo, pp. 458-459.

44 Cfr. Sánchez Díaz, El suroeste, 1852-1910, p. 140. Esta fuente refiere a la vez la localización de dicho contrato de arrendamiento en el Archivo del Registro Público de la Propiedad de Morelia (en adelante arpp-mor), Registro de Arrendamientos, Libro 4, Tomo 1, Reg. 80: f. 173, Morelia. Por nuestra parte sabemos de la existencia del mismo por un contrato de subarrendamiento sobre esa misma finca de La Zanja, documento ya citado anteriormente: agnot-mor, Uruapan. Escrituras públicas, resto de escribanos. 1902, Notario Lic. Manuel Ruiz Durán, Escritura núm. 58, ff. 477-479 incluidos los reversos: “Contrato de subarrendamiento de la hacienda de La Zanja, celebrado entre Wolburg y Félix y Don Dante Cusi”, Morelia, 12 de octubre de 1902. Sin embargo, en este documento no se especifica la fecha en que comenzaron a arrendar la hacienda de La Zanja tanto Wolburg como Félix, por lo que es un dato complementario, para nosotros desconocido, el que proporciona Gerardo Sánchez Díaz.

45 Cfr. Gobierno del Estado de Michoacán, Gaceta oficial, 30 de enero de 1887, núm. 141, año 2, p. 3.

46 agnot-mor, Uruapan. Escrituras públicas, resto de escribanos. 1902, Notario Lic. Manuel Ruiz Durán, Escritura núm. 58, ff. 477-479 incluidos los reversos: “Contrato de subarrendamiento de la hacienda de La Zanja, celebrado entre Wolburg y Félix y Don Dante Cusi”, Morelia, 12 de octubre de 1902.

47 Víctor Félix en 1896 tendría apenas veinte años toda vez que su nacimiento se tiene registrado ocurrió en 1876. Véase base de datos genealógicos Geneanet (http://es.geneanet.org/)fecha de consulta: junio de 2014).

48 Se tiene conocimiento solamente de que el contrato de arrendamiento ya citado que es de finales de 1902; es decir casi en la víspera de la adquisición total de la citada finca rústica. Cfr. agnot-mor, Uruapan. Escrituras públicas, resto de escribanos. 1902, Notario Lic. Manuel Ruiz Durán, Escritura núm. 58, ff. 477-479 incluidos los reversos: “Contrato de subarrendamiento de la hacienda de La Zanja, celebrado entre Wolburg y Félix y Don Dante Cusi”, Morelia, 12 de octubre de 1902.

49 Cusi, Ezio, Memorias de un colono. México: Editorial Jus (colección México Heroico, núm. 96), 3ª. edición, 1955, p. 61-62.

50 Este dato está consignado en los registros notariales alusivos a la transferencia de propiedad de La Zanja, en particular en agn, Caja de Préstamos, caja 112, exp. 115, “Acta notarial en la que se deja constancia del préstamo concedido por la Caja de Préstamos a Dante Cusi por $500,000.00”, México, 30 de noviembre de 1909.

51 Cusi, Memorias, p. 37.

52 Cusi, Memorias, pp. 42-44 y también Pureco Ornelas, Empresarios lombardos, p. 144.

53 El registro aparece en la base de datos de genealogía Geneanet (http://es.geneanet.org/) fecha de consulta: junio de 2014); sin embargo, el mismo se confirma en un amplio número de documentos notariales en los cuales a partir de entonces Claudina Cusi Armella firma como Claudina Cusi de Félix.

54 agnot-mor, Uruapan. Escrituras públicas, resto de escribanos. 1902, Notario Lic. Manuel Ruiz Durán, Escritura núm. 58, ff. 477-479 incluidos los reversos: “Contrato de subarrendamiento de la hacienda de La Zanja, celebrado entre Wolburg y Félix y Don Dante Cusi”, Morelia, 12 de octubre de 1902.

55 El contrato de subarrendamiento completo de La Zanja, se firmó unos meses antes de la adquisición de la finca, lo cual da una idea de la previsión al riesgo que el emigrado lombardo Cusi tenía si su plan de adquisición no resultaba, y así ante el eventual escenario de frustración de su mejor alternativa, ya contaría con otro escenario a su favor.

56 agnot-mor, Uruapan. Escrituras públicas, 1903. Manuel Ruiz Durán y J. Uribe. Notario Manuel Ruiz Durán, Escritura núm. 7. ff. 16-16v: “Mandato extendido por Don Dante Cusi a favor de sus hijos”, Morelia, 13 de enero de 1903.

57 agn, Caja de Préstamos, caja 112, exp. 215: “Acta notarial que da constancia de la hipoteca de La Lombardía por un préstamo por $500,000.00, concedido por la Caja de Préstamos a Dante Cusi”, Ciudad de México, 30 de noviembre de 1909.

58 agn, Caja de Préstamos, caja 112, exp. 215: “Acta notarial que da constancia de la hipoteca de La Lombardía por un préstamo por $500,000.00, concedido por la Caja de Préstamos a Dante Cusi”, Ciudad de México, 30 de noviembre de 1909. Además, véase también Cusi, Memorias, p. 63. Estas dos fuentes coinciden; sin embargo Gerardo Sánchez Díaz, basado en documentación del arpp-mor señala una cosa distinta: que la venta ocurrió el 19 de febrero de 1903, (y no el 14 de enero de ese mismo año, como se ha expuesto en este trabajo), estando Carlos Félix en Hamburgo y que el precio de venta no fue de 140 mil pesos sino de uno inferior: 80 mil 311 pesos, además de que Cusi se comprometió a asumir un pasivo por 40 mil 311 pesos por adeudo con el Banco Internacional e Hipotecario de México que los anteriores dueños de La Zanja tenían con dicha institución. Cfr. Sánchez Díaz, El suroeste, 1852-1910, p. 140.

59 Por lo que se ha descubierto en algunos papeles, a menudo, sobre todo al principio, la hacienda también recibía el nombre de “La Nueva Lombardía”.

60 Von Mentz, Radkau et alii, Pioneros del imperialismo, p. 483.

61 Von Mentz, Radkau et alii, Pioneros del imperialismo, p. 483.

62 Landes, Dinastías, p. 319.

63 Cusi, Memorias, p. 62.

64 Cusi, Memorias, p. 62

65 Ezio Cusi en sus Memorias, jamás menciona por su nombre a la familia que les vendió la hacienda, ni tampoco comenta que la misma estaba emparentada políticamente con su hermana Claudina.

66 James, Harold, Family capitalism. Wendels, Haniels, Falcks and the Continental European Model, Cambridge (Massachusetts), Belknap Press / Harvard University Press, 2006, p. 2.

67 Von Wobeser, Gisela, El crédito eclesiástico en la Nueva España. Siglo xviii, México, Fondo de Cultura Económica, 1994.

-1 Archivo General de la Nación (en adelante sólo agn), Caja de Préstamos, caja 112, exp. 215: “Acta notarial que da constancia de la hipoteca de La Lombardía por un préstamo por $500,000.00, concedido por la Caja de Préstamos a Dante Cusi”, Ciudad de México, 30 de noviembre de 1909. Dicho documento fue certificado en la Notaría 22 a cargo de Carlos Fernández, Ciudad de México.

-1 Datos interesantes sobre la hacienda de San Ildefonso Taretan son vertidos en la tesis de Ruiz Magaña, Elva, Del latifundio al reparto agrario: el caso de Taretan, Michoacán. 1920-1950 (tesis de licenciatura), Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 1996, pp. 5 y ss.

-1 La familia Foncerrada y Ulíbarri estaba encabezada por el matrimonio de Bernardo Foncerrada Montaño y de Juana María Ulíbarri Hurtado de Mendoza, el primero habría llegado a México procedente del occidente del País Vasco (San Julián de Muzkiz, Valle de Somorrostro) hacia la década de los años 1720 o 1730. En cambio Juana María, aunque también de padres vascos era una criolla nacida en Valladolid. Ambos procrearon ocho hijos quienes más adelante se emparentarían con otros apellidos igualmente notables de la tardía Valladolid de Michoacán tales como los Anzorena, Lavarrieta Macuso y Soravilla Espinoza. Véase: base de datos genealógicos de Geneanet (http://es.geneanet.org/ fecha de consulta: junio de 2014)

-1 Joseph Bernardo Januario Foncerrada y Ulíbarri, nacido el 25 de septiembre de 1747 en Valladolid de Michoacán y muerto en fecha no determinada en la Ciudad de México. Contrajo matrimonio en 1783 con María Josefa Lavarrieta Macuso. Véase base de datos Geneanet (http://es.geneanet.org/ fecha de consulta: junio de 2014).

-1 Álvarez, José Rogelio (director), Enciclopedia de México (tomo iv), México, s/e, ١٩٧٧, p. ٣٦١.

-1 Joseph Cayetano Ygnacio Foncerrada y Ulíbarri nació en Valladolid, actual Morelia, Michoacán, el 9 de agosto de 1757. Además de los datos que se consignan a continuación en cuerpo del texto, se tiene registro de que escribió un documento titulado Proclama que los diputados para las próximas Cortes dirigen a los habitantes de las provincias de la Nueva España. Todos los datos biográficos referidos a este personaje, también fueron tomados de Álvarez, Enciclopedia, p. ٣٦١.

-1 Kicza, John. “Migration to major metropoles in colonial Mexico” en David J. Robinson, Migration in colonial Spanish America, Cambridge (Reino Unido), Cambridge University Press, 1990, pp. 193–211.

-1 Con otro nivel de profundidad, una versión en relación a estos acontecimientos también puede verse en Méndez Reyes, Jesús, “Estrategias empresariales en México: la Negociación Agrícola del Valle del Marqués” en Mario Trujillo Bolio y José Mario Contreras Valdés (editores), Formación empresarial, fomento industrial y compañías agrícolas en el México del siglo xix, México, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, 2003, p. 325.

-1 Jesús Méndez Reyes señala que esta traslación ocurrió por censo; es decir como un tributo a favor de la iglesia católica. (Véase Méndez Reyes, “Estrategias empresariales”, p. 325).

-1 Al parecer la ortografía en los documentos no es exacta, el apellido sin castellanizar sería Hülsemann o bien Huelsemann. Actualmente estos apellidos son comunes en la región occidental de Alemania, en particular en la región de la Renania Septentrional-Westfalia (Nordrhein-Westfalen). Lo mismo puede decirse de los nombres propios, los cuales en los textos aparecen castellanizados, pero bien podrían dar lugar a una mejor pesquisa genealógica en sus lugares de origen si se tomara, en lugar de “Luis”, “Ludwig” y así por el estilo.

-1 La alusión a la existencia de esta escritura aparece dentro de la compulsa de documentos ubicada en otro al que se logró acceder directamente y el cual ya se citó con anterioridad: AGN, Caja de Préstamos, caja 112, exp. 215: “Acta notarial que da constancia de la hipoteca de La Lombardía por un préstamo por $500,000.00, concedido por la Caja de Préstamos a Dante Cusi”, Ciudad de México, 30 de noviembre de 1909.

-1 Hoy Hotel Los Juaninos. Estos datos son referidos por Uribe Salas, José Alfredo, Morelia. Los pasos a la modernidad, Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 1993, p. 5.

-1 Este dato se deriva de la información que aparece en numerosos documentos notariales. El registro no es irrelevante habida cuenta de los hechos que se relatan líneas abajo.

-1 Tales documentos obran en archivos públicos como el Archivo General de Notarías del Distrito Federal (en adelante agnot-df), uno de ellos es el protocolo notarial que se cita a continuación: agnot-df, Fondo Antiguo, vol. 4263, Notaria número 67 a cargo de Agustín Roldán: “Compra-venta. El Señor Don Gerardo Warnholtz y Compañía a favor del Señor Don Carlos Félix”, Ciudad de México, 20 de enero de 1883. En ese documento se establece que Carlos Félix vivía en Hamburgo y sólo se encontraba de paso por la ciudad de México a efecto de firmar la escritura de adquisición de la hacienda de La Zanja. El mismo señalamiento del ausentismo de los Backhausen es advertido por Gerardo Sánchez Díaz (Cfr. Sánchez Díaz, Gerardo, El suroeste de Michoacán: economía y sociedad 1852-1910. Morelia, Instituto de Investigaciones Históricas-Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, colección Historia Nuestra, núm. 8, 1988, p. 140).

-1 agn, Caja de Préstamos, caja 112, exp. 215: “Acta notarial que da constancia de la hipoteca de La Lombardía por un préstamo por $500,000.00, concedido por la Caja de Préstamos a Dante Cusi”, Ciudad de México, 30 de noviembre de 1909.

-1 Rivera Reynaldos, Lisette, Desamortización y nacionalización de bienes civiles y eclesiásticos en Morelia, 1856-1876, Morelia, Instituto de Investigaciones Históricas-Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (Colección Historia Nuestra, núm. 14), 1996, p. 154. Por otra parte, respecto a Víctor Backhausen, Gerardo Sánchez Díaz vierte un dato adicional, sobre el cual por cierto no se ha podido corroborar en los registros consultados para la realización de este trabajo: que él junto con Carlos Félix formaron a finales de octubre de 1882 una sociedad para explotar La Zanja. Cfr. Sánchez Díaz, El suroeste, 1852-1910, p. 140.

-1 Rivera Reynaldos, Desamortización y nacionalización, pp. 131 y 191.

-1 Cfr. Böehm de Lameiras, Brigitte y Gerardo Sánchez Díaz et alii (compiladores), Michoacán desde afuera, visto por algunos de sus ilustres visitantes extranjeros. Siglos xvi al xx, Zamora (México), El Colegio de Michoacán / Gobierno del Estado de Michoacán / Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 1995, p. 178.

-1 Véase nota al pie número 14.

-1 Nos referimos en específico al trabajo de Von Mentz, Brigida, Verena Radkau et alii, Los pioneros del imperialismo alemán en México, México, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (Ediciones de la Casa Chata, núm. 14), 1982, pp. 3 y ss.

-1 agnot-df, Fondo Antiguo, vol. 4263, Notaria número 67 a cargo de Agustín Roldán: “Compra-venta. El Señor Don Gerardo Warnholtz y Compañía a favor del Señor Don Carlos Félix”, Ciudad de México, 20 de enero de 1883.

-1 Von Mentz, Radkau et alii, pioneros del imperialismo, pp. 490-491.

-1 Von Mentz, Radkau et alii, pioneros del imperialismo, pp. 490-491.

-1 agnot-df, Fondo Antiguo, vol. 4263, Notaria número 67 a cargo de Agustín Roldán: “Compra-venta. El Señor Don Gerardo Warnholtz y Compañía a favor del Señor Don Carlos Félix”, Ciudad de México, 20 de enero de 1883.

-1 Cfr. Von Mentz, Radkau et alii, pioneros del imperialismo, pp. 490-491.

-1 Von Mentz, Radkau et alii, pioneros del imperialismo, pp. 458-459.

-1 Cfr. Sánchez Díaz, El suroeste, 1852-1910, p. 140. Esta fuente refiere a la vez la localización de dicho contrato de arrendamiento en el Archivo del Registro Público de la Propiedad de Morelia (en adelante arpp-mor), Registro de Arrendamientos, Libro 4, Tomo 1, Reg. 80: f. 173, Morelia. Por nuestra parte sabemos de la existencia del mismo por un contrato de subarrendamiento sobre esa misma finca de La Zanja, documento ya citado anteriormente: agnot-mor, Uruapan. Escrituras públicas, resto de escribanos. 1902, Notario Lic. Manuel Ruiz Durán, Escritura núm. 58, ff. 477-479 incluidos los reversos: “Contrato de subarrendamiento de la hacienda de La Zanja, celebrado entre Wolburg y Félix y Don Dante Cusi”, Morelia, 12 de octubre de 1902. Sin embargo, en este documento no se especifica la fecha en que comenzaron a arrendar la hacienda de La Zanja tanto Wolburg como Félix, por lo que es un dato complementario, para nosotros desconocido, el que proporciona Gerardo Sánchez Díaz.

-1 Cfr. Gobierno del Estado de Michoacán, Gaceta oficial, 30 de enero de 1887, núm. 141, año 2, p. 3.

-1 agnot-mor, Uruapan. Escrituras públicas, resto de escribanos. 1902, Notario Lic. Manuel Ruiz Durán, Escritura núm. 58, ff. 477-479 incluidos los reversos: “Contrato de subarrendamiento de la hacienda de La Zanja, celebrado entre Wolburg y Félix y Don Dante Cusi”, Morelia, 12 de octubre de 1902.

-1 Víctor Félix en 1896 tendría apenas veinte años toda vez que su nacimiento se tiene registrado ocurrió en 1876. Véase base de datos genealógicos Geneanet (http://es.geneanet.org/ fecha de consulta: junio de 2014).

-1 Se tiene conocimiento solamente de que el contrato de arrendamiento ya citado que es de finales de 1902; es decir casi en la víspera de la adquisición total de la citada finca rústica. Cfr. agnot-mor, Uruapan. Escrituras públicas, resto de escribanos. 1902, Notario Lic. Manuel Ruiz Durán, Escritura núm. 58, ff. 477-479 incluidos los reversos: “Contrato de subarrendamiento de la hacienda de La Zanja, celebrado entre Wolburg y Félix y Don Dante Cusi”, Morelia, 12 de octubre de 1902.

-1 Cusi, Ezio, Memorias de un colono. México: Editorial Jus (colección México Heroico, núm. 96), 3ª. edición, 1955, p. 61-62.

-1 Este dato está consignado en los registros notariales alusivos a la transferencia de propiedad de La Zanja, en particular en agn, Caja de Préstamos, caja 112, exp. 115, “Acta notarial en la que se deja constancia del préstamo concedido por la Caja de Préstamos a Dante Cusi por $500,000.00”, México, 30 de noviembre de 1909.

-1 Cusi, Memorias, p. 37.

-1 Cusi, Memorias, pp. 42-44 y también Pureco Ornelas, Empresarios lombardos, p. 144.

-1 El registro aparece en la base de datos de genealogía Geneanet (http://es.geneanet.org/ fecha de consulta: junio de 2014); sin embargo, el mismo se confirma en un amplio número de documentos notariales en los cuales a partir de entonces Claudina Cusi Armella firma como Claudina Cusi de Félix.

-1 agnot-mor, Uruapan. Escrituras públicas, resto de escribanos. 1902, Notario Lic. Manuel Ruiz Durán, Escritura núm. 58, ff. 477-479 incluidos los reversos: “Contrato de subarrendamiento de la hacienda de La Zanja, celebrado entre Wolburg y Félix y Don Dante Cusi”, Morelia, 12 de octubre de 1902.

-1 El contrato de subarrendamiento completo de La Zanja, se firmó unos meses antes de la adquisición de la finca, lo cual da una idea de la previsión al riesgo que el emigrado lombardo Cusi tenía si su plan de adquisición no resultaba, y así ante el eventual escenario de frustración de su mejor alternativa, ya contaría con otro escenario a su favor.

-1 agnot-mor, Uruapan. Escrituras públicas, 1903. Manuel Ruiz Durán y J. Uribe. Notario Manuel Ruiz Durán, Escritura núm. 7. ff. 16-16v: “Mandato extendido por Don Dante Cusi a favor de sus hijos”, Morelia, 13 de enero de 1903.

-1 agn, Caja de Préstamos, caja 112, exp. 215: “Acta notarial que da constancia de la hipoteca de La Lombardía por un préstamo por $500,000.00, concedido por la Caja de Préstamos a Dante Cusi”, Ciudad de México, 30 de noviembre de 1909.

-1 agn, Caja de Préstamos, caja 112, exp. 215: “Acta notarial que da constancia de la hipoteca de La Lombardía por un préstamo por $500,000.00, concedido por la Caja de Préstamos a Dante Cusi”, Ciudad de México, 30 de noviembre de 1909. Además, véase también Cusi, Memorias, p. 63. Estas dos fuentes coinciden; sin embargo Gerardo Sánchez Díaz, basado en documentación del arpp-mor señala una cosa distinta: que la venta ocurrió el 19 de febrero de 1903, (y no el 14 de enero de ese mismo año, como se ha expuesto en este trabajo), estando Carlos Félix en Hamburgo y que el precio de venta no fue de 140 mil pesos sino de uno inferior: 80 mil 311 pesos, además de que Cusi se comprometió a asumir un pasivo por 40 mil 311 pesos por adeudo con el Banco Internacional e Hipotecario de México que los anteriores dueños de La Zanja tenían con dicha institución. Cfr. Sánchez Díaz, El suroeste, 1852-1910, p. 140.

-1 Por lo que se ha descubierto en algunos papeles, a menudo, sobre todo al principio, la hacienda también recibía el nombre de “La Nueva Lombardía”.

-1 Von Mentz, Radkau et alii, Pioneros del imperialismo, p. 483.

-1 Von Mentz, Radkau et alii, Pioneros del imperialismo, p. 483.

-1 Landes, Dinastías, p. 319.

-1 Cusi, Memorias, p. 62.

-1 Cusi, Memorias, p. 62

-1 Ezio Cusi en sus Memorias, jamás menciona por su nombre a la familia que les vendió la hacienda, ni tampoco comenta que la misma estaba emparentada políticamente con su hermana Claudina.

-1 James, Harold, Family capitalism. Wendels, Haniels, Falcks and the Continental European Model, Cambridge (Massachusetts), Belknap Press / Harvard University Press, 2006, p. 2.

-1 Von Wobeser, Gisela, El crédito eclesiástico en la Nueva España. Siglo xviii, México, Fondo de Cultura Económica, 1994.

Instituto de Investigaciones “Dr. José María Luis Mora”

Coordinación de Investigación en Historia ii: estudios políticos, económicos, sociales y culturales

Correo electrónico: jpureco@mora.edu.mx

Tzintzun. Revista de Estudios Históricos ∙ Número 65 (enero-junio 2017)

ISSN: 1870-719X ∙ ISSN-e: 2007-963X

E

Ceremonias, calendario e imágenes:

religión, nación y partidos en México, 1821-1860

David Carbajal López

Resumen

Durante las primeras décadas de vida de la nación mexicana, el catolicismo mantuvo el carácter de religión nacional. Por ello el ceremonial político y el calendario festivo se construyeron a partir de la liturgia católica e incluso se definieron imágenes religiosas “nacionales”. Más, la dinámica política, tendiente a la formación de partidos y la polarización de posturas afectó también las asistencias, las celebraciones y las imágenes, que terminaron siendo movilizadas a favor de ciertos grupos políticos.

Palabras clave: secularización, ceremonias, fiestas, imágenes religiosas

Ceremonies, calendar and religious images:

religion, nation and political parties in Mexico, 1821-1860

Abstract

In the initial decades of life of the Mexican nation, Catholicism maintained its position as the national religion. For this reason, the ceremonial and political festive calendars were based on catholic liturgy, and even religious images were defined as “national”. However, political dynamics aimed at the formation of political parties, and the polarization of positions, also affected public manifestations, celebrations, and the images, which ended up being mobilized in favor of certain political groups.

Keywords: secularization, ceremonies, holidays, religious images

Cérémonies, calendrier et images:

religion, nation et parties au Mexique, 1821-1860

Résumé

Pendant les premières décennies de vie de la nation mexicaine, le catholicisme gardait le caractère de religion nationale. Conséquemment, le cérémoniel politique et le calendrier festif se construisirent à partir de la liturgie catholique. Certaines images religieuses ont été définies comme “nationales”. Cependant, la dynamique politique, propice à la formation de parties voire à la polarisation de positionnements, influença aussi les assistances, les célébrations et les images. Celles-ci furent même mobilisées à la faveur de certains groupes politiques.

Mots clé : sécularisation, cérémonies, fêtes, images religieuses

partir de 1821, con su separación definitiva de la monarquía hispánica el antiguo reino de la Nueva España, convertido entonces en Imperio Mexicano, inició el largo proceso de construcción de una nación y de un Estado modernos.1 En ese marco, al igual que el resto de las nuevas naciones del mundo católico, debió afrontar el problema del papel que debía darse a la religión católica, hasta entonces eje fundamental del conjunto de la vida política y social. Producto de una revolución política doble, al mismo tiempo tendiente a desintegrar la monarquía que antaño se extendía a ambas orillas del Atlántico, pero también a reconstruir el orden político bajo nuevos principios, los del liberalismo; sin embargo, durante las primeras décadas de su existencia México no conoció una revolución religiosa. En efecto, estamos lejos aquí de los cuestionamientos más radicales de la organización eclesiástica, de las prácticas y creencias religiosas, y de su presencia en el espacio y el tiempo, que fue característica de la más célebre revolución de ese momento, la Revolución Francesa.2 Más todavía, la independencia mexicana tuvo lugar en 1821 en un marco de rechazo a las reformas que emprendían las Cortes españolas a propósito de la organización eclesiástica y al ambiente de anticlericalismo de la prensa del Trienio Liberal, de ahí que la garantía de la religión figurara como uno de los principios de la nueva nación.3

No es que faltaran en México cuestionamientos a algunas corporaciones eclesiásticas específicas, a ciertas prácticas e incluso a la posición tradicional del catolicismo en los espacios públicos. Desde 1820 al menos, la naciente opinión pública aprovechó ya la coyuntura de la libertad de prensa para formular críticas, y sus artículos no harían sino subir de tono en las décadas siguientes. Por lo que toca a la organización institucional, sin duda, el gran debate fue el que abordó el tema del antiguo Patronato de los reyes que la jerarquía eclesiástica declaró extinto, pero que muchos publicistas y líderes políticos reclamaban para la nueva nación.4

Y sin embargo, durante varias décadas la religión católica mantuvo su tradicional papel de “lazo político” de la recién fundada nación.5 Los sucesivos regímenes, imperial primero y republicanos más tarde, respetaron al catolicismo como religión nacional, así como el fuero de los eclesiásticos. Más todavía, como ha sido analizado ya en la historiografía reciente, el ceremonial republicano seguía siendo un ceremonial religioso: apenas había evento político que no conllevara la asistencia y por tanto la recepción solemne en las iglesias y de las autoridades civiles; la religión también se mantenía presente en el calendario de las festividades nacionales e incluso algunas de las imágenes milagrosas heredadas de la cultura de lo maravilloso del catolicismo, se convirtieron en algunos de los nuevos símbolos nacionales.6

En este artículo tratamos de profundizar en esos tres ejes, las ceremonias, el calendario y las imágenes; tratamos de señalar no sólo las continuidades, sino también los cambios que se fueron introduciendo en virtud de la propia dinámica política de la nueva nación.7 Esto es, que si bien los bandos que se disputaban el control de la nación solían concordar en la importancia política de la religión, sus diferencias implicaban a su vez la politización de algunas de sus manifestaciones más importantes.

Un ceremonial republicano católico

El 27 de septiembre de 1821, al entrar triunfalmente a la Ciudad de México el Ejército Trigarante, su comandante, luego de tomar posesión del antiguo Palacio de los Virreyes, se dirigió a la Catedral Metropolitana para la celebración de un solemne Te Deum. Ahí, tuvo lugar la recepción de Agustín de Iturbide por “el señor arzobispo e ilustrísimo cabildo en la forma que previene el Ritual para los Patrones”.8 Al día siguiente hizo lo propio la Junta Soberana de Gobierno, en principio para tomar el juramento de su instalación, pero asimismo para celebrar también un Te Deum y misa de acción de gracias “por un bien tan incalculable”.9 Desde los primeros instantes de existencia independiente de la nación, las élites políticas aceptaban que el ceremonial religioso debía seguir sirviendo para la celebración de sus eventos fundamentales. Los clérigos, por su parte, aceptaban esa presencia oficial de las autoridades civiles en las iglesias, debiendo a veces hacer concesiones litúrgicas importantes.

En efecto, bajo el Primer Imperio, la adaptación más importante que el clero concedió a la presencia de las autoridades civiles en la iglesia, al menos en materia litúrgica, tuvo lugar el 21 de julio de 1822, en la ceremonia de consagración y coronación del emperador Agustín i. En lugar de seguir estrictamente el Ritual Romano, se utilizó, con algunas variantes, el que se había servido para el emperador de los franceses, Napoleón i, en la Catedral de Notre-Dame de París en 1804.10 Éste, a su vez, era una adaptación del ritual utilizado por los reyes de antes de la Revolución. Adaptación doble en realidad: Napoleón trató de evitar los gestos de sumisión a la autoridad clerical, encarnada en la ceremonia por el Papa Pío vii en persona, mientras que en México hubo claros esfuerzos por introducir gestos que recordaran que Agustín i era un emperador constitucional, proclamado por la representación nacional, el Congreso Constituyente.11

Sólo unos meses después de la coronación imperial comenzaron los problemas políticos para el régimen, hasta el punto que el emperador terminó abdicando en el mes de marzo de 1823.12 Instalado un gobierno provisional en abril, quedó encabezado por un triunvirato titulado directamente Supremo Poder Ejecutivo. Ya en mayo, el ministro Lucas Alamán escribía al Cabildo Catedral Metropolitano de México previniéndole que el Ejecutivo asistiría a la función de Corpus, “esperando que en su recibimiento se use el ceremonial que corresponde a la primera autoridad de la nación”.13 Obligados a responder de inmediato, los canónigos prefirieron ofrecer una solución temporal, remitieron a “la práctica que se observó con la antigua regencia”.14 No sabemos si el gobierno aceptó esta opción, ni como se llevó a cabo la recepción solemne en ese caso, pero sí conocemos en cambio, que a lo largo del año se siguieron planteando dudas al respecto.

Por parte de los eclesiásticos, es significativo que el mismo Cabildo Catedral preparara una memoria en que se recopilaba lo hecho en noviembre y diciembre de 1822 con las ceremonias imperiales, aunque no sabemos la fecha precisa de su composición ni sus fines.15 Además, los canónigos comisionaron a dos de sus integrantes, el doctoral y gobernador de la mitra, Félix Flores Alatorre y el prebendado Juan Bautista Arechederreta, para preparar un dictamen en la materia, el cual tuvo fecha del 17 de julio.16 El documento es interesante porque estimaba vigentes las Leyes de Indias en la materia, las cuales, como lo recordaban los dos eclesiásticos, tomaban por modelo el ceremonial de la capilla real de Madrid.17 Esto es, los canónigos no estimaron necesario ningún ajuste entre las ceremonias dadas a un monarca del Antiguo Régimen, las que se utilizaron para el emperador constitucional y las que eran debidas a una autoridad republicana.

Sin embargo, es cierto que los canónigos prácticamente no tenían alternativa: la naciente opinión pública era sensible a los honores que se ofrecían a las nuevas autoridades en las iglesias, negarlos podía convertirse en prueba de una filiación política opuesta al régimen. Así le ocurrió al Cabildo Catedral de Puebla precisamente en esos años de la transición del imperio a la república federal. Lo sabemos gracias a la protesta de uno de sus miembros, Ignacio Mariano de Vasconcelos, quien en julio de 1824 protestó en las páginas de El Águila Mexicana contra la sátira que se hacía de los canónigos en el Redactor Municipal.18 El motivo era que, mientras Agustín de Iturbide había sido recibido en la Catedral con toda pompa, a una comisión del Congreso Constituyente del Estado no se les había puesto un dosel sobre sus asientos. En aras de “volver por el honor de aquel cuerpo venerable” (el Cabildo Catedral), recordaba que en el caso del emperador, “revestido de todo el aparato de majestad imperial”, se había contado con las indicaciones de un maestro de ceremonias de su séquito, con el ejemplo de la Catedral Metropolitana, y claro, con “el pontifical y autores litúrgicos”. De manera semejante a los canónigos de la Metropolitana en su respuesta antes citada de mayo de 1823, Vasconcelos señalaba la incertidumbre que se imponía ante las nuevas autoridades: “resolver estas cuestiones, tan nuevas para todos, no es para momentos y premuras”, afirmaba. En cualquier caso, el argumento más claro fue que no se puso el dosel por la sencilla razón de que la Catedral no contaba con uno suficientemente amplio para cubrir a todos los comisionados, bien que el canónigo insistió en que si los legisladores lo hubieran solicitado expresamente, se les hubiera puesto sin falta.

Y es que en efecto, el régimen representativo imponía un diseño institucional que no siempre resultaba fácil de adoptar con los usos de las ceremonias religiosas, finalmente establecidas en tiempos de la monarquía de Antiguo Régimen. Tal vez la adaptación más fácil fue la del Presidente de la República, a quien los sucesivos decretos expedidos entre 1824 y 1829 le aplicaron, como habían hecho ya los canónigos con el Supremo Poder Ejecutivo, las mismas reglas que correspondían al rey y a los virreyes.19 Sin embargo, de nuevo la dinámica política de la república originó algunos contratiempos: en principio, la primera asistencia del presidente a la iglesia debía ser solemnizada, recibiéndosele con la cruz para su adoración. Esa primera ocasión debía ocurrir cuando el presidente acudía a la Catedral tras su juramento, pero a partir de la serie de pronunciamientos que ritmaron la vida política nacional desde mediados de la década de 1820, ocurrió que no siempre fue el caso. Por ejemplo, el vicepresidente Anastasio Bustamante, habiendo tomado el gobierno en enero de 1830 tras la destitución del presidente Vicente Guerrero, no acudió a la Catedral por primera ocasión sino hasta los oficios de Semana Santa, en concreto el Jueves Santo. Tomados desprevenidos, y de nuevo ante la posibilidad de que esta falta manifestara una postura política, los canónigos debieron manifestar al gobierno no sólo el respeto a la “alta representación” del vicepresidente, sino la “muy particular adhesión a su persona”.20 Lo mismo ocurrió con el general Antonio López de Santa Anna en abril de 1853, aunque entonces el arcediano de la Catedral, el obispo de Tenagra, respondió directamente que la ceremonia de recibimiento solemne era reservada al caso de la entrada en la iglesia para el Te Deum posterior al juramento presidencial.21 Se diría que los canónigos iban aprovechando la legislación para tratar de evitar el compromiso entre la adhesión institucional y la personal.

En cuanto a los órganos legislativos, en realidad el Congreso de Puebla no fue el primero con problemas. Ya en 1822, el Cabildo Catedral Metropolitano, que hemos visto tan bien dispuesto cuando se trató de autoridades ejecutivas, tuvo una controversia más seria tratándose de la diputación provincial de México. El jefe político de la capital, Luis Quintanar, propuso al Cabildo Catedral que se siguiera el ceremonial que las Cortes españolas publicaron en Madrid en 1814 con motivo de la celebración del 2 de mayo.22 El doctoral Félix Flores Alatorre, que ya hemos mencionado antes, se opuso indicando que no era ley publicada para el imperio, por lo que era necesario seguir utilizando la legislación indiana. En ella, observaba Flores, los principios fundamentales para conceder honores era la representación del monarca y el ejercicio del Patronato regio. El doctoral concluía, las diputaciones poseían “únicamente al gobierno político de sus respectivas provincias, no tienen Patronato en las Iglesias y de ninguna manera representan la persona del Monarca”, con lo que implicaba que no debían recibir tratamiento particular, bien que terminó su dictamen con una manifestación de sumisión a lo que la autoridad política ordenara.23

Las diputaciones y congresos causaban dudas siendo órganos representativos, pero incluso tribunales como la Suprema Corte de Justicia, no encontraron de inmediato un espacio en el ceremonial. En diciembre de 1830, el presidente de la Corte, Juan Guzmán, escribía al ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos lamentando que, por falta de “ley que arregle el ceremonial para las concurrencias públicas de las autoridades, se ha visto este tribunal embarazado para asistir a los actos de esta especie”.24 Paradójicamente, mientras uno de los Supremos Poderes de la república quedaba marginado, otras corporaciones más tradicionales no habían tenido problemas para seguir siendo incluidas en las asistencias oficiales a las iglesias: el Protomedicato, por ejemplo, podía presumir en el mismo año 1830 haber tenido “la satisfacción de ser una de las primeras corporaciones que asisten a las funciones nacionales”, incluso recibiendo invitación particular del gobierno.25

En tiempos de la segunda república centralista, hubo varios intentos, tanto a nivel nacional como regional, para establecer un ceremonial definitivo y que integrara de manera clara a las autoridades republicanas. Ya en junio de 1842, el presidente Antonio López de Santa Anna, entonces en uso de facultades extraordinarias, había expedido un decreto detallando el orden del cortejo oficial entre Palacio Nacional y la iglesia, así como los lugares en esta última, que sin decirlo con claridad, se entendía se trataba en principio de la Catedral Metropolitana.26 Cabe destacarlo, ahí ya aparecía un lugar para la Suprema Corte, pero en cambio no lo había para representantes del Poder Legislativo, mientras que el Poder Judicial quedaba justo un lugar debajo del Poder Ejecutivo; más aún, el decreto se planteaba como una forma de organizar el “acompañamiento que exige su dignidad”, es decir, la del Presidente.27

Acaso por ello esta medida no evitó que se siguieran planteando problemas en las asistencias a la iglesia, por lo que el mismo régimen trató de crear una norma más completa. Lo decía con claridad el ministro José María Bocanegra en abril de 1844: era para remediar “los vacíos” ceremoniales “con respecto de algunas autoridades, corporaciones u oficinas, cuyo lugar no se halla designado, o ya porque el que se ha dado a otras no se cree el correspondiente”,28 que se había formado un proyecto de ley general para ser examinado en el Consejo de Gobierno. A pesar de reuniones con algunos de los jefes de oficinas, después de varios meses de trabajos, la Comisión de Relaciones de dicho órgano terminó por reconocer que era incapaz de orientarse en el entramado de la organización republicana, y prefirió requerir a todos los ministerios y departamentos un listado exhaustivo de “autoridades, corporaciones y oficinas”. No deja de ser interesante que demandó además se incluyeran en él “denominaciones, antigüedad, lugar que hayan ocupado en las asistencias”. Aun bajo el régimen centralista, las asistencias en la iglesia no podían reflejar un mero “organigrama” del Estado, que para entonces se entiende que los consejeros no pudieron dibujar, sino que seguía siendo el resultado de diversas variables que daban cuenta de la posición política de cada asistente.29

Para la década siguiente, las tensiones políticas resultaron más que nunca evidentes en las asistencias a la iglesia, en particular a partir de 1857, con la promulgación de una nueva Constitución, que generó de inmediato las protestas del clero. El incidente es bien conocido: en representación del presidente Ignacio Comonfort, el gobernador del Distrito Federal, Juan José Baz, se presentó en la Catedral con el Ayuntamiento de México el Jueves Santo de ese año para los oficios, pero el Cabildo Catedral Metropolitano se negó a recibirlo. Un motín estalló en el exterior de la iglesia contra los representantes del gobierno, mientras los canónigos prefirieron refugiarse en el coro ante el eco que llegaba de tales sucesos.30

El hecho inédito fue respondido por el gobierno con el arresto del arzobispo en su Palacio y del Cabildo Catedral en su sala capitular unos días más tarde. El ministro Iglesias expuso ampliamente el desagrado de las autoridades. Un punto que sobre todo nos interesa es la politización del ceremonial. El gobierno estimaba reprensible no tan sólo el desaire sufrido por el representante presidencial, que implicaba a la nación en su conjunto, sino además la “profanación” de la iglesia tolerada por los canónigos, quienes “convertían la iglesia en plaza pública” según los términos del ministro.31 Una vez más, pero con mucho mayor fuerza que en 1823, la dinámica política alcanzaba al ceremonial religioso, y esta vez eran los propios eclesiásticos quienes favorecían esa situación. Es cierto, desde luego, los acontecimientos habían llevado al clero a tomar partido, de hecho en buena medida serían clérigos quienes se convertirían pronto en las cabezas más visibles del bando conservador.32

No es de extrañar que, en cambio, las puertas de la Catedral se abrieran más tarde al gobierno instalado en la Ciudad de México durante la Guerra de Reforma por el partido conservador, que recuperó en ella el tratamiento regio. Por sólo citar una de esas asistencias, particularmente significativa del contexto de guerra civil, en septiembre de 1859, el general Miguel Miramón fue invitado por el Cabildo Catedral Metropolitano para una función a fin de “desagraviar al Altísimo por los sacrilegios que han cometido los enemigos del orden en los templos de diversos lugares de la república”.33 La recepción solemne había pasado de ser un acto nacional a un acto identificable con un partido.

El calendario religioso y nacional

La construcción de la nueva nación implicaba la formación de un panteón de héroes nacionales. Ya antes de la independencia, la Nueva España había sido parte del proyecto de construcción de una nación hispánica, cuyos primeros héroes conmemorados fueron las víctimas de los fusilamientos de mayo de 1808, según veremos a continuación. Con la separación de España, el panteón nacional quedó integrado ante todo por los que a partir de entonces se consideraron como héroes de la “Guerra de Independencia”, la iniciada en 1810 con el levantamiento del padre Miguel Hidalgo. Fue justo en septiembre de 1823 que sus restos fueron trasladados a la Catedral Metropolitana de México, convertida así también en panteón nacional.34 Como en el caso de los santos del catolicismo, los mártires nacionales fueron a su vez motivo de fiestas nacionales, aunque lo fueron también las fechas de promulgación de los nuevos documentos fundamentales de la nación, las constituciones.35

Casi sobra decirlo, ese nuevo calendario nacional no dejó de incluir las más importantes fiestas religiosas. Calendario al mismo tiempo cívico y religioso, fue el que dio motivo a buena parte de las numerosas asistencias de las autoridades a las iglesias que hemos mencionado en el apartado anterior. Y por lo mismo, estuvo sometido no sólo a la legislación civil, sino también a las reglas tradicionales del calendario religioso, que estaban lejos de corresponder con los requerimientos del nuevo orden político, en el que se esperaban más bien fechas precisas para conmemoraciones anuales. Desde tiempos del Antiguo Régimen uno de los problemas clásicos de las cuestiones ceremoniales había sido acordar fechas entre autoridades civiles y religiosas.

En efecto, con frecuencia se olvida que, dada la multitud de fiestas que implicaban el temporal y el santoral, una de las rúbricas generales del Breviario romano contenía una serie de reglas muy precisas para su traslado en el caso de coincidencia, que no era raro. Para nuestro tema es importante también recordar que había asimismo reglas para los días en que podían celebrarse misas votivas y misas de difuntos. Al respecto había también decretos de la Congregación de Ritos aclarando detalles sobre el tema, por lo común incluidos en las obras de los liturgistas.36 No vamos a detallar aquí esas reglas, lo que nos interesa es que el clero de inmediato comprendió los decretos ordenando las celebraciones nacionales en relación con las rúbricas del Breviario.

Ya la conmemoración del 2 de mayo había tenido algunas complicaciones de este tipo. En 1813, el párroco interino de Veracruz se negó a celebrar el oficio de difuntos por caer en domingo, debiendo trasladarse al 4 de mayo, pues tampoco era compatible con el 3, fiesta de la Santa Cruz.37 El Ayuntamiento de esa ciudad alegó infructuosamente la obediencia estricta a un decreto de las Cortes, aunque parece ser que no fue una actitud generalizada, pues en Yucatán no hubo mayor problema en el traslado “en virtud de ritos de Nuestra Santa Madre Iglesia”.38 Tras la independencia, también se celebraban honras fúnebres por los héroes de la independencia, si bien sólo tenemos testimonios específicos de su traslado en 1851. En ese año se tenía programada la función fúnebre para el 28 de septiembre, es decir, al día siguiente de la conmemoración de la entrada del Ejército Trigarante a la capital. La Junta Patriótica de la Ciudad de México trató del asunto con el deán de la Catedral, quien propuso el traslado para el día 30, pues el 28 era domingo, y el 29 era la fiesta de San Miguel arcángel.39 En Veracruz nuevamente no sabemos el motivo, pero el párroco determinó que el traslado debía ser hasta el 1º de octubre, pues el 30 también estaba impedido.40 La respuesta del deán, hace suponer que no era algo que hubiera generado controversia, pues alegaba a su favor que era así “como se ha hecho cada año”.41

Por otra parte, bajo el primer federalismo hubo mayores problemas para conseguir la asistencia de las órdenes religiosas a la celebración de la promulgación de la Constitución de 1824, que tuvo lugar un 4 de octubre. La fecha era la misma de la fiesta de San Francisco de Asís, por lo que no es de extrañar que algunas órdenes religiosas de la capital se ausentaran de la celebración, en primer lugar la provincia del Santo Evangelio de México, de franciscanos observantes. En 1830, su prelado explicaba al gobierno que estaban ocupados en “la suntuosidad y magnificencia del culto” de su santo fundador, y más todavía, citaba el antecedente de los años previos, cuando se les había “disimulado” el asistir o no.42 Lo mismo ocurría con los dominicos, en virtud de “decretos canónico-regulares y por costumbre no interrumpida”.43 Al menos para los frailes mendicantes, y a pesar de haber recibido un extrañamiento de parte del vicepresidente, la celebración de sus santos fundadores se anteponía a la asistencia a una fiesta nacional.44

Por su parte, las autoridades civiles pudieron intervenir en el calendario de las fiestas religiosas, y lo hicieron de manera muy directa y al más alto nivel. El gobierno gestionó ante la Santa Sede un breve para la reducción de los días festivos que se celebraban en la República Mexicana, y que fue expedido en San Pedro de Roma el 17 de mayo de 1839.45 El Papa Gregorio xvi concedía a los obispos la autoridad de disminuir las fiestas, salvo cinco de las más importantes conmemoraciones de la vida de Cristo y seis de la Virgen (incluyendo la de Nuestra Señora de Guadalupe), la de San José quedaba en vigor por lo que tocaba a la misa pero con licencia para trabajar. La medida más directa era el traslado a los domingos inmediatos libres de las fiestas de los santos patronos locales.

Cabe advertirlo, la intervención del gobierno no fue necesariamente bien recibida. La aplicación del breve llevó a una nueva junta de representantes diocesanos, en la cual el representante de Puebla, el magistral José María Luciano Becerra, presentó una instrucción del obispo Francisco Pablo Vázquez que directamente rechazaba los principios en que el documento pontificio se fundaba. El prelado rebatía tanto la idea de un excesivo número de fiestas religiosas, que impedía la dedicación de los pobres al trabajo y que por tanto contribuía a agravar su miseria; no menos que la estimación de excesivas distancias, que obligaba a largos traslados para llegar a las iglesias.46 Parece ser que la junta no resultó en un acuerdo de conjunto, pues en Guadalajara el obispo Diego de Aranda aceptó sin mayor problema su publicación sin cambio alguno. En esa diócesis, por cierto, la modificación de la fiesta de San José generó protestas en particular del Ayuntamiento de la capital diocesana.47

Así pues, la intervención del gobierno en el calendario, sin tomar en cuenta al propio episcopado, resultó, si no en la politización del calendario religioso, por lo menos en contestaciones e incluso en el cuestionamiento de los obispos en la opinión pública: sabemos de al menos un folleto en que se criticaban hasta detalles de las traducciones oficiales publicadas por los prelados, no menos que sus medidas concretas para la ejecución del breve.48 Más todavía, de manera cotidiana el ritmo de la vida política no pudo sino introducirse constantemente en la liturgia, ya no sólo bajo la forma de fiestas anuales sino de celebraciones extraordinarias, entre las que se destacaban las numerosas rogativas por la nación, que terminaron, estás sí, por politizarse de manera mucho más explícita.

Cabe recordarlo, las rogativas eran ya numerosas en tiempos de los Borbones, cuando la monarquía las requería para todo género de eventos, no sólo las guerras emprendidas por el monarca, sino también los relacionados con la familia real. Siguiendo esa tradición, durante el Primer Imperio las hubo en noviembre de 1822 “por el feliz éxito del emperador en la salida que hizo para la ciudad de Veracruz” y “por la emperatriz que se hallaba próxima a parir”.49 Bajo la república, fueron requeridas tanto por las autoridades religiosas como civiles, y las hubo en que no cabía duda que se trataba de proteger causas nacionales. “Justo es que rindamos al Todopoderoso un homenaje religioso de reconocimiento porque se digna protegernos y que le dirijamos nuestras fervorosas plegarias”, escribía el ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos, Pablo de la Llave, en circular del 21 de noviembre de 1823. En ella, el gobierno disponía que se celebraran “rogaciones públicas y solemnes por tres días” con motivo de la publicación del Acta Constitutiva de la Federación Mexicana y de la redacción de la Constitución, es decir para pedir al Cielo por el trabajo de elaboración de los documentos fundamentales de la nación.50 Las guerras que enfrentó la nación, desde luego, fueron también un motivo más que urgente para rogativas. La circular de 9 de mayo de 1846 en el contexto de la guerra con Estados Unidos, lo expresaba bien: “las críticas circunstancias en que se encuentra la nación a causa de la injusta guerra” hacían recordar que “el primero y principal auxilio debe implorarlo de la Divina Providencia”.51

Los obispos solían corresponder a estas circulares con iniciativas desde muy puntuales hasta muy elaboradas. En 1846 el obispo Francisco Pablo Vázquez daba cuenta de que ya antes de recibir la circular del gobierno había mandado celebrar un novenario a la Virgen de Guadalupe con exposición del Santísimo, y “edificantes procesiones” vespertinas de las comunidades religiosas, involucrando incluso las oraciones de monjas poblanas.52 El gobierno eclesiástico de Guadalajara, por su parte, ante las “mil calamidades públicas” dispuso a fines de año dos tandas de ejercicios espirituales para los sacerdotes, “principales obligados a orar por sí y por todo el pueblo”.53

En otras oportunidades hemos mencionado algunos otros ejemplos. Además de otros conflictos internacionales, como el de 1829, bajo el primer federalismo eran comunes las rogativas con motivo de las elecciones o el inicio de las sesiones de los cuerpos legislativos, tanto federales como estatales.54 Cabe todavía recordarlo, hubo también oportunidad para celebraciones festivas: por circular del ministerio de Justicia y Negocios Eclesiásticos del 23 de noviembre de 1825, el gobierno mandó celebrar con “Te Deum y misa de gracias con toda la pompa y magnificencia posibles” la caída del último foco de resistencia española, la del castillo de San Juan de Ulúa.55 Asimismo, incluso eventos políticos internacionales llegaron a dar motivo a las rogativas, como ocurrió en 1849 con el exilio del Papa Pío ix en Gaeta. La circular del gobierno federal del 16 de marzo de ese año, dispuso que en todo el país se rezara por el restablecimiento del Soberano Pontífice e incluso por la paz en las demás naciones católicas.56

Destaquémoslo, estas celebraciones extraordinarias interrumpían el curso normal del calendario litúrgico. Aunque era común que se celebraran en los domingos, no faltaban los que se estimaban tan urgentes que obligaban a medidas inmediatas: en 1849, el gobierno eclesiástico de México, por ejemplo, resolvió que los tres días de rogativas solemnes por Pío ix se celebraran apenas al día siguiente del recibo oficial de la circular del gobierno, es decir, “los días miércoles, jueves y viernes” de esa semana.57 A su vez, el ministerio de Justicia y Negocios Eclesiásticos circuló esa información a las demás oficinas y poderes, se entiende que para que los magistrados y oficiales del gobierno asistieran. Aunque no se refería necesariamente a los eventos políticos, acaso tenía razón el obispo Vázquez: en ocasiones no eran las fiestas ordinarias del catolicismo las que imponían la interrupción del trabajo, sino los eventos extraordinarios de este tipo.

Sin embargo, ya a mediados de la década de 1830 hubo casos en que esas plegarias reflejaban también los intereses de un partido. Antes de 1857 pocas veces fue tan claro como en las celebraciones que tuvieron lugar en diversas diócesis en 1834, tras la caída de los gobiernos nacionales y estatales de filiación “liberal”. En Puebla, el obispo Vázquez ordenó “un triduo de misas cantadas a Nuestra Señora de Guadalupe”, dedicadas a pedir, en el primer día por el presidente Santa Anna, en el segundo por los nuevos legisladores federales y estatales y en el tercero “para alcanzar del Todopoderoso la religiosa unidad de los pueblos mejicanos”. El prelado dispuso se hiciera exposición del Santísimo, se realizara una procesión solemne para el último día con todas las corporaciones religiosas de su capital, concediendo además abundantes indulgencias.58 En Guadalajara, el gobernador de la mitra hizo lo propio, organizando también un triduo a la Virgen de Guadalupe para rogar por “las necesidades de la Iglesia y engrandecimiento de la república”, asimismo con exposición del Santísimo e indulgencia plenaria.59

Oraciones votivas que eran al mismo tiempo acción de gracias, los triduos de 1834, no dejaban de tener algo de festejo de una victoria por parte del episcopado en su enfrentamiento con los radicales. El edicto del obispo de Puebla fue particularmente elocuente en ese sentido, pues se extendía en pintar el contraste entre las reformas, que entendía como medidas prácticamente persecutorias, y la caída del gobierno, que se presentaba como un restablecimiento de la religión. Empero, serían sin duda las rogativas de tiempos de la Guerra de Reforma las que estuvieron más claramente inclinadas hacia uno de los bandos en conflicto. La circular de febrero de 1860 del gobierno del general Miguel Miramón mandaba la celebración de preces no sólo “para que cese la guerra fratricida”, sino también para pedir por el triunfo de un programa de gobierno que se esbozaba brevemente: “un gobierno permanente adecuado a nuestras creencias y costumbres […] con una justa y bien entendida libertad, sobre las bases de religión, independencia y unión”.60

En suma pues, las reglas del calendario religioso no podían dejar de inmiscuirse en la construcción del calendario cívico; los eventos políticos, a su vez y a varios niveles, no dejaban de llevar a los fieles a las iglesias de manera extraordinaria sobre todo para rogativas, oraciones que se elevaron hacia el Cielo, cierto que con intenciones nacionales, pero abrazando a veces claramente causas partidarias. Ahora bien, no es de extrañar que la Virgen de Guadalupe aparezca citada varias veces en estos casos, pues asimismo, comenzaron a definirse imágenes religiosas nacionales, entre las cuales ella ocupaba un lugar fundamental.

El honor de las imágenes nacionales61

En diciembre de 1823, el Supremo Poder Ejecutivo de la naciente república había resuelto asistir a la fiesta de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe en su Colegiata. Su cabildo estimó entonces dicha iniciativa como un testimonio de “religiosa piedad” a la que denominó “Patrona Universal del Anáhuac”.62 Casi un año más tarde, en decreto del 27 de noviembre de 1824 del Congreso nacional, quedaron establecidas como “fiestas religiosas nacionales” únicamente cuatro: “Jueves y Viernes Santo, Corpus y festividad de Guadalupe el 12 de diciembre”. Esto es, desde fecha temprana, la patrona del antiguo reino de Nueva España se impuso sin problemas prácticamente como una imagen religiosa nacional, con una relación privilegiada con el Estado.63

En cumplimiento de ese decreto, los presidentes del primer federalismo debieron presentarse en la Colegiata para la fiesta de la Guadalupana. Hacia el final del período federalista, ya lo hemos referido, la imagen del Tepeyac fue invocada abundantemente en rogativas y procesiones en 1834. No es de extrañar que, siguiendo esta misma línea, el gobierno centralista apoyara a la Colegiata de Guadalupe en la renovación de su altar mayor, obra que obligó a trasladar la imagen a la vecina iglesia conventual de capuchinas y cuya conclusión fue celebrada por todo lo alto, participándola a todas las iglesias diocesanas. En noviembre de 1836, el cabildo guadalupano escribía al respecto al de la Catedral de Guadalajara, destacando que se le habían concedido “honores de fiesta nacional” a la procesión solemne de la imagen para llevarla de vuelta a su altar. Los canónigos parecían convencidos de que el culto que encabezaban resultaba en beneficio del país en su conjunto, y no dudaron en incluir gestos que hicieran notar ese carácter nacional. En concreto, durante el traslado solemne habían dispuesto que: “se vuelva a los cuatro vientos la santa imagen, mientras que arrodillado el gran concurso, cantan los vicarios de coro de las sagradas religiones el Ave Maris Stella, anhelando atraer sobre toda la república y aun sobre el mundo entero las bendiciones del cielo”.64 Los canónigos tapatíos no pudieron sino unirse con misa y procesión en el mismo día a un “justo regocijo” que no podían calificar más que de “verdaderamente nacional”.65

El cabildo de la Colegiata, cabe reconocerlo, contribuyó así a hacer más efectivo ese carácter en la imagen que custodiaba, y casi se diría que entre ese año y el siguiente emprendió una verdadera campaña para reforzarlo. En 1837 se dirigieron nuevas cartas a las diócesis mexicanas, pero ahora para invitarles a abrir una suscripción para renovar los demás altares de la iglesia colegial. Desde luego, el punto de partida era comunicar a las otras iglesias el éxito de la función de traslado, que describían apasionadamente con tintes, de nuevo, nacionales. La imagen había sido capaz de reunir voluntades, decían: “El cielo vio a los mexicanos […] separados por la distancia de los lugares, pero unidos por el tierno amor a su Santa María de Guadalupe”. En general, a lo largo de su carta, los canónigos asociaban casi automáticamente la devoción guadalupana con lo propio de los mexicanos (“siendo mexicanos por nacimiento son guadalupanos de corazón”, afirmaron los obispos) y con el combate a la impiedad, que era asimismo “triunfo de los mexicanos”. Mas la nueva idea de los canónigos era que los altares de la colegiata tuvieran el nombre de cada una de las diócesis mexicanas. En ellos, los obispos harían celebrar por vía de comisionados, una función propia los días 12 de cada mes, por turnos, de forma que “aparecerían sucesivamente en el discurso del año arrodilladas ante la imagen celestial” todas las iglesias de la nación.66

Tan se trataba de una imagen nacional, que en octubre de 1860, cuando los canónigos de la Colegiata estimaron necesario el traslado de la imagen a la Ciudad de México con motivo de la guerra civil, solicitaron al arzobispo José Lázaro de la Garza y Ballesteros que el asunto se tratara en una junta con las más altas autoridades civiles y eclesiásticas. Y en efecto, el prelado citó a los obispos presentes entonces en la capital, a dos integrantes del Cabildo Catedral y dos canónigos de Guadalupe, a más de un secretario de despacho por parte del gobierno civil.67 De alguna forma era la conclusión lógica de la campaña que habían emprendido los propios canónigos de la Colegiata. Su disposición ya no podía ser exclusiva de ellos, sobre todo en un caso de emergencia.

Ahora bien, la idea de la suscripción de 1837, según el abad y canónigos de Guadalupe, en realidad había sido idea del Presidente de la República, que a la sazón era José Justo Corro. También de la presidencia provino, en 1851, la iniciativa de hacer del abad de la colegiata un abad mitrado con todos los ornamentos episcopales. En las instrucciones dirigidas a José María Montoya legado de México ante la Santa Sede, quedaba bien claro que se trataba de una imagen nacional. La Virgen de Guadalupe, en efecto, según el gobierno, era el objeto de “la veneración y piedad de todos los mexicanos”, la imagen era “el estandarte y la más segura prenda de la religiosidad de la república”, por lo que la Colegiata, como santuario, era “el primero de la república y el más querido del pueblo mexicano”; su cabildo debía ser reconocido por haber mantenido “el brillo y esplendor de las funciones religiosas” a pesar de los problemas económicos.68 Todo lo cual, si bien en efecto sirvió en la Santa Sede para obtener el honor deseado, no significó en cambio que el gobierno pudiera gastar los poco más de 80 pesos que implicó la gestión en las congregaciones romanas, que terminó pagando el propio cabildo guadalupano.69

No hemos podido identificar otras iniciativas a favor de la imagen del Tepeyac, pero en cambio, ya hacia el final del período que tratamos, al menos otro presidente parece haberse vinculado de manera particular con ella: el general Miguel Miramón. En febrero de 1860, al asumir de manera formal como presidente interino de la república, “a fin de implorar los auxilios divinos por el mejor acierto de su gobierno”, encargó la celebración de un triduo solemne en la Colegiata, celebrado directamente por el arzobispo Lázaro de la Garza y los obispos presentes entonces en la Ciudad de México, que eran cuatro: Clemente de Jesús Munguía, de Michoacán; Pedro Espinosa, de Guadalajara; Pedro Barajas, de San Luis Potosí, y Francisco de Paula Verea, de Linares.70 Las calurosas respuestas de los prelados no dejaron de traslucir el contexto de guerra civil: el obispo Barajas destacó por ejemplo que era una invitación propia de “un gobierno que tiene por blasón la defensa de la religión y de las garantías sociales”; el de Linares elogió la “noble y religiosa conducta” del presidente, estimándola “testimonio de sus patrióticos sentimientos al continuar sosteniendo la causa de la Iglesia y de la sociedad”.71 En el marco de la Guerra de Reforma, incluso la imagen nacional por excelencia terminaba sirviendo de testimonio particular de uno solo de los bandos en conflicto.

Hasta donde sabemos, ninguna otra imagen pudo ambicionar un culto que efectivamente reuniera a la nación a ese nivel, pero debemos citar también otras imágenes que aspiraron a convertir sus fiestas en nacionales. Aparte de Nuestra Señora de Guadalupe, tal vez la imagen más cercana a la autoridad presidencial de las primeras décadas del siglo xix fue la del Señor de Santa Teresa. En efecto, acaso uno de los momentos más emotivos de la religiosidad oficial de esa centuria tuvo lugar el 29 de febrero de 1836, cuando, en medio de la agonía del general Miguel Barragán, recién reemplazado por José Justo Corro en la presidencia de la república el día 27, se le llevó en procesión solemne la imagen del Señor de Santa Teresa. Imagen con una historia muy propia del catolicismo barroco, había alcanzado notoriedad en la parroquia de Ixmiquilpan en la tercera década del siglo xvii al haberse renovado por sí misma hacia 1621, abundando entonces en milagros de diverso género. Tiempo después fue trasladada a la iglesia conventual de las monjas de Santa Teresa la Antigua, en la Ciudad de México, de donde debe el nombre con que se le conocía para las fechas que nos interesan.72 En el siglo xix, seguía siendo una imagen importante entre las devociones de la capital: en agosto de 1821, las autoridades realistas recurrieron a ella ante el cerco que iban estableciendo los trigarantes a su alrededor;73 en 1833, fue movilizada para una procesión particularmente emotiva con motivo de la epidemia de cólera que azotó la ciudad. Carlos María de Bustamante le dedicó un folleto a esa procesión, refiriéndose a ella de manera general en sus Efemérides histórico-político-literarias como “el día de la contrición de los mexicanos”.74

Desde las páginas de El Mosquito Mexicano, el mismo Carlos María de Bustamante dejó un relato de la escena de la presentación del Cristo al presidente Barragán, muy al estilo de la época. El general, “moribundo, perdido el tacto y con todos los síntomas de una próxima muerte”, habría logrado todavía expresar su piedad, ya que no con una oración, al menos con un gesto de veneración. Rodeado de los sacerdotes que lo acompañaban en sus últimos instantes y que entonaban el Miserere, el presidente agonizante “besa humilde sus sagrados pies, los aplica a su frente y en su interior hace una deprecación afectuosa”, según los términos del publicista.75 De inmediato hubo una interpretación política de este acto, Bustamante no dejó de situar esta escena en el marco de las controversias entre los partidos de la época sobre la conservación o no de la cultura religiosa tradicional. Ella sólo podía ser bien valorada por “los que como él [como Barragán] han respetado la religión y sus ministros”, y no en cambio por los que “quieren pasar por sabios y despreocupados, los que insultan a Dios y se envanecen con detestar aquellos principios en que fueron educados sus mayores”.76

Aunque en 1845 un temblor destruyó el cimborrio de la capilla y la imagen misma, ésta no parece haber perdido popularidad del todo. En la epidemia de cólera de 1850 volvió a salir en procesión. Fue entonces, cuando por exhorto de una “comisión numerosa compuesta de ciudadanos recomendables”, se contó con la asistencia del presidente José Joaquín de Herrera.77 Más todavía, de nuevo por reclamo de vecinos de la capital, en mayo de 1859 el presidente Miguel Miramón elevó la celebración de la renovación de la imagen, que se celebraba el 19 de ese mes, a la categoría de fiesta nacional.78 No tenemos noticias de la celebración de la fiesta como tal, ni de intentos de difundir la imagen más allá de la Ciudad de México. Acaso el hecho de haber sido proclamada por un gobierno emanado de uno de los partidos que se enfrentaban en la Guerra de Reforma hizo que su carácter de nacional se fuera perdiendo con la derrota del bando conservador.

De manera más puntual, hubo al menos otra imagen para la que se trató de obtener una fiesta de mayor nivel: la de la Virgen de los Remedios, celebrada cada 1º de septiembre en el arzobispado de México. De nuevo la iniciativa provino de los vecinos de la capital, a través del ayuntamiento, que a su vez requirió el respaldo del arzobispo Lázaro de la Garza en abril de 1860.79 La petición iba dirigida a que se tramitara en la Santa Sede la elevación a día de media guarda, pero nos interesa aquí porque el Consejo de Gobierno, cuando revisó la solicitud, no pudo sino entenderla como una fiesta nacional: el arzobispo traducía los sentimientos “de todo el pueblo de México” y de su devoción a la imagen. Petición de nuevo dirigida a un gobierno que libraba una guerra en que la religión era uno de los temas de la disputa, el Consejo no dejó de señalar que, para la autoridad civil de ese momento ya no estaban vigentes “las razones que se tuvieron presentes en los años pasados para la reducción de días festivos”.80 Aprobada pues por el gobierno del general Miramón, no sabemos si llegó en cambio a las oficinas de la curia del Papa Pío ix.

Desde esas oficinas, en cambio, sí que llegó a México a mediados de la década de 1850 la declaración del dogma de la Inmaculada Concepción. Publicada en los periódicos de la república en enero de 1855, el presidente Antonio López de Santa Anna decretó, el 21 de abril de ese mismo año, que el 8 de diciembre se convertiría por ello en festividad nacional.81 Es cierto, el dogma no estaba asociado a una sola imagen con sede en un santuario particular de México, pero justo por ello pudo ser celebrado con facilidad por todo el país con imágenes que representaban el misterio en cuestión, pero que es difícil saber si eran exactamente iguales entre sí. La prensa destacó de manera particular que se trataba de un dogma en realidad bien conocido en la cultura nacional, de forma que podía ser presentada también como una “devoción [que] profesa el pueblo mexicano”.82 Cierto que sumándose a una celebración general del mundo católico, pocas veces el país habrá visto una serie de celebraciones tan extensa, casi al unísono, con imágenes llevadas en procesión con un fasto deslumbrante.83 Todo ello, desde luego, respaldado por las autoridades políticas: “el supremo jefe del Estado y todas las demás personas que forman su administración, se encuentran animados de aquel espíritu de religión y de piedad que dio aliento a nuestros padres”, decía el periódico El Universal, señalando además que el mismo partido en el poder “tienen escrito en su programa como norma y guía de sus acciones, la verdad religiosa”.84

Así pues, en el contexto político mexicano de mediados del siglo xix, lo mismo las imágenes de tradición local en la Ciudad y Valle de México, que una con vocación universal como la Inmaculada Concepción, eran representadas progresivamente como imágenes religiosas nacionales, celebradas en fiestas religiosas, asimismo, nacionales. Ellas se convertían, según los publicistas, en motivo casi obligado de la fe de los mexicanos, capaces de ofrecerles protección frente a los peligros naturales del momento (como el cólera) no menos que frente a los peligros políticos (como la guerra). Además, a lo largo de las décadas, se iban asociando cada vez más con un partido: el que apoyó el último gobierno del general Santa Anna, y más tarde el que sería derrotado en la Guerra de Reforma.

Comentarios finales

Tras la Guerra de Reforma y la caída del Segundo Imperio, se consumó en México la separación entre las instituciones estatales y las ceremonias, fiestas e imágenes que ahora se convertían, por principio, en específica y únicamente religiosas. En ese contexto, pudo ya surgir una mirada crítica de la relación que habían mantenido durante varias décadas política y religión en el México independiente. La hubo por ejemplo, en el caso de Francisco Bulnes, quien en Juárez y las revoluciones de Ayutla y de Reforma (1905),85 reprochaba al Benemérito durante su trayectoria en Oaxaca el que había sido comportamiento “normal” de los políticos de la época, con sus invocaciones a Dios, asistencias a los templos, su concordia con las autoridades eclesiásticas para organizar celebraciones religiosas por los más diversos eventos, empezando por el combate a las epidemias. Bulnes, de hecho, hacía del Juárez de la primera mitad del siglo xix, “una de las figuras que con más colorido piadoso y corrección ortodoxa honran la historia de su partido [de los católicos mexicanos]”.86

Empero, es interesante constatar hasta qué punto ese uso constante de la religión por la política moderna contribuyó a desgastar el propio régimen confesional vigente desde 1821. Lejos de ser garantía de continuidad duradera, lejos incluso de representar una continuidad precisa respecto del Antiguo Régimen, en virtud de los cambios que conllevó en ceremonias sagradas, en principio; la posición fundamental de la religión en la nueva nación al momento de su independencia, aun aceptada generalmente hasta la propia época de la ruptura, más bien resultó el punto de partida de una progresiva politización. En ella tuvo un papel el propio clero, por ejemplo negando la recepción solemne en las iglesias a ciertas autoridades, o utilizando las rogativas al Cielo a favor de unos grupos políticos triunfantes. Desde luego, también los propios partidos y facciones, aun aquellos que se manifestaban a favor del mantener unidas la religión y la política, comprometían la estabilidad de ese compromiso.

Así pues, las constantes asistencias a las iglesias, la presencia en el calendario cívico de fiestas nacionales religiosas, las innumerables rogativas por causas públicas y la definición de imágenes religiosas nacionales, paradójicamente forman parte también de la historia de la secularización en el México del siglo xix. Secularización que, debemos siempre insistir en ello, no es sino la separación progresiva de la esfera de lo político y de la esfera de lo religioso; esto es, no implica necesariamente una disminución de la práctica religiosa. El final de esas ceremonias y fiestas oficiales, el olvido del carácter “nacional” de la mayoría de esas imágenes, luego de medio siglo de celebraciones y discusiones al respecto, marcaba bien el cambio de estatus de la religión en México, cada vez menos fundamento político efectivamente compartido y más asunto de opinión personal. Estudios más profundos y detallados de esos rituales nos ayudarán a comprender mejor la forma en que se fue operando esa transformación a nivel nacional y regional.

1 La bibliografía sobre este proceso es extensa, más para el tema concreto de este artículo nos interesa destacar: Lempérière, Annick, “De la república corporativa a la nación moderna. México (1821-1860)”, en François-Xavier Guerra y Antonio Annino (Coordinadores), Inventando la nación. Iberoamérica, siglo xix, México, Fondo de Cultura Económica, 2003, pp. 316-346.

2 Una síntesis sobre los momentos más fuertes del enfrentamiento entre catolicismo y Revolución Francesa en Vovelle, Michel, La révolution contre l’Église. De la raison à l’être suprême, París, Éditions Complexe, 1988.

3 Del Arenal Fenochio, Jaime, “El Plan de Iguala y la salvación de la Religión y de la Iglesia novohispana dentro de un orden constitucional”, en Manuel Ramos Medina (Coordinador), Historia de la Iglesia en el siglo xix, México, El Colegio de México/ El Colegio de Michoacán/ Instituto Mora/ Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa/ Centro de Estudios de Historia de México Condumex, pp. 73-91.

4 Existen varios trabajos sobre el tema, destaquemos en particular, Connaughton, Brian, “República federal y Patronato: El ascenso y descalabro de un proyecto”, en Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, nro. 39, enero-junio 2010, pp. 5-70. Asimismo, Connaughton, Brian, “¿Una república católica dividida? La disputa eclesiológica heredada y el liberalismo ascendente en la independencia de México”, en Historia Mexicana, lix: 4, 2010, pp. 1141-1204.

5 Lempérière, “De la república corporativa a la nación moderna”, p. 331.

6 Además de Lempérière, “De la república corporativa a la nación moderna”, pp. 330-343; Connaughton, Brian, Dimensiones de la identidad patriótica. Religión, política y regiones en México. Siglo xix, México, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, Miguel Ángel Porrúa, 2001, pp. 73-98; Connaughton, Brian, Entre la voz de Dios y el llamado de la patria. Religión, identidad y ciudadanía en México, siglo xix, México, Fondo de Cultura Económica, 2010, pp. 99-132; y los trabajos de Zárate Toscano, Verónica, “Piadosa despedida. Funerales decimonónicos”, en Miguel Ramos Medina (Coordinador), Historia de la Iglesia en el siglo xix, México, Condumex/ El Colegio de México/ El Colegio de Michoacán/ Universidad Autónoma Metropolitana -Iztapalapa, 1998, pp. 333-350 y Zárate Toscano, Verónica, “La conformación de un calendario festivo en México en el siglo xix”, en Alicia Salmerón y Erika Pani (Coordinadores), Conceptualizar lo que se ve. François-Xavier Guerra historiador. Homenaje, México, Instituto Mora, 2004, pp. 182-214.

7 Antes hemos resaltado las continuidades, de manera particular en el tema del Patronato en la liturgia: Carbajal López, David, “¿Un ‘patronato ritual’? La autoridad civil en la liturgia en México durante la primera mitad del siglo xix”, en Juan Carlos Casas García y Pablo Mijangos y González (Coordinadores), Por una Iglesia libre en un mundo liberal. La obra y los tiempos de Clemente de Jesús Munguía, primer arzobispo de Michoacán (1810-1868), México, Universidad Pontificia de México/ El Colegio de Michoacán, 2014, pp. 23-55.

8 Gaceta Imperial de México, México, 2 de octubre de 1821, p. 7.

9 Gaceta Imperial de México, México, 2 de octubre de 1821, p. 7.

10 Remitimos a Carbajal López, David, “Una liturgia de ruptura: el ceremonial de consagración y coronación de Agustín i”, en Signos históricos, nro. 25, enero junio 2011, México, pp. 68-99. También ha analizado esta ceremonia Hensel, Silke, “La coronación de Agustín i. Un ritual ambiguo en la transición mexicana del Antiguo Régimen a la Independencia”, en Historia Mexicana, lxi: 4, abril-junio 2012, pp. 1349-1411.

11 Lo más significativo fue que la corona se la impuso el presidente del Congreso Constituyente, Rafael Mangino.

12 Para este proceso remitimos en particular a Ávila, Alfredo, Para la libertad. Los republicanos en tiempos del Imperio, 1821-1823, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 2004, pp. 213 y ss.; Frasquet, Ivana, Las caras del águila. Del liberalismo gaditano a la república federal mexicana (1820-1824), Castelló de la Plana, Universitat Jaume i, 2008, pp. 287 y ss.

13 Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México (en adelante accmm), Gobierno civil, caja 16, exp. 3, Lucas Alamán al Deán y Cabildo de la Metropolitana, México, 28 de mayo de 1823.

14 accmm, Gobierno civil, caja 16, exp. 3, minuta, 28 de mayo de 1823.

15 accmm, Correspondencia, caja 7, exp. 3, memoria, s/f.

16 accmm, Correspondencia, caja 7, exp. 5, Dictamen de Flores y Arechederreta, México, 17 de julio de 1823.

17 Recopilación de Leyes de Indias, libro 3, título xvi, ley x en particular, “Archivo Digital de la Legislación del Perú”, en http://www.leyes.congreso.gob.pe/Documentos/LeyIndia/0203015.pdf [consultado el 28 de febrero de 2015].

18 El Águila Mexicana, México, 26 de julio de 1824, pp. 1-2.

19 Dublán, Manuel y José María Lozano (Compiladores), Legislación Mexicana o Colección completa de las disposiciones legislativas expedidas desde la independencia de la república, t. i, nros. 428 y 442, en http://www.biblioweb.tic.unam.mx/dublanylozano/ [consultado el 28 de noviembre de 2012]. De Arrillaga, Basilio, Recopilación de leyes, bandos, reglamentos, circulares y disposiciones que forman regla general de los Supremos Poderes de los Estados Unidos Mexicanos, formada de orden del Supremo Gobierno por el licenciado… comprende este tomo los meses de abril y mayo de 1833, México, Imprenta de Juan Ojeda, 1834, pp. 2-9.

20 Archivo General de la Nación (en adelante agn), Justicia Eclesiástica, vol. 102, ff. 41-42.

21 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 168, f. 320, Obispo de Tenagra al oficial mayor encargado de la Secretaría de Justicia y Negocios eclesiásticos, México, 7 de abril de 1853.

22 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 13, ff. 61-61v, Luis Quintanar al deán y Cabildo de la Metropolitana, México, septiembre de 1822.

23 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 13, ff. 62-64, Informe del doctoral Félix Flores, México, 23 de septiembre de 1822.

24 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 102, ff. 41-41v, Juan Guzmán al secretario de Justicia y Negocios Eclesiásticos, México, 16 de diciembre de 1830.

25 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 102, f. 45, Manuel de Jesús Febles, Casimiro Liceaga y Joaquín Guerra al ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos, México, 6 de octubre de 1830.

26 Dublán y Lozano (compiladores), Legislación Mexicana…, t. iv, nro. 2344, en http://www.biblioweb.tic.unam.mx/dublanylozano/ [consultado el 28 de noviembre de 2012].

27 Dublán y Lozano (compiladores), Legislación Mexicana…, t. iv, nro. 2344, en http://www.biblioweb.tic.unam.mx/dublanylozano/ [consultado el 28 de noviembre de 2012].

28 Archivo Histórico del Senado de la República (en adelante ahsr), Público y Secreto, congreso 10, exp. 250, f. 2, Bocanegra al presidente del Consejo de Gobierno, México, 18 de abril de 1844.

29 ahsr, Público y Secreto, congreso 10, exp. 250, ff. 8-9, Dictamen del 6 de noviembre de 1844.

30 El expediente original del incidente en agn, Justicia Eclesiástica, vol. 181, ff. 92-107, en particular ff. 92-98, Juan José Baz al ministro de Justicia, México, 9 de abril de 1857 con anexos.

31 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 181, ff. 99-101v, Iglesias al arzobispo de México, México, 12 de abril de 1859.

32 Para el contexto del incidente y el liderazgo del clero debemos remitir a la obra de García Ugarte, Marta Eugenia, Poder político y religioso. México, siglo xix, México, Miguel Ángel Porrúa/ Cámara de Diputados/ Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Sociales, 2010, t. i, pp. 651-719.

33 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 146, ff. 316-317.

34 Para la historia de la conmemoración de los héroes de la independencia véase: Zárate Toscano, “La conformación de un calendario festivo”, pp. 187-191. En particular sobre el traslado de restos de 1823: Vázquez Mantecón, María del Carmen, “Las reliquias y sus héroes”, en Estudios de historia moderna y contemporánea de México, México, Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, nro. 30, julio-diciembre 2005. http://www.historicas.unam.mx/moderna/ehmc/ehmc30/356.html [consultado el 15 de febrero de 2015].

35 Zárate Toscano, Verónica, “Festejos por decreto: Los aniversarios de la Constitución en el siglo xix”, en Silke Hensel (Coordinador), Constitución, poder y representación. Dimensiones simbólicas del cambio político en la época de la independencia mexicana, Madrid, Iberoamericana-Vervuert/ Bonilla Artigas, 2011, pp. 195-215.

36 Podemos remitir a una de las obras difundidas en la época, la de Irayzos, Fermín, Instrucción acerca de las rúbricas generales del Misal, ceremonias de la Misa rezada y cantada, oficios de Semana Santa y de otros días especiales del año, Madrid, Imprenta de Pedro Marín, 1777, pp. 11-14 con las reglas de los días para las misas votivas; pp. 36-38 para las misas de difuntos; y pp. 38-40 para el traslado de fiestas.

37 Archivo General de Indias (en adelante agi), México, leg. 1901, Ayuntamiento de Veracruz a las Cortes, Veracruz, 1º de agosto de 1813.

38 agi, México, leg. 3096A, Representación de la diputación provincial de Yucatán, 21 de mayo de 1813.

39 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 167, ff. 91-92, Miguel María Azcárate al ministro de Relaciones, México, 15 de septiembre de 1851.

40 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 167, ff. 103-103v, El ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos al ministro de Relaciones, México, 24 de septiembre de 1851.

41 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 167, ff. 91-92, Miguel María Azcárate al ministro de Relaciones, México, 15 de septiembre de 1851.

42 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 102, ff. 60-60v, Fray Manuel María Domínguez al ministro de Justicia, México, 4 de octubre de 1830.

43 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 102, f. 57, Fray Antonio Brito al ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos, México, 5 de octubre de 1830.

44 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 102, f. 56, minuta dirigida a los prelados de Santo Domingo, Merced, San Agustín, San Diego y San Francisco, México, 4 de octubre de 1830.

45 Archivo Histórico del Arzobispado de Guadalajara (en adelante ahag), Gobierno, Santa Sede, caja 1, exp. s/n, Breve pontificio sobre diminución [sic] de días festivos en la República Mexicana, México, Imprenta del Águila, 1839.

46 ahag, Gobierno, serie Santa Sede, caja 1, exp. s/n, “Instrucción que se dirige al señor Dr. D. José María Luciano Becerra, canónigo magistral de esta Santa Iglesia y vocal de la Junta eclesiástica de comisionados diocesanos”, Puebla, 1º de marzo de 1837.

47 ahag, Gobierno, Santa Sede, caja 1, exp. s/n.

48 ahag, Gobierno, Santa Sede, caja 1, exp. s/n, Carta de N.A.N. sobre la reducción de fiestas, con arreglo al breve del sr. Gregorio xvi de 17 de mayo de 1839, expedido en favor de la República de México, México, Imprenta de la calle de las Escalerillas, 1840.

49 accmm, Correspondencia, caja 7, exp. 3, memoria s/f.

50 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 28, f. 293, Circular a los prelados diocesanos, México, 21 de noviembre de 1823.

51 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 148, ff. 246-246v, Circular a los señores diocesanos, México, 9 de mayo de 1846.

52 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 148, ff. 247-247v, Francisco Pablo, obispo de Puebla, al ministro de Justicia e Instrucción Pública, Puebla, 12 de mayo de 1846.

53 ahag, Edictos y circulares, caja 8, exp. 47, Edicto del gobierno eclesiástico de la diócesis de Guadalajara, Guadalajara, 16 de noviembre de 1846.

54 Para algunos ejemplos de Veracruz bajo el primer federalismo, remitimos a Carbajal López, David, La política eclesiástica del Estado de Veracruz, 1824-1834, México, Miguel Ángel Porrúa/ Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2006, pp. 48, 68-69.

55 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 43, ff. 95-95v, Circular a los obispos y gobernadores de mitras, México, 23 de noviembre de 1825.

56 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 161, ff. 379-380, Circular a los obispos, vicarios capitulares, gobernador de la mitra de Californias y Colegiata de Guadalupe, México, 16 de marzo de 1849.

57 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 161, ff. 383-383v, José María Barrientos al ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos, México, 20 de marzo de 1849.

58 Vázquez, Francisco Pablo, “Edicto del Sr. Obispo de Puebla previniendo acciones de gracias”, en Colección eclesiástica mejicana, México, Imprenta de Galván a cargo de Mariano Arévalo, 1834, t. iv, pp. 297-308.

59 ahag, Edictos y circulares, caja 8, exp. 34, Circular del gobernador de la Mitra al clero y fieles de la diócesis, Guadalajara, 10 de diciembre de 1834.

60 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 172, f. 566, Circular de 18 de febrero de 1860.

61 Sobre este tema véase también a Zárate Toscano, “La conformación de un calendario festivo”, pp. 199-204, quien cita desde otro enfoque, algunos casos que mencionamos aquí.

62 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 27, f. 330, Cabildo de Guadalupe a Pablo de la Llave, 6 de diciembre de 1823.

63 Sobre el tema del culto de la Virgen de Guadalupe en esta época, véase: Taylor, William, “Santuarios y milagros en la secuela de la independencia mexicana”, en Brian Connaughton (Coordinador), Religión, política e identidad en la independencia de México, México, Universidad Autónoma Metropolitana/ Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2010, pp. 542-553.

64 ahag, Gobierno, Secretaría, Culto, caja 4, exp. 69, Diego de Germán, Manuel Ruiz de Castañeda y Agustín Carpena al deán y Cabildo de la Iglesia de Guadalajara, Guadalupe, 25 de noviembre de 1836.

65 ahag, Gobierno, Secretaría, Culto, caja 4, exp. 69, Minuta, 6 de diciembre de 1836.

66 ahag, Gobierno, Secretaría, Culto, caja 4, exp. 71, José Antonio Magos, José María Torres y José Sánchez al deán y Cabildo de la Iglesia Catedral de Guadalajara, Guadalupe, 11 de febrero de 1837. Esta iniciativa también la menciona Taylor, “Santuarios y milagros”, p. 548.

67 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 146, ff. 413-413v, El arzobispo de México al ministro de Justicia, Negocios Eclesiásticos e Instrucción Pública, México, 22 de octubre de 1860.

68 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 171, ff. 418-419, Instrucciones a José María Montoya, México, 3 de enero de 1851.

69 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 171, ff. 425-440.

70 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 146, f. 407, Minuta al arzobispo y obispos de Guadalajara, Potosí, Linares y Michoacán, México, 22 de agosto de 1860.

71 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 146, ff. 410-411v, Pedro Barajas, obispo de Potosí, al ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos, México, 24 de agosto de 1860 y Francisco de Paula Verea, obispo de Linares, al ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos, México, 23 de agosto de 1860.

72 El relato completo de la historia de la imagen en Velasco, Alfonso Alberto de, Exaltación de la Divina Misericordia en la milagrosa renovación de la soberana imagen de Christo, Señor nuestro crucificado, que se venera en la Iglesia del Convento de Señor San Joseph de Religiosas Carmelitas Descalzas de la Antigua Fundación de esta Ciudad de México, México, Oficina de Mariano Zúñiga y Ontiveros, 1807. Existe un amplio estudio de esta imagen y sus santuarios en Taylor, William, “Two Shrines of the Cristo Renovado: Religion and Peasant Politics in Late Colonial Mexico”, en The American Historical Review, cx: 4, octubre 2005, pp. 945-974.

73 Bustamante, Carlos María de, Cuadro histórico de la Revolución de la América Mexicana comenzada en quince de septiembre de mil ochocientos diez por el ciudadano Miguel Hidalgo y Costilla, México, Imprenta de Galván a cargo de Mariano Arévalo, 1827, t. v, pp. 13 y 17.

74 Bustamante, Carlos María de, Historia del Cholera Morbus de México del año de 1833, y de los estragos de la guerra civil de aquella época, muy más terribles que los de esta epidemia asoladora, México, Imprenta de la testamentaria de Valdés a cargo de José María Gallegos, 1835, pp. 12-13. Taylor, “Two Shrines of the Cristo Renovado”, pp. 954-955.

75 El Mosquito Mexicano, México, 8 de marzo de 1836, p. 3.

76 El Mosquito Mexicano, México, 8 de marzo de 1836, p. 3.

77 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 166, ff. 273-275.

78 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 146, f. 276, Decreto de 9 de mayo de 1859.

79 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 146, ff. 431, 437-439 y 483-484.

80 agn, Justicia Eclesiástica, vol. 146, ff. 485-485v, El obispo de Tenagra al ministro de Justicia, Negocios Eclesiásticos e Instrucción Pública, México, 6 de agosto de 1860.

81 El Universal, México, 12 de enero de 1855, publicó los documentos de la proclamación del dogma de la Inmaculada. El bando nacional haciendo el 8 de diciembre fiesta nacional religiosa aparece en El Universal, México, 23 de abril de 1855, p. 3.

82 El Siglo xix, México, 21 de abril de 1855, p. 3.

83 Notas de algunos de los festejos: en México, El Siglo xix, México, 21 de abril de 1855, p. 3; en Durango, El Siglo xix, p. 2; en Oaxaca, El Siglo xix, México, 24 de mayo de 1855, p. 3.

84 El Universal, México, 12 de enero de 1855, p. 1.

85 Bulnes, Francisco, Juárez y las revoluciones de Ayutla y de Reforma, México, Antigua Imprenta de Murguía, 1905.

86 Bulnes, Juárez y las revoluciones de Ayutla y de Reforma, p. 181.

Departamento de Humanidades, Artes y Culturas Extranjeras

Universidad de Guadalajara Centro Universitario de los Lagos

Correo electrónico: davidclopez@hotmail.com

Tzintzun. Revista de Estudios Históricos ∙ Número 65 (enero-junio 2017)

ISSN: 1870-719X ∙ ISSN-e: 2007-963X

A

Fecha de recepción: 6 de marzo de 2015

Fecha de aprobación: 15 de octubre de 2015

Valdés y Heredia. Su producción hemerográfica

en México sobre el asunto cubano entre 1825 y 1826

Ma. Eugenia Claps Arenas

Resumen

En el marco de la relevancia que adquirió la relación de México con las Antillas a comienzos del siglo xix, el objetivo de la presente investigación es analizar los discursos que sobre la cuestión de la independencia cubana elaboraron en México José Ma. Heredia y Antonio José Valdés, utilizando como fuente principal la hemerografía capitalina en la que participaron, dado que ambos fueron colaboradores y editores de importantes periódicos y revistas del Distrito Federal hacia los años de 1825 y 1826.

Palabras clave: Cuba, México, relaciones diplomáticas, emancipación, hemerografía.

Valdés and Heredia. Their hemerographic production

in Mexico about the cuban matter between 1825 y 1826

Abstract

In the context of the importance of Mexico´s relationship with the Antilles at the beginning of the nineteenth century, the purpose of the present study is to analyze discourse arguments, in Mexico City on the question of Cuban independence by José Ma. Heredia and Antonio José Valdés. The principal sources of the materials considered are the periodicals of the Mexican capital, where both men were collaborators and editors of important newspapers and magazines between 1825 and 1826.

Key words: Cuba, Mexico, diplomatic relations, Independence movements, newspapers.

Valdés et Heredia. Leur journalistique production

en Mexique avec le Cuban affair dans 1825 et 1826

Résumé

Eu regard à l’importance des relations entre le Mexique et les Antilles au debout du e siècle, le but de cette recherche est d’analyser des différents discours concernant la question d’indépendance politique de Cuba, elaborés,à Mexico,par les cubains José María Heredia et Antonio José Valdés. La production hémérographique des années 1825 et 1826 est la principal source documentaire consultée, compte tenu que ces deux hommes ont édité et participé en tant que collaborateurs dans la presse écrite de premier plan dans la capital du Mexique.

Mots clé : Cuba, Mexique, relations diplomatiques, indépendance nationale, collection de journaux.

uchos son los autores que han trabajado sobre las relaciones diplomáticas entre México y las Antillas en los años posteriores a la independencia de nuestro país. Esto se explica por el marco geográfico y político que caracteriza a la región, cuya vecindad implica que sus historias resulten irremediablemente entrelazadas. Uno de los esfuerzos más notables en este sentido han sido las publicaciones auspiciadas en años recientes por la Secretaría de Relaciones Exteriores mexicana, que ha puesto su acervo al servicio de los investigadores interesados. En esta tarea se ha destacado Rafael Rojas para el caso cubano, de tal manera que sus trabajos constituyen un referente imprescindible para acercarse al tema e ir desentrañando nuevas posibilidades de aproximación al mismo.

Cabe apuntar también la labor de un equipo de investigación del Instituto Mora, en cuyos seminarios sobre la historia de las relaciones de México con el Caribe se han discutido y sometido a debate estudios, enfoques, así como novedosas interpretaciones que han beneficiado y enriquecido el tema. En ese ámbito se pueden mencionar los trabajos de Laura Muñoz, Johanna von Grafenstein, y varios colegas tanto mexicanos como extranjeros, quienes han venido desarrollando todo tipo de reuniones y actividades académicas en torno a temas caribeños de diversa índole y su relación con el país.

El trabajo que ahora presento forma parte de este espacio de discusión, y se justifica por la relevancia que adquirió la relación de México con las Antillas a comienzos del siglo xix, y muy en particular con Cuba, la mayor y más importante de las posesiones españolas en el Caribe.

Como veremos a lo largo del mismo, los cubanos que residieron en el país hacia el primer lustro de la república federal estuvieron muy activos en política, organizándose y en general trabajando a favor de la liberación de la isla; para conseguirlo, algunos de ellos recurrieron a todo tipo de medios y argumentos con el objeto de lograr la participación activa del gobierno mexicano en ese intento.

De esta manera, el objetivo de la presente investigación es analizar los discursos que sobre la cuestión cubana elaboraron José Ma. Heredia y Antonio José Valdés,1 utilizando como fuente principal la hemerografía capitalina en la que participaron, dado que ambos escribieron y fueron editores de importantes periódicos y revistas del Distrito Federal hacia los años de 1825 y 1826.2 Derivado de esto, será interesante observar que sus criterios respecto de la liberación de su patria de origen fueron cambiando de acuerdo con los grupos políticos con los que se vincularon en México y de sus intereses personales. Así, mientras que Valdés mantuvo una actitud radical respecto al tema, Heredia tendió a adoptar posturas cada vez más moderadas.

En este punto cabe también considerar que la etapa objeto de estudio fue significativa por tratarse de la experiencia republicana inaugural dentro de la vida independiente del país, y la trayectoria de estos hombres en México durante este periodo nos ilustra sobre los temas que fueron objeto de reflexión y preocupación para la clase política, mismos que se trataron extensamente en la prensa periódica nacional generando una opinión pública que discutió el posicionamiento del México independiente en el contexto americano, destacando particularmente el asunto cubano y de las Antillas en general.

Heredia y Valdés en México

José María Heredia (Santiago de Cuba, 1803 - Toluca, Estado de México, 1839) llegó al país en agosto de 1825 invitado por el entonces presidente Guadalupe Victoria. Ya había vivido en lo que fuera la Nueva España entre 1819 y 1820, cuando su padre ocupó el cargo de alcalde del Crimen de la Real Audiencia.3 Implicado en la conspiración de Matanzas a favor de la independencia cubana (1823), tuvo que huir de la isla para refugiarse en los Estados Unidos y posteriormente en México.

Heredia desarrolló en el país una importante actividad cultural y política pues fue redactor de la Gaceta Diaria de México, donde publicó algunos poemas. Asimismo, periódicos como el Águila Mexicana, El Sol y el Indicador de la Federación acogieron sus versos, ensayos críticos, discursos cívicos y traducciones.4 Además, cabe señalar que fue coeditor, junto con Claudio Linati y Florencio Galli, de El Iris, primera revista literaria ilustrada del México independiente que apareció entre febrero y agosto de 1826, si bien salió de su redacción el 21 de junio muy probablemente por desacuerdos con sus colegas, precisamente cuando la polémica entre yorkinos y escoceses arreciaba más debido a la expulsión del país de Orazio de Atellis, marqués de Santangelo.5

Su tarea en dicha publicación consistió en la elaboración de biografías sobre destacados personajes americanos, también hizo ensayos crítico literarios, crónica teatral y publicó poemas tanto originales como traducidos. Asimismo, fue autor de un artículo titulado: “Cartas sobre los Estados Unidos,” de las que solo alcanzó a publicar la primera, en la que narra brevemente su experiencia de salir de Cuba para llegar a dicha república norteamericana.

Pero también ocupó cargos en la burocracia mexicana; de esta manera, en 1827 fue nombrado auxiliar del gobernador Lorenzo de Zavala en el Estado de México, a quien secundó en la empresa de fundar la primera imprenta oficial de la entidad, que empezó a operar en agosto de ese año.

Asimismo, se desempeñó como magistrado de la Audiencia del Estado de México, diputado a la cuarta legislatura local en 1833 y fue director del Instituto Literario de Toluca. A partir de 1831 intervino activamente en el periodismo mexiquense redactando El Conservador, órgano oficial durante el gobierno de Melchor Múzquiz. Con respecto a esta publicación, hay que señalar que se trató de una de las primeras veces que se utilizó la denominación de “conservador” en un medio público en el México independiente; lo que se debió a una reacción contra lo que algunos políticos de la época consideraron “excesos del liberalismo” y del federalismo.6 Sobre todo la llegada al poder y el gobierno de Vicente Guerrero (1829), quien asumió la primera magistratura tras la revuelta de La Acordada (noviembre-diciembre de 1828). De esta manera, tanto Heredia como los editores de El Conservador creían que la caída de Guerrero y la llegada a la presidencia en 1830 de los llamados “hombres de bien:” Anastasio Bustamante y Lucas Alamán, haría posible la consolidación republicana en México.7

Lo que se pretendía con la circulación de este diario era en suma “conservar” la independencia, el republicanismo, el federalismo y el orden en el país, así como la defensa de la moderación en materia política y de gobierno.

Posteriormente, Heredia se ocupó de El Fanal, periódico santannista,8 y en mayo de 1834 inició en Toluca otra revista de literatura titulada Minerva. Periódico literario, cuya finalidad fue la de “instruir y deleitar.”9

Dentro de la biografía de este cubano hay que considerar el hecho de que, a pesar de haber sido yorkino durante sus primeros años de residencia en México, se opuso a las leyes expedidas contra los españoles residentes en la república entre 1827 y 1829 (como muchos políticos mexicanos que originalmente también pertenecieron a la citada logia); respaldó el Plan de Jalapa en 1830, que desconocía la legitimidad del gobierno del presidente Guerrero y que de hecho se pronunciaba contra él; se opuso a las reformas liberales de 1833-1834; y respaldó el paso al centralismo entre 1835 y 1836.10

Así pues, se observa en su caso el tránsito hacia una ideología moderada que se revelaría plenamente durante sus últimos años de vida. En opinión de Rafael Rojas, aunque tradicionalmente se le ha presentado como uno de los precursores de la emancipación de la isla, habría que matizar y reconsiderar su posición proindependentista, dado que a partir de 1829, desengañado por lo que consideró el fracaso de las experiencias republicanas en Hispanoamérica,11 abjuró de sus ideas separatistas (con respecto a España) e intentó acercarse al gobierno colonial cubano encabezado por el capitán general Francisco Tacón con la esperanza de que se le permitiera volver a la patria.12

Por su parte, Antonio Valdés (Matanzas 1780 - México 1830) fue un maestro autodidacta que en su juventud organizó una escuela de primeras letras en La Habana. Además, editó periódicos en su natal Cuba, en Argentina y en México.

Llegó a este último país primero en 1808, con la intención de abrir un establecimiento educativo, pero en 1812 volvió a la isla, donde entre otras cosas publicó la obra: Historia de la isla de Cuba, en especial de La Habana; asimismo, amparado por la ley de libertad de imprenta establecida por la Constitución de Cádiz, editó el periódico titulado La Cena, en cuyas páginas difundió el código gaditano así como las revoluciones hispanoamericanas que comenzaron a despuntar hacia 1810.13

En 1814 partió rumbo a España, pero dado que ese año Fernando vii abolió la Constitución, se dirigió a Chile y luego al Río de la Plata, se estableció en Buenos Aires hacia fines de 1814 o comienzos de 1815. Allí se encargó de la redacción del principal periódico del ayuntamiento bonaerense titulado El Censor; asimismo, en septiembre de ese año inició la redacción del periódico La prensa Argentina.14

Hacia 1817 el gobierno del Río de la Plata lo envió como su representante ante los gobiernos de Alemania y Rusia. Sin embargo, su misión no parece haber sido muy exitosa debido a problemas con Bernardino Rivadavia, entonces delegado de las Provincias Unidas del Río de la Plata en la corte española, quien lo acusó de ser autor de un folleto en el que criticaba la revolución rioplatense.15

Quizá por eso, Valdés no regresó al Río de la Plata y desde Europa se dirigió a México, adonde llegó antes de 1821. Hacia fines de ese año fue electo al Congreso Constituyente del Imperio Mexicano por la diputación de Jalisco.

Durante esta etapa se caracterizó por ser un importante aliado de Agustín de Iturbide, ya que defendió al emperador durante sus enfrentamientos con el Congreso.16 Asimismo, elaboró un proyecto de constitución moderada “a la inglesa” en la que se proponía que el encargado del ejecutivo no estuviera supeditado al legislativo.17

A la caída de Iturbide, Valdés volvió a Guadalajara, donde fundó el periódico titulado El Iris de Jalisco, publicación que respaldaba el movimiento federalista de dicho estado. Después de 1824 se involucró en los planes para alcanzar la independencia cubana.18

Posteriormente, en la capital del país, dirigió el diario Águila Mexicana19 entre noviembre de 1825 y agosto de 1826,20 cabe apuntar que durante ese tiempo la campaña del citado periódico a favor de la intervención activa del gobierno mexicano para lograr la independencia cubana resulta verdaderamente notable, así como su enfrentamiento con todo un sector de políticos mexicanos que fueron considerados y denominados por los yorkinos como borbonistas, escoceses y en general enemigos de la libertad de América; entre ellos destacaron, particularmente para los meses en los que Valdés dirigió el Águila, los editores de otro importante periódico capitalino titulado El Sol.

El 24 de agosto de 1826 Valdés dejó la dirección del Águila, hecho para el que caben varias explicaciones, por ejemplo el que sus enfrentamientos personales con los editores de El Sol fueron subiendo de tono. 21 Pero también hay que considerar que el de 1826 fue un año especialmente conflictivo para la República mexicana, ya que se preparaban elecciones para la renovación de las cámaras en el Congreso federal, y la de varias legislaturas de los estados.22 Esto caldeó mucho los ánimos de la clase política en el país pues cada grupo trataba de posicionar a sus candidatos y su respectivo proyecto nacional a costa del desprestigio de los oponentes, y el medio privilegiado para hacerlo fue la prensa periódica; en consecuencia no sólo Valdés hizo campaña en el periódico a su cargo; pero en su caso el problema estaba en que era extranjero, por lo que muchos consideraron ilegítima su activa participación política.

Por último, con el evidente propósito de desprestigiarlo, en las páginas de El Sol encontramos reiteradamente la apreciación de que el interés fundamental del editor del Águila era la organización de una expedición armada organizada por el gobierno mexicano para lograr la independencia de Cuba.

Al avisar del cambio en la dirección del periódico, Juan Wenceslao Barquera, quien se encargaría de la publicación en adelante, indicó en las páginas del Águila que Valdés se marchaba fuera de la capital: “[…] a ofrecer a la patria sus servicios en un destino propio de sus luces y virtudes públicas.”23 Pero no se proporcionaron mayores detalles sobre su nuevo “destino;” sin embargo, todo parece indicar que volvió al Distrito Federal, pues murió en Ciudad de México en 1830.

El asunto cubano durante la primera

república federal mexicana

Como se mencionó anteriormente, uno de los temas que ocupó a la clase política de la época en el país fue la cuestión cubana y la conveniencia de apoyar la independencia de la isla caribeña, en el entendido de que la emancipación mexicana estaría en peligro mientras Cuba, tan cercana geográficamente, permaneciera en poder de la Corona española.

En consecuencia, desde su formación el estado mexicano independiente reconoció la necesidad de beneficiar la emancipación de las islas caribeñas que aun formaban parte del imperio español, con el fin de impedir que sirvieran como plataforma para un posible intento de reconquista por parte de Fernando vii.24

Ahora bien, cabe apuntar que la discusión se centró en la disyuntiva sobre si había que hacerlo de una manera activa por medio de la intervención armada, o si era preferible limitarse a la vía diplomática en la consideración de que el país acababa de salir de una larga y cruenta lucha armada. En todo caso, una parte significativa del sector político mexicano simpatizó con la idea de favorecer activamente la independencia de Cuba y por ello los cubanos fueron recibidos en el país e incluso algunos mexicanos, como Manuel Argüelles, vicegobernador de Veracruz, tomaron la iniciativa de abrir una suscripción para socorrerlos económicamente mientras permanecieran en el país.25 Así, vemos como sus actividades libertarias fueron favorecidas y hasta se apoyó la planeación de expediciones militares con ese objeto.26

Una de ellas, que partiría desde las costas de Yucatán, estaría a cargo de Antonio López de Santa Anna y de Nicolás Bravo. De acuerdo con algunos autores, José María Heredia llegó a México con el propósito de participar en dicha empresa.27 Sin embargo, este proyecto no culminó; así, el periódico veracruzano El Astro de América, editado por el habanero José Ramón Betancourt, publicó que la proyectada invasión a Cuba se suspendía hasta que el asunto fuera debatido en el Congreso de Panamá.28 Y en efecto, como veremos más adelante, la reunión de los estados hispanoamericanos en el istmo centroamericano produjo la esperanza de que uno de los primeros acuerdos que se tomarían en el Congreso sería el de liberar a la isla del dominio español: “Parece como imposible que aquella augusta reunión no dirija sus primeros connatos a la libertad de Cuba, a fin de consolidar de un modo invulnerable la libertad general de los pueblos hispanoamericanos.”29

De esta manera, fue durante las presidencias de Guadalupe Victoria (1824-1828) y de Vicente Guerrero (1829) que el propósito de apoyar la independencia cubana ocupó en mayor medida a las élites políticas nacionales, pues el tema se discutió en el Congreso mexicano y generó constantes debates públicos reproducidos en la prensa nacional.30

De acuerdo con la interpretación de Rafael Rojas, en los primeros años de la administración de Guadalupe Victoria a ciertos grupos políticos mexicanos les pareció natural la incorporación de Cuba al país,31 pero el primer ministro plenipotenciario de los Estados Unidos en México, Joel Roberts Poinsett, hizo explícito el rechazo del gobierno de Washington a que cualquier estado europeo o hispanoamericano auxiliara a los cubanos en la búsqueda de la independencia, pues la región caribeña, y en particular Cuba, fue considerada por la citada república norteamericana como de interés estratégico por su situación privilegiada en las comunicaciones vía el Atlántico.32

Ahora bien, después de que se produjo el intento de reconquista español en las costas tamaulipecas, encabezado por el brigadier Isidro Barradas en julio de 1829, el gobierno mexicano expresó que estaba dispuesto a invadir Cuba si era necesario para evitar que dichos eventos se repitieran.33

Lo que es un hecho es que a partir de la independencia novohispana, la monarquía española utilizó a la isla como base principal de operaciones para la reconquista de su perdido imperio continental americano. En vista de esto, fue en Veracruz en donde particularmente prosperaron proyectos para favorecer la independencia cubana.34 En este punto se debe considerar la actividad de la Gran Legión del Águila Negra (establecida precisamente en la provincia de Veracruz), formada hacia 1823 por Guadalupe Victoria y por el cubano Simón de Chávez, uno de cuyos propósitos fue propiciar la independencia cubana e incluso conseguir la anexión de Cuba a México.35

Por último, tal y como se mencionó antes, el reconocimiento español de la independencia de México en 1836 determinó que el gobierno nacional se declarara neutral respecto de la situación política de la mayor de las Antillas.

Valdés, Heredia y el asunto cubano

En este apartado analizaré las ideas que expresaron sobre la independencia de Cuba Antonio Valdés y José María Heredia; en la prensa capitalina mexicana, en el caso del primero, y en El Iris, primera revista ilustrada del México independiente, en el caso del segundo; aunque también incluiré lo que acerca del tema plantearon otros periódicos en el país, como una muestra de las características y proporciones que adquirió este asunto en el entorno político nacional entre 1825 y 1826, años en los que se produjeron tres acontecimientos relacionados estrechamente con el debate en torno a la cuestión cubana en el país, tales fueron: la liberación del fuerte de San Juan de Ulúa en noviembre de 1825; la posibilidad de que el gobierno nacional organizara y armara una expedición para coadyuvar activamente a la emancipación cubana; y la celebración del Congreso de Panamá entre el 22 de junio y el 15 de julio de 1826.

Respecto de lo primero, cabe considerar que la liberación del fuerte de San Juan de Ulúa, acaecida en noviembre de 1825, reforzó significativamente la idea de que la libertad cubana era imprescindible para la conservación de la independencia del resto de las naciones hispanoamericanas. Entonces encontramos en el Águila afirmaciones como la siguiente: “Réstanos ahora la emancipación de la isla de Cuba para coronar la grandiosa empresa de hacer del Nuevo Mundo el campo dilatado, la morada predilecta de la libertad.”36

Por otra parte, el asunto relativo a la expedición libertadora se debatió en el Congreso Nacional mexicano a comienzos de 1826. Así, el 28 de enero de ese año el senado acordó autorizar al gobierno para que, combinado con el de Colombia, formara una expedición armada en auxilio de los esfuerzos de los habitantes de Cuba para conseguir su independencia. En sentido contrario se manifestó la cámara de diputados el 20 de febrero siguiente, y su opinión fue la que prevaleció.

Desde las páginas del Águila, Valdés respaldó la posición del senado en la consideración de que el gobierno mexicano debía estar en la disposición de proceder contra España en armonía con el resto de América, y citó las palabras del ministro de guerra Manuel Gómez Pedraza en el sentido de que mientras la isla de Cuba estuviera ocupada por tropas españolas, sería considerada por México como el cuartel general de los enemigos.37

Por su parte, los editores de El Sol publicaron el dictamen final de la cámara de diputados en este asunto. En el citado documento, los legisladores rebatieron los dos puntos que los senadores habían tomado en cuenta para avalar la expedición a Cuba, que fueron a saber: conservar la independencia mexicana, y auxiliar a un pueblo hermano en la consecución de su libertad. En el primer aspecto, los diputados argumentaron que España no era ninguna potencia, ni tenía la capacidad económica como para hacer frente a una agresión en contra de México; pero aún en caso de que a pesar de esos inconvenientes la Corona lo intentara, se encontraría con la enérgica oposición de todos los mexicanos.

En lo relativo al segundo punto, en el dictamen se afirmó que los habitantes de Cuba eran poco afectos a la guerra, pues en su suelo nunca la habían experimentado, y tampoco existía en La Habana lo que denominaron “opinión por su independencia.” Se agregó que la población cubana estaba compuesta por tres clases: propietarios, esclavos y libertos; el primer grupo difícilmente arriesgaría su prosperidad y la posesión de sus esclavos negros. Por su parte, los esclavos y los libertos aprovecharían muy bien una convulsión en Cuba, y se repetirían allí las escenas vividas en Haití y en Santo Domingo.38 Finalmente, los diputados tampoco consideraron que el gobierno mexicano tuviera recursos económicos suficientes para armar una expedición con destino a la isla.

Por lo que concierne al Congreso de Panamá, cabe apuntar que su reunión despertó muchas esperanzas entre los cubanos en el sentido de que durante sus sesiones se aprobaría la organización de una expedición libertadora de la isla en la que participarían fundamentalmente los gobiernos de México y Colombia. Expectativas que pronto se vieron defraudadas por la posición del gobierno de los Estados Unidos al respecto.

Así, utilizando las páginas de El Iris, Heredia desaprobó la política estadounidense hacia la isla, expresada por esa república norteamericana al aceptar su participación en el citado evento. De acuerdo con la información presentada por Heredia, que es el mensaje del presidente John Quincy Adams a la cámara de representantes de los Estados Unidos del Norte sobre el Congreso de Panamá, durante su celebración uno de los puntos a tratar sería el de una hipotética invasión a Cuba y Puerto Rico por las fuerzas unidas de México y Colombia para coadyuvar a su independencia, proyecto con el que el gobierno de los Estados Unidos no estuvo de acuerdo, ya que consideró que las convulsiones a las que serían expuestos ambos países como resultado de esta invasión los pondría en riesgo de caer ellos mismos en manos de otra potencia europea, por lo que el esfuerzo estadounidense en el congreso panameño se limitaría a mantener el estado de cosas existentes, así como la tranquilidad de las islas y la paz y seguridad de sus habitantes. En concreto, Heredia se lamentó de lo siguiente en el contenido del mensaje:

[…] vemos repetida la opinión funesta de que Cuba

no puede ser libre porque tiene esclavos, sin recordar que

en los Estados Unidos hay más de un millón de ellos,

y que en Venezuela, a proporción, existían muchos más.39

En esta reflexión, Heredia aludió a la idea expresada por algunos autores y gobiernos en el sentido de que la población negra podía considerarse un obstáculo para que la isla alcanzara su independencia. Lo mismo que Linati, agregó que la causa americana estaría comprometida mientras Cuba no fuera libre. Señaló también que en manos españolas la isla sería el punto de apoyo en el que los reyes europeos afianzarían su “vocación liberticida;” pero a su vez, apuntó que ninguna potencia europea podría apoderarse de Cuba sin convocar la desaprobación de “la mitad del mundo civilizado.”40 En suma, a Heredia le parecía que la política de los Estados Unidos hacia su país de origen era demasiado tibia, y hasta la calificó de “temerosa.”

Sobre estas ideas expuestas por Heredia, cabe considerar que es un hecho incontrovertible que la población negra despertaba una gran desconfianza en el sector criollo cubano, así como entre quienes se ocuparon del tema de la independencia de Cuba en estos años, y fue considerada un obstáculo para alcanzar la independencia. Así por ejemplo, tenemos las nociones expuestas por el abate de Pradt en su Tratado sobre el Congreso de Panamá en el sentido de que la población de color era una amenaza para América, dado que los negros y los mulatos excedían en fuerza a los blancos, y en muchos casos también en número, por lo que era imperativo en su opinión detener su llegada al continente:

Todo cargamento de negros llegado a América equivale a un cargamento de pólvora destinada a abrazar el país […] En otro tiempo la cuestión de los negros era una cuestión de azúcar y café, por la multiplicación de los negros en esta comarca, ha venido a ser una cuestión entre África y América para saber a quién acabara por pertenecer esta […] en la Habana los negros impiden la independencia, y en los Estados Unidos producen una división entre los estados del sur que tienen muchos negros, y los del norte que están libres de esta plaga.41

En opinión del abate de Pradt, los negros eran feroces e ignorantes, era por ello que debía parar su tráfico y posterior traslado a América, en donde habían producido efectos muy perniciosos. Matizando un poco esta posición, Antonio Valdés consideró que las obras de Pradt mostraban un “temor exagerado a los negros,” y apuntó que la disposición de la gente de color para sacudir el yugo español podría ser útil para alcanzar la independencia:

Los hábitos y modales de la gente de color, menos hechos a la aristocracia y aproximándose en algún modo a la sencillez republicana, es una circunstancia que sabiéndose manejar con acierto podrá con ayuda de una fuerza regular extranjera hacer la independencia de aquella isla sin que costase una sola gota de sangre.42

Esto siempre y cuando existiera una “fuerza extranjera” que contuviera a la población negra en los límites adecuados para alcanzar el objetivo de la independencia cubana sin propiciar en la isla un levantamiento de otra naturaleza, pues se temía que una vez conseguida la emancipación, la gente de color se levantaría para crear un sistema de gobierno autónomo descartando a los blancos. Para el caso de los negros, a E.U. en concreto le pesaba el ejemplo de Haití, por lo que prefirió que Cuba siguiera formando parte del imperio español antes que entrar en experimentos revolucionarios en la isla.

Volviendo al tema del Congreso de Panamá, en las páginas del Águila Valdés expresó:

La esperanza final (de los cubanos) se funda racionalmente en la asamblea del istmo de Panamá. Parece como imposible que aquella augusta reunión no dirija sus primeros connatos a la libertad de Cuba, a fin de consolidar de un modo invulnerable la libertad general de los pueblos americanos.43

Pero cuando quedó clara la posición de los Estados Unidos reacia a apoyar una incursión armada para conseguir la independencia de Cuba, expuso en el mismo periódico que dicha república no tenía ninguna atribución para impedir que otros estados americanos lo hicieran, e incluso los invitó a que no asistieran al evento.44 Consideró además que al sostener esa política respecto de Cuba, los e.u. veían solamente por sus intereses estratégicos en el continente americano.

También cabe citar que la Gaceta Diaria de México, en cuya redacción participó Heredia, estuvo pendiente del asunto cubano durante los años de 1825 y 1826. Así, en diciembre de 1825 apareció tanto en este periódico como en el Águila un extenso artículo procedente del Diario de la Habana, en el que se hace una reflexión sobre el estado político de la isla que le parece interesante a Valdés, quien aprovecha el material para hacerle una serie de comentarios al margen con el objeto de: “[…] [poner] en evidencia el estado político de aquella porción interesante de la América.”45

En el artículo del periódico cubano encontramos una apología del estado ideal que vive Cuba por sus riquezas naturales y por el buen carácter de sus habitantes, de donde se desprende que lo que había que hacer era conservar la situación que privaba en ella; asimismo, se expresa el temor de que si la isla no se emancipa espontáneamente, sería obligada a hacerlo por así convenir a los intereses de los nacientes estados del continente americano.46 En sus comentarios, Valdés pretendió invalidar los argumentos vertidos en este material haciendo varios comentarios a pie de página. En la Gaceta Diaria de México encontramos la afirmación de que esos comentarios se conservaron pues parecieron acertados a sus editores.

Posteriormente, en marzo de 1826 aparece en este último periódico un artículo muy interesante del abate de Pradt titulado “Cuba,” que reproduce lo que ya hemos revisado de su pensamiento acerca de la isla, si bien aquí enfatiza la inminencia de la emancipación cubana por estar situada en un continente que había consumado la separación política respecto de España: “[…] es indispensable que Cuba entre en el gran sistema de la independencia americana […] mientras que sea española, el sistema americano no estará completo.”47

Otros periódicos nacionales y el asunto cubano

Los editores del periódico titulado Correo de la federación mexicana creían firmemente en la amenaza que representaba la España absolutista de Fernando vii para el continente americano, y en el hecho de que éste intentaría concretar una reconquista utilizando como enclave la isla de Cuba: “Parece que [el gobierno español] emplea los mayores esfuerzos para reunir en La Habana una fuerza grande de mar y tierra para efectuar los proyectos que ha formado contra el continente americano.”48 Por ello, en opinión de los autores de este artículo, se hacía indispensable que México colaborara activamente con la independencia de la isla. Así, encontramos cartas en la sección de comunicados del periódico en donde supuestos “patriotas cubanos” pedían ayuda para alcanzar dicho objetivo.49

Pero al margen de estas consideraciones, en este órgano aparece la argumentación “altruista” de que era un deber cristiano de todo pueblo libre ayudar a conseguir la liberación a aquel que permanecía bajo la tiranía. Ejemplos americanos de ello eran la ayuda que prestó el pueblo haitiano a Bolívar para que consiguiera la independencia venezolana y la ayuda que con el mismo objeto brindaron los colombianos a los peruanos.50

Ahora bien, algunos diarios de los estados también se ocuparon del tema, así por ejemplo la publicación veracruzana titulada El Mercurio abordó la cuestión cubana a raíz del descubrimiento en Ciudad de México de la conspiración del fraile dieguino Joaquín Arenas el 20 de enero de 1827.51 Una vez producido el arresto del religioso, en el periódico porteño apareció la afirmación de que España no había abandonado la idea de reconquistar América, para cuyo fin conservaba la isla de Cuba. Era pues imprescindible: “[...] que la hermosa Cuba, parte de la América septentrional, cese de pertenecer al inicuo, al monstruoso gobierno español.”52 Con lo que este diario se convirtió en uno más de los órganos informativos que en aquella época pugnaron porque el gobierno mexicano interviniera activamente a favor de la independencia cubana, en la consideración de que la isla era un enclave desde el cual España organizaba a sus partidarios para preparar una expedición de reconquista de México.

Heredia: “Cartas sobre los Estados Unidos”

Por último, me parece interesante citar este material por contener las apreciaciones de Heredia sobre los Estados Unidos antes de que dicha república expresara su oposición a una intervención libertadora en Cuba. El artículo apareció en El Iris el 14 de junio de 1826. Es un material que refleja la profunda depresión en la que cayó Heredia por verse obligado a salir de Cuba para refugiarse en un país donde todo le era extraño y hostil, desde el clima hasta el idioma. De cualquier manera, también encontramos en el texto cierta esperanza y admiración hacia los Estados Unidos, ya que constituyó para el autor:

[…] la tierra de la libertad en que se abre un asilo inmenso a todos

los oprimidos de la tierra, y donde el hombre seguro con el testimonio de su conciencia, y bajo la égida de una sabia legislación, alza la frente al

sol y no tiene que temer más que a la ley, que protectora del inocente,

es infalible y sin piedad en la satisfacción de sus agravios.53

No obstante, tal y como se mencionó antes, una vez en México el cubano manifestó una visión crítica respecto de la actitud del gobierno estadounidense hacia Cuba, pues como vimos en el mensaje del presidente Adams, el gobierno de los Estados Unidos decidió mantener el estado de cosas como estaban en la zona del Caribe y no apoyar abiertamente ningún esfuerzo por la independencia de lo que denominó “las islas.”

De cualquier manera, vale la pena considerar que esta carta nos ayuda a comprender las expectativas de los hispanoamericanos en general, y de los cubanos en particular, en el sentido de que los Estados Unidos se convirtieran en un adalid de la causa independentista. Ese país era visto como la “tierra de la libertad,” y de hecho se convirtió en refugio de muchos revolucionarios de la época. Pero a la postre, en concreto respecto de la situación cubana, terminó por decepcionar a quienes hacia 1825, como fue el caso de Heredia, ansiaban una intervención efectiva para alcanzar la independencia de la isla.

Conclusiones

A manera de conclusión, se puede establecer que Antonio Valdés estuvo muy activo en política durante sus años de residencia en México, y su injerencia en el sentido de que el gobierno nacional interviniera por la vía armada en apoyo a la independencia cubana resultó notable. En contraste, la posición de Heredia fue mucho más comedida en ese sentido y pareció asumir que tras la negativa estadounidense expresada en el Congreso de Panamá, así como la de un sector importante de los políticos mexicanos, no había mucho más que hacer.

Parte de la explicación de esta diferencia en la conducta de ambos la encontramos en los vínculos que cada uno de ellos estableció en el país. Valdés simpatizó con un sector de liberales radicales reunidos muchos de ellos en torno a la logia de York, que actuó realmente como un partido político en esos años. En consecuencia, respaldó casi todas sus iniciativas en lo relativo a la política nacional, y a la postre sufrió las consecuencias.

Varios de los extranjeros que llegaron a México en estos años tuvieron problemas por suscribir públicamente ciertas iniciativas, como por ejemplo tratar de convencer al sector gubernamental de tomar algunas medidas; así, Orazio de Attelis, marqués de Santangelo, alertó al gobierno sobre un inminente ataque de la Santa Alianza contra la independencia del país y lo interpeló a través de sus publicaciones para que actuara en consecuencia; ello se tradujo en su expulsión del país el 12 de julio de 1826.

Asimismo, los editores italianos de El Iris, quienes suscribieron las teorías de Santangelo, y previendo un inminente ataque europeo a la emancipación mexicana recomendaron el establecimiento de facultades extraordinarias para el presidente de la República, y luego una dictadura dado que lo que se necesitaba para enfrentar un ataque externo era un hombre fuerte, también tuvieron que salir del país, poco después de dar por terminada la edición de la revista. Me parece que es en este contexto en el que debe entenderse la salida de Valdés de la dirección del Águila, puesto que se ganó la animadversión de aquellos que consideraban que los extranjeros no debían inmiscuirse en la política nacional.

En este sentido, todo parece indicar que el gabinete mexicano no estaba por la labor de alarmar a los ciudadanos fomentando la idea de una invasión inminente de la Santa Alianza contra el país. Por otra parte, Valdés fue atacado por los editores de El Sol debido a lo que estos consideraron una injerencia indebida en la política nacional; así, reprobaron el apoyo otorgado por este editor cubano en las páginas del Águila al ministro de Hacienda, José Ignacio Esteva, mientras que, en sus palabras, “ridiculizaba” la gestión de otros funcionarios públicos como la del propio presidente de la República,54 esto a pesar de que el diario era costeado por el gobierno. De hecho, en aquellos meses se llegó a hablar en los periódicos de un inminente cambio del ministerio de Guadalupe Victoria.

Ahora bien, como se mencionó antes, Heredia no comulgó con algunas iniciativas yorkinas y manifestó una creciente moderación en sus ideas políticas. Fue mucho más cauto que su compatriota y por ejemplo salió de la redacción de El Iris, cuando los enfrentamientos de Galli y Linati con el sector moderado nacional fueron evidentes. Asimismo, terminaría por publicar en 1831 en el estado de México un periódico cuyo sugerente título fue El Conservador, pues su objetivo era “conservar” la paz y estabilidad del país, así como su independencia, y oponerse a las facciones consideradas radicales, mismas que habían llevado a la presidencia a Vicente Guerrero en 1829 por la vía de un motín popular en Ciudad de México.

Con relación a lo expuesto por Rafael Rojas en el sentido de que habría que reconsiderar su posición proindependentista en el caso de su país de origen, considero que es necesario ponderar la circunstancia internacional que fue determinando su opinión a ese respecto durante el periodo de estudio, época por demás convulsa y cambiante.

Así, me parece que es claro que Heredia estuvo comprometido con la independencia cubana en un primer momento involucrándose en la conspiración de Matanzas (1823), e incluso hay autores que sostienen que llegó a México con el objeto de participar activamente en la expedición libertadora que se planeaba hacia 1825;55 y si bien más adelante, desde las páginas de El Iris, reprobó particularmente la posición del gobierno de los Estados Unidos sobre el particular, todo parece indicar que para entonces no quiso contravenir públicamente la posición del grupo moderado en el gobierno mexicano, que como vimos por el dictamen de la cámara de diputados, estuvo por la no intervención armada en Cuba, esto ya en 1826.

Ahora bien, ciertamente hacia 1836 Heredia trataría de volver a la isla alcanzando un acuerdo con el capitán general Francisco Tacón. Sin embargo, nuevamente creo que es importante dimensionar el contexto internacional en el que se produjo este intento, pues el absolutismo fernandino iba quedando paulatinamente atrás después de la muerte de Fernando vii (1833), y la regencia de Ma. Cristina de Borbón se caracterizó por un significativo acercamiento a los liberales del imperio hispánico, los cubanos incluidos ya que Cuba todavía formaba parte de él. Pero sobre todo, creo que hay que tener presente que una vez que España reconoció la independencia de México en 1836, el gobierno nacional adoptó la divisa de no intervención en los asuntos internos de la isla. Es decir, las circunstancias políticas hispanoamericanas cambiaron mucho entre 1823 y 1836, cuestión que debemos tomar en cuenta para comprender en su justa medida la postura de Heredia respecto de Cuba en estos años.

1 En adelante citado como Antonio Valdés.

2 El material utilizado en este trabajo procedente de los periódicos Águila Mexicana (su ortografía se ha actualizado), El Sol y la Gaceta Diaria de México fue consultado por internet en la página de la Hemeroteca Nacional Digital de México, en: http://www.hndm.unam.mx/index.php/es/, consultada el primer semestre de 2014. Para el caso de las revistas utilicé: Linati, Galli y Heredia, El Iris. Periódico crítico y literario, 2 v., México, 1826. Edición facsimilar hecha por el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la Universidad Nacional Autónoma de México, 1988.

3 Ruiz Castañeda, María del Carmen, “Prólogo,” en Heredia, José Ma. de, Minerva. Periódico literario, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Dirección General de Publicaciones, 1972, p. vii.

4 Ruiz Castañeda, “Prólogo,” en Minerva, p. vii.

5 Sobre la salida de Heredia ver: “Manifestación,” El Iris, 21 de junio de 1826, p. 1. Sobre la explicación de su salida ver: Solá, Angels, “Escoceses, yorkinos y carbonarios. La obra de O. de Atellis, marqués de Santangelo, Claudio Linati y Florencio Galli en México en 1826,” en Historias, v. 13, (abril-junio 1986), p. 78, en https://goo.gl/Umw2N4 [consultado en septiembre de 2014].

6 Rojas, Rafael, “El tradicionalismo republicano. José María Heredia y el periódico El Conservador,” en Erika Pani (coor), Conservadurismo y derechas en la historia de México, México, Fondo de Cultura Económica, Conaculta, 2009, p. 136. Este periódico circuló entre junio de 1831 y los primeros meses de 1832.

7 Rojas, “El tradicionalismo”, pp. 145-146.

8 Rojas, “El tradicionalismo”, p. 158.

9 Ruiz Castañeda, “Prólogo”, en Minerva, pp. xi-xii.

10 Rojas, “El tradicionalismo”, p. 162.

11 Esto siguiendo la interpretación de Rojas en el artículo arriba citado.

12 Rojas, “El tradicionalismo”, p. 161. Retomaré este asunto en las conclusiones al presente trabajo.

13 Andrews, Catherine, “El proyecto constitucional de Antonio J. Valdés, 1822,” en Estudios Jalicienses, v. 87, (febrero de 2012), pp: 57-58, en: https://goo.gl/lpIhmZ [consultado en noviembre de 2014].

14 Andrews, “El proyecto”, pp. 57-59.

15 Andrews, “El proyecto”, p. 59. Acusación que posteriormente aprovecharían sus detractores en México, al señalar que había traicionado en Madrid a los independientes de Buenos Aires abusando de la confianza en él depositada: “México 19 de junio de 1826”, en El Sol, 19 de junio de 1826.

16 Andrews, “El proyecto”, p. 55.

17 Andrews, “El proyecto”, pp. 64-65.

18 Andrews, “El proyecto”, p. 57-59.

19 En este trabajo se ha actualizado la ortografía del título del Águila Mexicana, pues para los años revisados siempre aparece escrito de la siguiente manera en el original: Aguila Mejicana. Así, en adelante esta publicación será citada como Águila. Asimismo, México siempre aparece escrito con “j” y sin acento en dicho periódico, la ortografía por lo tanto también se ha actualizado.

20 Claps, Arenas, Ma. Eugenia, La producción hemerográfica que los españoles liberales exiliados en Londres dedicaron a Hispanoamérica. El caso de México (1824-1827), tesis de maestría en historia de México, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1999, p.97.

21 “México 23 de agosto. Nuevo editor,” Águila, 24 de agosto de 1826, p. 1.

22 Costeloe, Michael P, La primera república federal de México (1824-1835), México, Fondo de Cultura Económica, 1996, p. 69. Las elecciones para los representantes al Congreso se llevaron a cabo el 20 de agosto de 1826: “México 22 de agosto”, Águila, 23 de agosto de 1826, p. 1.

23 “México 23 de agosto. Nuevo editor”, Águila, 24 de agosto de 1826, p. 1.

24 Rojas, Rafael, “Entre la expansión y la defensa, 1821-1847. Primera parte: México y el Caribe, 1821-1959,” en Historia de las relaciones internacionales de México. Caribe, v. 3, México, Secretaría de Relaciones Exteriores, Dirección General del Acervo Histórico Diplomático, 2011, p. 29.

25 “Comunicado”, Águila, 25 de febrero de 1826, pp. 3-4.

26 Muñoz, Laura, “Agentes confidenciales y funcionarios consulares en el Golfo-Caribe. La labor de Feliciano Montenegro,” en Secuencia, v. 48, (septiembre-diciembre 2000), p. 73, en: https://goo.gl/qOdLPa [consultado en septiembre de 2014].

27 Guerra Vilaboy, Sergio, “México y Cuba: primeros esfuerzos por la independencia cubana, 1820-1830,” en Sotavento, 4/98, p. 43, en: https://goo.gl/XqLNi2 [consultado en septiembre de 2014].

28 Guerra Vilaboy, “México y Cuba”, p. 50. El Congreso se celebró en la ciudad de Panamá a mediados de 1826.

29 “México 14 de noviembre. Política”, Águila, 15 de noviembre de 1825, p. 1.

30 Rojas, “Entre la expansión”, pp. 29-30.

31 Rojas, “Entre la expansión”, p. 33.

32 Muñoz, “Agentes”, p. 78.

33 Rojas, “Entre la expansión”, p. 33.

34 Guerra Vilaboy, “México y Cuba”, p. 35.

35 Vazquez Semadeni, Ma. Eugenia, “Documentos. La Gran Legión del Águila Negra. Documentos sobre su fundación, estatutos y objetivos,” en Relaciones, n. 111, (2007), p. 148, en: https://goo.gl/leAbCg [consultado en octubre de 2014].

36 “México 24 de noviembre. VIVA LA PATRIA”, Águila, 25 de noviembre de 1825, p. 1. En mayúsculas en el original.

37 “México 1 de febrero”, Águila, 2 de febrero de 1826, p. 1.

38 “Dictamen de la comisión especial sobre la consulta del gobierno para sacar tropas fuera de la república, mandado insertar por la cámara de diputados en los periódicos de esta capital”, El Sol, 4 de marzo de 1826, p. 1054.

39 Heredia, “Política. Mensaje del presidente Adams a la cámara de representantes de los Estados Unidos sobre el Congreso de Panamá”, en El Iris, 29 de abril de 1826, p. 130.

40 Heredia, “Política. Mensaje del presidente Adams a la cámara de representantes de los Estados Unidos sobre el Congreso de Panamá”, en El Iris, 29 de abril de 1826, pp. 130-131.

41 “De Mr. De Pradt”, Águila, 23 de marzo de 1826, pp. 3-4. La ortografía del artículo ha sido actualizada.

42 “Noticias extranjeras”, Águila, 28 de noviembre de 1825. La ortografía del artículo ha sido actualizada.

43 “México 14 de noviembre. Política”, Águila, 15 de noviembre de 1825, p. 1. La ortografía del artículo ha sido actualizada.

44 Notas al pie en “Prosigue el mensaje del presidente de los Estados Unidos del Norte”, Águila, 24 de abril de 1826, p. 1.

45 “Libertad”, Gaceta Diaria de México, 23 de diciembre de 1825, p. 2.

46 “Libertad”, Gaceta Diaria de México, 27 de diciembre de 1825, p. 1.

47 De Pradt, “Política. Cuba”, Gaceta Diaria de México, 18 de marzo de 1826, p. 1.

48 “México 3 de abril”, Correo, 3 de abril de 1828, p. 4.

49 “Comunicados”, Correo, 4 de abril de 1828.

50 “Variedades”, Correo, 5 de mayo de 1828, p. 3.

51 El 19 de enero de 1827 se produjo en la capital de la República el arresto del religioso dieguino fray Joaquín Arenas, de origen español, por haber intentado convencer a Ignacio Mora, gobernador y comandante militar del Distrito Federal, de tomar parte en una conspiración a favor de la restauración en México del gobierno de Fernando vii.

52 “Nota de los editores”, El Mercurio, 1 de febrero de 1827, p. 3.

53 Heredia, “Cartas sobre los Estados Unidos”, El Iris, 14 de junio de 1826, p. 102.

54 “México 20 de julio de 1826”, El Sol, 20 de julio de 1826, p. 1606. Con relación a esto, cabe apuntar que Esteva renunció a su cargo como ministro de Hacienda en diciembre de 1826: Claps, “La producción”, p. 85.

55 En el artículo citado de Ricardo Guerra Vilaboy.

Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas

Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica / cesmeca - unicach

Correo electrónico: marigencingen@yahoo.com

Tzintzun. Revista de Estudios Históricos ∙ Número 65 (enero-junio 2017)

ISSN: 1870-719X ∙ ISSN-e: 2007-963X

M

Fecha de recepción: 23 de noviembre de 2015

Fecha de aprobación: 7 de junio de 2016

El estudio ambiental de los árboles

en las agrupaciones científicas mexicanas, 1869-18761

Rodrigo Vega y Ortega Baez

Resumen

Entre 1869 y 1876, las agrupaciones científicas de la Ciudad de México publicaron revistas que dieron a conocer las investigaciones de los socios sobre el reconocimiento de las especies de árboles del país en términos de utilidad comercial, industrial, terapéutica y energética, así como los esfuerzos conservacionistas. El objetivo de la investigación es comprender el interés de los socios en los árboles como motor de la modernización económica en un periodo de reajuste político.

Palabras clave: árboles, prensa, ambiente, agrupaciones científicas, México

Environmental Studies of Trees

in Mexican Scientific Associations, 1869-1876

Abstract

Between 1869 and 1876, Scientific Associations from Mexico City Published Magazines with research about the recognition of Mexican Tree Species in terms of Commercial, Industrial, Therapeutic and Energy Use and Conservation Efforts. The aim of the research is to understand the interest of the Members about the Trees as an Engine of Economic Modernization in a period of political realignment.

Key words: trees, press, environment, scientific associations, Mexico.

Étude environnementale des arbres

dans des groupes scientifiques mexicains, 1869-1876

Résumé

Entre 1869 et 1876, les groupes scientifiques de la ville de Mexico publiés magazines qui ont été libérés des partenaires de recherche sur la reconnaissance des espèces d’arbres dans le pays en termes d’utilisation commerciale, industrielle, thérapeutique et de l’énergie, ainsi que les efforts les écologistes. Le but de la recherche est de comprendre l’intérêt des partenaires dans les arbres comme un moteur de la modernisation économique dans une période de réalignement politique.

Mots clé : arbres, journaux, environnement, groupements scientifiques, Mexique.

a historia de las agrupaciones científicas mexicanas del siglo xix se ha desarrollado con vitalidad en las últimas tres décadas como parte de los estudios encaminados a comprender los procesos de profesionalización e institucionalización de las ciencias del país, así como las relaciones entre el Estado mexicano y éstas en la construcción de espacios científicos donde se desarrolló la investigación.2 Sin embargo, se han dejado de lado aspectos como su vida interna, la sociabilidad científica entre profesionales y amateurs, la formación de acervos biblio-hemerográficos, museísticos e instrumentales, y su incidencia en la transformación ambiental de México. Este último punto es el objeto de esta investigación. Los estudios sobre las asociaciones mexicanas casi han privilegiado estudios individuales, por lo que se carece de una visión de conjunto en cuanto a los objetivos de investigación que ellas compartieron en cierto lapso como el caso del examen de las especies de árboles.

El periodo de este estudio ha sido denominado por la historiografía política como la “República Restaurada” (1867-1876), durante el cual se amplió la gama de agrupaciones científicas en varias ciudades del país, aunque las de la Ciudad de México se propusieron conformar una representación nacional de la naturaleza, el territorio y la población. En este periodo histórico, convivieron la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (smge), la Academia de Medicina de México (amm), la Sociedad Minera Mexicana (smm), la Sociedad Mexicana de Historia Natural (smhn), la Sociedad Farmacéutica de México (sfm) y la Asociación de Ingenieros y Arquitectos (aia). Sólo las primeras cuatro asociaciones publicaron revistas científicas que daban a conocer las investigaciones que los socios llevaban a cabo y publicitaron el acucioso inventario de los recursos naturales de cada región, en particular las especies de árboles mexicanos de utilidad comercial, industrial, terapéutica y energética. Dichas agrupaciones se propusieron coordinar la explotación de los recursos naturales bajo una serie de técnicas para obtener sus diversos productos comercializables bajo “una organización para los distintos aprovechamientos; y una ordenación para su regulación”, como se verá páginas más adelante.3

Durante el último tercio del siglo xix, las agrupaciones señaladas desarrollaron un cúmulo de investigaciones encaminadas al estudio, inventario y transformación de los bosques mexicanos como parte de la inserción del país en la red de actividades económicas mundiales. Una situación que los grupos científicos de México compartieron con sus pares de Europa y el resto de América. La tríada “territorios-mercancías-saberes”, fue el eje en el cual los practicantes mexicanos de la Historia Natural (botánica, zoología y mineralogía) produjeron una vasta literatura científica “enfocada en atender las interrelaciones entre expansión territorial, bienes de exportación y nuevos conocimientos” que trajo consigo una paulatina transformación ambiental de prácticamente todas las regiones, pues éstas exportaban distintos recursos naturales.4

El asociacionismo de la Ciudad de México permite adentrarse en los estudios botánicos que se desarrollaron en un lapso fundamental para la modernización de las actividades económicas, gracias a que el medio científico conoció, como nunca antes, su entorno y afianzó su vínculo con los objetivos de las metrópolis científicas y económicas extranjeras.5 La historia de las ciencias naturales desde una perspectiva ambiental da pie a comprender una serie de transformaciones paulatinas a través de la inserción de la República Mexicana “en las economías mundiales como creadora y exportadora de materias primas” desde la década de 1860.6 Los practicantes de la Historia Natural, tanto profesionales como amateurs, fueron parte fundamental del proceso de transformación ambiental mediante el estudio de la flora mexicana con miras a alimentar dicho comercio hacia Estados Unidos y Europa occidental.

El objetivo de la investigación es comprender el interés de los socios de las agrupaciones científicas mencionadas a través de la fuente hemerográfica, mediante la historia social de la ciencia, en cuanto a la serie de estudios que se publicaron sobre los árboles mexicanos como motor de la renovación de la economía nacional en un periodo de reajuste político y auge científico bajo el apoyo del Estado.7 La investigación se propone responder cómo y por qué los practicantes de la ciencia estudiaron los árboles del país, dejando en segundo plano al devenir de ciencias que permitieron tal indagación.

La muestra hemerográfica se compone de 25 escritos, de los cuales se analizan 19. Éstos fueron publicados en el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (1839 al presente), revista de la smge; la Gaceta Médica de México (1864 al presente), órgano de la amm; La Naturaleza (1869-1914), periódico de la smhn; El Minero Mexicano (1873-1903) y El Propagador Industrial (1875-1876), ambas revistas de la smm. El número de escritos silvícolas refleja los intereses de los socios dependiendo de la disciplina que los reunía en cada agrupación. Estas revistas circularon entre los grupos de científicos de las regiones mexicanas, pues algunos eran socios corresponsales, así como fuera de las fronteras nacionales.

La prensa asociacionista revela que los árboles, en tanto que objeto de estudio, fueron de amplio interés para profesionistas8 como farmacéuticos, médicos e ingenieros geógrafos y de minas, así como para un nutrido conjunto de amateurs,9 que habitaban varias ciudades de la República. Los árboles fueron valorados por los socios como materia prima para el comercio y las manufacturas artesanales, refuerzo de la agricultura, ensanchamiento de la terapéutica, y material para la minería, la industria y el transporte ferroviario. De ahí que éstos en cada región se interesaran en inventariarlos para “descubrir” a los capitales los valiosos recursos susceptibles de explotación racional.

Los profesionales de la ciencia estuvieron presentes en las cuatro agrupaciones científicas mientras que los amateurs se concentraron en la smge y la smm, ya que ambas permitieron la entrada a un amplio sector de las clases media y alta del país. Ambos grupos reflejaron en los escritos sobre árboles sus procedimientos, intereses y técnicas.

La gama de artículos que se analizarán revela que los socios formaron parte de la burocracia cientifizada, de la federación y las regiones, que contribuyó al ascenso social de los individuos que poseían cierto dominio de las ciencias útiles y algún entrenamiento técnico “para hacer de la ciencia un instrumento para enderezar la acción del Estado y optimizar los rendimientos de sus empresas”.10 Las agrupaciones reunieron a individuos que demostraban públicamente capacidades para emprender el inventario de la flora mexicana, el estudio científico de las especies con propiedades afines a las demandas económicas y proponían vías racionales para su explotación. Cada agrupación era consciente de la importancia de publicar un órgano periódico y, en ocasiones, libros sobre temas particulares, con lo cual se publicitaban trabajos científicos y demandas profesionales.11

También en el lapso de la investigación, en varias ciudades mexicanas residían numerosos practicantes de la Historia Natural que participaban en las señaladas agrupaciones y eran docentes de las escuelas nacionales e institutos científicos y literarios de las capitales regionales. Algunos de ellos escribieron escritos silvícolas que a continuación se analizan, en cuanto a aspectos taxonómicos, anatomo-fisiológicos, distribución geográfica, usos populares, aprovechamiento industrial y artesanal, vías de aclimatación y opiniones sobre el proceso de deforestación.12

Los árboles y el coleccionismo

Las asociaciones científicas de la Ciudad de México desde los años fundacionales se dieron a la tarea de acopiar objetos de la naturaleza de todo el país con el propósito de poseer una colección representativa de la naturaleza nacional. A la par que se desarrollaba el coleccionismo se publicaban los estudios florísticos encaminados a determinar las especies de la República que contribuyeran al inventario de la flora mundial. Gracias a tales acciones, ésta fue aquilatada por los empresarios mexicanos, europeos y estadounidenses, mientras los gobiernos liberales posteriores a 1867 aceleraban el proceso de “satisfacer necesidades y deseos que las tierras templadas no podían lograr, [por lo que] los extranjeros empezaron a incorporar y subyugar a los trópicos” mediante el control de los recursos vegetales.13 No fue casualidad que las agrupaciones científicas distribuyeran sus publicaciones entre sus pares extranjeras como medio de legitimación académica, pero también como fuente acreditada para aquilatar la valía de los recursos de México.

El ejemplo más claro de la importancia del coleccionismo silvícola como medio para verificar el potencial económico de las especies se encuentra en el dictamen presentado en 1870 por los abogados Ignacio Ramírez (1816-1879) y Luis Malanco (1831-1888), el farmacéutico Gumesindo Mendoza (1834-1884) y el literato Ignacio Cornejo, en las páginas del Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Los autores propusieron al Estado apoyar a la corporación para encargar a las juntas auxiliares que remitieran a la capital muestras de la mayor cantidad de especies regionales para conocer las “bases perpetuas” en que se asentaría el futuro de “la empresa, de la industria, de la agricultura y del comercio”.14 Dichas muestras revelarían, en primera instancia, la diversidad vegetal, para luego emprender una serie de investigaciones que respondieran preguntas fundamentales para aprovechar la flora mexicana y aclimatar especies extranjeras, por ejemplo: ¿Cuáles eran las causas físicas generales y constantes que habían cubierto de arbolado ciertos terrenos de México, mientras otros presentaban “una desnudez perpetua”? ¿Se trataba del tipo de suelo, la temperatura o la humedad? ¿Cuáles especies crecían en cada región climática, hidrológica y edafológica? ¿Era posible aumentar los bosques de manera artificial?15 Esta serie de interrogantes tuvo por base detallar el catálogo florístico del territorio con fines económicos, para lo cual resultaba imprescindible poseer una colección botánica, es decir, tener a disposición de los socios y bajo un mismo techo la diversidad de especies arbóreas del país.

La comisión expuso varias caracterizaciones regionales de los tipos de árboles que se conocían, por ejemplo, de Sonora se sabía que los árboles crecían en

[…] dos terceras partes de su territorio en la región de las calmas, pero sus alturas orientales [alcanzaban] a detener las nubes que [habían] pasado sobre Baja California y las que se [formaban] en el Golfo de Cortés. Entre Hermosillo y Álamos [había] lluvias y ríos que [aumentaban] su caudal a proporción que la sierra se [aproximaba] a la costa y se [alejaba] de la región enseñoreada por los desiertos. Estas causas [obraban] con mayor poder en Sinaloa y en las sierras que [servían] de lindero con Durango. Pero una parte de este mismo Durango, Chihuahua, Coahuila y las llanuras de San Luis Potosí y Zacatecas [carecían] de humedad.16

Los comisionados reunieron informes geográficos, naturalistas y meteorológicos que se conservaban en el archivo o que algunos años antes se publicaron en el Boletín… Con ellos, la smge se propuso dar a conocer perfiles regionales que vincularan el tipo de arbolado con las condiciones ambientales de cada entidad. Ello carecía de representación visual a menos que los datos y explicaciones se acompañaran de muestras botánicas.

Los árboles fueron valorados en el dictamen como un preciado recurso económico como se estima en la frase: “¡cubramos de árboles nuestro suelo!”. Los autores propusieron discutir, en el pleno de la smge, las medidas científicas que permitieran transformar los pastizales, zonas semiáridas y otros paisajes en bosques al servicio de la economía.17 En 1870 aún no se daban las condiciones que permitieron años después el auge del ferrocarril, por lo que la comisión señaló que aunque los bosques eran un valioso recurso maderero, “la mitad de la República [necesitaba] la madera que a la otra mitad [sobraba] y [sobraría] por algún tiempo” ante la falta de vías y medios de comunicación eficientes, expeditos y baratos.18 Incluso consideraron que la siembra de extensos campos con árboles beneficiaría a las poblaciones cercanas y a la industria basada en la fuerza hidráulica, ya que éstos eran juzgados como la “causa poderosa de humedad y, sobre todo, de manantiales” y la crecida de los ríos.19 Aunque el objetivo de la investigación se centra en los árboles, es patente que las sociedades científicas también reconocieron la valía de otros recursos ambientales para modernizar la economía del país.

La comisión solicitó a la smge que instara a los socios corresponsales a organizar juntas agrícolas con una sección dedicada a la silvicultura, a la par que se solicitara al gobierno que destinara dinero a la fundación de cátedras en la capital de la República, ciudades comerciales, puertos y ciudades fronterizas.20 Es de suponer que el propósito de las cátedras sería la promoción de la práctica científica entre hacendados, rancheros y campesinos con el objetivo de cientifizar sus hábitos de tala y evitar que destruyeran las especies útiles para sembrar productos de autoconsumo. La smge se planteó aprovechar la red de miembros foráneos para elaborar una visión de conjunto de los recursos silvícolas y su situación, junto con algunas medidas tendientes a robustecer el número de practicantes de la Historia Natural a través de la instrucción formal, el coleccionismo botánico y la publicación de escritos en el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.

En 1873 el órgano de la smge publicó del ingeniero Vicente Reyes las “Instrucciones para la formación de colecciones de maderas de la República” como parte de la discusión colectiva suscitada en las sesiones del año anterior a raíz de las propuestas de Ignacio Ramírez, Luis Malanco, Gumesindo Mendoza e Ignacio Cornejo. Este escrito se encaminó a estandarizar la práctica de los corresponsales de las juntas auxiliares para formar una colección conjunta de árboles que evidenciara las especies que pudieran aprovecharse para la “ebanistería y el arte de la construcción, la industria, el comercio, y, sobre todo, la agricultura”. Los colectores deberían seguir algunas pautas generales como anotar:

[…] qué dimensiones [tenían] comúnmente los individuos del género a que [pertenecía], es decir, su altura y espesor aproximados, [recomendándose] que procurasen enviar ejemplares. El primer dato [era] de la mayor importancia, pues [servía] para conocer si la madera [tenía] una aplicación en el arte de las construcciones o bien, si por la pequeñez de las dimensiones del vegetal arbóreo que la [producía], su uso se [limitaría] a la ebanistería o alguna otra pequeña industria; [habrían] de tener determinada longitud los ejemplares que se [remitieran] a fin de que [pudiera] hacerse sobre ellos los experimentos para determinar los coeficientes de su resistencia a la compresión, flexión, fractura, tensión, experimentos cuyos resultados [eran] de la mayor importancia para el ingeniero, porque le [permitían] calcular a priori las dimensiones que [habrían] de tener las piezas de las construcciones para que [resistieran] con éxito a los esfuerzos a que [habrían] de estar sometidas.21

El plan era que los objetos vegetales que se recibirían en la smge poseyeran características similares que orientara a los socios para llegar a conclusiones generales sobre las especies de árboles y sus usos populares, así como la utilidad sancionada por la ciencia con base en los experimentos que se proyectaba realizar. Aunque sólo se mencionan algunos de ellos para las maderas de construcción, las “Instrucciones…” de Reyes muestran la gama de intereses económicos que permeaban los objetivos de los miembros de la agrupación. También es patente la determinación de la especie y del lugar colectado para que en el futuro se elaborara un mapa de la distribución botánica nacional que acompañaría los estudios generales y monográficos. La smge esperaba sistematizar el conocimiento producido por las muestras botánicas y los datos remitidos por cada miembro foráneo. Las “Instrucciones…” fueron concebidas como parte de una empresa de larga duración, ya que se esperaba que el envío de tales muestras se efectuara por varios años, dada la extensión del país y la diversidad de los paisajes.

El coleccionismo naturalista fomentando por la smge fue parte de la larga tradición científica de la Ciudad de México en este rubro que inició al final del siglo xviii con la erección del Real Jardín Botánico, el Gabinete de Mineralogía del Real Seminario de Minería y el Gabinete de Historia Natural.22 En este sentido, más que una innovación por parte de los socios, fue una muestra de la continuidad del espíritu del coleccionismo público que se había arraigado entre los practicantes de la ciencia mexicana. También es palpable la participación de amateurs y profesionales en la determinación de los recursos silvícolas de México y la red de socios corresponsales que ampliaron el espectro de injerencia de la smge, así como el exhorto al Estado para apoyar sus labores científicas.

Los árboles para el comercio, la industria y las manufacturas

Las revistas de las sociedades científicas muestran la diversidad de vías en que las especies arbóreas se utilizaban en México en las décadas de 1860 y 1870, y su exportación hacia Inglaterra, Francia y Alemania, entre otros países. La estructura del comercio hacia el exterior se componía de “plata acuñada en grandes cantidades y de manera secundaria tintes, maderas tintóreas y de ebanistería”, entre otras plantas como vainilla y cacao. Esta situación se remontaba a la época colonial, pues se enviaban a España dichos productos forestales que crecían de forma silvestre y hasta el siglo xix se inició la remesa de especies, hasta cierto punto cultivadas desde la perspectiva científica, como hule, henequén, guayule y chicle.23 Estas especies eran recursos comerciales que crecían de manera espontánea hasta que los naturalistas lograron comprender su ciclo de vida para cultivarlos al final de la centuria.

De manera semejante, la caoba y el cedro se exportaban en grandes cantidades desde el sur del país, así como el palo de tinte, el palo del moral y el palo del Brasil que crecían de forma silvestre.24 La mayor parte de tales productos procedían del centro y sur del país que carecían de minas, en los que la explotación de las especies arbóreas señaladas era “la principal fuente de ingresos para los comerciantes, hacendados, trabajadores y también para la administración pública, tanto federal, como estatal y municipal”, gracias al pago de derechos por corte de maderas.25 La distribución de tales especies abarcaba Centro y Sudamérica, y algunas islas del Caribe, así como estaban emparentadas con especies de Asia y África, por lo que la competencia por atraer capitales europeos y estadounidense por parte de los países tropicales se desarrolló con intensidad en el último tercio del siglo xix.

El farmacéutico Crescencio García (1817-1897), socio corresponsal de Cotija, Michoacán, escribió “Producciones utilísimas en los confines de los Estados de Michoacán y Jalisco, que pueden ser fácilmente explotadas” (1872) para el Boletín... El autor dio a la luz su escrito para dar a conocer al gobierno, los empresarios y los hombres de ciencia, las riquezas naturales de dicha región, en un momento en que en Guadalajara y Morelia se debatía en la prensa acerca de la importancia del ferrocarril en la vida comercial de ambas regiones, así como la necesidad conectar sus puertos del Pacífico con la Ciudad de México y el puerto de Veracruz en el Atlántico. El farmacéutico confiaba que una vez que se concluyera la conexión de ambos océanos, “las infinitas producciones naturales que espontáneamente [crecían] con exhuberancia” en los estados de Michoacán y Jalisco serían valoradas en Europa como materias primas para su industria.26 La confianza en el valor económico de la flora, fauna y minería de tales regiones estuvo patente en el autor, a tono con otros muchos escritos similares de la década de 1870. Es de resaltar que el farmacéutico michoacano a lo largo de su amplio artículo dejó de lado la industrialización de ambas entidades para favorecer el comercio de las especies autóctonas. Una situación que a la larga agravaría la dependencia económica de México respecto de los países de la Europa atlántica y Estados Unidos.

García subrayó que en la serranía que corría de Uruapan hasta Mazamitla abundaba el bosques de pino empleado para vigas y tablazón en la construcción, obtener trementina para fabricar aguarrás y pez; también se explotaba encino blanco, roble, palo de hacha, madroño encarnado, pingüica y tejocote para muebles; fresno y sierrilla para los artesanos tintóreos; copal para hacer barnices e incienso; pochote, granadillo, nogal, palo zopilote y songalicica para manufacturas; y lo más preciado era el bosque de hule “que tantos usos [tenía] en el día” para fabricar tejidos impermeables, como capotes, mangas, botas y calzado.27 Crescencio García publicó como anexo el “Cuadro sinóptico de las producciones naturales en los confines de los Estados de Michoacán y Jalisco” para evidenciar las especies útiles de cada localidad. Como se aprecia, las “Producciones…” y el “Cuadro…” consistieron en un inventario de la flora jalisciense y michoacana, como un documento indicativo del aprovechamiento popular de ellas, pero también de los rubros exportables.

Otro socio foráneo, a tono con el escrito anterior, que elaboró un inventario regional fue P. García, miembro de la Junta Auxiliar de Mérida, que publicó “Las frutas y maderas de Yucatán” (1873). En este escrito se mantuvo la visión de una “inagotable naturaleza que [compensaba] las penalidades inherentes a un clima ardoroso”, propio de los trópicos, a partir de una variedad casi infinita de frutas única en el mundo, compuesta de cerezas, ciruelas, albaricoques, almendras, frambuesas, fresas, peras, manzanas, membrillos, nísperos, entre otras. También las maderas yucatecas llegaban “al infinito y el número se [hacía] inconmensurable” para la construcción de casas y ebanistería, incluso los buques construidos en sus playas eran famosos en el mundo “por la duración y resistencia de sus maderas muy superiores a los que se [fabricaban] en los astilleros de Estados Unidos o de Europa” por la madera de extraordinaria dureza.28 Como en el escrito anterior, P. García desarrolló la lista de especies vegetales de la Península de Yucatán que se utilizaban de forma popular, de las cuales la mayoría carecía de un estudio científico. Es palpable que, a partir del último tercio de siglo xix, se pretendió que los bosques y selvas mexicanos se insertaran de forma extensa en el aprovechamiento industrial dentro y fuera del país a la par que seguían siendo empleados en actividades artesanales y el hogar.

El ingeniero de minas Mariano Bárcena (1842-1899) en La Naturaleza dio a conocer el estudio monográfico titulado “El marañón” (1870), un árbol que crecía en el Estado de Campeche nombrado como Anacardium occidentale. El objetivo del escrito fue “estimular a los habitantes de nuestras costas a que lo [cultivaran]” para venderlo en Europa como una especie de ornato por su hermoso follaje que se mantenía lustroso a lo largo del año. Los estudios químicos de Bárcena señalaban que podría ser utilizado como aceite terapéutico, goma para la ebanistería y madera para las manufacturas “y, por tanto, [interesaba] a la economía doméstica, a la Medicina y a las artes”.29 El autor expresó un primer intento de aclimatar al marañón en la Ciudad de México y Guadalajara para emprender estudios puntuales de carácter químico, farmacéutico e industrial para reforzar su uso económico. En la revista de la smhn fue común la publicación de monografías arbóreas que tendieron a señalar toda clase de datos referentes a cada especie y enfatizaron los usos populares y los sancionados por la ciencia. Esto es relevante para la historia mexicana de la Historia Natural, pues es común que las investigaciones privilegien los aspectos de investigación taxonómica y fisiológica como vía para interpretar la práctica de los hombres de ciencia y se deje de lado el aspecto práctico de cada artículo.

El farmacéutico Alfonso Herrera (1838-1901) disertó acerca del oyamel en 1872 en un artículo publicado en la Gaceta Médica de México, mismo que se reprodujo en 1875 en La Naturaleza. La doble publicación muestra los diversos públicos académicos de la ciencia mexicana y el interés de los árboles desde la perspectiva de los profesionales de la medicina y los practicantes de la Historia Natural de ambas agrupaciones. Sobre Abies religiosa, Herrera describió su amplia distribución geográfica que abarcaba de Mazatlán, Sinaloa, a Chilpancingo, Guerrero, y de Huichilaque, Morelos, hasta las zonas mineras de la Sierra Madre Oriental en Hidalgo. A pesar de ser una madera de mala calidad, su baratura y abundancia hacían que este árbol fuera el predilecto de las clases bajas para construir casas y cocinar. No obstante, era preciado por la facilidad con la que se extractaba la trementina para el alumbrado y “sucedáneo en los usos medicinales, así como en los artísticos”.30 Los bosques cercanos a las ciudades del centro del país se emplearon en la segunda mitad de la centuria para la iluminación urbana al sustituirse la manteca y el aceite de nabo por el aguarrás, obtenido mediante destilaciones de trementina que “implicó una explotación extensiva de esas especies arbóreas que llevó al deterioro de los bosques”.31 La intervención de los naturalistas en esta actividad extractivas aún es poco conocida en la historiografía, a pesar de los continuos artículos publicados por ello en la prensa.

En 1875 el amateur Miguel Pérez, secretario de la smm y miembro de la smge, contribuyó a El Propagador Industrial con un estudio sobre el hule (Castilla elastica). Esta planta era conocida en el mundo por revolucionar la producción de toda clase de objetos como chapas para muebles, pizarras, adornos decorativos, peines, hebillas, cinturones, arneses, cañerías flexibles para gas, calzado, ruedas de coche, imitación de objetos de marfil y hueso, como ya había señalado Crescencio García. El autor mencionó que la Castilla elastica dotaría a la República de “una nueva industria” que sólo se haría realidad cuando el gobierno apoyara a los empresarios para instalar fábricas y a los practicantes de la Historia Natural para estudiar las “localidades en que sin cuidados de ninguna especie [crecía] y [prosperaba] este árbol, perdiéndose así la considerable riqueza que de su explotación [podría] obtenerse”.32 Resalta que en varias sociedades científicas de la Ciudad de México los miembros disertaran sobre el hule y las bondades que traería su explotación e industrialización local, a diferencia de otras especies de árboles que, en general, se valoraban como rubros de exportación. Una aspiración que careció del apoyo para concretarse, pues el hule fue un producto comercial que enriqueció a las casas madereras.

Por último, el farmacéutico Manuel María Villada (1841-1924) al año siguiente publicó en La Naturaleza un estudio sobre el hule de Tabasco, Yucatán, Campeche, Chiapas y Veracruz. El autor subrayó la importancia del caucho en la terapéutica mediante una disolución en esencia de trementina para elaborar píldoras contra la tisis pulmonar y “en la cirugía sus usos [eran] más extensos y variados” para elaborar todo tipo de objetos.33 Villada mantuvo las mismas premisas que Pérez, Bárcena y García, al insistir en la importancia de la cientifización de la explotación del hule y su potencial para que despegara la industrialización mexicana. En tono semejante el ingeniero Bárcena publicó un estudio sobre la Hauya elegans en La Naturaleza en 1876, a tono con los escritos del resto de agrupaciones científicas mencionadas.

El aprovechamiento de los árboles mexicanos a partir de la década de 1860 vivió un proceso de cientifización impulsado por los profesionales y amateurs para aumentar su rendimiento como sucedió en otros países de América Latina y en las colonias asiáticas y africanas. El conocimiento científico de las especies señaladas se consideraba como la base de la riqueza y la modernización en las regiones donde crecían, en detrimento de las técnicas empíricas y los usos populares. No obstante, la carencia de medios para industrializar a las especies mencionadas robusteció el papel de México, y el resto de países tropicales, como exportador de recursos. Una situación similar a las especies terapéuticas como se hablará en las siguientes páginas.

Los árboles para la terapéutica

Los practicantes de la Historia Natural también se interesaron desde la época colonial en el estudio de la flora para aliviar las dolencias de la población. En el último tercio del siglo xix, los árboles fueron examinados desde la perspectiva química y farmacológica para inspeccionar las propiedades acreditadas por la tradición popular. Los escritos de las agrupaciones científicas exponen la disociación establecida entre la terapéutica empírica “planteada como el empleo de medios cuya eficacia, real o supuesta, carece de explicación” y la sanción de ésta a partir de la experimentación química y clínica.34 En el lapso de esta investigación se reforzó la farmacología como una disciplina “cuyo objetivo era ofrecer los conocimientos sobre los medicamentos mediante los cuales era posible exigir un correcto juicio sobre su utilización en el enfermo”.35 En este proceso los actores principales fueron médicos y farmacéuticos de la amm y, en menor medida, los amateurs.

Un primer ejemplo en este rubro data de 1870, cuando el médico Leopoldo Río de la Loza (1807-1876) analizó la goma archipín (Bursera lancifolia) para finiquitar algunas dudas expuestas en Ensayo para la materia médica mexicana (1832) de la Academia Médico Quirúrgica de Puebla. En tal obra se aseguraba que era una goma “útil en el orden terapéutico e indudablemente en el industrial”, pero la carencia de ciertos instrumentos dejaba abiertas algunas cuestiones sobre los usos médicos. Por ello, el médico emprendió diversos análisis químicos de dicha goma para determinar con exactitud “su acción fisiológica y terapéutica, así como sus aplicaciones industriales” en bien de la sociedad mexicana.36 Este artículo es una fuente para comprender la continuidad de las investigaciones del siglo xix e incluso un siglo atrás, en cuanto al estudio químico de las especies vegetales para determinar su utilidad terapéutica. No obstante, en el último tercio de la centuria los practicantes de la Historia Natural emplearon a la química para definir las propiedades industriales de la mayor cantidad de árboles, además de otros usos, como el caso de la goma archipín. Médicos y farmacéuticos eran los actores científicos mexicanos con mayor tradición en la auscultación química de la flora y la fauna.37

De nuevo el farmacéutico Alfonso Herrera publicó otro escrito, esta vez en 1872, sobre el yoyote de la Sierra Madre Occidental en la Gaceta Médica de México. La Thevetia thevetioides se caracterizaba por “denso follaje, elegancia y hermosura de sus doradas flores y la forma poco común de sus frutos”, razón por la cual los mexicas la denominaron yoyotli. Su savia era empleada por los indígenas para “curar” la sordera, sarna, dolores de muelas y tumores, mientras que el fruto se aprovechaba en la curación de úlceras.38 Dada la gama de usos terapéuticos, Herrera se propuso conocer cuáles eran las características químicas del yoyote para sancionar las “verdaderas” propiedades terapéuticas. Sin embargo, el farmacéutico señaló que carecía de un número suficiente semillas y plantas para emprender los análisis de laboratorio que requerían de varios ejemplares. Es patente que los farmacéuticos echaban mano de la botánica para describir y clasificar a cada planta como base de los estudios farmacéuticos. A la vez, se aprecia el interés por la experimentación y la importancia de los acervos de plantas vivas y secas para ello.

Herrera menciona que, junto con el médico Luis Hidalgo y Carpio (1818-1879), determinó el principio activo denominado como tevetosa. Este último llevó a cabo algunos experimentos fisiológicos con palomas ranas, conejos y perros a los que inyectaba tevetosa. Hidalgo y Carpio concluyó que la única propiedad cierta era el control de la presión arterial, aunque no descartaba que futuras investigaciones hallarían otras bondades de la planta.39 La experimentación fisiológica en diversos grupos de animales fue parte de la investigación farmacéutica sobre los árboles mexicanos, aunque era un procedimiento que requería de mucho dinero y tiempo, de los cuales carecían varios profesionales y amateurs, pero que aportaba certidumbre científica para el empleo de las especies en las boticas. Ello sirvió para que médicos y farmacéuticos convencieran a la opinión pública de preferir sus servicios en lugar de acudir a los yerberos.40

Otro estudio farmacéutico similar fue “Historia de drogas taray (Tamarix gallica)” (1876) incluido en la Gaceta Médica de México por el médico Francisco González. El único amateur que publicó un escrito terapéutico fue Manuel G. Jiménez, cuyo título es “El árbol del Perú” (1875) en La Naturaleza. El conjunto de escritos expuesto en este apartado es un ejemplo de los objetivos de varios miembros de la smhn y la amm tendientes a cientifizar la terapéutica popular y robustecer la materia médica de la época mediante la experimentación química y farmacéutica. La terapéutica científica referente a las especies de árboles mexicanos se mantuvo presente en las revistas de las agrupaciones científicas mientras se desarrollaban otras investigaciones de vocación industrial, artesanal y minera.

Los árboles para el combustible y el agua

Los árboles fueron un recurso imprescindible en varias localidades mexicanas, pues se valoraron como medios para obtener combustible casero y de la naciente industria, materia prima de los gremios artesanales y elementos de la infraestructura para el tren (máquinas de vapor, durmientes de las vías, casetas y estaciones) y el telégrafo, así como agua para asentamientos humanos y actividades agropecuarias. La minería, una de las actividades de mayor importancia y raigambre en México, tuvo un impacto contundente en las especies de árboles aledañas a los distritos mineros, pues se utilizaban para construir el andamiaje dentro de los túneles de las minas, se empleaban para escaleras, casas y cuartos, y como combustible para las diversas actividades de los mineros.41 Esta situación provocó la deforestación de las regiones centrales del país que concentraban la producción minera, el grueso de la población y el primer tendido de vías férreas.

La cuestión de los árboles como fuente de combustible estuvo presente por varios años en la prensa científica mexicana. Por ejemplo, Rafael N. de Armenta en el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística publicó “Consumo de leña en la minas del Real del Monte, en el año de 1834” (1870) a manera de una estadística histórica para dar cuenta del progresivo consumo de madera por las máquinas de vapor de tal compañía. La estadística muestra que durante 190 días de trabajo se consumieron 24 786 cargas de 12 arrobas de madera. Armenta también subrayó que el consumo de carbón vegetal en la hacienda de Regla era de 900 a 1 000 cargas semanales. El autor propuso a la smge pedir más datos a la compañía minera sobre el consumo de leña desde 1834 hasta 1870 para elaborar un perfil local del gasto de combustible que pudiera permitir al gobierno nacional tomar medidas para calcular la deforestación y determinar si el territorio albergaba el suficiente número de árboles para aportar energía al principal ramo económico.42 A pesar de la brevedad del escrito, Armenta dio los primeros pasos hacia la construcción de estadísticas históricas sobre el tema, pues sólo emprendiendo esta clase de investigaciones era factible que la corporación emitiera un dictamen al respecto que permitiera a los gobiernos estatales y federal tomar medidas para racionalizar la explotación maderera. Un escrito anónimo semejante fue “Combustible para las máquinas de vapor” (1869) también publicado en el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.

El ingeniero de minas Pedro López Monroy en El Minero Mexicano dio a conocer “Observaciones sobre algunos combustibles minerales de México” (1873), para convencer a la opinión pública de la importancia de apoyar los estudios mineralógicos como medio científico en el aprovechamiento de recursos que aportaban mayor energía a las máquinas que la madera. Para el autor, México debía seguir los pasos de “Gran Bretaña que [se reputaba] como la reina del comercio y de los metales, [debía] casi en su totalidad el esplendor de su industria y el desarrollo” comercial a los minerales del subsuelo para todo tipo de usos industriales y domésticos.43 La referencia a una de las potencias económicas del mundo fue una vía para centrar la mirada de los lectores en el carbón como recurso energético que robustecería la industrialización y el tendido de vías férreas. El autor desarrolló un amplio escrito para exaltar las bondades de la mineralogía frente a la botánica en este rubro económico. Situación que a la larga beneficiaría la posición social de los ingenieros como los expertos en la explotación de los yacimientos carboníferos.

El ingeniero explicó que en Europa los países mineros habían reforzado sus industrias y trenes al “proporcionarse combustible, independientemente del que [se obtenía] del reino vegetal”, con lo cual se hacía más eficiente el consumo energético y se conservaban los bosques para atraer la lluvia, como ya se había expresado años antes en el seno de la smge. Los ingenieros de minas serían los profesionales encargados de explorar el subsuelo mexicano para evitar el “destrozo de los arbolados para proporcionarse en un año el combustible que en Inglaterra y Estados Unidos se [consumía] en unos cuantos días”.44 Como es sabido, los intereses de los ingenieros se impusieron en todo el país a partir de la década de 1880 frente al papel de los practicantes de la botánica en el aprovechamiento de los recursos energéticos.45 Un escenario que hizo posible la modernización económica de México a través del despegue de la infraestructura industrial.

El ingeniero de minas Santiago Ramírez (1841-1922) publicó en el mismo año en las páginas de El Minero Mexicano otro artículo sobre el valor de los minerales frente a la madera como energía industrial. El interés de los profesionales de la minería estuvo en insistir al público que los combustibles eran el “germen fecundo de prosperidad y de riqueza” por ser la base de todos los ramos económicos modernos, ya que encerraban “en su propia sustancia el agente universal a cuya poderosa acción nada [se resistía], cuyos efectos se [utilizaban] en todos los usos” que el hombre había ideado.46 La amplia tradición de la mineralogía y la ingeniería de minas que desde el final del siglo xviii estaba concentrada en el beneficio del oro y la plata, en la década de 1870 dio un giro hacia la extracción de metales industriales y energéticos que se demandaban en el extranjero, pero también como materia prima para el impulso industrial de México. Los ingenieros de minas se propusieron convencer al gobierno, los empresarios y la opinión pública de abandonar el corte empírico de maderas para abrir la puerta a los profesionales de la minería.

En el mismo tono, la “Estadística que la Diputación del Mineral del Chico remite a la Sociedad Minera Mexicana del territorio de su comprensión” (1873), dada a conocer en El Minero Mexicano, dejó ver que los bosques eran un recurso de gran valor para la industria minera para mantener el régimen de lluvias constante en cada distrito. Esta situación hacía posible que los ríos y manantiales locales gozaran de agua todo el año que estaba a disposición de la vida diaria de los mineros y para los motores de las máquinas empleadas en el desagüe de minas, moliendas y fundiciones de las haciendas de beneficio. En el Mineral del Chico, Hidalgo, la corporación minera se había esforzado en mantener un área vedada del bosque circundante para los fines expresados. No obstante, algunos talamontes furtivos cortaban árboles, por lo cual la Diputación decidió establecer la Comisión de Bosque constituida por seis celadores que recorrían a diario la zona para hacer cumplir el reglamento de veda.47 La “Estadística…” revela otro interés de los ingenieros de minas respecto de los árboles, ya que además de la competencia entre madera y carbón para generar energía, los bosques eran un recurso imprescindible para asegurar agua constante para el funcionamiento de la minería mecanizada en todas sus fases, así como dotar del vital líquido a las poblaciones mineras.

La smm que congregó a los interesados en la explotación de las minas, en particular ingenieros, se propuso expresar en sus órganos impresos su punto de vista sobre los bosques para influir en la opinión pública. Hoy sabemos que en la competencia entre el carbón vegetal y el mineral, el segundo se afianzó como el principal combustible hasta la extracción moderna de petróleo en el siglo xx. En lo que los miembros de la smm carecieron de fuerza fue la conservación de zonas boscosas aledañas a los distritos mineros para mantener los recursos hídricos. Una aspiración compartida con otros practicantes de la botánica como se mencionará a continuación.

Los árboles y la conservación

Hasta aquí los escritos de las cuatro revistas científicas capitalinas muestran el aprovechamiento de las especies arbóreas en diversos rubros. Sin embargo, otro grupo de artículos se encaminó a la conservación de los bosques ante el visible deterioro en varias regiones mexicanas. Por esta razón, amateurs y profesionales de la ciencia efectuaron diversos estudios para conocer si la deforestación tenía consecuencias dañinas a la sociedad, como la erosión, los cambios en el sistema de drenaje natural, la modificación del régimen de lluvias, la extinción de especies, incluso el encarecimiento de materias primas, o si tales situaciones se debían a otras causas naturales.48 Éstos publicaron opiniones acerca de la importancia de que el Estado regulara la explotación maderera para mantener el “equilibrio” de la masa forestal para asegurar su aprovechamiento racional por largo tiempo, lo que “no significaba el rechazo a toda actividad de explotación”.49

La conservación en el siglo xix se refería a “prevenir de la destrucción o del agotamiento los recursos naturales […] defendiendo paralelamente una explotación equilibrada, es decir, no esquilmadora o despilfarradora del medio físico”.50 Esta concepción se aprecia en México desde 1869 cuando los redactores del Boletín… emitieron un panorama de la rápida destrucción de los bosques mexicanos, pues

[…] espacios enteros cubiertos poco tiempo antes de arboledas [aparecían] desnudos o sembrados de cebada o trigo. El consumo de leña de las panaderías, baños, locomotoras, fábricas de loza, [era] enorme y diariamente se [derribaban] y [destruían] doble o triple número de árboles del que sería necesario, si se hiciese un corte ordenado. Otro tanto [podía] decirse de los árboles que se [destinaban] para labrarlos para objetos de las artes o la industria. Tiempo [llegaría], y no [estaba] remoto, en que [se tuviera] necesidad de [importar] madera de Estados Unidos y Rusia. En cuanto a las minas, [había] infinitas que no se [trabajaban] por falta de combustible o por el alto precio de las maderas necesarias para andamios y edificios. La Sociedad [creía] uno de sus deberes y, acaso el más sagrado, de llamar la atención del gobierno, de los gobernadores de los estados, de los ayuntamientos y de los hacendados, para que en la parte que les [tocaba] y, según sus facultades y posibilidad, [contribuyeran] a contener el mal.51

Los redactores perfilaron el conjunto de actividades económicas que afectaban de forma directa el arbolado, casi todas ellas tradicionales, sin las cuales la sociedad mexicana carecería de recursos para ampliar el proceso modernizador. Resalta que la smge se consideró un cuerpo de intelectuales capaz de dirigir las acciones científicas encaminadas a detener y, de ser posible, revertir el proceso de deterioro ambiental. Hay que recordar que entonces era la agrupación mexicana de mayor longevidad y que la smhn estaba recién formada, mientras que la amm se centraba en el ámbito médico-farmacéutico. Como seguimiento de la situación ambiental, los redactores incluyeron los escritos de los abogados Hilarión Romero Gil (1822-1899) y Antonio Salonio (1841-¿?) para que la opinión pública conociera el estado de los bosques y pedir el auxilio “de las personas instruidas de los estados” y así reemitieran datos y observaciones locales, para que la smge elaborara un perfil del general de la situación. Este exhorto antecedió al dictamen de 1870 acerca de la importancia de formar una colección de especies arbóreas. En este sentido, los miembros de las smge fueron construyendo un proyecto de inventario, estudio y conservación de los árboles entre 1869 y 1876.

Romero Gil publicó, a nombre de la Junta Auxiliar de Guadalajara, el escrito “Destrucción de los bosques en el Estado de Jalisco” (1869) para ofrecer a los socios un panorama de “ese mal existente en los países bárbaros o poco civilizados”.52 El apelativo de “bárbaro” para una sociedad que dilapidaba su riqueza natural es constante en los discursos conservacionistas de la época, pues las pautas racionales mostraban que preservar los bosques daba la oportunidad de aprovecharlos por varias generaciones, en lugar de derribarlos para usos doméstico o agrícola. La constante participación de las juntas auxiliares regionales reforzó el papel de la smge como agrupación centralizadora del conocimiento científico y árbitro de las necesidades de la nación. De esta manera, la Sociedad acopió año con año datos, objetos y proyectos referentes al tesoro botánico de México. Esto fue seguido por las otras sociedades científicas de la época, pero bajo objetivos médico-farmacéuticos, mineros y naturalistas.

Antonio Salonio en el “Reglamento para la conservación y aumento de bosques” de 1845, año en que era gobernador del Departamento de Veracruz, estableció que:

Capítulo i. Juntas Conservadoras de arbolados y sus atribuciones. Art. 1º. A los ocho días de publicado el presente reglamento se instalará en las cabeceras de partido una junta que se denominará Junta Protectora de Arbolados. Art. 2º. Serán vocales natos de esta junta el prefecto o subprefecto como presidente, el párroco, el síndico del ayuntamiento (donde lo haya y donde no, el juez de paz menos antiguo) y dos individuos labradores que nombrará la respectiva prefectura o subprefectura [...] Art. 5º. Son obligaciones de las juntas: […] ii. Proponer al gobierno las reformas, adiciones o variaciones que estimen conducentes al objeto a que ella se dirige. iii. Dictar por sí las disposiciones que le competa […] a la conservación de bosques y arbolados. iv. Remitir al gobierno anualmente un estado especificativo de los bosques existentes en el partido […] Hacer que se vigilen los cortes de maderas bajo las reglas que se contienen en esta ordenanza y las que se prescriban.53

El reglamento de 1845 fue incluido en el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística en 1869 por la vigencia del deterioro forestal. En primer lugar salta a la vista la erección de juntas locales para resguardar los recursos botánicos como medida para ayudar al Poder Ejecutivo Departamental en solucionar tal situación. La élite de cada partido, que valoraba a la ciencia como guía en las “mejoras materiales”, conformaría cada junta y tendría como primera responsabilidad proponer las medidas que se ajustaran a la realidad de su jurisdicción. También es interesante la mención a las estadísticas anuales de cada partido que, al remitirse a la capital departamental, formarían un perfil regional para distinguir las situaciones locales. Un procedimiento adoptado décadas después por la smge mediante las juntas auxiliares. Es claro que la vigilancia de los bosques correría a cargo e la élite local, pero bajo un reglamento único para todo el departamento. Aunque esta propuesta careció de uniformidad en todo el departamento, sentó la base para que en otras regiones y algunas instancias científicas se propusieran sistematizar la conservación forestal.

Un año después, Manuel Payno (1810-1894) publicó “Bosques y arbolados” a manera de un dictamen leído en la smge “pensando que [pudiera] servir de complemento o de ampliación para ilustrar una discusión que [era] de todo punto útil a la República” una vez que las autoridades nacionales, regionales y locales se concienciaran de la gravedad de la situación. El autor se pregunto: ¿Quién había cuidado y cuidaba de los bosques? ¿Qué reglas se habían seguido en este ramo? ¿Qué penas se aplicaban a los que quemaban, talaban y arruinaban los bosques? Y afirmó que tales interrogantes eran de la mayor envergadura si se consideraba que “la plata no [hacía] más que salir de la minas y ponerse en camino para Veracruz, y a veces ni aún el beneficio de la acuñación [dejaba], mientras las maderas y los bosques [daban] la existencia a poblaciones enteras”.54 En efecto, la minería se concentraba en ciertas regiones del centro y norte del país, mientras que prácticamente todas las entidades políticas de México explotaban los árboles en los rubros analizados páginas arribas. De ahí que el autor supusiera que la flora era un recurso igual o más valioso que los minerales. Payno, como vocero de los hombres de ciencia, propuso que la smge,

1°. Suplicará al gobernador del Distrito mandar las noticias siguientes: Primera. El número de expendios de leña, madererías, carpinterías y carbonerías [de] la ciudad. Segunda. El número de baños, panaderías, bizcocherías, herrerías, fábricas diversas movidas con agentes de vapor, y la cantidad de leña y carbón que [consumían] diariamente. 2°. Suplicará al señor administrador de la aduana de la capital que remita una noticia de las maderas, leña y carbón introducidas por las garitas en los años fiscales de 1867 a 1870. 3°. Suplicará a los gobernadores de los estados de México, Hidalgo y Morelos que remitan una noticia de los montes que [hubiera] en sus respectivas demarcaciones [...] 4º. Suplicará a los directores de ferrocarriles de Puebla, Guadalupe y Tlalpan que envíen una noticia del consumo diario de leña.55

La iniciativa de Payno reafirmó las acciones encaminadas por la smge desde 1869 para erigirse en el cuerpo científico que velaría por la preservación de los bosques, a la vez que reunía material para conocer el estado en que avanzaba la deforestación en el centro del país. Para ello, la Estadística sería una ciencia imprescindible para la elaboración de leyes del ámbito regional y federal. Dicha iniciativa se vincularía con la colección de maderas mexicanas para determinar la gravedad de la explotación en cada región y especie.

Por último, el socio Manuel Balbontín (1824-1894), coronel de Artillería, publicó “Los bosques” (1873) para denunciar el “furor insensato” que envolvía a los habitantes de la República al abatir “los bosques sin calcular los graves perjuicios que [resultaban] a la nación de semejante barbarie y la fatal herencia que [se legaría a los] descendientes”.56 Como ejemplo de la situación que privaba en el país al inicio de la década de 1870, Balbontín escribió que la hacienda de Aguanueva, Coahuila, conocida por la batalla del 7 de enero de 1811 entre los insurgentes del general José Mariano Jiménez (1781-1811) y los realistas del brigadier Antonio Cordero y Bustamante (1753-1823), así como por un enfrentamiento en la guerra entre México y Estados Unidos, había sufrido un grave deterioro ambiental. El relato del coronel narró que la hacienda “era un oasis, lleno de agua y de vegetación frondosa” que acogía al viajero después de varias horas de camino en medio de una vegetación semiárida. En 1872 el autor atestiguó que la hacienda ya no era ese célebre paraíso, pues el dueño había talado el bosque y “en vez del arroyo de agua pura que saturaba el ambiente de agradable frescura”, los habitantes gastaban fortunas en acarrear el agua “para no morir de sed”.57 El testimonio de Balbontín reflejó los cambios ambientales producto de malas decisiones por parte individuos, quienes al desconocer las bases científicas de la explotación silvícola, destruían su fuente de riqueza. La relación intuitiva entre árboles y agua que se estableció en el último tercio del siglo xix dentro de las agrupaciones científicas, fue fruto de amplios debates en las siguientes décadas.

Las propuestas para conservar los bosques mexicanos se basaron en el interés de los intelectuales como garantes de la vigilancia de los recursos naturales ante las élites locales y el Estado. A partir de la Estadística y la Historia Natural, los amateurs y profesionales reunidos en las corporaciones científicas dieron los primeros pasos hacia una representación del deterioro del ambiente nacional. Esto también se evidencia en otros escritos como “Noticias estadística del Distrito de Tacámbaro” (1872) de Antonio Gual y Julio Magaña, miembros de la Junta Auxiliar de Tacámbaro de Codallos, Michoacán, y de forma anónima se publicó “Plantación de árboles” (1875) en El Propagador Industrial.

Consideraciones finales

La historia del asociacionismo mexicano en los siglos xix y xx aún es tema abordado de forma superficial, pues las revistas de las cuatro sociedades aquí analizadas, aunque son bastante conocidas en la historiografía de la ciencia mexicana, se les ha explorado más para conocer el devenir de las disciplinas científicas que los objetivos asociacionistas. También la dinámica de las agrupaciones culturales de carácter regional y de las juntas auxiliares de las corporaciones de la Ciudad de México carecen de más investigaciones profundas. Además, falta conocer de manera más clara el entramado de agrupaciones regionales y si sus intereses estaban relacionados o no. Ejemplo de ello es la relación entre los miembros de las asociaciones y la transformación ambiental del país.

El estudio de las especies arbóreas da pie a conocer la vida pública de las sociedades científicas capitalinas al entender los objetivos que compartieron, la gama de profesionales y amateurs de la Historia Natural que pertenecieron a varias de ellas, los proyectos económicos que impulsaron desde la racionalidad científica, entre otras cuestiones. De esta forma, se tienden lazos entre la historia de la ciencia y la historia ambiental, pero también con la historia económica, política y regional.

Es interesante que el tema vegetal congregó a distintos grupos de profesionales y una variedad de amateurs repartidos en varias partes de México, quienes de forma colectiva emprendieron una serie de investigaciones sobre los recursos del territorio. La historiografía de la ciencia mexicana centrada en el último tercio de la centuria ha señalado en reiteradas ocasiones que ingenieros, médicos y farmacéuticos se encargaron de la investigación científica y ha dejado de lado la valiosa y continua participación de los amateurs. El estudio de ambos grupos proporciona un análisis más complejo y profundo de la práctica de las ciencias naturales mexicanas del que se contempla en la actualidad.

La muestra hemerográfica analizada fue un corpus de investigaciones silvícolas desarrollado entre 1869 y 1876 como parte de los primeros pasos que los practicantes de las ciencias naturales dieron hacia la modernización de la economía mediante la investigación científica que dictaba las pautas del aprovechamiento y conservación racionales de la flora. Esto con el objetivo de crear un mercado nacional que vinculara los centros regionales de explotación de recursos naturales entre sí y con las metrópolis que los demandaban, así como con el paulatino crecimiento de la industria nacional. Los científicos mexicanos señalaron las vías en que era posible aprovechar los recursos silvícolas para atraer capitales.

También es patente que los autores se desempeñaron como colectores botánicos, quienes hicieron posible continuar el inventario de la inmensa flora nacional, a la vez que algunos poseían los medios para hacer experimentos, como el caso de la terapéutica. Éstos, de igual manera, se vincularon a las instituciones y escuelas científicas, al ámbito gubernamental regional y nacional, y a los empresarios, por lo que los órganos impresos de las agrupaciones de las que formaron parte buscaron interlocutores en esta triada.

Es necesario emprender investigaciones que retomen el papel de las agrupaciones científicas, tanto en el estudio de las especies de árboles en las décadas de 1880 a 1910, como en la gama de objetos científicos que se sometieron a rigurosas investigaciones por los socios, como los metales industriales, el agua, el petróleo, entre muchos otros. También hace falta comprender si los escritos de las agrupaciones capitalinas representaron un interés local o nacional, y cómo fue la recepción de los escritos por el público regional.

1 Esta investigación es parte del proyecto papiit núm. in 301113-RN 301113: “La Geografía y las ciencias naturales en algunas ciudades y regiones mexicanas, 1787-1940”. Responsable Dra. Luz Fernanda Azuela, Instituto de Geografía-unam. También es parte del Seminario piffyl (2015-001) “Historiografía sobre las relaciones entre ciencia y prensa en la historia de México”. Responsable Dr. Rodrigo Vega y Ortega, Facultad de Filosofía y Letras-unam.

2 Véase Azuela, Luz Fernanda, “La Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, la organización de la ciencia, la institucionalización de la Geografía y la construcción del país en el siglo xix”, en Investigaciones Geográficas, 52, 2003, pp. 153-166; y Rodríguez, Martha Eugenia, “La Academia Nacional de Medicina de México (1836-1912)”, en Gaceta Médica de México, 149, 2013, pp. 569-575.

3 García Fernández, Jesús, “La explotación de los montes y la humanización del paisaje vegetal (cuestiones de método previas)”, en Investigaciones Geográficas, 29, 2002, p. 12.

4 Gallini, Stefanía, “Historia, ambiente, política: el camino de la historia ambiental en América Latina”, en Nómadas, 30, 2009, p. 97.

5 Véase Gómez Rey, Patricia, “Los escenarios del interior de la República Mexicana: las geografías estatales”, en Luz Fernanda Azuela y Rodrigo Vega y Ortega (Coordinadores), Espacios y prácticas de la Geografía y la Historia Natural de México (1821-1940), México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2014, pp. 151-171.

6 Tortolero, Alejandro, “La historia ambiental en América Latina. Por un intento de historizar la ecología”, en Signos Históricos, 16, 2006, p. 11.

7 Sobre un periodo posterior de la presente investigación véase Vega y Ortega, Rodrigo: “Los naturalistas mexicanos y los temas ambientales publicados en La Naturaleza (1870-1905)”, en Celina Lértora (Coordinadora), Territorio, recursos naturales y ambiente: hacia una historia comparada: estudio a través de Argentina, México, Costa Rica, Haití, Paraguay, Uruguay y Venezuela, Buenos Aires, Fundación para el Estudio del Pensamiento Argentino e Iberoamericano, 2013, tomo i, pp. 387-426.

8 Los profesionales de la ciencia en la época son los individuos que cursaron una licenciatura en alguna institución educativa y que al concluir obtuvieron un certificado, por ejemplo médicos, farmacéuticos e ingenieros (de minas y geógrafos), junto con aquéllos que carecían del certificado pero laboraban en instituciones públicas con un cargo similar al de los titulados por su trayectoria y especificidad disciplinar.

9 Los amateurs son individuos que carecían de un certificado de estudios superiores en alguna rama de la ciencia, como abogados, sacerdotes funcionarios de distintos niveles de gobierno, hacendados, rancheros, empresarios, silvicultores, artesanos e incluso mujeres.

10 Azuela, Luz Fernanda, “Comisiones científicas en el siglo xix mexicano: una estrategia de dominación a distancia”, en Eulalia Ribera, Héctor Mendoza y Pere Sunyer (Coordinadores), La integración del territorio en una idea de Estado, México y Brasil, 1821-1946, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2007, p. 84.

11 Azuela, “La Sociedad”, p. 156.

12 Véase Vega y Ortega, Rodrigo, “Recreación e instrucción botánicas en las revistas de la Ciudad de México, 1835-1855”, en Historia Crítica, 49, 2013, pp. 109-133.

13 Arnold, David, La naturaleza como problema histórico. El medio, la cultura y la expansión de Europa, México, Fondo de Cultura Económica, 2001, p. 148.

14 Ramírez, Ignacio, Gumesindo Mendoza, Luis Malanco, e Ignacio Cornejo, “Dictamen de la comisión de la Sociedad”, en Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, ii, 1870, p. 14.

15 Ramírez, Mendoza, Malanco y Cornejo, “Dictamen de la comisión”, p. 15.

16 Ramírez, Mendoza, Malanco y Cornejo, “Dictamen de la comisión”, p. 16.

17 Véase Cuevas, Consuelo, “Raíces profundas de la botánica en México”, en Francisco Dosil (Coordinador), Faustino Miranda. Una vida dedicada a la botánica, Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2007, pp. 191-214.

18 Ramírez, Mendoza, Malanco y Cornejo, “Dictamen de la comisión”, p. 20.

19 Ramírez, Mendoza, Malanco y Cornejo, “Dictamen de la comisión”, p. 17.

20 Ramírez, Mendoza, Malanco y Cornejo, “Dictamen de la comisión”, p. 24.

21 Reyes, Vicente, “Instrucciones para la formación de colecciones de maderas de la República”, en Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, i, 1873, p. 122.

22 Véase Rico, Luis Fernanda, Exhibir para educar. Objetos, colecciones y museos de la Ciudad de México (1790-1910), México, Pomares-Universidad Nacional Autónoma de México-Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2004.

23 Kuntz, Sandra, “El patrón del comercio exterior en México y Europa, 1870-1913”, en Sandra Kuntz y Horts Pietschmann (Editores), México y la economía atlántica: siglos xviii-xx, México, El Colegio de México, 2006, p. 151.

24 Kuntz, Sandra, Las exportaciones mexicanas durante la primera globalización 1870-1929, México, El Colegio de México, 2010, p. 346.

25 Vadillo, Claudio, “Extracción y comercialización de maderas y chicle en la región de Laguna de Términos, Campeche, siglo xix”, en Mario Trujillo y José Mario Contreras (Coordinadores), Formación empresarial, fomento industrial y compañías agrícolas en el México del siglo xix, México, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, 2003, p. 299.

26 García, Crescencio, “Producciones utilísimas en los confines de los Estados de Michoacán y Jalisco, que pueden ser fácilmente explotada”, en Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, iv, 1872, p. 557.

27 García, “Producciones utilísimas”, pp. 561-562.

28 García, P., “Las frutas y maderas de Yucatán”, en Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, i, 1873, p. 189.

29 Bárcena, Mariano, “El marañón”, La Naturaleza, i, 1870, p. 336.

30 Herrera, Alfonso, “El oyamel”, La Naturaleza, ii, 1875, p. 217.

31 Juárez, José Juan, “Alumbrado público en Puebla y Tlaxcala y deterioro ambiental en los bosques de La Malintzin, 1820-1879”, en Historia Crítica, 30, 2005, p. 14.

32 Pérez, Miguel, “El hule”, en El Propagador Industrial, i, 1875, p. 372.

33 Villada, Manuel María, “El árbol del hule”, en La Naturaleza, iii, 1876, p. 329.

34 Hersch, Paul, “La influencia de la fitoterapia francesa en México y el cometido de una terapéutica individualizada”, en Javier Pérez Siller (Coordinador), México Francia: memoria de una sensibilidad común. Siglos xix-xx, Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 1998, tomo i, p. 281.

35 Hersch, “La influencia”, p. 281.

36 Río de la Loza, Leopoldo, “La goma archipín”, en Gaceta Médica de México, v, 1870, p. 322.

37 Véase Azuela, Luz Fernanda y Rafael Guevara, “Las relaciones entre la comunidad científica y el poder político en México en el siglo xix, a través del estudio de los farmacéuticos”, en Patricia Aceves (Coordinadora), Construyendo las ciencias químicas y biológicas, México, Universidad Autónoma Metropolitana, 2000, pp. 239-257.

38 Herrera, Alfonso, “El yoyote”, en Gaceta Médica de México, vii, 1872, p. 285.

39 Herrera, “El yoyote”, p. 291.

40 Véase Vega y Ortega, Rodrigo, “Algunas reflexiones profesionales expuestas en las tesis de Farmacia de la Escuela Nacional de Medicina. La década de 1890”, en Eä. Revista de Humanidades Médicas y Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología, iii: 2, 2011, pp. 1-29.

41 Reygadas, Pedro, “Un mundo subterráneo de la significación: los mineros mexicanos”, en Relaciones, xxx:118, 2009, p. 36.

42 Armenta, Rafael N. de, “Consumo de leña en la minas del Real del Monte, en el año de 1834”, en Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, iii, 1870, p. 509.

43 López Monroy, Pedro, “Observaciones sobre algunos combustibles minerales de México”, en El Minero Mexicano, i, 1873, p. 5.

44 López Monroy, “Observaciones sobre algunos”, p. 5.

45 Véase De la Torre, Federico, “La Historia Natural como preocupación del gremio de ingenieros jaliscienses, siglo xix”, en Luz Fernanda Azuela y Rodrigo Vega y Ortega (Coordinadores), Espacios y prácticas de la Geografía y la Historia Natural de México (1821-1940), México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2014, pp. 127-149.

46 Ramírez, Santiago, “Combustibles minerales”, en El Minero Mexicano, i, 1873, p. 1.

47 “Estadística que la Diputación del Mineral del Chico remite a la Sociedad Minera Mexicana del territorio de su comprensión”, en El Minero Mexicano, i, 1873, p. 5.

48 Bowler, Peter, Historia Fontana de las ciencias ambientales, México, Fondo de Cultura Económica, 2000, p. 230.

49 Bowler, Historia Fontana, p. 231.

50 Urteaga, Luis, La tierra esquilmada, Barcelona, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, El Serbal, 1987, p. 10.

51 Redactores, “Selvicultura”, en Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, i, 1869, p. 9.

52 Romero Gil, Hilarión, “Destrucción de los bosques en el Estado de Jalisco”, en Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, i, 1869, p. 10.

53 Salonio, Antonio, “Reglamento para la conservación y aumento de bosques”, en Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, i, 1869, pp. 14-15.

54 Payno, Manuel, “Bosques y arbolados”, Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, 2 (1870), p. 81.

55 Payno, “Bosques y arbolados”, pp. 90-91.

56 Balbontín, Manuel: “Los bosques”, Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, 1 (1873), p. 144.

57 Balbontín, “Los bosques”, p. 147.

Departamento de Historia . Facultad de Filosofía y Letras - unam

Correo electrónico: rodrigo.vegayortega@hotmail.com

Tzintzun. Revista de Estudios Históricos ∙ Número 65 (enero-junio 2017)

ISSN: 1870-719X ∙ ISSN-e: 2007-963X

Tzintzun. Revista de Estudios Históricos ∙ Número 65 enero-junio 2017 ∙ ISSN: 1870-719X ∙ ISSN-e: 2007-963X

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Fecha de recepción: 19 de mayo de 2015

Fecha de aprobación: 17 de septiembre de 2015

Los “otros” mexicanos.

La visión de los intelectuales decimonónicos

de los afrodescendientes

Ma. Dolores Ballesteros Páez

Resumen

Este trabajo presenta las distintas visiones de intelectuales reconocidos del siglo xix como Fray Servando Teresa de Mier, Lorenzo Zavala, Lucas Alamán y José Luis Ma. Mora sobre la población afrodescendiente. El aporte de este artículo reside en recuperar múltiples miradas sobre esta población de los pensadores más relevantes de la primera mitad del siglo xix que marcarían la política y la historiografía de las subsiguientes décadas en torno a la población de origen africano en México. Se concluye que la preocupación por crear una nación moderna, homogénea, enfrentando una realidad de amplia diversidad étnica, lingüística y cultural junto con el conocer y reproducir prejuicios raciales publicados en los trabajos sobre taxonomía de los grupos humanos influyeron en el silenciamiento de la presencia afrodescendiente en la historia nacional.

Palabras clave: afrodescendientes, intelectuales, siglo xix, narrativa histórica

The other mexicans. The vision of the nineteenth century intelectuals of the african descent people

Abstract

This article presents the different visions of famous Nineteenth century intellectuals such as Fray Servando Teresa de Mier, Lorenzo Zavala, Lucas Alamán and José Luis Ma. Mora about the African Descent people. The main contribution of this work lies on recovering multiple views about this population from the more relevant thinkers of the first half of the nineteenth century that will leave a mark in politics and historiography of the following decades about the population of African origin. It is concluded that the concern of these writers for creating a modern, homogeneous nation, facing a reality with an extended ethnic, linguistic and cultural diversity with the knowledge and reproduction of certain racial prejudices developed in taxonomic works influenced in the silencing of the African descent people presence in the national history.

Keywords: african descent people, intelectuals, xix century, historical narrative

“Les austres” mexicanins. Les visions des intellectuels

du xix siecle sur l’ascendance africaine

Résumé

Cet article présente les différentes visions sur la population noire des intellectuels de renom du xixe siècle comme Fray Servando Teresa de Mier, Lorenzo Zavala , Lucas Alamán et Jose Luis Ma. Mora. La contribution de cet article c’est la récupération des points de vue multiples sur la population des penseurs les plus importants du début du xixe siècle qui ont marqué l’historiographie politique et des décennies autour de la population d’origine africaine au Mexique. La conclusion de ce travail c’est que la preocupación por creer une nation homogène moderne, face à une réalité de la diversité ethnique, linguistique et culturelle de large le long avec le savoir et de reproduire les préjugés raciaux publié des travaux sur la taxonomie des groupes humains influençait taire Afro présence dans l’histoire nationale.

Mots clé : ascendance africaine, intellectuels, xixe siècle, récit historic

ras la Independencia, las referencias escritas a la presencia de la población de origen africano en México empiezan a disminuir. Con la abolición de la distinción de calidades, poco a poco van “desapareciendo” de los registros civiles y eclesiásticos. El interés por construir un México moderno, al estilo europeo, homogéneo y en el camino del progreso hizo que los intelectuales —que se desempeñaban como políticos en la época— responsables de recuperar la historia de esta población influyesen en el silenciamiento de su presencia: minimizando su número y pronosticando su completa desaparición en poco tiempo. Este trabajo busca recuperar las referencias a la población afrodescendiente que intelectuales claves del siglo diecinueve mexicano incorporaron en sus grandes obras.

Como señala Gonzalo Sánchez Gómez, la memoria social es “la aprendida, heredada y transmitida a través de innumerables mecanismos que le imprimen un sello a nuestro devenir”.1 No obstante, “la memoria es un terreno de disputa, de desestructuración y recomposición de las relaciones de poder”, es decir, “evocar y silenciar son actos de poder” y será precisamente entre lo que se minimiza y silencia donde encontraremos a la población afrodescendiente.2 Estos textos contribuyeron a la conformación de una memoria social donde el trabajo de los afrodescendientes durante el virreinato era fundamental para la economía local o su apoyo a la insurgencia, pero pocos años después desaparecen de la historia nacional. Este infranqueable silencio en torno a su presencia en el México independiente nos habla más de un ejercicio de poder en el control de la historia que de una “realidad” histórica.

Hay algunos trabajos que han abordado esta temática.3 El aporte de este artículo reside en recuperar un mayor número de testimonios en torno a temas comunes vinculados con la población afrodescendiente que la mayoría de los autores como Fray Servando Teresa de Mier, Lorenzo Zavala, Lucas Alamán y José María Luis Mora compartieron. Así, muchos de estos intelectuales reflexionan sobre la composición social durante la colonia. Otros se preocupan por el papel que la población afrodescendiente tuvo en los debates de Cádiz como arma de negociación. Ninguno puede obviar la amplia participación que esta población tuvo en la guerra de Independencia en uno y otro bando y se pueden contrastar sus diferentes apreciaciones de la realidad de los afrodescendientes en el momento en que escribían.

Tras una breve contextualización de estos intelectuales decimonónicos y las publicaciones estudiadas de los mismos, se pasará al análisis de cada una de las temáticas señaladas. Siguiendo un orden cronológico de su fecha de nacimiento, el primer autor es Fray Servando Teresa de Mier. Nacido en Monterrey, Nuevo León, “toma el hábito de Santo Domingo en el Convento de México”. Se doctora en Teología en el Colegio de Porta Coeli, pero su apabullante carrera como predicador sufre tras el sermón en el que negó “la aceptada tradición de la aparición de la Virgen de Guadalupe” en 1794. Es “remitido” a España y encarcelado y se secularizó. Participó en las Cortes de Cádiz. Regresó a México con Mina en una expedición de apoyo a los insurgentes terminando de nuevo en prisión. Se opuso al Imperio de Iturbide y participó en el segundo Congreso Constituyente. Los textos que se analizarán de él fueron recogidos como Escritos Inéditos y corresponden a su periodo como diputado en las cortes de Cádiz.4

Otra figura política destacable del siglo xix, que participó en estas cortes fue el yucateco Lorenzo de Zavala. Fue diputado en el congreso representando a su estado, secretario de Hacienda en el gobierno de Guerrero y primer vicepresidente de la República de Texas. A esta carrera se le suma el ser fundador y creador de varios periódicos en Yucatán.5 En 1830 publicó su Ensayo histórico de las revoluciones de México desde 1808 hasta 1830 donde recupera su visión de los eventos de esos tiempos revueltos de insurgencia, independencia, establecimiento del Imperio y las sucesivas presidencias hasta la retirada de Guerrero del gobierno, administración en la que formaba parte.

Opositor político de ambos fue Lucas Alamán. Criollo de familia acomodada, formado en el Real Colegio de Minas de la Nueva España, Alamán viajó a Europa donde conoció a personajes políticos como Fray Servando Teresa de Mier. A su regreso se desempeñó como Ministro del Interior y de Relaciones Exteriores, miembro de la junta que instauró a Anastasio Bustamante en la presidencia y escritor del devenir de la historia de México desde una perspectiva conservadora. Su obra más emblemática es Historia de México donde en sus múltiples tomos recupera una completa descripción de la situación política, económica y social de la Nueva España en 1808 hasta el México de 1852.6

Finalmente, José María Luis Mora nació en 1794 y estudió en Querétaro y en la capital. Como señala Jesús Silva Herzog, fue “licenciado, sacerdote y doctor; político, reformador y patriota”, apoyó en el aspecto educativo durante la presidencia de Valentín Gómez Farías, tras la que se exilió a París. Allá se dedicó a escribir varias obras. Entre ellas está México y sus revoluciones donde expone la situación social de la Nueva España y cómo dichas circunstancias evolucionaron en los encuentros armados del siglo xix.7 A continuación, se compararán sus visiones sobre la población afrodescendiente en las temáticas indicadas.

La composición social durante la colonia

En sus historias del territorio mexicano, la mayoría de estos autores reflexionan sobre la composición social —y racial— de la población durante la colonia. En 1830, en su Ensayo histórico Lorenzo Zavala afirmaba que durante los trescientos años de la colonia las poblaciones indígenas y “gentes de color” fueron “reducidas a subsistir de su trabajo diario no tenían ningunas nociones de un estado mejor de vida”.8 Esto, según el autor, explica por qué:

[…] muchos viajeros han dicho que los indígenas de América son reservados y silenciosos equivocando lo que es sólo efecto de su ignorancia, con su estudio o cuidado en no hablar. Pero si por uno de los caprichos desconocidos de la naturaleza, sobresalía un genio, un carácter notable, en el momento hablaba a sus compañeros con el lenguaje de la desesperación, y exhortándolos a sacudir su esclavitud, era sacrificado por los opresores.9

De esta forma, Zavala considera que eran víctimas de esclavitud y opresión. No obstante, no menciona a los que realmente eran esclavos. Asimismo, destaca la necesidad del autor de “corregir” las apreciaciones de los viajeros, de mostrar la “verdad” desde la perspectiva de un verdadero conocedor de la realidad social mexicana.

Cuando se refiere a los afrodescendientes, los incluye en el grupo de las castas. Consideraba que estas “formaban una quinta parte de la población” y que estaban, con pocas excepciones, en el mismo caso que la población indígena la cual se encontraba:

[…] sin propiedad territorial, sin ningún género de industria, sin siquiera la esperanza de tenerla algún día, poblaban las haciendas, rancherías y minas de los grandes propietarios […] manteniéndose de la pesca en las lagunas, de la caza y del cultivo de tierras ajenas, ganando su subsistencia de sus jornales. Muy pocos son los que se ocupan en el género de industria mezquino, como cultivo de granas, fábrica de rebozos, de sombreros de paja, de canastas, y cosas de este género que apenas bastan para una miserable subsistencia.10

Esta experiencia compartida por indígenas y castas contrastaba con la de los “blancos pobres que no pertenecen a las familias ricas”, que “vivían del comercio de transporte de unos a otros puntos, de sus tiendas de licores que llaman vinaterías, pequeños figones, y de las rentas que algunas de estas familias percibían de sus beneficios eclesiásticos”.11 Se observaba, por consiguiente, la desigualdad de clase en la colonia entre los distintos grupos. Sus aseveraciones contrastan con lo encontrado por investigadores actuales sobre la población afrodescendiente que muestran la variedad de posiciones económicas y sociales de la misma, siendo propietarios de casas, esclavos, negocios, etc.12

Esta desigualdad le sirve para volver a referirse a la esclavitud como un problema de dependencia y no de la institución. Considera a la esclavitud como “consecuencia necesaria de este estado de cosas, de la ignorancia en que se le mantenía, del terror que inspiraban las autoridades con sus tropas, su despotismo y su orgullo, y más que todo, de la Inquisición, sostenida por la fuerza militar y religiosa superstición de clérigos y frailes fanáticos”.13 También emplea ese término para referirse al trabajo en la Tierra Caliente, en las plantaciones de caña de azúcar y de café que “formaban la riqueza de los propietarios, cuya mayor parte eran españoles o frailes”, poniendo como ejemplo “las haciendas de los Yermos” en el valle de Cuernavaca y el de Cuautla y añadiendo “se acumulaban capitales de mucha consideración en estas manos, y se establecía la desigualdad de fortunas y con ella la esclavitud y la aristocracia”.14 Sorprende el hecho de que señale haciendas que se conoce tenían esclavos y no aproveche para vincular la esclavitud real con la metafórica.15

Para encontrar una referencia directa a la población afrodescendiente, hay que buscar en la descripción de su estado natal. Tras describir su situación geográfica y el carácter de sus habitantes analiza la composición social: “cerca de setecientos mil habitantes, dos quintos de indios, uno de mestizos y los otros dos de blancos” y puntualiza “por fortuna, la raza negra apenas se ha conocido en aquel estado, en donde no pasaba de doscientos el número de esclavos, cuya mayor parte estaba en Campeche”.16 Esta referencia negativa y la minimización de la población dejan claro su rechazo hacia la misma.17

En 1836, José María Luis Mora publica México y sus revoluciones donde aporta un panorama social completo. En él identifica a la población del país siendo “sus principales elementos […] los habitantes del antiguo imperio mexicano, los conquistadores españoles que los vencieron y subyugaron, y los negros conducidos de África para los trabajos más fuertes de las minas y el cultivo de la tierra”.18 De esta manera, nos presenta una composición más exacta de la población mexicana, no sin simplificar la conformación de las poblaciones indígenas e incluir estereotipos sobre la población africana.19

A esto le sigue una reflexión sobre las diferencias entre las razas. Apoyándose en “las observaciones de los filósofos más imparciales” afirma que “cada casta de los hombres conocidos tiene una organización que le es peculiar, está en consonancia con su carácter, e influye no sólo en el color de su piel, sino lo que es más, en sus fuerzas físicas, en sus facultades mentales, e igualmente en las industriales”.20 Esto le sirve para defender “la diversidad y aptitud de facultades entre la raza bronceada a que pertenecen los indígenas de México, y los blancos que se han establecido en este país”.21 El objetivo del autor con esto es cuestionar el argumento de “superioridad de unas razas”, considerando que son diversas pero sin que una sea superior a otra.22 Concluye aseverando que “las razas mejoran o empeoran con los siglos, como los particulares con los años, y que en aquellas y en éstos lo puede todo la educación”.23 De esta forma, para defender ciertas cualidades de “la raza indígena” el autor debe insistir en las diversas características y cualidades de cada raza y basarse en la importancia de la educación para “mejorarlas”.

José María Luis Mora sí les dedica unas líneas a los afrodescendientes. En primer lugar, en cuanto a su número, considera que “los negros del África siempre han sido en México muy pocos, y de veinte años a esta parte ha cesado del todo su introducción”.24 En segundo lugar, reflexiona sobre lo “benigna” de la esclavitud en los territorios españoles:

En general los españoles han dado un trato mucho más benigno y moderado a esta miserable porción de la humanidad que el resto de las naciones: la legislación, aun partiendo del principio de la esclavitud, ha mitigado en mucha parte todos los horrores de ésta, poniendo coto a los excesos de los dueños, y haciendo de cuando en cuando severos castigos en los que han traspasado estas leyes tutelares. Estos principios de lenidad del gobierno español le harán un eterno honor, a pesar de ser su bandera la única que en el día tiene derecho de ser alquilada para el infame tráfico de negros.25

El autor enfatiza la bondad del sistema esclavista español limitando los excesos de los amos, pero condena el hecho de que España fuese el único país que mantuviese la importación de esclavos en las fechas en las que escribía. Intenta luchar contra la leyenda negra al tiempo que reconoce los limitantes, por el mantenimiento de la esclavitud.26

Para Lucas Alamán, es la “estructura particular del terreno combinada con la latitud” lo que produce “no solo la gran variedad de climas y de frutos que se conocen en Méjico” sino también influye en “la diversidad de castas que forman su población, y en sus usos, costumbres, buenas y malas calidades, tanto físicas como morales”.27 Además, describe los diferentes elementos que componían el territorio: por un lado, con la conquista afirma llegaron “otros elementos que es indispensable conocer, tanto en su número como en su importancia y distribución sobre la superficie del país” influyendo estas “circunstancias” y las diferencias en la legislación “entre las diversas clases de habitantes” en “la revolución y en todos los acontecimientos sucesivos”. Estos elementos eran “los españoles y los negros que ellos trajeron de África”.28 Por otro lado, el autor se dedica a exponer las subsiguientes mezclas de los tres elementos que conformaron la población novohispana: “De la mezcla de los españoles con la clase india procedieron los mestizos, así como de la de todos con los negros, los mulatos, zambos, pardos y toda la variada nomenclatura, que se comprendía en el nombre genérico de castas”.29 Como Pilar Gonzalbo y Solange Alberro señalan, esta nomenclatura que “estuvo de moda durante varias décadas entre los funcionarios españoles y algunas familias prominentes”, por la temática exitosa de los cuadros de castas “es confusa, equívoca, admite variantes, nunca se aplicó formalmente a los habitantes del virreinato y no tiene el mínimo valor probatorio como testimonio del orden de la sociedad virreinal”.30 De hecho, afirman que “muy probablemente se mencionó entre ciertos grupos en tono peyorativo y burlesco, a sabiendas que en nada repercutía en las relaciones sociales”.31

Efectivamente, en una nota al pie Alamán justifica su mención de esta nomenclatura de los cuadros de castas:

[…] se suponía que la sangre negra, era la que contaminaba de infamia a todas las demás, había denominaciones muy extrañas que demarcaban la permanencia, por enlaces sucesivos, a la misma distancia del tronco africano, y se llamaban tente en el aire a los que se hallaban en este caso, y salta atrás, cuando se retrocedía hacia aquel origen. Estas diversas generaciones se representaban en cuadros y figuras de cera, con los trajes y ocupaciones a que cada casta se inclinaba.32

El autor se basa en los cuadros de casta para recuperar esta nomenclatura y la forma de arte popular de las figuras de cera donde la población de origen africano aparecía representada como cocheros, arrieros o mujeres mulatas con una vestimenta particular. No obstante, es indispensable señalar que tanto los cuadros de castas como las figuras de cera repiten ciertos estereotipos raciales y de género de la época esperados por el público para el que eran creadas estas obras: funcionarios españoles y viajeros europeos, respectivamente.33

Alamán explica esta diversidad racial por la creencia en la inferioridad de la población indígena y su defensa por parte de Bartolomé de las Casas. Afirma que se calificó como “gente de razón” a españoles y castas “como si los indios careciesen de ella” y esto “fue también el origen de la translación en gran número de los negros de África a los nuevos establecimientos, que promovió con empeño el P. Casas, tan celoso abogado de los indios, para eximir a éstos de los duros trabajos en que los empleaban los conquistadores, substituyendo en su lugar los africanos, que son de una constitución mucho más fuerte y vigorosa”.34 El autor recupera el argumento tan empleado en la época de la fortaleza africana para justificar su explotación frente a la población indígena, protegida por el cura.

En su descripción de la sociedad novohispana, continúa con los mestizos y los africanos. Los primeros, afirma, “como descendientes de españoles, debían tener los mismos derechos que ellos, pero se confundían en la clase general de castas”, algo claramente perjudicial para los mismos.35 Los segundos, como destaca Alamán, eran considerados “infames de derecho” y desarrolla toda la legislación colonial en su contra:

[…] sus individuos no podían obtener empleos; aunque las leyes no le impedían, no eran admitidos a las órdenes sagradas: les estaba prohibido tener armas, y a las mujeres de esta clase el uso del oro, sedas, mantos y perlas: los de la raza española que con ellas se mezclaban por matrimonios, cosa que era muy rara, sino en artículo de muerte, se juzgaba que participaban de la misma infamia.36

El autor enumera las bien conocidas regulaciones en el vestido, los matrimonios, el llevar armas, etc. que existían en la Nueva España contra esta población, pero como numerosos investigadores han recuperado de los archivos, no se solían aplicar.37

Continúa destacando el aporte de los afrodescendientes a la economía y sociedad en general. Alamán los considera la “parte más útil de la población” al estar “endurecidos por el trabajo de las minas, ejercitados en el manejo del caballo” y al ser “los que proveían de soldados al ejército, no solo en los cuerpos que se componían exclusivamente de ellos, como los de pardos y morenos de las costas, sino también a los de línea y milicias disciplinadas del interior”.38 Además, se desempeñaban como “criados de confianza en el campo y aun en las ciudades”, en definitiva “ejercían todos los oficios y las artes mecánicas”, eran “de donde se sacaban los brazos que se empleaban en todo”.39 De esta forma, el autor le atribuye una posición central a los afrodescendientes, siendo los encargados de desarrollar la economía en todos sus ramos y de la protección del virreinato.

No obstante, Alamán no solo tiene palabras de aprecio por la población de sangre africana. Siempre justificándolo en su carencia de “toda instrucción”, considera que “estaban sujetos a grandes defectos y vicios, pues con ánimos despiertos y cuerpos vigorosos, eran susceptibles de todo lo malo y todo lo bueno”.40 Se convierten en víctimas de su naturaleza. En concreto, Alamán compara el carácter de la población indígena con los mulatos: “lo que en el indio era falsedad, en el mulato venía a ser audacia y atrevimiento; el robo, que el primero ejercía oculta y solapadamente, lo practicaba el segundo en cuadrillas y atacando a mano armada al comerciante en el camino; la venganza, que en aquel solía ser un asesinato atroz y alevoso, era en éste un combate, en que más de una vez perecían los dos contendientes.41 Así, los estereotipos de la época de la falsedad y el sadismo indígena se confrontan con el poder descontrolado y grupal de los mulatos.

Finalmente, el guanajuatense va describiendo la distribución de estas “diversas clases de habitantes” en la Nueva España, que “dependía de la población que existía antes de la conquista, del progreso sucesivo de los establecimientos españoles, del clima y del género de industria propio de cada localidad”. Por un lado, la población indígena la sitúa en “las intendencias de Méjico, Puebla, Oaxaca, Veracruz y Michoacán, situadas en lo alto de la cordillera y en sus declives hacia ambos mares, que habían formado las antiguas monarquías mejicana, mixteca y michoacana”, ignorando a las poblaciones no sedentarias. Por otro lado, en ambas costas, de occidente y oriente, “y en todos aquellos climas calientes en que se produce la caña de azúcar y demás frutos de los trópicos, abundaban los negros” y en mayor número “los mulatos y otras mezclas de origen africano, procedentes de los esclavos introducidos para el cultivo de aquellas plantas, de los cuales unos permanecían en el estado de esclavitud, y los otros aunque libres, se quedaban casi siempre en las fincas a que habían pertenecido”. Para concluir y a excepción de otros observadores sitúa también a estos mulatos “en gran número en México y otras ciudades populosas”.42

Cada uno de los autores recupera la participación en mayor o menor medida de la población afrodescendiente en la sociedad virreinal. Achacan sus fortalezas y vicios a su “raza”, a la falta de educación o al clima. Geográficamente los ubican en las costas y solo los productos de sus mezclas en las ciudades del interior. No obstante, a pesar de que la bibliografía actual y las obras pictóricas dicen lo contrario, en todos los casos su número es minimizado, destacando esto como algo positivo por cuestiones de “evolución” social.

Los debates de Cádiz

Aunque en general la población de origen africano es un elemento secundario en las narrativas de estos intelectuales en el siglo xix, hubo un momento en el que su número fue destacado: en los debates de la Constitución de Cádiz. Para autores como Fray Servando Teresa de Mier, la distinción que se hizo en la población del imperio español entre ciudadanos y no ciudadanos, siendo estos últimos la población de origen africano, era un ultraje por diversos motivos. En primer lugar, considera que esa distinción es una estrategia para “disminuir nuestra representación en las Cortes para darnos siempre la ley en la minoridad” al excluir del número de “ciudadanos españoles que por alguna línea tuvieron origen de África y de ahí excluirlos de la base de la representación igual, dicen en ambos hemisferios, pero compuesta de sólo el número de los ciudadanos”.43 El autor parte aclarando el argumento de las Cortes y el motivo de su estrategia.

En segundo lugar, Fray Servando considera que ese razonamiento era ilógico siendo que en España también había población afrodescendiente. Como destaca, este argumento supone “que la mayoría de nuestra población es de mulatos, y que en España no los hay”, no obstante según el autor “siempre fue libre en España la introducción de negros esclavos durante mil y doscientos años” y, por consiguiente, “allá debe haber mayor número de mulatos que en América y mayor mezcla de malas razas, porque allá las hay de moriscos, de judíos, que estuvieron dieciséis siglos en España, de gitanos, etc., que para acá les está prohibido pasar aunque no ha dejado de venir por contrabando especialmente mulatos”.44 Como prueba de ello explica que “muchos españoles, especialmente andaluces, extremeños, murcianos y cartagineses, tienen el color oscuro, el pelo crespo, labios belfos, señales de los más crudos mulatos y lo son, pues no sólo los europeos que lo parecen, sino muchos que no lo parecen, porque se han blanqueado allá”.45 De esta forma, Fray Servando describe con detalle los rasgos físicos de los españoles del sur de sangre africana para señalar su similitud con los encontrados en los territorios americanos en los hombres de la misma sangre. Se observa una evolución del pensamiento español en el que se basaba la limpieza de sangre preocupado por lo religioso a un pensamiento moderno en el que la “raza” es central, como algo que puede pasar de generación en generación o blanquear, pero siendo una preocupación presente tanto en España como en América.46

Finalmente, y para negar cualquier aporte en apoyo a la población afrodescendiente de las Cortes, Fray Servando argumenta que los mestizos son los mulatos. Para él, son “los verdaderos mestizos, pues de negro y blanca no sale blanco hasta la tercera generación, y luego suele haber tornatrás”, mientras que de “india y blanco sale blanco inmediatamente, y aún más blanco a veces que de dos blancos”.47 Además, según el fraile, la legislación no puede hablar de mestizos de españoles e indias porque “en ese sentido todos los criollos somos mestizos, pues las nuestras fueron colonias de hombres y no de mujeres, que muy raras vinieron. Y no necesitábamos ley alguna que nos habilitase para nada. Siendo y estando declarados buenos españoles e indios, sus hijos no pueden ser malos”.48 De esta manera, Fray Servando considera que el decreto expedido por las Cortes habilitando a los mulatos para “entrar en la tropa, en los conventos, colegios y universidades, y para recibir los órdenes eclesiásticos, nada les concedieron que no tuviesen ya por la ley citada”.49 El interés por justificar la mayoría de representatividad de los diputados americanos lleva al autor a cuestionar una de las denominaciones de castas más generalizadas y asumidas durante el siglo xviii: la concepción del mestizo como la mezcla de español e indígena.50

Alamán condena la decisión de las Cortes con otros argumentos. El autor parte del hecho de que “nunca se tuvo la menor idea de hacer concurrir a los procuradores de la poblaciones indias, lo que prueba que no se reconocían en ellas los mismos derechos”.51 Sigue exponiendo el argumento del diputado europeo Quintana que probaba “lo ignorante que estaban los diputados […] de las materias prácticas de gobierno”:

[…] quería que se separasen las clases de la población de América, en indios, criollos, mestizos y europeos, y que cada una nombrase sus diputados de sus propios individuos: que los pertenecientes a las razas originarias de África tuviesen voto activo, nombrando sus representantes de la clase de mestizos, y que […] los esclavos se reuniesen para nombrar un apoderado, que fuese de los representantes europeos, que los protegiese y defendiese en todo lo que les fuese conveniente”.52

Esta inocencia en la concepción de la negociación política americana es criticada por Alamán, condenando la exclusión en la concepción de ciudadanía de la población africana considerándola “injusta, odiosa y lo que es todavía peor, impracticable”.53 Esta falta de aplicabilidad se explicaba para el autor al no existir “distinción más ofensiva en la sociedad que la que nace del origen de las personas y la prevención que había contra los mulatos, que así se llamaban los procedentes de sangre negra africana, era tan perjudicial a la moral, como que haciendo que se tuviese por afrentosa toda alianza con ellos, multiplicaba por esto mismo las relaciones prohibidas”.54 Es decir, por un lado cuestiona la discriminación de un grupo por su origen y, por otro lado, afirma que esta discriminación potenciaba aún más la mezcla que se buscaba impedir.

Para concluir, Alamán destaca la labor social de los afrodescendientes en favor de la Corona, como elementos de consideración al otorgarles o cuestionar su ciudadanía. En lo militar, “esos mulatos a quienes la constitución degradaba privándolos de la ciudadanía, no solo formaban los batallones de pardos y morenos destinados a la defensa de las costas, sino que componían la mayor parte de las tropas que estaban en la actualidad haciendo la guerra en el continente de América en defensa de los derechos de España”.55 En el ámbito religioso y político, “algunos habían recibido órdenes sagradas: muchos destinados en profesiones honrosas, y la mayor parte formaban la masa de la útil población de los reales de minas, y estaban empleados en la labranza”.56 Finalmente, y como último argumento, pregunta: “¿Cómo era posible ir a rastrear alguna gota de sangre africana en la sucesión de las generaciones durante tres siglos, ni como fomentar las odiosidades a que daba frecuentemente origen esta imputación […]?”.57

Cada uno de estos autores usó distintas estrategias para protestar por la exclusión de la población de origen africano en el conteo de la población del Imperio, algunos apelando a que en España también había población de origen africano y otros a argumentos racialistas de la época, al desconocimiento de la situación en América por parte de los diputados españoles o a la labor de la población afrodescendiente en el Imperio. Sin embargo, todos los argumentos buscaban lo mismo: la consideración de la población afrodescendiente como parte del Imperio en condiciones de igualdad. Como señala Tomás Pérez Vejo, a principios del siglo xix estos políticos tuvieron que enfrentar la transformación de una comunidad de carácter multinacional, de diversos grupos “étnicos”, unidos bajo la “legitimidad” del “origen divino” de la monarquía por la nación “como forma única y excluyente de legitimación del ejercicio del poder, que hizo de la uniformidad nacional no sólo algo deseable sino una necesidad política”, algo que la diversidad étnica de los territorios americanos dificultaba.58 No obstante, estos intelectuales encontraron recursos argumentativos para incluir a los afrodescendientes en la nación española que englobaba a la península y a América.

La insurgencia

Cuando estos personajes del siglo xix recuerdan el levantamiento insurgente, destacan el papel de la población afrodescendiente. Sobre todo se ensalza su participación a nivel anónimo, como grupo, pero de los líderes insurgentes afrodescendientes no se menciona su origen. La excepción la aporta Fray Servando. Al insistir en el ultraje de la discriminación de la Constitución de Cádiz entre ciudadanos y afrodescendientes afirma:

[…] no sé qué extrañe más si el desacuerdo con que en las críticas circunstancias de 1812 se agravió tan cruelmente a gentes tan numerosas, vigorosas y necesarias, privándolas de sus derechos civiles, o el aturdimiento, con que en 1820 se ha enviado a los países revueltos, donde predomina la población de pardos y negros libres, a brindárseles con la Constitución como con el olivo de la paz, cuando se les brinda con ella con el sello de una infamia que antes no tenían.59

El autor insiste en la incongruencia entre esta discriminación privativa de derechos básicos y la importante función social que los afrodescendientes tenían en todos los virreinatos. Para apoyar el rechazo a esta Constitución, recupera el testimonio de uno de los líderes insurgentes afrodescendientes: “aun en México su actual virrey envió a brindar por la Constitución a Guerrero al más prepotente general de los insurgentes, y según ha contado él mismo a los diputados de Cortes, oyó con sorpresa su respuesta de ser mulato y no poderse advenir con una Constitución que lo privaba de los derechos ciudadanos”.60 Emplea un argumento de un sujeto de alta estima social para justificar su condena a la Constitución. Es el único de los autores que señala a Guerrero como afrodescendiente.61

Zavala también reflexiona sobre la lucha contra la Constitución de Cádiz y al general Guerrero, pero evita mencionar su origen africano. Primero, presenta al general como “ese ilustre mexicano” que “consagró su vida a la patria desde 1810” siendo “el único que conservaba, en las inaccesibles montañas del sur de México, un puñado de valientes, que jamás vieron a los enemigos sino para combatirlos, o ya vencerlos en el glorioso triunfo de las armas nacionales en 1821”, pero que “ha sufrido después tantos baldones”.62 Mientras que otros, como veremos, insisten en la composición racial de los hombres que acompañaban a Guerrero, el autor prefiere identificarlos como valientes y recordar los grandes aportes del general que al momento en que él escribía este texto había sido retirado del poder y asesinado.

Para recuperar sus buenas acciones, Zavala menciona la respuesta a una carta de Iturbide en 1820 en la que el general exponía su posición: el general Guerrero, contestó que “estaba resuelto a continuar defendiendo el honor nacional, hasta perecer o triunfar; que no podía dejarse engañar por las promesas lisonjeras de libertad dadas por los constitucionales españoles, que en materia de independencia eran de los mismos sentimientos que los realistas más acérrimos; que la Constitución española no daba garantías a los americanos”.63 Así, recuerda con un lenguaje político y bien argumentado su posición en el conflicto insurgente, defendiendo al grupo al que pertenecía y que componía su base de ataque. Zavala termina su descripción y defensa del general destacando que “es un mexicano que nada debe al arte y todo a la naturaleza”, siendo rápido para aprender a pesar de no haber “recibido ningún género de educación, y habiendo comenzado su carrera en la revolución, muy pocas lecciones pudo tomar de la elocuencia y cultura en los cerros y bosques, entre indígenas y otras castas, a cuya cabeza hacía una guerra obstinada a los españoles”.64 Aquí el autor sí decide mencionar el origen de sus soldados —obviando el del propio Guerrero— y como algo negativo: al vivir rodeado de castas e indígenas en el campo careció de la cultura en la que había sido formado el autor, la única válida para la época. Sus circunstancias sirven para justificar sus defectos como político en un momento en que estaba siendo ampliamente criticado, como veremos en el siguiente apartado.

José María Luis Mora, por su parte, decide destacar el aporte de los soldados anónimos pertenecientes a las castas que probando su dedicación por la causa lograron mejorar su posición social. Para el escritor, la guerra “trajo al país el gran bien de que se perdiese para siempre la memoria de las castas y mezclas”, ya que desapareció el alejamiento que había forzado el “gobierno español” entre las castas y los “puestos y empleos públicos” cuando “las invocó en su auxilio contra los independientes y recibió de ellas servicios importantes”.65 De esta forma, “tuvo no sólo que borrar las notas ignominiosas que les había impuesto, sino también que ascender a los que las componían a puestos que siempre se habían reputado honoríficos y propios de la primera y principal clase”.66 Como Zavala y Fray Servando hicieron con los insurgentes, el autor decide destacar el papel de los afrodescendientes que apoyaron al bando realista y que fueron reconocidos por su labor, “acabando” con las distinciones sociales pasadas.

Asimismo, Mora desarrolla otros beneficios que tuvo el hecho de servir en la guerra para los afrodescendientes. Para Mora, “la importancia que les prestaron sus servicios y brillantes acciones, los sacó del estado de abatimiento en que se hallaban, procurándoles la facilidad de alternar con las primeras clases de la sociedad, de adquirir modales más cultos, y hacer todo lo que podía ser conducente a obtener una perfecta igualdad con la raza pura de los blancos”. Como le ocurría a Zavala, para Mora la única cultura válida en la época era la de las clases altas y la subida en la escala social de los afrodescendientes les permitió precisamente tener acceso a esa cultura y modales de los que “carecían”. Además, los cambios en la legislación y el acceso a esa cultura les permitirían igualarse a “la raza pura de los blancos”, al ejemplo de perfección “racial” de la época. Como en casos anteriores volvemos a ver el discurso moderno racialista en las líneas de estos autores, aunque todavía no basada en el discurso científico propio de la segunda mitad del siglo xix.

Pero el doctor Mora no se queda ahí. Concluye afirmando que “desde aquella época no quedó otra distinción que la que está materialmente a la vista a saber: la raza de blancos y la de color, formando la base de la segunda los indígenas, y la de la primera los descendientes de los españoles”.67 A pesar de haber incluido a los afrodescendientes en las castas, a pesar de haberlos señalado como la base económica de la Nueva España, cuando mira al resultado de la lucha insurgente, Mora solo ve el fin de la distinción por calidades y la permanencia de la que estaba a la vista: entre la “raza” de blancos y la de color fundamentada en los indígenas, olvidando a la tercera raíz.

Finalmente, Lucas Alamán enumera los distintos momentos en que la participación de la población afrodescendiente fue vital para la insurgencia. Empieza su narración recuperando la opinión de un “español europeo”, el coronel D. Matías Martín de Aguirre, que en las cortes de Madrid en 1821 hizo “el más completo elogio de los mulatos que servían en el ejército de Nueva España”.68 Como Mora, decide mostrar cómo los españoles valoraron a esta población en su apoyo militar, como algo destacable u honorable.

Prosigue describiendo su participación en el movimiento tanto aclarando sus rangos como las acciones particulares en las que estuvieron presentes. Por un lado, Alamán diferencia entre “la mayor parte de los jefes y muchos oficiales, tanto de las tropas veteranas como de las milicias” que “eran europeos” y “los sargentos, cabos y soldados todos mexicanos, sacados de las castas” ya que “los indios” estaban “exentos del servicio militar”.69 Por esta convivencia, Alamán argumenta que “aún entre las castas y la raza española había cierta propensión de unión, y el tiempo había hecho desaparecer gradualmente las odiosas privaciones que las leyes imponían a los mulatos”.70 El sacrificio de la lucha armada se convierte en un “igualador” en tanto que produce convivencia entre blancos y castas, siempre teniendo como límite los rangos militares.

Por otro lado, su participación en el lado insurgente parece más desordenada. Tras la detención por orden del virrey del insurgente P. Orcilles, en un desfiladero la partida de dragones que los custodiaban “fue atacada por multitud de indios y negros de la inmediata Tierra Caliente, que desde las cumbres lanzaban piedras y derrumbaban grandes peñascos, por los cuales cayeron precipitados en la barranca Arada”.71 Sólo el general Guerrero parece tener un control más claro de la situación llevando “asegurado en las ancas de su caballo al P. Orcilles heridos de lanza ambos”, ya que los indios y negros parecían participar sin mucho orden y dificultando más la acción de recate que ayudando a la misma.72 Otra historia que narra es la de Juan del Carmen “negro costeño de horrible aspecto pero de extraordinaria valentía, a hacer una expedición por Ometepec hacia la costa Chica, en la que logró aumentar el número de sus soldados y recoger muchas armas”.73 Aunque el autor valora su apoyo a la causa, se puede entrever un desprecio hacia el grupo.

Todos los autores destacan la participación de la población afrodescendiente en la confrontación insurgente. Algunos enfatizan más su labor en el lado realista, otros como apoyo de líderes insurgentes, pero siempre estableciendo una diferencia entre los jefes militares, blancos o criollos, y su ejército, los afrodescendientes. El origen africano de personajes como Morelos o Guerrero es obviado, como algo que podría ensombrecer la narración de sus hazañas y logros.

La abolición de la esclavitud

y la ‘actualidad’ de los afrodescendientes

A la hora de describir su realidad y la presencia de los afrodescendientes en la misma los autores no son tan claros en sus referencias como en los apartados anteriores. Para ellos su número era muy reducido y tendería a desaparecer y la abolición de la esclavitud era algo sencillo por su escasa presencia en México. En palabras de José María Luis Mora, en México “puede asegurarse ha sido desconocida la esclavitud; así es que no ha costado trabajo el abolirla, y en el día no hay un solo esclavo en todo el territorio de la República”.74 Esta afirmación contrasta con la decisión de la Comisión de Esclavos de dejar esa institución para evitar conflictos con los dueños, por ejemplo.75 El autor continúa afirmando que:

[…] el número de negros que ha sido uno de los elementos que han entrado a constituir su actual población, ha sido siempre cortísimo y en el día ha desaparecido casi del todo, pues los cortos restos de ellos que han quedado en las costas del Pacífico y en las del Atlántico son enteramente insignificantes para poder inspirar temor ninguno a la tranquilidad de la República, ni tener por su clase influjo ninguno en la suerte de su destino: desaparecerán del todo antes de medio siglo, y se perderán en la masa dominante de la población blanca.76

Aunque el autor los ubica en su actualidad en las regiones costeras considera que por lo mínimo de su número se mezclará y desaparecerá. De sus hipótesis destaca la mención al temor, referencia al miedo de las nuevas repúblicas latinoamericanas de enfrentar una situación similar a la ocurrida en Haití y el hecho de que considere que desaparecerán mezclándose únicamente con la población blanca y no con la indígena.

Esta tesis se vincula con las propuestas de colonización. Según Mora, “si la colonización se apresurase, si el gobierno la hiciese un asunto de primera importancia y dirigiese a él todas sus miras y proyectos con una perseverancia invariable […] entonces la fusión de las gentes de color y la total extinción de las castas se apresurarían y tendrían una más pronta y feliz terminación”. La colonización y la subsecuente mezcla y desaparición de las castas se plantea como la panacea que no llegará por las circunstancias del momento, algo que comparte con otros representantes de la política decimonónica latinoamericana.77

Para concluir su argumento, Mora presenta los resultados del último censo de 1834. La “raza blanca” constituye una “mitad a lo menos” mientras que la otra es de “las de color”. Geográficamente, ubica a los primeros en las ciudades, con muy poca mezcla y a los segundos en “la campaña”, cuestionando que “todos los habitantes de la campaña pertenecen a la raza de color y un tercio de los de las ciudades, todavía siempre se tendría por resultado que la mitad de la población era precisamente de blancos, que es a nuestro juicio lo que puede asegurarse sin violencia”.78 Para el autor, a raíz de la independencia la mezcla de blancos y gente de color propició esta transformación de la sociedad en la que las ciudades se componen únicamente de gente blanca y se espera que se extienda al campo.79

Desligándose de estas tesis de Mora, la preocupación de ese momento de Alamán hacia la población afrodescendiente iba más dirigida a la influencia de los colonos esclavistas de Estados Unidos, y concretamente, de Texas, en el territorio. En su narración recupera la abolición de Morelos de “la hermosísima jerigonza de calidades, indio, mulato, mestizo, tente en el aire etc., y que solo se distinguiese la regional, nombrándose todos generalmente americanos” y la abolición de la esclavitud.80 No obstante su interés principal es distinguir la esclavitud del territorio español con la estadounidense: recuperando la Real Cédula de 1818 que prohibía la “compra de negros en la costa de África y su introducción en los dominios de España en América y Asia” afirma que “la legislación española, [era] mucho más humana que la de las demás naciones”. De hecho, para el caso de la Nueva España, según el autor, esta declaración “era del todo indiferente, pues hacía muchos años que no se hacía introducción alguna de esclavos, y los que quedaban en las fincas de campo de la Tierra Caliente, y en una y otra costa, se habían puesto en libertad de hecho por efecto de la revolución”.81 Así, insiste en la función de igualación social que la guerra tuvo.82

No obstante, esta forma de presentar a México como un país de esclavos liberados sirve como oposición a la colonia texana y los intereses expansionistas de Estados Unidos. Para Alamán, “la existencia de México como nación independiente, bajo un pie respetable, es lo único que puede asegurar a España la conservación de la isla de Cuba y Puerto Rico, a la Inglaterra la de la Jamaica y demás Antillas, y lo que es más, lo que afianza a esta última sus posesiones, su influjo y su poder en la India”.83 ¿Por qué? La razón se debe al control de las costas del golfo de México y del Pacífico, “desde las Californias hasta Tehuantepec y de todo lo demás que quisieran ocupar hasta Panamá” y que estas costas “se hallan situadas en el clima que repele a las castas blancas y cobrizas”.84 Según el autor:

[…] los habitantes de los países meridionales de los Estados-Unidos, que con esta adición de territorio han de separarse de la Unión u obtener una preponderancia decidida en ella y que están interesados en la continuación del comercio de esclavos, sabiendo que sin la casta africana todos esos terrenos no pueden nunca poblarse ni hacerse productivos, no es de creer que atiendan a los intereses de la humanidad sobre los pecuniarios, hasta el punto de renunciar al inmenso producto que pueden sacar de unos países que son inútiles sin el auxilio de la esclavitud.85

Es el peligro por la pérdida de control del territorio y la explotación del mismo a través de un sistema esclavista lo que preocupan al autor partiendo de ideas preconcebidas de la época sobre el aguante de la población africana para el trabajo en territorios costeros. Continúa su narración pronosticando que traerán esclavos a pesar de las prohibiciones sujetándolos “a una servidumbre más o menos rigurosa, a los indios y castas del país que ocupen, los cuales no tienen que esperar de sus futuros dominadores un código de privilegios como el que en su favor hicieron los monarcas españoles, ni la igualdad de derechos que les conceden las leyes mexicanas”.86 En lugar de argumentar en contra del propio sistema esclavista, solo critica la rigurosidad del sistema estadounidense en contraposición con el español o con la legislación mexicana. En ningún momento se le ocurre sentir esa lástima por los sujetos que serían puestos a trabajar en dichas condiciones.

Para concluir, describiendo los últimos acontecimientos de la historia de México, en su afán por criticar al general Guerrero, opositor político, condena la forma en que abole la esclavitud. Alamán considera que Guerrero “pasando de golpe de un poder muy restringido al extremo opuesto, pierde de vista el objeto con que aquella amplitud de facultades se le concedió”, la defensa del país contra una invasión española y en 1829 “se han empleado en declarar la nulidad de un testamento otorgado muchos años antes, o en establecer una casa de inválidos y en declarar la libertad de los esclavos, cosas las dos últimas muy buenas, pero que no tenían relación alguna con el objeto de las facultades concedidas al gobierno”. Así condena el uso de los poderes extraordinarios por parte del general, justificando la declaración posterior sobre el estado mental de Guerrero. Añade que con esa abolición permitió “por prudentes consideraciones, la continuación de la esclavitud en las colonias de Tejas” y “declaró libres a los que no necesitaban de esta declaración para serlo, pues lo eran de hecho, e hizo esclavos a los que no lo eran, pues habiendo pisado el territorio de la república, habían adquirido con esto solo la libertad, según leyes anteriores”.87

De esta forma, autores como Mora o Alamán buscan olvidar a los afrodescendientes en el momento en que escribían. Tras haber sido la base social de trabajo en el virreinato y de apoyo en la insurgencia, su presencia en el México independiente resulta incómoda: o son parte de forma implícita —pero no mencionada— de la base social indígena diferenciada de la “raza blanca” asumida como superior o son una población que desaparecerá por su escasa presencia en las costas o son amenazados como el resto de las castas y los indígenas por el expansionismo estadounidense como su futura mano de obra semi esclavizada y privada de los derechos que habían “disfrutado” tanto durante el virreinato como tras la independencia. Lo que en definitiva rodea a los afrodescendientes en estas referencias colaterales es el silencio de su futuro en la historia del México del xix y xx.

Conclusiones

La memoria social, la historia de este país que cada uno de estos grandes políticos contribuyó a construir contiene grandes silencios entre los que está la historia de los afrodescendientes en México. Como ha analizado ampliamente Tomás Pérez Vejo, estos intelectuales tuvieron que “construir un imaginario en el que el monarca fuese desplazado por la nación como fuente y origen de toda legitimidad política”.88 No obstante, se encontraron “con poblaciones fenotípicamente diferenciadas, con diversos grados de mestizajes; con lenguas que no se correspondían con el territorio nacional […] y con historias fragmentadas en función del grupo étnico-cultural de pertenencia”. A pesar de ello, como hemos visto, en estas narrativas históricas se empiezan a construir “imaginarios en torno a la uniformidad étnica nacional”.89 Estos autores conocían y compartían algunas de las creencias de las reflexiones taxonómicas de pensadores como Linneo en los que se asociaron “referentes culturales de carácter negativo” del “otro”, en oposición a lo “propio”, siendo el africano “flemático, laxo y gobernado por la arbitrariedad”.90 ¿Quién querría vincular este tipo de atributos con el carácter de la nueva nación? ¿Quién recordar la presencia de los afrodescendientes en el territorio mexicano? Este rechazo a la población de origen africano se prolongará hasta finales de siglo con la resistencia a proyectos de colonización donde se incluyese a esta población teniendo como argumentos estos prejuicios raciales y las teorías pseudocientíficas de finales del siglo xix.91 Esta élite de escritores fue la primera generación “constructora, legitimadora y canalizadora de la conciencia nacional” a través de sus historias de México imprimiendo sus ideas raciales en la misma.92

Asimismo, estos escritores comienzan a territorializar “la historia de manera que todo lo ocurrido en el territorio delimitado por las fronteras de los nuevos estados se convirtió en el pasado de la nación misma” y compartido por todo sus habitantes.93 No obstante, su visión de la historia tendía a estar sesgada por el centralismo desde el que partían en su narración a pesar de que algunos fuesen de estados periféricos. Por ejemplo, la producción histórica de estos autores contrasta con la del veracruzano Manuel Rivera Cambas, que escribía en 1869. En su recorrido por la historia de Xalapa no puede ignorar la presencia de población afrodescendiente en el estado cuando escribía y en su historia, como el levantamiento de Yanga. El autor considera que en 1609 “los negros de las ciudades e ingenios vecinos a Veracruz, huyeron a las ásperas montañas del Cofre y del Orizaba, y se decía que por el día de los Reyes de ese año iban a nombrar un rey entre ellos”, buscando financiarse haciendo “correrías saliendo a robar en el camino que baja para Veracruz”. Identifica a su líder “llamado Yanga, en cuyo cerebro había rebullido durante treinta años aquella revolución” que se reservó “el mando político y civil”, encargando “el militar a otro negro de Angola llamado Francisco de la Matusa”.94 A esto le sigue la descripción de la organización de la fuerza dedicada a “sofocar este primer levantamiento en contra de la esclavitud”.95 No obstante, “los negros presentaron una resistencia que se prolongó por varios días, hasta que al fin capitularon, poniendo por condición que se les diera un lugar donde se establecieren los que eran libres, pidiendo también un cura y un juez para que los gobernase: todo esto se le concedió y el pueblo se llamó San Lorenzo”, cerca de Córdoba.96 Más que una capitulación como la nombra el autor, significó una victoria total del movimiento, con la fundación de su pueblo.

Pero el autor va más allá. Reflexiona sobre cómo “de la provincia de Veracruz salió el primer grito en contra de la esclavitud en el continente americano, y en los boscosos repliegues del Cofre y del Orizaba se derramó la primera sangre de los hijos de África en defensa de la libertad en América”, enfatizando que “es muy notable que el árbol de la emancipación y de la libertad haya tenido por raíz en México a la raza de Cham, tan despreciada y degradada aun en el siglo de la fraternidad y la civilización”.97 Además de situar en su estado el grito por la independencia, ubica a los africanos como los primeros en morir por la misma. Son la raíz de la libertad a pesar de seguir siendo degradados y despreciados en el siglo de las luces. En estas frases dos ideas ilustradas se unen en la figura de los afrodescendientes: la de la lucha por la libertad y la de la “raza” africana.

Esta combinación de ideas también se encontraba en los escritos de la época dedicados a lo ocurrido en Haití y teñidos de condena. En 1805 Cancelada advertía “cuanto importa la unión de todos los blancos que habitan una colonia donde hay negros y otras castas. La desunión de los nativos blancos de aquella isla fue una de las causas de que los negros se apoderasen de ella, y que ellos pereciesen a sus infames manos con diferentes martirios inventados por una crueldad que estremece”.98 Pero puntualiza:

¡Dichosa N.E. (Nueva España) (a quien dedico esta Introducción) dichosa mil veces por el sosiego y tranquilidad que la caracteriza! No han tenido ni tienen aquí entrada las extravagantes ideas que han perturbado la paz de otras regiones. Tienen siempre presente que padecerá desolación cualquiera Reyno dividido entre sí… y acabarán de confirmarlo con lo acaecido en Santo Domingo.99

No obstante, la Nueva España no era tan pacífica como Cancelada pronosticaba en 1805. Esas ideas que perturbaron la tranquilidad en Haití también llegaron a sus tierras y movilizaron a las castas y a los africanos de la Nueva España que participaron en el movimiento insurgente. La preocupación a ver repetido el caso haitiano se lee en la referencia de Mora al “insignificante” número de afrodescendientes como para temerlos. Los autores estudiados se refieren a la participación de la población de origen africano en ambas partes de la contienda insurgente, pero siempre siguiendo a algún líder, sin altos cargos o ignorando este origen en los líderes como Morelos o Guerrero.

De esta forma, una clave de la minimización en estas historias de la población afrodescendiente puede estar en la intrincada complejidad del contexto histórico en que estos autores escribían, conjugando la construcción de la nación, la desigualdad racial y la igualadora libertad. Estos autores estaban envueltos en la ambigüedad del pensamiento ilustrado en que los africanos eran una “raza inferior” al tiempo que defendían la libertad. Eran salvajes atroces en Haití por luchar por los mismos derechos que los mexicanos defendían. Eran novohispanos a contar a la hora de conseguir derechos frente a los españoles. Eran miembros del ejército realista e insurgente. Eran enemigos políticos a derrocar, como Guerrero. Eran la mancha de la esclavitud a olvidar en una nueva nación que buscaba ser moderna, ilustrada. Eran, en definitiva, la historia a silenciar en la narrativa nacional.

1 Sánchez Gómez, Gonzalo, “Memoria, museo y nación”, en Gonzalo Sánchez Gómez y María Emma Wills, Museo, memoria y nación. Misión de los museos nacionales para los ciudadanos del futuro, Bogotá, U. Nacional de Colombia, 2000, p. 21.

2 Sánchez Gómez, “Memoria”, p. 21.

3 Ballesteros Páez, María Dolores, “Vicente Guerrero: insurgente, militar y presidente afromexicano”, Revista Cuicuilco, vols. 18, núm. 51, 2011, pp. 23-41, Escuela Nacional de Antropología e Historia, México; Díaz Casas, María Camila, “Esclavitud, ciudadanía y nación: representaciones sobre afrodescendientes en el México decimonónico, 1810-1850”, tesis de maestría en historia y etnohistoria, México, Escuela Nacional de Antropología e Historia, 2012.

4 Alamán, Lucas, Semblanzas e ideario, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1939, p. liii.

5 Estep, Raymond, “Zavala, Lorenzo de”, Texas State Historical Association. A Digital Gateway to Texas History, en: https://goo.gl/RRkWUG Consultado el 28 de diciembre de 2014.

6 Alamán, Semblanzas e Iderario, 1939.

7 Silva Herzog, Jesús, “El Doctor Mora economista”, Memoria de El Colegio Nacional, 03, 1950, en: http://www.colegionacional.org.mx Consultado el 5 de noviembre de 2014.

8 Zavala, Lorenzo, Ensayo histórico de las revoluciones de México desde 1808 hasta 1830, México, Instituto Cultural Helénico, Fondo de Cultura Económica, 1985, p. 17.

9 Zavala, Ensayo histórico, p. 17.

10 Zavala, Ensayo histórico, p. 31.

11 Zavala, Ensayo histórico, p. 31.

12 Velázquez, María Elisa y Gabriela Iturralde Nieto, Afrodescendientes en México. Una historia de silencio y discriminación, México, Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2012.

13 Zavala, Ensayo histórico, p. 32.

14 Zavala, Ensayo histórico, p. 31.

15 Von Mentz, Brígida, “Esclavitud en centros mineros y azucareros novohispanos. Algunas propuestas para el estudio de la multietnicidad en el centro de México”, en Ma. Elisa Velázquez y Ethel Correa (comp.), Poblaciones y culturas de origen africano en México, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2005, pp. 259-284; Naveda, Adriana, Esclavos negros en las haciendas azucareras de Córdoba, Veracruz, 1690-1830, Xalapa, Universidad Veracruzana-Centro de Investigaciones Históricas, 1987.

16 Zavala, Ensayo histórico, p. 281.

17 Ejemplos de publicaciones sobre afrodescendientes en la península de Yucatán son Cunin, Elisabeth, “Negros y negritos en Yucatán en la primera mitad del siglo xx. Mestizaje, región, raza”, Península, vols. iv, núm. 2, otoño de 2009.

18 Mora, José Ma. Luis Mora, Espejo de discordias: la sociedad mexicana vista por Lorenzo de Zavala, José María Luis Mora y Lucas Alamán, México, Secretaría de Educación Pública, Consejo Nacional de Fomento Educativo, 1984, p. 72.

19 Para ejemplos del trabajo de los afrodescendientes fuera del campo y las minas, véase Velázquez, Ma. Elisa, “Amas de leche, cocineras y vendedoras: mujeres de origen africano, trabajo y cultura en la ciudad de México durante la época colonial”, en Ma. Elisa Velázquez y Ethel Correa, Poblaciones y culturas de origen africano en México, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2005, pp. 335-356; Serna, Juan Manuel de la, “Disolución de la esclavitud en los obrajes de Querétaro a finales del siglo xviii”, Signos Históricos, vols. 2, núm. 4, junio-diciembre, 2000, pp. 39-54; Luna García, Sandra Nancy, “El problema de la movilidad social en los trabajadores negros y mulatos libres de la ciudad de México, en el siglo xviii”, Tesis de Maestría en Historia Moderna y Contemporánea (en proceso), México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2010.

20 Mora, Espejo de discordias, p. 74.

21 Mora, Espejo de discordias, p. 74.

22 Mora, Espejo de discordias, p. 75.

23 Mora, Espejo de discordias, p. 76.

24 Mora, Espejo de discordias, p. 81. Esta negación sorprende por la existencia de numerosas imágenes producidas en la época por artistas nacionales y extranjeros en la zona centro del país donde se representa a la población afrodescendiente. Véase Esparza Liberal, María José, La cera en México. Arte e historia, México, Fomento Cultural Banamex, A. C., 1994; Ballesteros Páez, Ma. Dolores, “Los ‘Otros’ mexicanos. Las representaciones visuales de la población de origen africano de México en la pintura costumbrista europea”, publicado en Representaciones y prácticas sociales. Visiones desde la historia moderna y contemporánea, Ciudad de México, Instituto Mora, 2012.

25 Mora, Espejo de discordias, p. 81.

26 Para conocer más sobre la historia de la leyenda negra, véase Carbia, Rómulo, Historia de la leyenda negra hispano-americana, Madrid, Marcial Pons Historia, Fundación Carolina, Centro de Estudios Hispánicos e Iberoamericanos, 2004.

27 Alamán, Lucas, Historia de México, desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta la época presente, México, Instituto Cultural Helénico, Fondo de Cultura Económica, tomo 1, p. 3. Los argumentos de Alamán no llegan a basarse en las teorías evolutivas, pero sí en las “reflexiones científicas sobre la diversidad humana” herederas de Linneo, como se puede ver en Hering Torres, Max S., “’Raza’: variables históricas”, Revista de Estudios Sociales, núm. 26, abril 2007, pp. 16-27.

28 Alamán, Historia de México, tomo 1, p. 6.

29 Alamán, Historia de México, tomo 1, p. 7.

30 Gonzalbo, Pilar y Solange Alberro, La sociedad novohispana: estereotipos y realidades, México, El Colegio de México, 2013, p. 27.

31 Gonzalbo y Alberro, La sociedad novohispana, p. 27.

32 Alamán, Historia de México, tomo 1, p. 7.

33 Ballesteros Páez, “De castas y esclavos a ciudadanos. Las representaciones visuales de la población capitalina de origen africano. Del periodo virreinal a las primeras décadas del siglo xix”, tesis de maestría en Historia Moderna y Contemporánea, México, Instituto Mora, 2010.

34 Alamán, Historia de México, tomo 1, p. 23.

35 Alamán, Historia de México, tomo 1, p. 25.

36 Alamán, Historia de México, tomo 1, p. 25.

37 Velázquez, María Elisa, Mujeres de origen africano en la capital novohispana, siglos xvii y xviii, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, Universidad Nacional Autónoma de México, 2006; Gonzalbo y Alberro, La sociedad novohispana, 2013.

38 Alamán, Historia de México, tomo 1, pp. 25-26.

39 Alamán, Historia de México, tomo 1, p. 26.

40 Alamán, Historia de México, tomo 1, pp. 25-26.

41 Alamán, Historia de México, tomo 1, pp. 27-28.

42 Alamán, Historia de México, tomo 1, p. 29.

43 Mier, Fray Servando Teresa de, Escritos inéditos, México, Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1985, p. 272.

44 Mier, Escritos inéditos, p. 274.

45 Mier, Escritos inéditos, p. 275.

46 Hering Torres, “Raza”, 2007.

47 Mier, Escritos inéditos, p. 276.

48 Mier, Escritos inéditos, p. 276.

49 Mier, Escritos inéditos, pp. 276-277.

50 Como desarrollan Gonzalbo y Alberro en La sociedad novohispana, no siempre tuvo ese significado,

51 Alamán, Historia de México, tomo 2, p. 20.

52 Alamán, Historia de México, tomo 2, p. 20.

53 Alamán, Historia de México, tomo 2, p. 119.

54 Alamán, Historia de México, tomo 2, p. 119.

55 Alamán, Historia de México, tomo 2, p. 119. Varios académicos han explorado el importante participación de la población afrodescendiente en las milicias, como Vinson, Ben III, “Los milicianos pardos y la construcción de la raza en el México colonial”, Signos Históricos, vol. 2, núm. Junio-diciembre, 2000, pp. 87-106; Victoria Ojeda, Jorge, Las tropas auxiliares del rey en Centroamérica: historia de negros súbditos de la monarquía española, San José, Costa Rica, Universidad de Costa Rica, 2009.

56 Alamán, Historia de México, tomo 2, pp. 119-120.

57 Alamán, Historia de México, tomo 2, p.120.

58 Pérez Vejo, “La extranjería en la construcción”, 2009.

59 Mier, Escritos inéditos, p. 277.

60 Mier, Escritos inéditos, p. 277.

61 En el caso de Carlos María de Bustamante, cuando destacó la labor de Guerrero como líder insurgente no mencionó su origen africano, pero cuando se convirtió en su rival político empezó a atacarlo por su ascendencia. Ballesteros, “Vicente Guerrero”, 2011.

62 Zavala, Ensayo histórico, p. 71.

63 Zavala, Ensayo histórico, pp. 90.

64 Zavala, Ensayo histórico, p. 113.

65 Mora, Espejo de discordias, p. 80.

66 Mora, Espejo de discordias, p. 80.

67 Mora, Espejo de discordias, p. 81.

68 Alamán, Historia de México, tomo 1, p. 26.

69 Alamán, Historia de México, tomo 1, p. 81.

70 Alamán, Historia de México, tomo 1, p. 114.

71 Alamán, Historia de México, tomo 2, p. 351.

72 Alamán, Historia de México, tomo 2, p. 351.

73 Alamán, Historia de México, tomo 4, p. 256.

74 Mora, Espejos de discordia, p. 81.

75 Méndez Reyes, Salvador, “Hacia la abolición de la esclavitud en México. El dictamen de la comisión de esclavos de 1821”, en Juan Manuel de la Serna, De la libertad y la abolición: Africanos y afrodescendientes en Iberoamérica, Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2010, pp. 179-194; Dictamen de la Comisión de Esclavos, México, Imprenta Imperial de D. Alejandro Valdés, 1821.

76 Mora, Espejos de discordia, p. 81.

77 Pérez Vejo, Tomás, “La extranjería en la construcción nacional mexicana”, en Yankelevich, Pablo (coord.), Nación y extranjería. La exclusión racial en las políticas migratorias de Argentina, Brasil, Cuba y México, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2009, pp. 147-186.

78 Mora, Espejos de discordia, p. 139.

79 Existe bibliografía que cuestionan esta afirmación, véase Guevara Sanginés, María, “Participación de los africanos en el desarrollo del Guanajuato colonial”, en Luz María Martínez Montiel, Presencia africana en México, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1996, pp. 133-198; Ballesteros, “De castas a esclavos”, 2010.

80 Alamán, Historia de México, tomo 3, p. 571.

81 Alamán, Historia de México, tomo 4, p. 708.

82 Existe bibliografía que contradice dicho argumento. Véase, Guevara Sanginés, María, “El proceso de liberación de los esclavos en la América virreinal”, en Juan Manuel de la Serna (coord.), Pautas de convivencia étnica en América latina Colonial, negros, mulatos y esclavos, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2005, pp. 111-162.

83 Alamán, Historia de México, tomo 5, p. 926.

84 Alamán, Historia de México, tomo 5, p. 926.

85 Alamán, Historia de México, tomo 5, p. 926.

86 Alamán, Historia de México, tomo 5, p. 927.

87 Alamán, Historia de México, tomo 5, p. 949. La bibliografía sobre la población afroamericana en el norte de México continúa creciendo con trabajos como Jacoby, Karl, “Between north and south: The alternative borderlands of Willia, H. Ellis and the African American Colony of 1895”, en Continental Crossroads. Remapping Us-Mexico borderlands, Londres, Duke University Press, 2004; Serna, Juan Manuel de la, “Rumbo al sur. Rebelión y fuga de los esclavos de Texas entre 1822 y 1860”, Anuario de Estudios Latinoamericanos, núm. 30, 1998, pp. 133-160.

88 Pérez Vejo, Tomás, “La construcción de las naciones como problema historiográfico: el caso del mundo hispánico”, Historia Mexicana, vol. liii, núm. 2, octubre-diciembre, 2003, pp. 279-280, 289.

89 Pérez Vejo, “La construcción”, p. 291.

90 Hering, “’Raza: variables históricas”, p. 20.

91 Pérez Vejo, Tomás, “Exclusión étnica en los dispositivos de conformación nacional en América Latina”, Interdisciplina, vol. 2, núm. 4, 2014, pp. 179-205.

92 Pérez Vejo, “La construcción”, p. 294.

93 Pérez Vejo, “La construcción”, p. 291.

94 Rivera Cambas, Manuel, Historia antigua y moderna de Jalapa y de las revoluciones del estado de Veracruz, México, I. Cumplido, 1869, p. 79.

95 Rivera, Historia antigua y moderna de Jalapa, p. 79.

96 Rivera, Historia antigua y moderna de Jalapa, pp.79-80.

97 Rivera, Historia antigua y moderna de Jalapa, p. 80.

98 Cancelada, Juan López, Vida de J. J. Dessalines, Gefe de los negros de Santo Domingo, México, Oficina de D. Mariano de Zúñiga y Ontiveros, 1806, p. 1. en https://goo.gl/yKRie8 Consultado el 5 de noviembre de 2014.

99 Cancelada, Vida de J. J. Dessalines, pp. 1-2.

Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe - unam

Correo electrónico: lola.ballesteros@gmail.com

Tzintzun. Revista de Estudios Históricos ∙ Número 65 (enero-junio 2017)

ISSN: 1870-719X ∙ ISSN-e: 2007-963X

T

Fecha de recepción: 25 de marzo del 2015

Fecha de aprobación: 2 de octubre del 2015

En defensa de la tradición hispánica.

La Academia Mexicana de la Historia en el contexto revolucionario, 1910-19401

Jesús Iván Mora Muro

Resumen

En el siguiente texto proponemos que la Academia Mexicana de la Historia, surgida en 1919 en pleno proceso revolucionario, fue en sus inicios un proyecto historiográfico paralelo al nacionalismo propuesto por el Estado mexicano desde finales del siglo xix. La Academia se enarboló como una institución defensora de la herencia española y de la fe católica. Esta postura historiográfica fungió como contrapeso al liberalismo de origen decimonónico y a la intelectualidad revolucionaria y postrevolucionaria que vio en la cultura indígena —y en algunos casos en el mestizo— la raíz de la mexicanidad, y en la secularización de la vida social y en el Estado laico el camino del progreso del país.

Palabras clave: Academia Mexicana de la Historia, hispanismo, tradicionalismo, Revolución mexicana, historiografía

Abstract

In the following text we propose that the Mexican Academy of History, arose in 1919 within the revolutionary process, was in the beginning an historiographic project parallel to the nationalist one proposed by the Mexican State since the end of xix century. The Academy was hoisted as an institution that defended the Spanish heritage and catholic faith. This historiographic posture served as a counterbalance of the nineteenth century liberalism and the revolutionary and post-revolutionary intellectuality that saw in the indigenous culture —and in some cases in the mixed race one— the roots of Mexicanity, and in the secularization of social life and secular State the road to progress.

Key words: Mexican Academy of History, Hispanism, traditionalism, Mexican Revolution, historiography

Résumé

Dans ce qui suit, nous proposons que l’Académie mexicaine de l’Histoire, fondée en 1919 dans le processus révolutionnaire était à ses débuts un parallèle à celle proposée par le gouvernement mexicain depuis le xixe siècle, le nationalisme de projet historiographique tard. L’Académie a été hissé comme une institution de l’avocat du patrimoine espagnol et la foi catholique. Cette position historiographique servi comme un contrepoids au libéralisme du xixe siècle et révolutionnaire et postrévolutionnaire intelligentsia a vu dans la culture autochtone —et dans certains cas dans le métisse— la racine de la mexicanité, et de la sécularisation de la vie sociale et Etat laïque dans la voie du progrès du pays.

Mots-clés : l’Académie mexicaine de l’Histoire, l´hispanisme, le traditionalisme, Révolution mexicaine, l’historiographie.

Conservadurismo y tradicionalismo

en la Academia Mexicana de la Historia

n la España de inicios del siglo xviii, durante el reinado de Felipe v, se crearon la Real Academia Española (1714) y la Real Academia de la Historia (1738) como recintos o espacios del saber en los que los individuos discutían libremente sus puntos de vista y opiniones sobre la ciencia y las artes. Desde tiempo atrás en Inglaterra y Francia habían surgido asociaciones privadas, pero que también gozaban del apoyo de su monarca como la Royal Society (1660) y la Academia de Ciencias de París (1666) cuyos miembros se reunían de manera voluntaria.2

El primer intento de fundar la Academia Mexicana de la Historia se dio en el año de 1836 durante la época en la que Antonio López de Santa Anna gobernaba el país. Sin embargo, debido a la constante inestabilidad social y política que vivía México el proyecto no fructificó. Posteriormente con el triunfo republicano en 1867 regresó el interés por establecer una institución que albergara al conocimiento histórico y sus mayores exponentes. En 1875 nace la Academia Mexicana de la Lengua, cuyo propósito era lograr la corresponsalía española. Es importante recalcar que desde un principio se buscó que estos recintos académicos tuvieran el reconocimiento de la “madre patria”. Como bien lo apuntó Josefina Zoraida Vázquez, “resulta curioso que el nacionalismo desbordante que se expresó durante los años de la restauración de la República, no inclinara a los intelectuales mexicanos a fundar academias independientes”.3 En efecto, estamos ante un grupo netamente hispanista que buscó —durante la segunda mitad del siglo xix— instaurar, como medio de presión ante el gobierno mexicano que poco a poco se iba transformando en un Estado de marcadas tendencias indigenistas y mestizas,4 academias que resguardaran la tradición española que era considerada el verdadero fundamento de la nacionalidad mexicana.

Durante el año 1888, España aceptó que se fundaran academias filiales en América, y se establecieron únicamente las de Buenos Aires, Bogotá y Caracas, la de México tendría que esperar hasta el siglo xx.5 Nemesio García Naranjo, durante su gestión como secretario de Instrucción Pública (1914), creó, aunque sin mucho éxito, una nueva Academia en la que sobresalían Luis González Obregón, Genaro García, José de Jesús Núñez y Domínguez, Nicolás Rangel, Juan B. Iguíniz, Genaro Estrada, Manuel Romero de Terreros, Atanasio G. Saravia, Francisco Fernández del Castillo, Manuel Gamio y Alberto María Carreño.6

Posteriormente, durante el año 1916, algunos de estos primeros integrantes, redactores y colaboradores de la Revista de Revistas,7 decidieron fundar sin patrocinio externo una Academia de la Historia que aspiraba a ser reconocida por la Real Academia de Madrid. Manuel Romero de Terreros y el padre Mariano Cuevas S.J. fueron los encargados de promover que se otorgara a la academia mexicana la corresponsalía española.8

Así el 27 de junio de 1919, a propuesta de los académicos de número Duque de Alba, marqués de San Juan de Piedras Alba, Ramón Menéndez Pidal, Julio Pujol, Ricardo Beltrán y Juan Pérez de Guzmán, se aprobó la fundación de la Academia Mexicana. Varios de los fundadores eran católicos fervientes e hispanistas comprometidos, o como lo ha manifestado Josefina Zoraida Vázquez de tendencias “conservadoras”.9 Desde la primera reunión se reflejan las intenciones tradicionalistas, propias de una visión pro española de la nueva institución: “A continuación el P. [Mariano] Cuevas tomó la palabra para manifestar que en la Real Academia se abrigan deseos de que esta Correspondiente emprenda estudios serios relativos a la Historia de México con especialidad del periodo colonial, estando muy interesado en el proyecto S.M. el Rey de España D. Alfonso xiii.”10

En el terreno específico de la historiografía, Álvaro Matute considera que hacia finales del siglo xix el cientificismo en México siguió dos vertientes básicas: el empirismo y el positivismo. Entre los empiristas destacaban Manuel Orozco y Berra (1816-1881) y Joaquín García Icazbalceta (1824-1894), quienes mediante el estudio riguroso de las fuentes buscaban encontrar en los hechos lo que realmente había sucedido. Los positivistas, por su parte, aunque coincidían con los empiristas en su afán de encontrar la verdad en los acontecimientos, postulaban que era posible conocer las leyes inmutables del devenir histórico. Francisco de Asís Flores, Francisco Bulnes, Justo Sierra, Porfirio Parra, Ricardo García Granados y Andrés Molina Enríquez, fueron algunos de los defensores del positivismo historiográfico. Posteriormente en el siglo xx, después de 1910, surgieron dos tipos de historiografías: la “pragmático-política” y la “empirista tradicionalista”. En la primera se relataron los eventos inmediatos producidos por la Revolución Mexicana, mientras que en la segunda, conformada por historiadores como Luis González Obregón y Artemio del Valle Arizpe, se privilegiaron las tradiciones de raíz hispánica y católica.11

Por esta razón, pensamos que es más adecuado catalogar a los miembros de la Academia Mexicana de la Historia como “tradicionalistas” —evitando el término “conservador” que nos remite de inmediato a un pensamiento estático, atemporal—, en oposición a los intelectuales “progresistas” o revolucionarios que surgieron de la coyuntura armada y que abogaban por la secularización del Estado y la edificación de instituciones educativas y culturales de corte moderno. Frank Ankersmit, basado en Karl Mannheim, apuntó que el tradicionalismo consiste “en la dependencia de tradiciones establecidas para la orientación en la vida de todo individuo”, en este sentido incluso el revolucionario puede ser considerado como tradicionalista.12 En nuestro caso nos interesa particularmente el tradicionalismo hispanista y católico de la Academia.

La historia escrita por estos historiadores comúnmente llamados conservadores estuvo marcada desde el siglo xix por su oposición declarada a la historia liberal y sus ideales “modernos”: tolerancia religiosa, libertad de prensa, individualismo, laicismo en la educación y secularización de la vida pública.13 En general, los temas a los que más recurrieron fueron la historia de la Iglesia o de la América española; los estudios de la conquista y sus actores, en especial la apología de Hernán Cortés; la evangelización y las biografías de sus misioneros; la forma de gobierno y las instituciones coloniales; la independencia de México y sus actores olvidados como Agustín de Iturbide; los intelectuales católicos como Lucas Alamán y militares como Miramón; la Reforma entendida como “el gran robo de los bienes de la Iglesia” y también fueron frecuentes los temas vinculados con Estados Unidos en los que se le pintaba como el “gran enemigo”.14

Entre los miembros de la Academia que ingresaron a la institución durante nuestro periodo de estudio y que escribieron sobre estos temas destacan el padre Jesús García Gutiérrez con sus obras: Apuntamientos de Historia Eclesiástica Mejicana (1922), La lucha del Estado contra la Iglesia (1935) y Acción anticatólica en México (1938); Mariano Cuevas S. J., con sus Documentos inéditos del siglo xvi para la Historia de México (1914), Cartas y otros documentos de Hernán Cortés (1915) —compuesto por escritos inéditos pertenecientes al conquistador a quien calificó de “varón reposadísimo y sereno que sabía esperar sus momentos de fuerza y de luz”, “grandísimo conocedor del corazón humano y de sus tortuosas veredas, sabio apreciador de la importancia de los pormenores y aparentes pequeñeces en el desarrollo de los grandes planes”—15 y su Historia de la Iglesia en México (1921-1928), y Francisco Elguero con su revista América Española (1921-1922) donde se publicaron un gran número de artículos sobre los temas ya referidos.16 En suma, en este contexto, la Academia Mexicana de la Historia propondría una historia alternativa a los lineamientos revolucionarios desde una postura historiográfica aristocrática, católica, hispanista y local/regional.17

En defensa de la hispanidad

Desde el siglo xix para los hispanoamericanistas mexicanos la nacionalidad tenía hondas raíces españolas. Para este grupo el idioma, la religión católica y las costumbres, eran los baluartes peninsulares que desde la conquista habían constituido el sustento identitario de México. Otros de sus tópicos recurrentes fueron la defensa de la figura de Hernán Cortés como padre fundador de la nacionalidad; y la revaloración de Agustín de Iturbide como el libertador y real artífice de la Independencia.18

Estos mismos objetivos e ideales nutrieron al hispanismo durante la primera mitad del siglo xx. Desde una postura más imperialista, principalmente a partir del ascenso de Primo de Ribera, el hispanismo tuvo como principio primordial la idea de que España era la cabeza de una gran familia, comunidad o raza trasatlántica. La raza española no era simplemente cuestión de sangre, sino que también la cultura, la historia, las tradiciones, la religión y el lenguaje formaban parte imprescindible de lo que llamaron “la patria espiritual”.19 Los defensores de este tipo de hispanismo rechazaban prácticamente todas las contribuciones indígenas en la formación de las nuevas naciones y eran opositores a la injerencia del pensamiento político, cultural y económico estadounidense en los países americanos.20

En opinión de Isidro Sepúlveda, durante las primeras décadas del siglo xx esta postura “panhispanista” compartiría créditos dentro de la intelectualidad española y americana con un hispanismo “progresista” o “liberal culturalista” cuyos fundamentos ideológicos se respaldaban en el krausismo y el positivismo. José Ortega y Gasset, Altamira y Crevea, Blasco Ibáñez, Giner de los Ríos y Américo Castro son algunos de los exponentes de este grupo heterogéneo y de tintes seculares.21 En la Academia Mexicana de la Historia convivieron estos dos tipos de hispanistas: unos defensores del catolicismo a ultranza y del imperio espiritual español, y otros más cercanos al liberalismo y que se caracterizaron por intentar ser mediadores entre posiciones encontradas. Sin embargo, a pesar de sus diferencias ideológicas, ambos grupos coincidían en un mismo amor al pasado colonial tradicionalmente opuesto al nacionalismo mexicano oficialista que se había inculcado como medio de crear la tan ansiada unidad.

Entre los miembros fundadores de la Academia tenemos a ocho firmantes y tres que llamaremos simbólicos porque pese a que no asistieron a las reuniones, se les incluyó como parte del grupo. En conjunto, la personalidad y trayectoria de los once son un indicador de las aspiraciones ideológicas del proyecto institucional, su posicionamiento frente al proyecto nacionalista postrevolucionario.22 Los que firmaron el acta de fundación fueron Luis García Pimentel (1855-1930), hijo de Joaquín García Icazbalceta; Luis González Obregón (1865-1938), director del Archivo General de la Nación y primer presidente de la Academia; Francisco Asís de Icaza y Breña (1865-1925), poeta y ensayista que radicó gran parte de su vida en España; Jesús Galindo y Villa (1867-1937), director del Museo Nacional y presidente de diversas asociaciones literarias y científicas; los padres Jesús García Gutiérrez (1875-1958) y Mariano Cuevas, S. J. (1879-1949), quienes en sus obras historiográficas defendieron el papel preponderante de la Iglesia católica en la cultura mexicana; el crítico del arte Manuel Romero de Terreros (1880-1968) y el bibliófilo jalisciense Juan B. Iguíniz.23

En cuanto a los tres restantes, tenemos al sacerdote guanajuatense Ignacio Montes de Oca y Obregón (1840-1921), personaje de aires aristocráticos que en su momento se le vincularía con el Imperio de Maximiliano de Habsburgo; miembro de la primera generación del Colegio Pío Latinoamericano; Obispo de Tamaulipas, Linares y San Luis Potosí; exiliado a la caída de Victoriano Huerta, radicó en España e Italia, para finalmente morir en Nueva York en 1921 en su viaje de regreso a México.24 El segundo fue el padre Francisco Plancarte y Navarrete (1856-1920), arqueólogo michoacano y miembro de una de las familias zamoranas más influyentes dentro de la clerecía mexicana. Su tío el también sacerdote Antonio Plancarte y Labastida lo envió a Europa para que ingresara como alumno del Colegio Pío Latinoamericano —en el mismo periodo que Ignacio Montes de Oca—; en 1892 fue miembro de la delegación presidida por Francisco del Paso y Troncoso para viajar a Madrid a las celebraciones del iv Centenario del Descubrimiento de América; fue primer obispo de Campeche (1896-98), segundo de Cuernavaca (1899-1911) y después arzobispo de Linares (1912-1920).25 Por último, Francisco Sosa Castilla (1848-1925), fue un liberal porfirista e hispanista ferviente. Se desempeñó en el Ministerio de Fomento (1909) y como director de la Biblioteca Nacional en sustitución de José María Vigil. Entre las asociaciones a las que perteneció destaca la Academia Mexicana de la Lengua de la que fue miembro desde 1892.26

Consideramos que es importante el reconocimiento de estos tres historiadores ya que, aunque no pudieron participar activamente como académicos, son representantes del hispanismo y del tradicionalismo historiográfico que defendió el grupo fundador. No por casualidad la Real Academia de Madrid aceptó su ingreso a la correspondiente mexicana.27 En cuanto a los ocho firmantes, aunque todos cultivaron el amor a las letras españolas y a la historia colonial algunos provenían, políticamente hablando, de la tradición liberal. Quizá gracias a este pasado ideológico y su capacidad como historiadores, fue posible que continuaran trabajando en las instituciones que poco a poco serían transformadas por la Revolución de 1910: como el Museo Nacional, el Archivo General de la Nación, la Universidad de México y la Secretaría de Relaciones Exteriores, sólo por mencionar las más representativas del periodo.

Es el caso de Luis González Obregón, quien se formó bajo la guía de Ignacio Manuel Altamirano y estudió en la Escuela Nacional Preparatoria —uno de los baluartes del positivismo porfiriano—, pero que también desde sus primeras obras México viejo (1900) y México viejo y anecdótico (1909) rastreó la herencia española en las calles y rincones de la Ciudad de México.28 Posteriormente, bajo los auspicios de la Secretaría de Relaciones Exteriores, a cargo de Ignacio Mariscal y su secretario particular Balbino Dávalos, en 1911 fue nombrado director de la Comisión Reorganizadora del Archivo General de la Nación y más tarde director del mismo hasta 1917. El equipo de trabajo que se encargó de organizar los millares de documentos con los que contaba el acervo estuvo formado por Rafael Alba, Manuel Puga y Acal, José Juan Tablada y Enrique Santibáñez. A la salida de estos, ingresarían al proyecto Francisco Fernández del Castillo, Enrique Fernández Granados y Nicolás Rangel. Lamentablemente para ellos, los acontecimientos revolucionarios coartarían la labor que se estaba emprendiendo.

A pesar de las interrupciones propias del contexto bélico, el paulatino orden que se iba logrando en el cúmulo de papeles que se encontraban en el Archivo permitió que diversos investigadores fueran construyendo nuevos trabajos, enriquecidos con los recientes hallazgos: Genaro García publicó algunos documentos relacionados con la guerra de Independencia; Luis Castillo Ledón escribió su estudio sobre el cura Miguel Hidalgo, y José Coellar dio a conocer desconocidas fuentes sobre Morelos. En general, salieron a la luz algunos juicios inquisitoriales y la vida política y cultural del periodo virreinal, es decir, procesos históricos desconocidos o poco estudiados hasta ese momento.29

Es interesante que González Obregón logró, gracias a su posición de privilegio como maestro de las nuevas generaciones de historiadores, colaborar en las instituciones formadas por hombres intelectualmente surgidos en los tiempos de Porfirio Díaz, pero renovadas durante los gobiernos revolucionarios y que sostuvieron la estructura cultural y científica del nuevo régimen.30 Su permanencia en estos recintos y su continua defensa de las tradiciones españolas, le convirtieron en uno de los historiadores más influyentes del periodo de transición. Es claro que bajo su sombra se fortaleció el grupo historiográfico que le disputaría a la intelectualidad revolucionaria su lugar de privilegio como educadores.

Miembro de su misma generación, Francisco A. de Icaza, pese a que vivió gran parte de su vida en el extranjero, a su regreso a México en 1919 pudo vincularse con los dirigentes intelectuales respaldados por el Estado. A finales del siglo xix en España frecuentaría asiduamente los centros literarios como el Ateneo de Madrid en el que conocería a las “grandes figuras literarias de la Restauración”: como Campoamor, Castelar, Echegaray, Azaña, Núñez de Arce, Pardo Bazán, Galdós, Valera, Clarín, Pereda, Menéndez Pelayo, entre otras importantes figuras de la intelectualidad española.31 Después sería Ministro Plenipotenciario en Alemania (1904-1912), donde perfeccionaría el idioma y con el pasar del tiempo conocería con amplitud sus letras, historia e instituciones.32

Al morir Justo Sierra (1912), quien fungía como ministro en España, Icaza fue designado su sustituto. Así, hacia finales de 1913, después de haber pasado casi diez años en Alemania, fue nombrado jefe de la Legación mexicana en Madrid. Sin embargo, la comodidad económica y emocional que le había acarreado el nuevo puesto sería efímero: en 1914 con la caída del gobierno huertista y la entrada de Carranza al poder todos los cargos diplomáticos fueron revocados. Debido a la falta de ingresos para mantener los lujos y privilegios a los que estaban acostumbrados él y su familia, se dedicó por completo a la investigación y a la escritura de artículos para periódicos españoles y mexicanos.33

Como ya se mencionó, en 1919 regresó a México, después de casi veinte años de ausencia, con la esperanza de recuperar su puesto diplomático o por lo menos lograr posicionarse y hacer amistad con el grupo que ahora dirigía los destinos culturales de la nación. A su llegada inmediatamente conoció a jóvenes que, aunque estaban iniciando su carrera literaria, ya se encontraban bien posicionados en el mundo intelectual. Entre otros, Icaza conoció a Genaro Estrada quien en esa época era jefe del Departamento Administrativo de la Secretaría de Industria bajo la dirección de Alberto J. Pani. Estrada de inmediato se encargó de colocar al poeta recién llegado en un puesto diplomático para solventar su precaria situación económica. Finalmente logró que se le asignara la jefatura de la Comisión Mexicana de Investigaciones y Estudios Históricos establecida en Madrid que había estado a cargo de Francisco del Paso y Troncoso desde su creación en 1892 hasta su muerte en 1916. En febrero de 1920, Icaza ocupó su nuevo cargo y se le asignaron como ayudantes a Artemio del Valle-Arizpe, a la poetisa María Enriqueta y a Alfonso Reyes.34

Mientras tanto en México, con el asesinato de Venustiano Carranza, de nueva cuenta la estabilidad en el país estaba en entredicho. Estaba claro que con el cambio de gobierno la Comisión encomendada a Icaza corría el riesgo de desaparecer. No obstante, gracias a las gestiones de Genaro Estrada y de José Vasconcelos, quien por aquellos años se desempeñaba como rector de la Universidad Nacional, la Comisión continuó sus labores de investigación histórica.35

Quince años más joven que los dos anteriores, Manuel Romero de Terreros, marqués de San Francisco, mostró afición por el mundo aristocrático colonial desde sus primeros trabajos. Como son los casos de su libro Los condes de Regla. Apuntes biográficos (1909) y su artículo “Apuntes biográficos del Ilmo. Sr. D. Juan Gómez de Parada, obispo de Yucatán, Guatemala y Guadalajara” (1911) publicado en los Anales del Museo Nacional. En 1912 inició sus colaboraciones en el suplemento ilustrado del El País. Diario Católico dirigido por Trinidad Sánchez Santos.36

Años después daría a conocer su libro Torneos, mascaradas y fiestas reales en la Nueva España (1918), en el que además de escribir el prólogo reunió una serie de textos cuyo tema principal eran los torneos y justas de armas de origen medieval que se habían introducido a México “desde los primeros tiempos del coloniaje”.37 Entre los autores a los que incluyó, pertenecientes en su mayoría a la época colonial y al siglo xix, destacan Joaquín García Icazbalceta, Juan Suárez Peralta, Manuel Orozco y Berra, Andrés Pérez de Rivas y Carlos de Sigüenza y Góngora. Debemos destacar que el libro fue publicado por la editorial Cvltvra, fundada en el año 1916 por los hermanos Agustín y Rafael Loera Chávez y el ateneísta Julio Torri, una de las casas editoriales más importantes de la época.

Otro de sus primeros libros fue Ex Antiqvis. Boceto de la vida social en la Nueva España publicado por primera vez en 1919. El prólogo de la obra fue escrito por Luis González Obregón, en el que expuso el gozo que sentía en presentar el trabajo de su “amabilísimo amigo” quien era ampliamente conocido en México y “allende los mares” por sus artículos sobre “la vida de la sociedad hispana durante la época del coloniaje”. Para él, la pluma del marqués de San Francisco transportaba a sus lectores y los hacía vivir “en aquella selecta sociedad” que había sido el virreinato: “Qué mayor alegría me puede proporcionar el Señor Romero de Terreros, que convidándome a conocer, como él lo conoce, el gran mundo colonial; edificándome con la piedad de los virreyes, muchos de ellos deudos suyos y todos amigos míos.”38

Como su título lo indica, el texto es un boceto de la vida social de la clase alta colonial. La primera sección, que abarca poco menos de la tercera parte del volumen, está dedicada a “Las primeras Virreinas” y es un homenaje a las esposas de los virreyes que gobernaron en Nueva España. Cinco virreyes fueron los elegidos por Romero de Terreros para darlos a conocer a los lectores del siglo xx: Antonio Mendoza, Gastón de Peralta, Martín Enríquez de Almanza y Lorenzo Suárez de Mendoza quienes, respectivamente, estaban casados con Catarina de Vargas, Ana de Castilla y Mendoza, Leonor de Vieo, María Manrique y Catalina de la Cerda. Después tenemos estudios sobre las frecuentes inundaciones que sufría la Ciudad de México desde inicios del siglo xvii y las devociones que el pueblo le rendía a la Virgen de Guadalupe; sobre “la Guardia de Alabarderos” creada por Felipe ii para que custodiase y cuidase a los virreyes del Perú y Nueva España en sus andanzas; sobre los paseos a caballo “con toda pompa y solemnidad” que realizaban los candidatos a recibir el grado de doctor en alguna facultad de la Universidad de México; entre otras anécdotas, datos interesantes y usos y costumbres de la época colonial escritos de forma elegante y amena.

Como reconocimiento a su arduo trabajo en pro de las letras, en aquel mismo año de 1919, la Academia Mexicana de la Lengua lo recibió como miembro de número, ocupando el lugar que le correspondía a Francisco del Paso y Troncoso (1842-1916). El discurso que pronunció aquel día fue titulado “El estilo epistolar en la Nueva España” en el que realizó un estudio sobre las Cartas de Relación escritas por Hernán Cortes y dirigidas a Carlos v, a las que consideró, “de la más grande importancia histórica, y hasta como fundamento de nuestra literatura patria”. Sin embargo, antes de entrar de lleno al tema elegido, inició su disertación evocando la figura del insigne personaje al que “por capricho del destino” sustituía como miembro de la Academia.

Si no cabe comparación entre la obra del insigne escritor y la del que tiene hoy el honor de dirigirles la palabra, hay, sin embargo, un punto de contacto entre el gigante y el pigmeo: la afición decidida que éste tiene a la historia de Méjico, especialmente en lo que se refiere a los tres siglos coloniales. Es indudable que la sangre hispana, que heredé di mis mayores, háceme ver con simpatía todo cuanto a la Madre Patria se refiere.39

Naturalmente encontramos este orgullo hacia lo español en gran parte de sus obras. Además de ser un estudioso de la cultura virreinal, Manuel Romero de Terreros se destacó por ser uno de los primeros exponentes de la historia del arte en México. En 1921 la Facultad de Altos Estudios de la Universidad Nacional lo comisionó para que escribiera un estudio sobre la arquitectura, la pintura y demás artes que se desarrollaron durante la época virreinal. El resultado fue su Historia sintética del arte colonial (1922), que “a pesar de sus errores y omisiones” esperaba que sirviera “de estímulo para estudiar y amar el arte colonial” que debía “reputarse como el arte verdaderamente mexicano”.40

Desde ese momento mantendría una estrecha relación con la Universidad Nacional, primordialmente como colaborador en los cursos de verano organizados por Pedro Henríquez Ureña, cuya finalidad fue en un principio traer estudiantes norteamericanos a México para que estudiaran la cultura, el arte y la historia del país.41 En 1925 escribió una carta a Luis González Obregón en la que manifestó lo siguiente: “Aquí nos tiene usted instalados en el vetusto Mascarones. No sé cuándo volveremos a la antiestética llamada Universidad que nos legó la llamada Dictadura”.42 Además de su crítica a la Universidad, la misiva también muestra su velada añoranza, nada fuera de lo común en la época, al gobierno de Porfirio Díaz.

Desde ese año la Casa de los Mascarones sería ocupada por la Universidad Nacional para dar los cursos de verano, es muy probable que el marqués de San Francisco impartiera ahí alguna materia sobre el arte colonial. Posteriormente se desempeñaría como profesor en el Instituto de Investigaciones Estéticas fundado en 1936, en sustitución del Laboratorio de Arte formado un año antes por Manuel Toussaint, Federico Gómez de Orozco, Rafael García Granados y Luis MacGregor.43

También obra destacada fue Las artes industriales en la Nueva España (1923) en la que se dedicó a las artes que se establecieron desde las primeras décadas del virreinato: como la orfebrería, el hierro forjado, las obras trabajadas en bronce (armas, sillas, jaeces y carruajes), la madera tallada, dorada y pintada, la marquetería, la construcción del mobiliario eclesiástico y civil, la escultura en marfil, la cerámica, los tejidos y bordados y otros trabajos artesanales.44

Este amor manifiesto a la cultura española también se vería reflejado en su interés por la literatura. En Nociones de literatura castellana (1926), hizo un recorrido histórico por los representantes más prominentes de las letras hispánicas desde el siglo vi hasta el xx. Empresa sumamente ambiciosa que, sin embargo, pudo llevar a buen puerto. En el prefacio de la obra advierte que su trabajo no tuvo más objeto “que el de refrescar la memoria de los estudiantes de historia de la literatura castellana”.45

Para contrastar este tipo de hispanismo dentro de la Academia, es importante referirnos al sinaloense Genaro Estrada (1887-1937),46 miembro de la Academia desde 1920 quien, aunque también manifestó en sus escritos interés por la literatura y cultura española, su hispanismo fue de corte liberal.

El caso de Estrada es sui generis, ya que desde los años veinte se desempeñó en la Secretaría de Relaciones Exteriores y sería un elemento importante del gobierno cardenista. No obstante, cuando ingresó a la Academia en 1920, todavía se le vinculaba con el grupo huertista, esto sería clave para que obtuviese desde muy joven un lugar destacado entre los historiadores tradicionalistas: los defensores de las antiguas estructuras de privilegio y de las herencias mexicanas de origen español.47

Para Álvaro Matute, Estrada fue uno de los grandes precursores de la profesionalización historiográfica en México. Gracias a su cargo como Oficial Mayor de la Secretaría de Relaciones Exteriores durante el gobierno del general Obregón, inició la organización del archivo que hoy lleva su nombre. Surgió la colección Archivo Histórico Diplomático Mexicano en 1923 y posteriormente las bibliografías de algunos estados de la República y de personajes sobresalientes de las letras nacionales. Además, Estrada también intentó establecer en México un Instituto de Investigaciones Históricas inspirado en el que dirigía Ramón Menéndez Pidal en Madrid.48 El Centro de Estudios Históricos de Madrid se fundó en 1910 bajo la batuta del propio Menéndez Pidal y con la colaboración de Rafael Altamira y Crevea, Elías Torno y Monzo, Manuel Gómez Moreno, Julián Ribera, Marcelino Menéndez y Pelayo, Pedro Longás Bartibás, Manuel Gómez Moreno, Francisco Giner de los Ríos, Miguel Asin y Eduardo Hinojosa. Después, durante los años veinte, se incorporarían al proyecto Claudio Sánchez Albornoz, Américo Castro, Amado Alonso y Dámaso Alonso, quienes renovarían de manera importante la historiografía española de la primera mitad del siglo xx.49

Además de interesarse por temas historiográficos y bibliográficos, Genaro Estrada escribió poesía y prosa de manera sobresaliente. Entre sus obras narrativas y novelas destacan Visionario de la Nueva España. Fantasías Mexicanas (1921) y Pero Galín publicada en 1926 por la editorial Cvltvra. Lo interesante de estos dos textos es que, en ellos, Estrada plasmó sus ideas y sentimientos con respecto a la época colonial de la que era tan afecto. Sin embargo, satirizó a los “colonialistas” y con ello demostró que se encontraba lejos de defender una posición católica como la de Romero de Terreros. Su Visionario de la Nueva España…, es una colección de historias que retratan la época virreinal desde una mirada romántica del pasado. Presenta una Ciudad de México que aún resguardaba, a pesar del paso del tiempo y los cambios propios de la época moderna, construcciones de antaño, mudos testigos de la herencia española.

Salíamos […] a recorrer la ciudad, huyendo de la vida moderna, para refugiarnos en los sitios más lejanos o en los lugares más inadvertidos […] visitamos las capillas pobres […] detuvímonos cien veces ante las portadas antiguas y cien veces recorrimos sus primores minuciosos; aprendimos de memoria las oraciones en latín embutidas en los nichos herrumbrosos; subimos a los campanarios y en más de una ocasión encontramos todavía, al volver una esquina o en la banca de un jardín solitario, a un hombre del siglo xvi. En suma, captamos una nueva pasión, aprendimos a amar esta vieja Ciudad de México […] Encontramos que la tradición de México, casi siempre libresca y fantasmagórica, es realmente bella y profundamente humana y que la ciudad encierra, íntegramente, el alma de los siglos.50

Algunos años después, desde una mirada autocrítica del género colonialista, más que apologética, en Pero Galín (1926) volvió a manifestar su pasión por los siglos coloniales. La novela inicia con un apartado ensayístico titulado “Género” en el que, como su nombre lo indica, se examinan las características muy particulares de este tipo de literatura “colonizante”. Mientras que en el siguiente apartado “Ometecuhtli y Habedes”, desarrolla de manera sintética las agrias disputas entre indigenistas e hispanistas por agenciarse —desde el siglo xix— el derecho de expresar la mexicanidad y lo “autóctono”.51

En cuanto al género colonialista, que es el que aquí interesa resaltar, Estrada destacó la labor emprendida por Luis González Obregón quien desenterró toda una tradición que parecía olvidada de prelados y monjas, galeones españoles, oidores y virreyes, quemaderos inquisitoriales, hechiceras, cordobanes y escudos de armas.

Cada objeto era una evocación; cada evocación era un tema. Y para el desarrollo de cada tema se acomodó un léxico especial, hecho de giros conceptuosos y torturados, de olvidados arcaísmos, de frases culteranas, de gongorismos alambicados […] Surgió, en una palabra, la fabla.52

La fabla era “la médula del colonialismo aplicado a las letras”. Era, en pocas palabras, desarrollar cualquier tema ubicado entre los siglos xvi al xviii y utilizar palabras que sonasen al estilo “colonial” como en el caso de sustituir ésta por aquesta, sucesos por subcesos, etc. De forma sarcástica, Estrada retrató a este tipo de escritores que durante los años veinte habían disputado a los indigenistas el lugar de privilegio en la cultura nacional:

El escritor colonialista conoce bien estas triquiñuelas y las usa con aplicada técnica. Helo aquí ya en su mesa de trabajo, con la pluma alerta, porque una sociedad “artístico-recreativa” lo ha invitado para colaborar en cierto álbum, cuyos productos se destinarán a un asilo de señores sin trabajo. Habrá en el álbum […] artículos que, según lo anuncia el prospecto, reflejarán fielmente los diversos aspectos de la vida nacional, en sus múltiples manifestaciones.53

Con esta obra que rallaba en la comicidad, Genaro Estrada logró tomar distancia de las prácticas literarias y nacionalistas defendidas por los colonialistas comunes. Aunque siguió interesado en las fuentes historiográficas de la época, lo hizo desde una postura menos romántica y apasionada, actitud que caracterizaría a las generaciones posteriores de estudiosos del pasado.

Entre la historia nacional y la región

Desde que México alcanzó su Independencia —y primordialmente a raíz de la pérdida del territorio en 1848 y de la intervención francesa (1862-1867)—, uno de los objetivos primordiales de los gobiernos liberales fue lograr la ansiada homogeneidad nacional que esperaban evitaría los continuos levantamientos separatistas y las luchas intestinas entre las diferentes regiones del país. Se buscó fomentar una historia patria que dejara de lado las historias locales y que permitiera la unificación de los mexicanos bajo una misma idiosincrasia.54

Durante el porfiriato, en los Congresos Nacionales de Instrucción de 1889-1890 y 1890-1891, la preocupación primordial fue trabajar para lograr la uniformidad de la enseñanza en toda la República con el fin de formar ciudadanos que respondieran a los mismos ideales. Entre los objetivos de la enseñanza de la historia uno de los más importantes fue ilustrar a los niños sobre la vida de los grandes personajes que habían hecho de México una nación independiente. Además, en el plan ideado por Enrique C. Rébsamen en su Guía metodológica para la enseñanza de la historia, el último grado de la escuela elemental estaría dedicado a la historia general o universal “para despertar el amor a la familia humana” en los mexicanos. Rébsamen también se oponía a que se enseñara la historia local para después abordar la historia nacional como proponían algunos educadores.55

En apariencia, con el estallido de la Revolución, estos postulados nacionalistas no sufrieron grandes cambios. Continuaron los esfuerzos por fortalecer a la historia patria en detrimento de la local. Desde 1909 Andrés Molina Enríquez, en Los Grandes Problemas Nacionales, había hecho hincapié en que los grandes problemas no resueltos por el gobierno de Porfirio Díaz habían sido no solventar la heterogeneidad de objetivos, la falta de unidad y la injusta repartición de la riqueza. Ante esta añeja añoranza por la unidad nacional, surgieron diversas propuestas educativas como las de Guillermo Sherwell, La enseñanza pública en México, estudio sobre sus deficiencias y la mejor forma de corregirlas (1914); David A. Berlanga, Pro-Patria (1914); Félix F. Palavicini, La Patria por la escuela; Martín Luis Guzmán, La Querella de México (1915); Paulino Machorro Narváez, La enseñanza en México (1916); Julio Hernández, Sociología Mexicana y la Educación Nacional (1916); C. Trejo Lerdo de Tejada, La Revolución y el Nacionalismo. Todo para todos (1916) y Manuel Gamio, Forjando Patria (1916).56

El proyecto educativo emprendido por José Vasconcelos como Rector de la Universidad Nacional de México y después como responsable de la Secretaría de Educación Pública, además de tomar en cuenta estas ideas homogeneizadoras, estuvo cimentado sobre ideales sociales para lograr una educación eminentemente popular. Entre los miembros más destacados de su grupo de trabajo se encontraban antiguos porfiristas como Ezequiel A. Chávez y Enrique O. Aragón y jóvenes como Alfonso Caso, Manuel Toussaint, Alberto Vázquez del Mercado, Manuel Gómez Morín, Genaro Estrada y Mariano Silva.57

Además de defender el método científico para acceder a la verdad de los hechos y privilegiar los temas virreinales y cercanos a la Iglesia, los miembros de la Academia también manifestaron, conforme a los tiempos que corrían —marcados por la sacudida revolucionaria— el deseo tácito de incluir a las diferentes regiones del país en su propuesta. Su tradicionalismo, más allá de las limitantes teóricas y metodológicas que esto acarrearía, coadyuvó a que en México se fomentaran los estudios de los diferentes estados de la República y sus manifestaciones culturales. ¿Podemos pensar que ante el proyecto nacionalista, propio de los regímenes liberales consolidados desde 1867, los “conservadores” derrotados defendieron a ultranza las tradiciones locales y regionales que se reflejarían en la Academia Mexicana de la Historia?58

Durante la primera mitad del siglo xx estos investigadores del pasado, pese a que defendían las tradiciones coloniales y al catolicismo, quizá en su afán de oponerse a una historia patria unificadora que venía desarrollándose desde finales del siglo xix y de las ideas sociales postrevolucionarias, incluyeron en su seno a importantes representantes de la historia regional, es decir la que se enseñaba y se escribía desde los diferentes rincones del país. Las tradiciones locales, cercanas al sentir católico, fueron uno de sus ejes discursivos. Ante la historia nacional homogénea, financiada por el Estado mexicano, los miembros de la Academia fomentaron una historia que defendía las tradiciones católicas e hispanistas provenientes de sus propios terruños. Esto no quiere decir que este grupo de historiadores explícitamente se pronunciasen a favor de una historia regional en detrimento de la nacional; sin embargo, se privilegió a la historia colonial: la de la sus misioneros y grupos aristocráticos, la de sus conquistadores y sacerdotes.

Entre los fundadores de la Academia —los ocho firmantes y los tres simbólicos—, tenemos a quienes nacieron en Jalisco, Guanajuato, Michoacán, en el Estado de México y en Campeche. Posteriormente ingresarían el sinaloense Genaro Estrada; los yucatecos Juan Francisco Molina Solís, Jorge Ignacio Rubio Mañé y Silvio Zavala; los tabasqueños Manuel Mestre Ghigliazza y Marcos E. Becerra; el potosino Primo Feliciano Velázquez; el duranguense Atanasio G. Saravia; los michoacanos Francisco Elguero y José Bravo Ugarte; los jaliscienses Victoriano Salado Álvarez, José López Portillo y Weber, y José Ignacio Dávila Garibi; el veracruzano José de Jesús Núñez y Domínguez; el toluqueño Miguel Salinas Alanís; el coahuilense Vito Alessio Robles; el poblano Guillermo Tritschler y Córdova; y el guanajuatense Toribio Esquivel Obregón.

Es cierto que no todos los que aquí hemos mencionado se dedicaron por completo a la historia de sus respectivos lugares de origen; no obstante, esta enumeración muestra el espíritu regionalista que animaba a la asociación. Un medio para rastrear las propuestas historiográficas de estos académicos son, además de sus obras personales, sus discursos de recepción y de bienvenida. Mediante la lectura de estos textos podemos rastrear sus preocupaciones temáticas. Por ejemplo, el exporfirista Juan Francisco Molina Solís (1850-1932),59 quien ingresó a la Academia en 1920, disertó sobre la civilización maya, cultura indígena de su natal Yucatán. La península en su opinión ofrecía “a los cultivadores de la ciencia histórica y arqueológica, campo de abundante cosecha” que esperaba el trabajo de historiadores “diestros e inteligentes en la eminentísima tarea de extraer la verdad de los monumentos” para “conseguir desentrañar los orígenes de la humanidad en el continente colombino”.60

Por supuesto que una de las grandes atracciones del sureste mexicano era la cultura maya a la que Molina Solís consideró inteligente, laboriosa y perseverante, constructora de grandes edificaciones y poseedora de una lengua, que gracias a la labor gramatical de los misioneros franciscanos “tenía reglas tan exactas como las que gobiernan los idiomas modernos”.61 Sin embargo, en su opinión, en el momento en el que llegaron los españoles la cultura maya ya se encontraba en “completa decadencia moral debido a las plagas mortíferas, la deificación de vituperables pasiones vergonzosas y la esclavitud del pueblo en provecho de los poderosos”. Así el cristianismo de los misioneros fue una cura contra “el envenenamiento social” que sufrían los nativos. No obstante, pese al esfuerzo de las órdenes religiosas, la “raza maya” no perdería su “espíritu belicoso” que saldría a relucir durante la llamada Guerra de Castas (1847-1901). De acuerdo con la tradición decimonónica que le precedía, Molina Solís pensaba que los mayas “seducidos por poderosos caciques, se rebelaron contra la civilización pretendiendo reivindicar exclusivamente para sí la posesión del territorio yucateco por medio del incendio y el asesinato” sin tomar en cuenta a los mestizos —“una nueva raza, joven y vigorosa”— que también tenía derecho a la tierra en la que había nacido.62

Más de una década después, el también yucateco Jorge Ignacio Rubio Mañé (1904-1988)63 en su discurso de ingreso pronunciado originalmente en 1933 o 1934 y ampliado en 1944, aprovechó la ocasión para exaltar a la ciudad de Mérida.64 Después de los obligados agradecimientos, inició su disertación con una semblanza de su maestro Molina Solís a quien comparó con historiadores como Justo Sierra O’Reilly, Eligio Ancona, Serapio Baqueiro Preve y Crescencio Carrillo y Ancona. En resumen, para él su obra era la más íntegra y documentada para “conquistar la verdad”.65

En cuanto a su estudio, que versó sobre los primeros pobladores europeos de la ciudad de Mérida, cabe destacar su defensa, aunque sosegada, de los conquistadores españoles. Apuntó que, aunque en su mayoría eran “vulgares aventureros con insaciable sed de maniatar derechos, arrebatar tierras y robar riquezas, cometiendo toda clase de abusos”, también existieron los casos de quienes abrigaban “bellísimos sentimientos de hidalguía” que brotaban de “pechos de cristianos caballeros”.66 Pensaba que la historiografía mexicana por lo general se había dedicado a manchar la imagen de los hispanos:

Ha existido una conspiración fraguada contra la verdad en beneficio de un mal entendido nacionalismo que se ha querido fincar en sentimentalismos indianófilos. Ha existido un propósito definido de amontonar literatura, con etiqueta de historia, para formar ambiente contra ciertas épocas. Con razón uno de nuestros egregios y eximios historiadores nacionales, el gran don Joaquín García Icazbalceta exclamaba que nuestra historia está por hacerse.67

Es importante recalcar que durante los años treinta las luchas entre hispanistas e indigenistas en México tomaron nueva fuerza, principalmente con la entrada al gobierno del general Lázaro Cárdenas. Este posicionamiento político en bandos encontrados habla de historiadores que no habían alcanzado una concientización crítica de sus objetos de estudio.68 Sin embargo, con el pasar del tiempo el trabajo de Rubio Mañé fue tornándose menos apasionado, buscó apartarse lo más posible de las disputas ideológicas de la época optando por un tono más académico.69

También importantes impulsores del estudio histórico de los estados y regiones del país fueron los jaliscienses José López Portillo y Weber y José Ignacio Dávila Garibi, quienes en sus discursos de ingreso a la Academia en 1934 y 1938, respectivamente, abordaron a los cronistas de la conquista de la Nueva Galicia.70 En el discurso de bienvenida que Atanasio G. Saravia le dedicó al primero, se muestra la importancia del terruño para estos historiadores: “Natural es que quien de Jalisco procede y que además lleva en las venas sangre de los conquistadores, se incline con apasionada fruición al estudio” de Nueva Galicia.71 Tiempo después, el propio Portillo y Weber al recibir a su paisano Dávila Garibi escribió que ambos creían que “lo mejor del mundo” había sido la Nueva Galicia y en aquel momento lo era Jalisco. En suma, pensaba que los dos eran unos “desesperados buceadores en el mar histórico” de su tierra natal que por desgracia había sido poco estudiada.72

Otro caso es el del ya mencionado Genaro Estrada, quien además de interesarse por la historia y literatura colonial que se desarrolló en la Ciudad de México, se dedicó a la investigación de su lugar de origen y desde la Secretaría de Relaciones Exteriores, apoyó la indagación histórica de las diversas regiones del país. A partir de 1926 lanzaría la serie de bibliografías de los estados de la República: José G. Heredia la de Sinaloa; Vito Alessio Robles la de Coahuila;73 Jesús Romero Flores la de Michoacán; Luis Chávez Orozco la de Zacatecas y Felipe Teixidor la de Yucatán.74

Estrada puede considerarse un “mediador cultural”75 ya que además de incentivar el conocimiento desde una mirada plural, convivía por igual con bandos en conflicto: con los intelectuales del régimen y con los tradicionalistas que se mantenían al margen del poder político. En su introducción a la obra inédita de Eustaquio Buelna, Apuntes para la historia de Sinaloa, escrita en 1924 abogó por una historia regional ampliada:

La publicidad ha dado sus preferencias, en México, a la historia cuyo teatro tiene el vasto escenario comprendido entre el Atlántico, por Veracruz y el Valle de México, llegando frecuentemente hasta Zacatecas, por el norte y hasta Oaxaca, por el sur. Aisladamente, Yucatán también ha sido objeto de vastos estudios y minuciosas investigaciones, y de la región occidental la de Jalisco es la más conocida por los historiadores. Permanecen todavía poco estudiadas las partes situadas al norte y al noroeste de la República […] Para el curioso que quiere enterarse de la historia de México han sido suficientes, hasta ahora, los compendiados textos escolares; y el que pretende ahondar más el conocimiento por medio de las obras generales al uso, recurre decididamente a esos enormes volúmenes, tan conocidos y que, aunque representan un esfuerzo del todo respetable, no sirven ni para precisar, ni para divulgar lo que de todos debiera ser ya harto conocido.76

Después, fiel a su estilo reflexivo, Estrada realizó un minucioso examen de las obras que se habían dedicado a la historia del occidente mexicano, haciendo especial énfasis en Sinaloa: como la obra del padre Andrés Pérez de Ribas, Triunfos de nuestra santa fe (1645); la de fray Antonio Tello, Crónica miscelánea (1653); la de Matías de la Mota Padilla, Historia de la conquista de la provincia de la Nueva Galicia (1742); las del propio Eustaquio Buelna, Compendio histórico, geográfico y estadístico de Sinaloa (1877); y Apuntes para la historia de la guerra de intervención francesa en Sinaloa (1884).77

En resumidas cuentas, como lo vaticinaría Wigberto Jiménez Moreno en 1952, esta tendencia en la historiografía mexicana que rescataba el pasado de las diferentes regiones del país sería muy fructífera a lo largo del siglo xx:

Si se me pregunta ahora cuáles serán las tendencias que seguirán en lo futuro los estudios antropológicos e históricos, esquivaré, tanto como pueda, el disfraz de zahorí. Más, suponiendo que en el porvenir habrá de realizarse al menos una parte de lo que debiera hacerse, espero que se dará mayor énfasis a la historia regional como corresponde a la visión de un México múltiple.78

Además de los ya mencionados, investigadores como José Fuentes Mares, Francisco R. Almada, Israel Cavazos Garza, Rafael Montejano y Aguiñaga, Luis González, fueron, durante el siglo xx, maestros indiscutibles del género79 y recientemente historiadores como Carlos Martínez Assad han recogido esta herencia.80

En gran medida, los miembros fundadores de la Academia Mexicana de la Historia fueron los herederos idóneos de la tradición hispanista decimonónica, y defensores, durante la primera mitad del siglo xx, de los valores católicos como baluartes de la mexicanidad. En el contexto revolucionario, estos bienes identitarios fungieron como un importante contrapeso ideológico frente a los postulados indigenistas, mestizos y seculares de la intelectualidad del nuevo régimen. Sin embargo, como vimos, también ingresarían posteriormente a la institución historiadores reformistas como Genaro Estrada cuya visión liberal le permitiría vincularse con un hispanismo menos combativo.

Por otro lado, la historia regional fomentada por varios de los miembros de la Academia, fue otro importante elemento nivelador ante las propuestas nacionalistas y homogeneizadoras postrevolucionarias. Los académicos, con la defensa de las tradiciones locales, de sus terruños y lugares de origen, dejaron constancia de un México plural que se negaba a morir.

1 El presente artículo forma parte de la investigación doctoral sobre el campo historiográfico mexicano (1884-1945) que estoy realizando en el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de Michoacán bajo la dirección del Dr. Martín Sánchez Rodríguez y la asesoría de los doctores Rafael Diego-Fernández, Álvaro Matute y Aimer Granados. De igual manera, agradezco al Instituto de Investigaciones Históricas de la unam por otorgarme la Beca “Felipe Teixidor” para realizar una estancia de investigación en la Ciudad de México durante el periodo de septiembre a noviembre del 2014 bajo la supervisión de la Dra. Gisela von Wobeser, quien aportó valiosos comentarios y sugerencias para mejorar el presente texto como también lo hicieron los dos dictaminadores anónimos que me fueron asignados.

2 Velasco Moreno, Eva, “Nuevas instituciones de sociabilidad: las Academias de finales del siglo xvii y comienzos del xviii”, en Cuadernos Dieciochistas, Universidad de Salamanca, nro. 1, 2000, pp. 39-44.

3 Velázquez, Josefina Zoraida, “Cincuenta y tres años de las Memorias de la Academia Mexicana de la Historia”, en Historia Mexicana, vol. l, nro. 4, abril-junio, 2001, pp. 709-710.

4 Basave Benítez, Agustín, México mestizo. Análisis del nacionalismo mexicano entorno a la mestizofilia de Andrés Molina Enríquez, México, fce, 1992.

5 Vázquez, “Cincuenta y tres años…”, p. 711.

6 Carreño, Alberto María, El cronista Luis González Obregón (viejos cuadros), México, Botas, 1938, pp. 204-205.

7 Revista de Revistas. Semanario Nacional, surgió en 1911 bajo la dirección de Luis Manuel Rojas. Para 1916 la publicación estaba a cargo de José de Jesús Núñez y Domínguez. El Semanario se componía de noticias nacionales e internacionales y de artículos varios en los que se privilegiaban los de corte histórico y literario.

8 Vázquez, Josefina Zoraida, 75 años de la Academia Mexicana de la Historia, México, Academia Mexicana de la Historia, 1994, p. 8.

9 Vázquez, “Cincuenta y tres años…”, pp. 711-712.

10 Archivo Histórico de la Academia Mexicana de la Historia (en adelante ahamh), Libro de Actas del 12 de septiembre de 1919 al 27 de diciembre de 1921, “Acta de Instalación del 12 de septiembre de 1919”, fs. 1-1v.

11 Matute, Álvaro, “Estudio introductorio”, en Pensamiento historiográfico mexicano del siglo xx: la desintegración del positivismo 1911-1935, México, unam/fce, 1999, p. 13-48. En otro lugar el autor también argumentó que los historiadores mexicanos de principios del siglo xx heredaron de la tradición decimonónica el “presentismo”, el “inmediatismo” y la “historiografía politizada”. Es decir, en resumen, que entendían a la historia como el estudio del pasado inmediato, de esta manera los investigadores se posicionaban políticamente. Matute, Álvaro, Estudios Historiográficos, Cuernavaca, cidhem, 1997, pp. 49-51.

12 Ankersmit, Frank, La experiencia histórica sublime, México, uia, 2010, p. 345.

13 Arenal Fenochio, Jaime del, “La otra historia: La historiografía conservadora”, en Conrado Hernández (coordinador), Tendencias y corrientes de la historiografía mexicana del siglo xx, Zamora, El Colegio de Michoacán, 2003, p. 64.

14 Arenal Fenochio, “La otra historia…”, pp. 76-77.

15 Cartas y otros documentos de Hernán Cortés novísimamente descubiertos en el Archivo General de Indias de la ciudad de Sevilla e ilustrados por el padre Mariano Cuevas, S. J., Sevilla, Tipografía de Francisco de P. Díaz, 1915, pp. v-vi.

16 Primordialmente, durante el año de 1921, que coincidió con el centenario de la culminación de la Independencia, aparecieron diversos estudios sobre Iturbide. Véase: Elguero, Francisco (Dir.), América Española, año i, nro. 1, 15 de abril de 1921 y especialmente el nro. 8, 13 de agosto de 1921.

17 Esta “pasión antirrevolucionaria” —como la ha llamado Beatriz Urías Horcasitas— caracterizó a varios miembros de la intelectualidad hispanista y católica de la primera mitad del siglo xx. Urías Horcasitas, Beatriz, “Una pasión antirrevolucionaria: el conservadurismo hispanófilo mexicano (1920-1960)”, en Revista Mexicana de Sociología, México, unam, vol. 72, nro. 4, octubre-diciembre de 2010, pp. 599-628.

18 Aquí diferenciamos el hispanoamericanismo propio del siglo xix del hispanismo o “panhispanismo” característico de la primera mitad del siglo xx. Granados, Aimer, Debates sobre España. El hispanoamericanismo en México a fines del siglo xix, México, El Colegio de México/uam-Cuajimalpa, 2010 (2005); Pérez Vejo, Tomás, España en el debate público mexicano, 1836-1867. Aportaciones para una historia de la nación, México, El Colegio de México/enah, 2008 y Pérez Vejo, Tomás, “Hispanófobos vs. Hispanófilos. La historia como arma de lucha política en México, 1821-1867”, en Agustín Sánchez Andrés y Juan Carlos Pereira Castañares (Coordinadores), España y México. Doscientos años de relaciones, 1810-2010, Morelia, umsnh/Instituto de Investigaciones Históricas/ Comisión Española de Historia de las Relaciones Internacionales, 2010, pp. 125-165

19 Pérez Monfort, Ricardo, Hispanismo y Falange. Los sueños imperiales de la derecha española y México, México, fce, 1992, p. 15.

20 Pérez Monfort, Hispanismo y Falange…, p. 16.

21 Sepúlveda, Isidro, El sueño de la Madre Patria. Hispanoamericanismo y nacionalismo, Madrid, Fundación Carolina/Centro de Estudios Hispánicos e Iberoamericanos/ Marcial Pons, 2005, pp. 102-125.

22 Aunque aquí seguiremos la propuesta de Álvaro Matute quien privilegia a los ocho firmantes como los auténticos fundadores de la Academia, consideramos que es importante mencionar a los tres restantes por su carga simbólica en el proyecto. Matute, Álvaro, “Los fundadores de la Academia Mexicana de la Historia y sus correspondientes de la Real de Madrid (1919-1936)”, texto inédito proporcionado por el autor. Por otra parte, Josefina Zoraida Vázquez incluye a Genaro Estrada como fundador, sumando de esta manera 12 historiadores. Sin embargo, sabemos que en realidad Estrada ingresaría hasta 1920 como académico al mismo tiempo que Francisco Fernández del Castillo, Juan Francisco Molina Solís, Manuel Mestre Ghigliazza y Primo Feliciano Velázquez. Vázquez, “Cincuenta y tres años…”, pp. 709-718.

23 ahamh, Libro de Actas del 12 de septiembre de 1919 al 27 de diciembre de 1921, “Acta de Instalación del 12 de septiembre de 1919”, fs. 1-1v.

24 Diccionario Porrúa, pp. 2341-2342; Cavazos Garza, Israel, “Ignacio Montes de Oca y Obregón”, en Josefina Zoraida Vázquez, 75 años de la Academia Mexicana, pp. 152-154; Ponce, José Franco,